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Maternidad

5 cosas que necesitan las embarazadas y nadie les dice

Las embarazadas tenemos tantas cosas en la cabeza. La mayoría de ellas dudas, que hacer una lista sobre lo que realmente necesitamos puede ser muy complicado. Sin embargo, hay unas cosas básicas de las que no podemos prescindir y por eso las comparto con ustedes.

  1. Confianza con el médico que nos está atendiendo. Muchas personas dirán que el médico tendrá la experiencia necesaria para atenderte, pero durante este proceso que es tan emocional, es muy importante que te sientas en confianza con el médico tratante e incluso con el espacio donde se dará el alumbramiento. Es por ello que es necesario para la futura madre, tener la libertad de escoger un especialista con quien sienta empatía y seguridad, ya que no sólo se trata de su cuerpo sino de la seguridad física del bebé.

En muchos países se tiene la oportunidad de contar durante el embarazo con el apoyo de una partera, que trabajando de la mano con un obstetra, puede resultar una ayuda muy útil para la madre e incluso para las dudas que el padre pueda tener.

  • Apoyo emocional por parte de la pareja o la familia que nos rodea. Sí, estamos hormonales y emocionales. Pensamos y nos creemos que hay cosas muy importantes, pero también estamos invadidas por miedos que antes podíamos o no sentir. Es por ello que es tan importante que tanto nuestras parejas como el grupo familiar que nos rodea, nos apoye y nos brinde un ambiente emocional acorde con la situación que estamos viviendo.

No basta con decir “aquí estoy contigo”, sino con demostrarlo. Muchas veces la futura mamá puede tener cambios de humor, puede tener deseos o actitudes diferentes a las que tuvo sin estar embarazada o en un embarazo previo, y recibir juicios por ello puede hacerla tambalearse emocionalmente.

  • Una amiga con quien se pueda hablar sin tapujos. Desde que nos convertimos en madres nos dejamos un poco de lado, pero contar con el apoyo incondicional de nuestras amigas nos llena de fuerza.

Históricamente se ha comprobado que criar en tribu es una necesidad del ser humano, y parte esencial de esa tribu son las amigas que te escuchan (tengan hijos o no) y te acompañan en el proceso que estás viviendo sin juzgarte.

  • Acceso a la comida sana pero apetitosa. Muchas de las embarazadas quieren comer todo lo que se les atraviesa, pero otras tantas también pierden el apetito producto de las náuseas, sin contar con que muchas veces el sabor de los alimentos cambia. Pero al estar gestando otra vida, no basta solo con recibir vitaminas de forma artificial, necesitamos alimentarnos de forma correcta y balanceada, permitiéndonos también cumplir con los antojos, pero sin que eso nos perjudique a nivel de salud.
  • Información relevante y nutritiva sobre el proceso que vamos a vivir. Actualmente podemos encontrar en internet un sinfín de informaciones sobre el embarazo, la crianza, el parto, etc.; y a la vez están esas experiencias que podemos obtener de primera mano a través de la experiencia de amigos y familiares. Sin embargo, siempre estará quien vendrá con una historia desgarradora o terrible de esas que nadie quiere escuchar.

Es por eso que como mamás tenemos que filtrar con qué nos quedamos, qué implementamos, de qué aprendemos y cómo nos nutrimos emocionalmente de todo lo que hemos visto, leído e incluso vivido.

¿Qué más añadirías a esta lista?

Pareja y Familia

El matrimonio extendido

Hace unos días celebrábamos el Día Internacional de las familias, y esta fecha me puso a reflexionar sobre varios aspectos de la vida familiar, pero básicamente de la vida en pareja.

Recordé con cierta gracia, que cuando uno empezaba a formalizar la relación con una pareja, salía la abuelita o la tía a decir “mira a la familia, no sólo al hombre (o a la mujer en el caso de mis primos), que cuando uno se compromete con alguien se casa con la familia también”.

Un día, alguien muy cercano a mí tuvo la osadía de responderle a la abuela “Eso no es así. Cuando yo me case, será para formar mi propia familia y esa gente (que no le gustaba para nada a ella) estará bien lejos de nosotros”.

¡Madre de Dios! ¿Por qué a uno le cuesta tanto escuchar a la gente con experiencia? (y quisiera introducir risas nerviosas aquí, pero yo me reiría para no llorar). Y bueno puede ser por aquello de que nadie aprende en zapato ajeno, o que el amor hace que se te queden dormidas las neuronas un rato, no lo sé; pero recuerdo que cuando yo escuché aquella reflexión me hizo mucho ruido.

Primero porque el argumento era razonable. Nos casamos para “formar NUESTRA PROPIA familia”, pero después de esto se acaba la cosa porque no puede ir uno por allí desapareciendo de la vida a los padres, a los hermanos, a los cariños de la pareja que estuvieron durante toda su vida. Digamos que los recién llegados somos nosotros pues, la pareja.

Y lamentablemente con los años he ido entendiendo por qué las abuelitas decían eso, y sí, mi abuela también me lo dijo a mí y yo tampoco la quise escuchar.

