Maternidad

¿Tenemos las mamás derecho a obstinarnos?

Desde hace unos días me pregunto si las mamás tenemos derecho a obstinarnos.

Sí, a pegar tres gritos y cerrar la puerta tan duro que hasta los vecinos se enteren de nuestro enojo.
Si, si, si. De simplemente decir «no, porque estoy molesta» o llorar porque sentimos que no damos para más. Obstinarnos de perder la paciencia y el objetivo por un momento en el que nuestro cerebro simplemente pide drenar todo esa energía que allí se acumula.
Yo no lo tenía muy claro hasta hace unas horas, y no lo tenía claro porque después de la explosión que la ira causa, uno siente una culpa tremenda. Y plas, la culpa te hace sentir la peor madre o esposa del mundo.

¡Wao! Me siento culpable por no saber manejar mis emociones ante los procesos que me toca enfrentar cada día, y que probablemente vengo arrastrando una carga con la que necesito ayuda, pero me cuesta mucho pedirla.

Es muy difícil, pero seamos sinceras con nosotras mismas; si vemos la maternidad como un proceso de autodescubrimiento ¿cómo es que pretendemos mantenernos serenas ante tantos cambios abruptos?

Es totalmente normal que reaccionemos de manera explosiva cuando no podemos entender lo que está pasando en nuestras relaciones familiares, y específicamente en nuestra relación con nosotras mismas.

Hace unos días una amiga, me decía que se sentía horrible porque le había dicho a su hija que se quería ir bien lejos después de una pataleta. ”Soy la peor persona del mundo, lo tengo todo y digo que no aguanto más”, repetía en medio de una crisis de llanto.
¡Hey, amiga! Claro que no, no por llegar a un punto límite eres mala persona, ni mucho menos mala madre. Pero es que es que todavía a nosotras nos cuesta entender que somos humanas y que por ende también sentimos y nos cansamos, nos molestamos, necesitamos tiempo para nosotras mismas y creo que a veces también necesitamos tiempo para esas explosiones, mientras no le causemos daño a nadie, y en esos nadie entran nuestros pequeños.
Escribo esto en este momento desde la calma y luego de una gran explosión. Les cuento que está mañana me molesté tanto, pero tanto que me tiré al piso y grite.

Sí, grite como grita un niño que está en medio de un berrinche, y además entendí por qué es tan importante contenerlos en ese momento.

Les confieso que mi rabia no me permitía llorar, pero estaba tan molesta que estaba mareada y yo sabía que tenía que drenar. Sára gritaba porque no quería ir al colegio, después porque si quería ir, que si quería un lado rosado después lo quería verde, que si no quiero ponerme zapatos y después quería ponerse dos… yo mientras tanto venía acumulando molestias desde hace días y aquella escena que era eterna y me volvía a hacer perder una cita importante, me colapsó. Así que me lancé al piso y grité.

Su cara fue un poema, se quedó paralizada pero me dijo “mamá no pasa nada. Yo estoy molesta”.

Mi reacción fue llamar al padre y hacer que interviniera en la situación y allí entendí varias cosas que ahora les resumo.

Mi cuerpo tiene meses diciéndome que necesito respirar de una manera diferente. Que necesito dormir, que necesito no tener tantas responsabilidades de otros y hacerme más responsable por mí misma, y sin querer algunas de mis frustraciones las percibió mi hija.

Ella tiene días diciéndome sin motivo aparente “mamá, aquí estoy”. Lo repite una y cien veces cuando mi cerebro está como apagado.

Esta mañana, antes de la tormenta, la primera cosa que escuché fue eso, “mamá, aquí estoy yo”. Y aún así no reaccioné, porque yo no quería estar en ese momento con nadie más que no fuera yo misma, pero para mí desgracia no quise pedir ayuda porque me sentí infinitamente culpable de querer tomar un respiro.

Me sentí completamente miserable de pedirle cosas al padre que simplemente él no quiere hacer, pero me sentí forzada a hacer cosas que yo no quiero hacer y colapsé, después de que mi hija, que solo quería decirme que estaba allí conmigo, llegó a su punto de estallido.

Pero a todas estas, después de una hora y media de lucha, y de haber llegado al colegio yo seguía molesta. Estaba incomoda y sé que ella también lo estaba al punto que ni siquiera quiso despedirse de mí. Así que decidí caminar mientras llamaba para excusarme con mi cita por el embarque que acababa de consumar.

Caminé y caminé hasta que el Sol me calentó tanto que me hizo entender que había hecho un berrince con 32 años. ¡Wao, hice un berrinche! Y ahora no me siento mal, me tocó dejar la culpa de lado, ser adulta y asumir que parte de ser humano también tiene que ver con entender que no todos los días son buenos.

Pero más allá de los días buenos o malos, las cargas que llevamos sólo deben ser aquellas que queremos. Ojo con esto, no estoy hablando de abandonar a los hijos ni nada por el estilo, sólo hablo de organización acorde a nuestras necesidades.

¿Cómo lo hago? Pues, antes de escribir esto me tracé un plan. Es decir, que si yo tengo que ir a clases a las 9 de la mañana y a mí me cuesta más que al padre tener lista a la niña a la hora para cumplir con mis obligaciones, entonces nos tocará organizarnos para que el padre sea quien asuma esa responsabilidad.

Que si todos los días soy yo quien hace los almuerzos, pero hay un día en el que yo llego más tarde a clases porque me toca dar clases de noche, pues tengo que delegar que por ese día o se come en la calle, o es otro el que cocina. Que si la ropa sucia está por toda la casa y a mí me molesta, o lo digo o empiezo a botar la ropa y se acabó.

Les confieso que esta pataleta de nosotras dos hoy me hizo descubrir muchas cosas, no sólo de mi hija sino incluso de mí y de la forma que he escogido para criar, y también la forma en la que llevó el hogar.

Las enumeraré para que sea más fácil de reconocer, pero creo que a lo largo del texto se los he ido diciendo, es válido que mamá se agote y se obstine. Lo que no es válido es que mamá sienta culpa por sentirse mal. ¿Qué aprendí hoy?

  • Los berrinches deben ser contenidos desde la paz.
  • Si algo me molesta de otra persona o de determinada situación, tengo que decirlo.
  • Acumular emociones afecta la salud y eso no es bueno para nadie.
  • Los hijos deben vernos como humanos en principio, para después entender que trabajamos con ellos movidos por el amor.
  • Drenar las emociones a través de cosas que me gustan, es una forma sana de mantener mi salud mental.
  • Comunicación es vital.
  • Nuestros hijos perciben nuestras emociones y al no saber identificarlas, se sienten frustrados.
  • Los hijos no tienen la culpa de nuestras frustraciones.
  • Nunca debemos sentirnos culpables por querer tener tiempo para nosotras mismas y nuestros proyectos.

Espero sea de ayuda para ustedes, y si algún día quieren drenar, por aquí las esperamos.

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