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Migración

Playdates y grupos de apoyo en el proceso migratorio

Hace un tiempo que quiero contarles, una de las cosas que más me ha ayudado a no sentirme tan sola lejos de casa siendo mamá, así que he desempolvado este post, que había escrito hace ya bastante tiempo y que ahora me parece vale la pena traer al blog.

Ojo, siempre digo que cada proceso migratorio, así como cada embarazo y cada hijo, es diferente, pero ¿por qué no compartirles lo que a mí me ha funcionado, si a ustedes les puede hacer la situación un poco más llevadera?

Recién llegados a Hungría, conocimos a una pareja con una niña un poco más grande que la nuestra. Recuerdo que para mí verla a ella tan adaptada a su realidad húngara, siendo tan venezolana, me dio como un fresquito en el corazón y decidí escribirle un mensaje a ver si me podía ayudar a entender más cómo funcionaban las cosas aquí con los niños.

Inmediatamente ella me respondió y me dijo que pediría que me ingresaran a un grupo de WhatsApp que le había ayudado mucho cuando estaba embarazada y posteriormente al dar a luz; y así fue como me encontré por primera vez frente a frente con un grupo de mamás expatriadas, que cambiaron totalmente mi forma de ver la experiencia migratoria.

Sí, ya había tenido un acercamiento previo a través de un grupo de Facebook, pero aquello no se comparaba con la puerta que se me estaba abriendo, pues allí he compartido ideas y sentimientos con más de 100 mujeres de distintas nacionalidades y culturas que hacen vida en esta ciudad, y que son como un ejército de mamis que brindan apoyo a quienes acaban de llegar.

El grupo en ocasiones puede parecer una locura, una habla de una cosa y otra de otra, mandan fotos, preguntan dónde consiguen tal cosa, o por qué hay que vestir a las niñas de rosado y a los varones de azul, pero cuando alguna necesita algo siempre alguien responde y resuelve.

Ha sido tan efectivo este espacio digital, que les cuento que incluso nuestro primer apartamento acá, lo conseguimos gracias a que una mamá del grupo, que había salido por un tiempo de Hungría y nos alquiló su casa para que estuviéramos allí tranquilos mientras encontrábamos un lugar definitivo.

Nosotros realmente no podíamos creer que esta persona sin conocernos nos alquiló SU casa, con sus cosas adentro, para que nosotros pudiéramos pasar nuestra primera navidad lejos de la familia tranquilos.

A través de este mismo grupo llegué a uno más pequeño pero igual de entregado, dedicado a las mamás de habla hispana, y así fue como pudimos empezar a hacer vida social familiar en este nuevo país.

Varios de nuestros primeros amigos, surgieron a través de estos grupos, o referenciados por alguien que ya conocía a través de estos grupos, a los que yo me refiero como «Grupos de apoyo o soporte».

Estos grupos son muy comunes ya hoy en día en todo el mundo, funcionan en WhatsApp o en redes sociales como Facebook, e incluso en Instagram, y fungen como un gran circulo de apoyo para quienes emprenden un nuevo rumbo en un país distinto al suyo. ¿Qué si me parece una buena idea? Me parece una genial idea, porque así puedes irte haciendo la idea de como funcionan las cosas en realidad, pero además tienes un roce social con muchas culturas diferentes que termina siendo realmente enriquecedor.

Playdates

Así pues fui conociendo actividades, iniciándome en algunas de ellas y compartiendo con otras mamás en situación similar a la mía, de las que uno se va haciendo amiga, y al final los niños disfrutan pasar tiempo juntos, y hacemos lo que se conoce como “Playdates”.

Los “playdates” son citas de juego a los que se va con papá o mamá, o inclusive con ambos, durante un tiempo determinado, en un espacio a conveniencia de ambas partes, pero donde sobre todo los niños estén seguros.

Como Budapest es una ciudad en su mayoría “Kids Friendly”, estos encuentros suelen darse fuera de casa, y en la época de invierno pueden ser en restaurantes, cafés o librerías.

Aunque lo frecuente es ver a las mamis en playdates, esta también se ha convertido en una práctica casi que profesional para los papás, que pueden hacer conexiones laborales con otros padres. Y las mamis, es verdad, también aprovechamos para darle a la sin hueso, y en mi caso practicar una lengua extranjera.