Les cuento todo esto, no para ventilar los trapos sucios familiares en público, sino para crear un poco de consciencia con respecto al tema. Semanas atrás una amiga de mis padres me decía, “Carla, ahora ya tú tienes un hogar, eres tú quien tiene que poner las condiciones, las reglas, los valores que reinan en ese hogar junto con tu esposo. No puede venir nadie a imponer ni a romper con ese esquema que ustedes dos han ido creando”.

Punto para ella. Y en ese aspecto mira que sí, que uno se casa para crear su propia familia. Pero, ¿Cómo la formas? Con los valores que has aprendido durante toda tu vida, con lo que viste en tu casa (te gustara o no, uno va aplicando lo que le gusta y descartando lo que no), con las emociones que experimentaste a lo largo de tu vida, con las experiencias que has tomado de otros que te parecen que pueden funcionar bien en ti, y por supuesto, creando vínculos familiares fuertes, primero entre tu nueva familia, pero continuando con la familia que los condujo hasta el presente.

Entonces sí, cuando te casas, te casas con la familia del otro. Lo que no quiere decir que tengas que aceptar imposiciones de la familia de base, y tampoco romper relaciones con ellos cual guerra sin sentido.

En este punto te preguntarás ¿cuál es el objeto de este post?. Creo que yo misma lo dudo, pero tal vez, como otras tantas veces, necesito drenar, y sé que seguramente habrá mamis que se sientan identificadas con estas situaciones.

Como yo no soy ni consejera familiar, ni de pareja, ni nada por el estilo sino una simple mortal que sólo habla de lo que experimenta y siente, concluiré diciéndoles lo que después de muchos golpes (en tono figurativo) he ido aprendiendo. Si les digo que no ha sido fácil para mí, me ha costado muchos dolores de cabeza, peleas, lágrimas e incluso idas al psicólogo, pero el último año he estado trabajando en lo que yo veo como una estructura. Y así se los planteo ahora.

  • ¿Para qué nos casamos? Para formar una familia PROPIA y hacernos compañía.
  • ¿Cómo es la familia que queremos formar? Respóndase usted misma cómo está diseñada, imagínela con integrantes, emociones, cosas materiales, todo lo que pueda agregar sentido a lo que buscas.
  • ¿Qué valores en común aplicaremos a nuestros hijos? ¿Qué tipo de crianza usaremos? ¿Qué límites pondremos?
  • ¿Quiénes pueden opinar sobre nuestra familia y ser tomados en cuenta? – Y en esto quiero ser bien clara, una cosa es quien opina y otra a quien escuchamos o consideramos para que nos oriente. Si usted viene de un hogar donde lo golpearon por todo y por nada, y no quiere aplicar el mismo método con sus hijos, pues no puedes sentarte a escuchar a quien te golpeó porque posiblemente terminarás copiando el patrón.
  • Cuando haya actividades familiares ¿Cómo manejaremos la interacción con las familias de base de cada uno de nosotros?

Puedes hacer una lista tan larga como quieras, la “estructura” depende de cada quien. Esto no es una cosa estricta sino una idea para ir generando orden en el caos que puede ser a veces convivir con las familias de nuestras parejas, pues lamentablemente no todas nos ganamos la lotería con las buenas suegras, pero sí a todas nos toca lidiar con ellas; e iré un poco más allá, ¿Cómo nosotras cómo madres esperamos que nuestros hijos tengan una relación cercana con nosotras, si no ven el ejemplo en su primera referencia, que somos nosotros los padres?

Y en resumidas cuentas, mientras éramos novios la familia de nuestras parejas realmente no eran nada nuestro, el vínculo era nulo. Digamos que luego al existir el compromiso, la vida en pareja, el matrimonio o llámelo como usted quiera, se pasa al siguiente nivel, si la relación es mala al menos diplomacia debería existir. Pero cuando llegan los hijos…cuando llegan los hijos la historia es otra, puede que no tengan nada que ver con uno, pero tendrán mucho que ver con los hijos de uno, que es lo más sagrado que uno tiene, y vivir en guerra no será bueno para ninguna de las partes.

Entonces sí, cuando te casas con alguien, también te casas con la familia.

¡Qué razón la de las abuelas!

Maternidad

Entre lo que quiero y lo que hago.

Me lo repito una y otra vez. Si yo sé lo que estoy haciendo, si yo estoy siguiendo mi instinto, mis ideas, ¿quiénes son los demás para cuestionarme?.

¿Acaso vale la pena detener mi forma de ver la vida porque los demás no me entienden?. Si me preguntan a mi yo creo que no.

Les cuento que durante mucho tiempo de mi vida me paralice porque otros a mi alrededor no entendían qué era lo que yo quería y cómo lo quería; para ellos siempre era descabellado, no le veían lo lógico o ponga usted la excusa que un tercero puede decir de los planes o ideas de los demás, a lo que yo quería hacer.

Lamentablemente sus «razonamientos» me paralizaban al punto de a veces dejarme sin aire, hasta que llegó un día en el que no pude más y empecé a liberar la carga. ¿Sentirme angustiada o frustrada porque otro no cree o entiende lo que yo quiero hacer con mi vida?. Eso no parece lógico ni justo.

No les niego que primero sentí miedo, pero la sensación de liberación fue tan alta y satisfactoria que luego no pude parar. Y al tiempo me convertí en mamá y la cosa cambió radicalmente para mejor.

Eso que llaman instinto puro y duro afloró en mí de una manera que me movió todas mis fibras y me hizo entender que para hacer sobrevivir al ser que en el momento de la gestación vivía dentro de mí, tenía yo que estar bien y feliz.

A esas alturas no había nada que hacer, yo decidí dejarme llevar por lo más primitivo de mí, mi instinto y eso me ha permitido vivir más ligera y mucho más feliz. Tampoco les mentiré diciendo que todos quienes estaban a mí alrededor para ese entonces se mantuvieron conmigo hasta este momento (y no sé si volverán la verdad, pero tampoco estoy segura de quererlos de nuevo cerca de mí).

Entonces entendí que si el resto no me entendía, no significaba siempre que estuviera haciendo algo mal. Y si se los pongo en un plato conciso, mi decisión de emigrar fue una de esas cosas que muchos en mi entorno cuestionaron, incluso algunos que ya habían dado el paso, pero según yo no tenía la madera para hacerlo o el reto no estaba a mi alcance tal cual me lo había planteado. -Que pues mira sí, que emigrar a Hungría, un país que era como la cueva de mi primer enemigo y que me podía llevar a la guerra, sin saber ni ñé del idioma y con una bebé sin contar con apoyo familiar, no era como muy lógico, pero créeme cuando te digo que no me arrepiento ni un solo día de mi vida del paso que di porque desde entonces he crecido en muchos aspectos de mi vida-.

Siempre les digo que mi objetivo en la vida desde que me convertí en mamá es ser feliz, no me importa tener grandes lujos, solo me importa vivir bien y en paz. Pero ese no es un camino fácil de transitar cuando nos paramos a escuchar todo lo que el mundo tiene que decir sobre nuestras formas y nuestros planes. Y tal vez la maternidad es una de esas cosas en la que más terceros buscan opinar, y en la que nosotras nos exigimos tanto que llegamos a sentirnos que no lo estamos haciendo bien.

Pues déjame decirte querida mamá que no siempre lo estás haciendo mal. La mayoría de las veces lo haces de una manera tan perfecta, que quien está pendiente de todos tus movimientos se acerca a criticar, porque fíjate parece que trabajas demasiado o que has amamantado a tu bebé durante mucho tiempo. Pero ¿eso es problema del tercero o es una decisión personal con la que tú te sientes a gusto?

A estas alturas del partido, solo puedo decirte yo desde mi corta experiencia, que la maternidad hizo que mi instinto aflorara en mí para luchar por mis sueños, esos mismos que no todos comparten ni entienden, pero que quienes te aman de verdad al final apoyarán. Y si me pongo más cruda, sólo tengo que decirte que no puede haber mejor forma de enseñar a otros que a través del ejemplo, ¿entonces cómo se supone que criarás niños felices si les das el ejemplo de un adulto frustrado o amargado?.

Sí querida mamá. Repítelo una y otra vez, que el resto del mundo no entienda tus formas no siempre quiere decir que lo estás haciendo mal. Revisa si tú te sientes bien, si tú estás conforme con los resultados, y si es así, lo que el mundo piense está demás. Lo más importante en tu propio mundo eres tú.

Maternidad

¿Tenemos las mamás derecho a obstinarnos?

Desde hace unos días me pregunto si las mamás tenemos derecho a obstinarnos.

Sí, a pegar tres gritos y cerrar la puerta tan duro que hasta los vecinos se enteren de nuestro enojo.
Si, si, si. De simplemente decir «no, porque estoy molesta» o llorar porque sentimos que no damos para más. Obstinarnos de perder la paciencia y el objetivo por un momento en el que nuestro cerebro simplemente pide drenar todo esa energía que allí se acumula.
Yo no lo tenía muy claro hasta hace unas horas, y no lo tenía claro porque después de la explosión que la ira causa, uno siente una culpa tremenda. Y plas, la culpa te hace sentir la peor madre o esposa del mundo.

¡Wao! Me siento culpable por no saber manejar mis emociones ante los procesos que me toca enfrentar cada día, y que probablemente vengo arrastrando una carga con la que necesito ayuda, pero me cuesta mucho pedirla.

Es muy difícil, pero seamos sinceras con nosotras mismas; si vemos la maternidad como un proceso de autodescubrimiento ¿cómo es que pretendemos mantenernos serenas ante tantos cambios abruptos?

Es totalmente normal que reaccionemos de manera explosiva cuando no podemos entender lo que está pasando en nuestras relaciones familiares, y específicamente en nuestra relación con nosotras mismas.

Hace unos días una amiga, me decía que se sentía horrible porque le había dicho a su hija que se quería ir bien lejos después de una pataleta. ”Soy la peor persona del mundo, lo tengo todo y digo que no aguanto más”, repetía en medio de una crisis de llanto.
¡Hey, amiga! Claro que no, no por llegar a un punto límite eres mala persona, ni mucho menos mala madre. Pero es que es que todavía a nosotras nos cuesta entender que somos humanas y que por ende también sentimos y nos cansamos, nos molestamos, necesitamos tiempo para nosotras mismas y creo que a veces también necesitamos tiempo para esas explosiones, mientras no le causemos daño a nadie, y en esos nadie entran nuestros pequeños.
Escribo esto en este momento desde la calma y luego de una gran explosión. Les cuento que está mañana me molesté tanto, pero tanto que me tiré al piso y grite.