Cuando se vive en un país con un idioma diferente al nativo, es importante que se le dé importancia a nuestro primer idioma, por lo que estas citas también suelen ser muy buscadas para este fin. Si nos ponemos a ver, muchas veces los niños en esta condición lingüística, por llamarlo de alguna manera, entienden lo que los padres les pedimos, pero responden en el idioma que están aprendiendo en el colegio, por lo que compartir con otros niños en el idioma nativo de sus padres, les permite desarrollar nuevas habilidades de comunicación y mantener activo el idioma.

Los playdates no sólo son valiosos para los niños que aún no están escolarizados, que pueden desarrollar valores como compartir, la amistad, imaginación, entre otros, sino que además le sirve para drenar toda esa energía que tal vez les queda grande en casa. Y también para las mamás, que pueden de alguna manera respirar otro aire y hablar de cosas de adultos con otros adultos, durante el tiempo que se supone es de exclusividad para los niños.

Lo importante es que si te interesa organizar un playdate ubiques un sitio en el que los niños estén cómodos y seguros, que les brinde la oportunidad de moverse libremente, donde no dependan exclusivamente de la tecnología, que cuente con sanitarios en caso de un imprevisto, que sea de fácil acceso, e incluso que sea cómodo para ti como mamá (es decir, que puedas sentarte, tomarte un café o compartir una galleta).

En cuanto a la hora de escoger con quien compartirlo, dependerá de tus intereses, pero obviamente la recomendación siempre será que busques hacerlo con mamás que compartan el mismo tipo de valores que tú, incluso si lo estás haciendo como yo para intercambiar idiomas, porque aunque el interés es que los hijos se distraigan, la idea es que las mamás también estén cómodas para hacer más agradable la experiencia.

Si estas nuevo en la ciudad y no sabes con quién puedes organizar una cita de este tipo, te recomendamos que busques a través de grupos de redes sociales como Facebook, grupos de madres y padres expatriados con intereses similares a los tuyos. Por ejemplo, puedes buscar “Mamás latinas en Inglaterra” ó “Hispanohablantes en Rusia”, y colocar una notificación informando de tu llegada y tus intereses.

También te recomiendo que no tengas miedo y te inscribas en actividades extracurriculares donde también pueden participar los padres, ya que es una forma eficiente de conectar con otros padres y ampliar el grupo de referencia. En nuestro caso decidí no inscribir a mi pequeña en las clases de baile venezolano, pero sí hacerlo en las clases de folklore húngaro, y así he podido conectar más con el idioma, pero a la vez con las tradiciones y la cultura, y con otras mamás húngaras, que siempre están dispuestas a tender una mano.

Siempre lo digo a todo el que me dice “emigrar es duro”. Sí, es muy duro, pero más duro es hacerlo solo y no buscar compañía en el proceso, por lo que creo que sin duda este tipo de actividades nos ayudan a llevar mejor el duelo y a ver con mejores ojos todo lo nuevo que nos trae nuestro nuevo hogar.

Ojo, que también me gustaría decirles que todas estas actividades terminan siendo buenas y enriquecedoras, incluso si no hemos emigrado.

InstaLive

Ana Guarecuco: «Reconocer el trabajo de los niños genera confianza en sí mismos»

Ana Patricia Guarecuco es una de esas mujeres que te inspiran confianza aun sin conocerla. Ingeniero electrónico de profesión y artista plástico de ocupación, es una de esas mamás venezolanas inmigrantes que se va abriendo camino en Europa y el mundo con su talento, a la par que va aprendiendo poco a poco a ser mamá.

En esta oportunidad, ha sido mí invitada a “Especialista y Mamá”, pues su inspiradora historia no puede ser más que un ejemplo para todos, de que en la vida lo importante es ser feliz y que es en eso en lo que se basa la perfección.

Con ella hablamos sobre los procesos creativos y cómo nos ayudan en la maternidad y aquí te dejamos un extracto de esta entrevista que le realicé desde InstaLive el jueves 27 de junio.

-Ana P, eres mamá, eres esposa, eres mujer, ingeniero, yo conozco parte de la historia pero… ¿Cómo es que te conviertes en pintora?