Sí, grite como grita un niño que está en medio de un berrinche, y además entendí por qué es tan importante contenerlos en ese momento.

Les confieso que mi rabia no me permitía llorar, pero estaba tan molesta que estaba mareada y yo sabía que tenía que drenar. Sára gritaba porque no quería ir al colegio, después porque si quería ir, que si quería un lado rosado después lo quería verde, que si no quiero ponerme zapatos y después quería ponerse dos… yo mientras tanto venía acumulando molestias desde hace días y aquella escena que era eterna y me volvía a hacer perder una cita importante, me colapsó. Así que me lancé al piso y grité.

Su cara fue un poema, se quedó paralizada pero me dijo “mamá no pasa nada. Yo estoy molesta”.

Mi reacción fue llamar al padre y hacer que interviniera en la situación y allí entendí varias cosas que ahora les resumo.

Mi cuerpo tiene meses diciéndome que necesito respirar de una manera diferente. Que necesito dormir, que necesito no tener tantas responsabilidades de otros y hacerme más responsable por mí misma, y sin querer algunas de mis frustraciones las percibió mi hija.

Ella tiene días diciéndome sin motivo aparente “mamá, aquí estoy”. Lo repite una y cien veces cuando mi cerebro está como apagado.

Esta mañana, antes de la tormenta, la primera cosa que escuché fue eso, “mamá, aquí estoy yo”. Y aún así no reaccioné, porque yo no quería estar en ese momento con nadie más que no fuera yo misma, pero para mí desgracia no quise pedir ayuda porque me sentí infinitamente culpable de querer tomar un respiro.

Me sentí completamente miserable de pedirle cosas al padre que simplemente él no quiere hacer, pero me sentí forzada a hacer cosas que yo no quiero hacer y colapsé, después de que mi hija, que solo quería decirme que estaba allí conmigo, llegó a su punto de estallido.

Pero a todas estas, después de una hora y media de lucha, y de haber llegado al colegio yo seguía molesta. Estaba incomoda y sé que ella también lo estaba al punto que ni siquiera quiso despedirse de mí. Así que decidí caminar mientras llamaba para excusarme con mi cita por el embarque que acababa de consumar.

Caminé y caminé hasta que el Sol me calentó tanto que me hizo entender que había hecho un berrince con 32 años. ¡Wao, hice un berrinche! Y ahora no me siento mal, me tocó dejar la culpa de lado, ser adulta y asumir que parte de ser humano también tiene que ver con entender que no todos los días son buenos.

Pero más allá de los días buenos o malos, las cargas que llevamos sólo deben ser aquellas que queremos. Ojo con esto, no estoy hablando de abandonar a los hijos ni nada por el estilo, sólo hablo de organización acorde a nuestras necesidades.

¿Cómo lo hago? Pues, antes de escribir esto me tracé un plan. Es decir, que si yo tengo que ir a clases a las 9 de la mañana y a mí me cuesta más que al padre tener lista a la niña a la hora para cumplir con mis obligaciones, entonces nos tocará organizarnos para que el padre sea quien asuma esa responsabilidad.

Que si todos los días soy yo quien hace los almuerzos, pero hay un día en el que yo llego más tarde a clases porque me toca dar clases de noche, pues tengo que delegar que por ese día o se come en la calle, o es otro el que cocina. Que si la ropa sucia está por toda la casa y a mí me molesta, o lo digo o empiezo a botar la ropa y se acabó.

Les confieso que esta pataleta de nosotras dos hoy me hizo descubrir muchas cosas, no sólo de mi hija sino incluso de mí y de la forma que he escogido para criar, y también la forma en la que llevó el hogar.

Las enumeraré para que sea más fácil de reconocer, pero creo que a lo largo del texto se los he ido diciendo, es válido que mamá se agote y se obstine. Lo que no es válido es que mamá sienta culpa por sentirse mal. ¿Qué aprendí hoy?

  • Los berrinches deben ser contenidos desde la paz.
  • Si algo me molesta de otra persona o de determinada situación, tengo que decirlo.
  • Acumular emociones afecta la salud y eso no es bueno para nadie.
  • Los hijos deben vernos como humanos en principio, para después entender que trabajamos con ellos movidos por el amor.
  • Drenar las emociones a través de cosas que me gustan, es una forma sana de mantener mi salud mental.
  • Comunicación es vital.
  • Nuestros hijos perciben nuestras emociones y al no saber identificarlas, se sienten frustrados.
  • Los hijos no tienen la culpa de nuestras frustraciones.
  • Nunca debemos sentirnos culpables por querer tener tiempo para nosotras mismas y nuestros proyectos.

Espero sea de ayuda para ustedes, y si algún día quieren drenar, por aquí las esperamos.

Pareja y Familia

Tiempo de adultos, tiempo vital

Cuando nos convertimos en madres todo cambia tanto y tan rápido, que muchas veces no nos damos cuenta de todas las cosas que hemos ido dejando de lado. Una de esas es el tiempo de pareja y el tiempo de adultos.

Pero, ¿Sabes qué es el tiempo de adultos?

Si te lo explico sin muchos adornos, es ese tiempo que tenemos que tener, sin excusa alguna, con otros adultos sin que los niños sean el centro de atención. Y antes de que te alarmes, no se trata de egoísmo, sino de pensar en ti misma e incluso en tu pareja.

El tiempo de adultos es un tiempo dedicado a hacer cosas para nosotros y por nosotros, y en el que debemos dejar el remordimiento de lado, pues es un tiempo dedicado a distraernos y cultivarnos en las cosas que nos motivan y nos hacen sentir bien con nosotras mismas.

Por eso es importante entender que no se trata solo de tiempo personal y de pareja, sino de tiempo para las amigas, para la familia extendida, para hacer un curso o asistir a una exposición, etc., sin los niños.

¿Por qué es necesario?

Simple, y no lo digo solo yo, pero un día me di cuenta que cuando salía con alguna amiga sólo hablaba sobre mi hija, qué hacía y que no, cómo había crecido y los planes que tendríamos con ella. Y me empezó a hacer ruido la voz de una de mis tías diciéndome «cuándo nazca la bebé la gente te anulará a ti. Ya nadie más te preguntará cómo estás tú o cómo te sientes, sino todo será sobre el bebé».

¡No, me niego! Eso no puede ser, porque yo también cuento.

Y no sólo que yo cuento e importo, sino que tengo que estar bien yo para enseñarle con el ejemplo a mis hijos que ellos son más importantes en sus propias vidas que nadie.

Y sí, el bebé es importante, pero yo también soy importante. Yo soy lo más importante de mi vida, porque para darle lo mejor de mí a ellos, tengo que cultivarme y cuidarme yo antes.

Pero, si además somos de los que queremos criar desde el respeto y el ejemplo, ¿cómo es que le voy a enseñar a mis hijos que tienen su propio lugar y espacio en el mundo, si ellos me anulan en mi propio mundo?

Difícil, ¿no? Pero hay que hacer un esfuerzo para entender esto y que por más que los amemos, ellos no son nuestros, son prestados y tienen vidas propias que cultivar.

Así que el tiempo de adultos durante la maternidad y el tiempo de crianza, es necesario y vital.

 Es necesario para drenar, para crecer, para enriquecerse y sobre todo para oxigenar.

¿Qué se hace en el tiempo de adultos?

Pues se hace lo que a uno le gusta hacer que no implica hablar o pensar en cosas de los niños o la familia o la casa, e incluso el trabajo. Es decir que, durante este tiempo tu sólo tendrás que ocuparte de ti misma.

Es verdad que cuando eres emigrante estos tiempos son más reducidos por no contar con el apoyo familiar para que se hagan cargo de los niños por unas horas, pero en nuestro caso nos hemos reinventado el tiempo, e inventamos planes cortos durante las horas de colegio y visitamos lugares que nos gustan pero donde no podemos de ninguna manera ir con niños.

También hemos probado ver películas de gente grande (a mi esposo le encantan las películas de acción donde hay balaceras y esas cosas que una niña no debe ver), y también hemos aprovechado para descubrir baños termales en nuestra ciudad (en estos lugares no se permite la entrada de menores de 14 años por los minerales que contiene el agua).

Pero además del tiempo de adultos en pareja, hemos buscado tener nuestro tiempo de adultos por separado, y en mi caso son momentos que aprovecho para salir a fotografiar la ciudad o tomarme un café sentada en algún lugar bonito que me inspire a escribir, mientras que mi esposo prefiere usar su tiempo en actividades deportivas que no puede desarrollar durante la semana.

No les niego, a veces también simplemente me acuesto a dormir por dos horas seguidas y eso es muy revitalizante, pero a fin de cuentas, este tiempo es importante para que nosotras nos sintamos bien con lo que hacemos y tenemos.

¿Y tú tienes tiempo de adultos? ¿Qué haces?

Migración

La pareja después de la migración

Así como después del parto la pareja muta, la migración también nos afecta directamente. Y no es para menos, somos humanos y en este proceso nuestras rutinas y costumbres se ven completamente alteradas y entramos a un período de adaptación, que para cada ser humano es totalmente diferente.

Recuerdo que antes de emigrar mis amigos que estaban fuera me decían “por lo menos ustedes se van juntos, tú no te imaginas lo que es estar sólo fuera”. Y yo pensaba dentro de mi ¿Y si no funcionamos nosotros?

Recuerdo perfecto un día que una de mis amigas se iba sola a vivir a otro país y me dijo, “ten calma Carla, a ustedes les irá buenísimo porque van en familia, en cambio yo sí me las veré grises al estar sola”.

Les confieso que en ese momento no me pude contener y se lo dije. No tenemos la seguridad de nada, porque como todas las decisiones importantes de la vida, emigrar también es un acto de fe. Fe en que te irá bien y que podrás superar todas las pruebas con éxito. Pero emigrar solo o acompañado no te da más o menos seguridad o probabilidad de éxito.

En efecto, en nuestro caso la migración trajo soluciones a muchas cosas que nosotros deseábamos cambiar en nuestras vidas, pero también nos trajo nuevos problemas que posiblemente nosotros no habíamos visto en el panorama.

Y no les mentiré, nos tocó la puerta de la relación de pareja. Y nos ha tocado ir aprendiendo en el camino a solucionar todas las diferencias que ahora sentimos pesan más.

Es obvio, ahora estamos lejos de todos nuestros afectos. No contamos con ese apoyo físico de amigos y familiares a los que estábamos acostumbrados, y eso te mueve el piso.

La verdad es que desde donde yo lo veo, nadie está preparado para emigrar, ni sólo ni en pareja o familia, así como tampoco estamos preparados para enfrentarnos a la maternidad. Entonces no queda más que lanzarnos al ruedo y aprender a vivir con esta nueva situación de vida.

¿Y les digo algo? Es una experiencia realmente enriquecedora.

Porque así como con los hijos toca decidir echarle pichón, con la pareja también. O puede que no, puede también que llegue el momento que decidan no continuar. Es válido, y no pasa nada, nadie tiene que juzgarte por ello.

¿Qué nos ha funcionado a nosotros? Me lo preguntan casi a diario, y siempre digo que no somos el mejor ejemplo porque teniendo personalidades tan diferentes, es verdad que la migración nos alejó mucho de nuestra concepción de matrimonio pero trabajamos mucho para reencontrarnos.

Nos hemos abierto mucho y hemos estado aprendiendo a tejer una relación mucho más sólida en la que somos esposos, pero también amigos. Si no tenemos a nadie más cerca, y no es tan fácil hacer amigos, pues nosotros tenemos que ser nuestros propios amigos.

Como dice la canción, amigos y amantes, padres y hermanos.

Uno de los grandes aprendizajes ha sido entender que el matrimonio es un templo que se construye todos los días, y del que también necesitamos de vez en cuando un descanso. Pero ojo con esto, esto no se trata de ser infieles ni nada por el estilo, sino simplemente de encontrar espacios para estar juntos como pareja y como familia, pero también tener espacios para estar solos con nosotros mismos, y fuera del horario de trabajo.

Además de esto ahora funcionamos mejor como un equipo y nos apoyamos mutuamente en los retos profesionales y personales que se nos presentan.

Propiciar momentos de pareja sin los hijos alrededor ha sido la parte más ruda por no tener familia de soporte cerca, pero nos la hemos ingeniado y hemos hecho planes de adultos mientras la niña asiste al colegio. Evidentemente esto es algo que no podemos hacer todos los días, pero cada vez que se presenta la oportunidad nos damos un gusto de adultos.

En esta tarea también tuvimos que volver a conocernos. Querida amiga, créeme que si tú piensas que eres la misma que salió de tu país, no has aprendido nada.

Emigrar es adaptarse y evolucionar también. Así que como pareja nos tocó volver a conocernos y reconocernos. Y es en este proceso que algunas parejas deciden no continuar, y por eso digo que nadie te puede juzgar por tomar una decisión como esa, pues el matrimonio también es respeto además de amor.

También nos ha servido mucho conectarnos con familias afines a nosotros, nuestros valores e intereses. Estas familias no necesariamente son inmigrantes, pueden ser locales, y es una relación súper nutritiva porque aprendemos cosas de ellos y evidentemente no nos sentimos tan solos.

Hablar, hablar y hablamos mucho. En este último punto todavía trabajamos incansablemente porque a veces se nos olvida como remar en equipo, y no les diré que es fácil emigrar en pareja, pero si hay amor y respeto, todo debería salir bien pese a las tormentas.

Esta es parte de mi historia, pero sé que no soy la única que ha emigrado en pareja, así que me gustaría saber si quienes me leen tienen alguna historia que compartir sobre este tema.

Pareja y Familia

El matrimonio vacío

Érase una vez una pareja que vivía feliz… o al menos eso parecía.

Lo tenían todo; una casa, un trabajo estable, unos hijos sanos e inteligentes, y hasta el perro que es como la guinda de la torta en la foto familiar.

Ante los ojos del mundo nada faltaba y cualquier queja que tuviera la mujer de su hogar, era totalmente refutable porque aquel hombre era el prototipo perfecto para quienes veían desde afuera la situación.

Lo que pocos sabían, era lo que realmente pasaba dentro de casa; donde a duras penas marido y mujer hablaban de algún tema relevante. Las ocupaciones diarias y los hijos era lo único que aquellos dos seres, que alguna vez compartieron tanto amor y alegrías, ahora tenían en común.

“Pero si estamos bien, no nos falta nada. No puedes ser inconforme y mal agradecida”, se repetía aquella mujer en su cabeza todos los días del mundo, ante la respuesta incomprendida de las pocas personas a las que les expresaba su verdadero sentir.

Todos los días se preguntaba ella, si de verdad el resto de su vida tendría que ser así… sin emoción en la pareja, sin verse a los ojos, sin agarrarse de la mano, sin un cariño que no estuviera relacionado con el sexo, que ahora era sólo eso, sexo. Una necesidad fisiológica más que cubrir, sin conexión, sin amor, casi que por respuesta automática al momento e incluso a veces el cupón que evitaría las peleas de la noche.

Seguramente en su cabeza él también lo pensaba pero estaba demasiado ocupado trabajando, y para cuando llegaba el momento de poder ver las cosas en paz, ya era hora de dormir para continuar con la rutina.

¡Uff! La rutina, esa miserable traicionera come sueños, que al final termina convirtiéndose en el atajo de muchos para conseguir “estabilidad”, para quedarse en esa zona de confort que te atrapa para no tener lo que mereces sino aceptar solo lo que tienes.

“¿Pero realmente esto es lo que quiero para mí? ¿Este es el ejemplo de vida que le quiero dar a mis hijos? El del conformismo que alguna vez para mí representó mediocridad. Irse de la vida sin haber hecho lo que realmente quería porque sólo había que llenar un montón de requerimientos sociales”, se repetía ella todos los días mientras lloraba en silencio en el baño.

Todos los días era lo mismo. Ella se despertaba antes que él, preparaba el desayuno que poco a poco se fue volviendo mediocre; se vestía, tomaba un café mientras él finalmente se bañaba. Ella preparaba a los niños, las loncheras y salía a llevar a los pequeños al colegio. Mientras el marido solo se preparaba para irse a trabajar y no volver hasta la noche. Ocho horas más de estar separados físicamente, pero realmente eso no pesaba tanto como la separación emocional que ambos estaban viviendo.

En sus días más libres ella volvía a casa para cocinar, limpiar, hacer las compras y resolver uno que otro asunto, que al final terminaba siendo el asunto de alguien más de la casa. Buscaba a los niños, los entretenía hasta que el papá llegaba a casa y la saludaba -con suerte- con un beso frío, casi que sin interés.

Mientras los niños tumbaban la casa, él hombre sólo se dedicaba a ver el celular o la televisión, pero incluso algunos días se arriesgaba a buscar conversación contando cosas de trabajo, que a ella al final no le interesaban.

Ella se sentía un mueble más, incluso cuando él se acercaba con un fallido intento de amor para usar su cupón favorito. Él no veía en su mujer los ojos vacíos, su dolor desesperado ante la frustración que ella sentía.

Y ella lo sentía por los dos. Ella bien sabía que él tampoco era feliz.

Este es un relato real, uno escogido aleatoriamente de todas las historias que escucho cada día de mujeres reales que han visto cómo se desmoronan sus relaciones tras la llegada de los hijos.

¿Pero realmente este deterioro es culpa de los hijos?

Desde mi punto de vista, y desde mi experiencia propia, no.

Si buscamos culpables esos seremos nosotros mismos, los padres, que de alguna manera no hemos sabido manejar la presión de la situación y preferimos escondernos en el trabajo, en las excusas e incluso en las creencias con las que hemos crecido, o más fácil echarle la culpa al otro de lo que en realidad es un asunto de dos.

Pero esto no se trata de culpas sino de encontrar soluciones reales y factibles para ambas partes, porque como bien dicen por ahí, mientras mejores esposos o amigos seamos, mejores padres seremos.

Un matrimonio feliz no es necesariamente el que duerme a modo cucharita todas las noches, o en el que la mujer recibe más flores al año que cualquiera de sus amigas. Un matrimonio feliz es donde hay atención de parte y parte, donde uno se preocupa por el otro, donde son amigos y amantes que constantemente se están enamorando y atrayendo el uno al otro.

Un matrimonio feliz es aquel donde ambos muestran real preocupación por los asuntos y planes de la pareja, y además se apoyan, donde se trabaja en equipo por las metas en conjunto pero también por la cotidianidad, donde la plata no se convierte en sinónimo de manipulación, donde el perdón tiene cabida cuando se comenten errores, y donde la cama es un lugar de encuentro incluso para los sueños, no sólo para dormir.

El matrimonio es respeto y amor, es verdad, pero también es complicidad, amistad, apoyo, tolerancia, familia, compromiso, armonía, relevo, ternura y muchas otras cosas más que conviven con dos personalidades diferentes.

Y en este punto quisiera ser clara, no como especialista en nada sino como ser humano, el motivo  de un matrimonio nunca deben ser sólo los hijos, porque los hijos son, de alguna manera, la consecuencia del matrimonio, y al final ellos crecerán y nosotros nos quedaremos solos con nuestras parejas.

Pero si pones a otros como motivo de tu matrimonio (hijos, padres, sociedad, etc.), puedes estar viviendo en un matrimonio vacío, donde sólo importan las fotos familiares que mostraremos en algún momento a un tercero, que al final no será más o menos feliz por nosotros porque a cada quien le toca vivir su propia vida.

El matrimonio vacío es aquel donde se perdió el respeto, donde se desconectó el corazón y donde el amor escasea. El matrimonio vacío lamentablemente hoy es muy común, y es ese donde algunos prefieren permanecer por conformidad, por costumbre, pero nunca por amor propio ni mucho menos por amor al otro, y al final esto termina siendo una carga muy pesada para llevar.

Si tú eres una de esas mujeres que está viviendo en un matrimonio vacío, te recomiendo con el corazón en la mano buscar ayuda, bien sea para salvar tu matrimonio o para partir al rumbo donde te sientas feliz y en paz, porque nadie querida amiga, NADIE merece vivir sumido en la tristeza.

Pero si no eres tú, sino que es una de tus amigas que se encuentra en esta situación, no le des la espalda, no la juzgues, ni te involucres, sólo escúchala, no la abandones como el resto de su entorno.

pareja y familia
Pareja y Familia

Las he visto, y a mí también me ha pasado

Las he visto secarse las lágrimas con la camisa para que sus hijos no se den cuenta de la injusticia. Las escucho a diario escondiendo su agotamiento con un disfraz de disgusto.

Las leo cuando me dicen, cómo hago si ya no aguanto más.

Yo misma he sentido en mi cuerpo ese peso que no te deja caminar a la velocidad que quieres, esa agonía por los minutos que pasan como horas cuando los niños gritan alrededor, cuando el padre habla de lo que se le ocurre como si a uno le importara, y uno se vuelve invisible.

Sí, yo también he estado ahí. Cansada, molesta, incomoda, con ganas de pegarle en la madre al desconsiderado que hace chistes sobre si he pasado el día durmiendo, porque la mayoría de la sociedad dice que quien cría desde casa, no trabaja.

Cada vez que una seguidora me escribe para preguntarme cómo hago yo, siempre empiezo por decirles que yo no soy especialista en nada más que en ser humana. Humana desde el segundo en el que abro los ojos y entiendo que estoy viva, y que no me interesa ser perfecta, sólo ser feliz para estar en paz.

Por eso siempre digo que así como para la vida, en la maternidad tampoco hay un manual. Yo misma no lo tengo porque no podría seguirlo, soy demasiado distraída para seguir instrucciones al pie de la letra.

Por eso es que las entiendo, las comprendo y las abrazo, porque yo también he estado ahí en ese grito desatinado que le diste a tu hijo hace días cuando tú estabas apurada y él insistía en jugar un rato más; también he estado en esas lágrimas calladas de sentir que tu pareja no te valora simplemente porque pasan los días y sigue sin preguntarte cómo estas, qué hiciste hoy o si al menos tuviste tiempo de comer. Me paseé también por esa calle de ira, que tiene un solo sentido, cuando algún conocido superficialmente bromeó sobre tu agotamiento. Sí, yo también estuve ahí queriendo abofetearlo, sonriendo falsamente para no estallar en llanto.

¿Pero qué hago? ¿Cómo lo controlo?. Siempre es la misma pregunta, y de un tiempo para acá me he dado cuenta que la respuesta es simple. ¡VIVE!

Vive sin el remordimiento del que dirán, sin la tensión por cumplir con quien no es tan importante como tus hijos para ti.

Vive entendiendo que todo esto también pasará, y que más temprano que tarde tu estarás en un sillón o en algún asiento de un bus viendo de lejos a una madre que está en la situación que estás tú hoy, y por dentro la abrazarás… pero es seguro que la envidiaras porque ya tus hijos habrán crecido y tendrás esa sensación de no haber disfrutado tanto como hubieses querido, el tiempo con ellos.

Les escribo esto porque hace rato hablaba con Sára, quien aún no cumple dos años, y le decía “hija, en la vida hay solo tres cosas que no se pueden detener ni ocultar, el tiempo, de dónde venimos y la muerte. Tu papá y yo siempre seremos tus papás, así dejemos de ser profesionales, esposos, amigos, primos de fulano, pero nunca jamás, así como el tiempo nunca dejará de correr, dejaremos de ser tus padres”.

Su carita fue un poema, seguramente habrá pensado ¿qué dijo esta loca?, porque yo misma después de decirlo me quedé fuera de base. Pero a los minutos entendí por qué le decía eso; y es que había vuelto a escuchar a una madre llorar agotada e incomprendida, harta de las malas palabras de su pareja, de la incomprensión de su entorno acerca de cómo ella lleva su vida mientras gasta hasta su última gota de fuerza en atender a sus hijas.

La observaba mientras su esposo, seguía viendo un partido de fútbol y la juzgaba por no poder controlar a las niñas mientras él veía la televisión. ¡Wao! ¿Y él se habrá preguntado si ella hoy tuvo quien controlara a las niñas unos minutos para que ella si quiera fuera al baño en paz?

Seguramente no, y tampoco es que el tipo sea malo, simplemente fue programado así, siendo un poco más robot y un poco meno humano, y se topa con esa humana que ha despertado después de la maternidad, y que sí, está feliz y agradecida de ser madre, pero también quiere continuar con sus planes, con su vida, tener un tiempo para ella, e incluso tener un tiempo solo para él.

Es duro, no lo niego, pero como yo también he estado ahí, les aseguro que de allí también se sale. Es por eso que es tan importante entender que para cuidar a la familia, para criar a los niños, nosotras tenemos que cuidarnos mucho más.

Sí mamá, si tú no estás bien, nadie a tu alrededor, y menos que dependa de ti, podrá estar bien.

Créeme, confía, todo este tiempo de sacrificios, de ser un adorno más en la casa, también pasará y tus hijos serán la mejor recompensa de este tiempo.

Todo pasa.