-Bueno, la verdad es que llegué a esto después de la inesperada muerte de mi mamá y mi abuela en un accidente de tránsito. Yo vivía con ellas en Barquisimeto (Venezuela), y pues las perdí y más allá de la perdida me quedé sola, porque ya mi hermana no vivía con nosotras.

En todo ese duelo, que era inexplicable yo empecé a preguntarme ¿qué pasa si? Y me di cuenta que, aunque me gustaba lo que hacía, yo quería ser dueña de mi tiempo y quería hacer algo con lo que realmente yo me sintiera feliz. Así di el paso, bajo esas dos premisas.

-¿Pero tenías estudios en artes?

-Sí, había hecho una que otra cosa pero nada formal. Pero eso iba más allá del estudio, era algo que me conectaba con mi esencia, yo sentía que me liberaba pintando, así que decidí dedicarme a eso.

­-¿Y cuál fue la primera reacción de la familia?

-Primero pensaron que el impacto de la muerte de mi abuela y mi mamá me había vuelto loca. Mi familia creyó que esto era así como que mañana dejo de trabajar y esperemos a ver de qué vivo luego, pero no, para mí todo era un plan que al final me llevaría a donde estoy hoy.

Sí, renuncié y tenía un dinero para mantenerme en caso de emergencias, e incluso conseguí luego un trabajo como ingeniero que me permitía controlar mi agenda, pero no era lo que quería, así que seguí trabajando duro, investigando e informándome para vivir del arte. Cuando mi familia vio de qué iba mi plan realmente, me apoyaron bastante, no puedo decir lo contrario.

-Vives del arte pero a la vez tienes ahí a tu hija contigo, ¿cómo manejas tu tiempo?

-No te puedo negar esto, yo llevo una agenda y soy muy estricta con ella. Evidentemente, si estoy con la niña soy más flexible y puedo mover ciertas cosas, si no puedo hacer algo lo hago cuando ella se duerme y cosas así, pero vivo exigiéndome cumplir con mi agenda, para hacerme el hábito y cumplir con mis metas y compromisos.

No es fácil, a veces el día no rinde, pero sobre todo cuando mi hija está en su guardería, es cuando yo más me exijo por cumplir las cosas, es como un reto.

@anap_art en su taller en Italia

-Pero vemos mucho a tu bebé en el taller también, y eso es algo que me llama la atención porque muchos padres pueden ser más bien celosos con su trabajo. Es decir, tú vives de lo que hay en ese taller.

-Sí, pero no veo por qué negárselo. Esa es una forma de que ella también experimente y se sienta libre. En todo caso en el taller hay algunas reglas, ella tiene sus pinturas y sus cosas para pintar, y están las cosas de mamá también, y esas no se tocan porque le hemos explicado que ese es el trabajo de mamá.

No te negaré que hemos tenido accidentes, una vez me volteó un cuñete de pintura y fue un total desastre, pero fue un accidente y hay que entenderlo de esa manera, son cosas que pueden pasar y pasarán, pero trato de no decirle que no porque al final estar allí para ella también es bueno.

-¿Es buena la pintura entonces para todos?

-Oye sí, sin duda alguna. Podría hablar de cosas científicas y tal, pero por experiencia puedo decir que el arte es una forma de comunicación, de expresarte aun cuando no puedes hablar. Yo siento que mi hija me habla a través de su arte y eso me parece maravilloso.

Además también es una manera de drenar nuestros sentimientos y emociones, y de relajarse.

-¿Y cómo la motivas a pintar o simplemente dejas un trabajo abierto?

-A mí me gusta que se exprese y la verdad es que como a muchos niños le gusta pintar, pero te puedo decir que hace unos días nos entregaron los dibujos y los trabajos del colegio que ella ha hecho durante el año, y decidimos ponerlos en una esquina de la casa, los pegamos todos como si fuera una exposición y ella está tan feliz con eso. Nosotros le explicamos, la felicitamos por su esfuerzo y ella se siente feliz porque le estamos haciendo un reconocimiento y eso genera confianza.

-¿Ese fue el propósito?

-Sí claro, reconocer su trabajo pero también ayudarla a generar confianza y autoestima. ¿Qué mejor manera de decirle a tu hijo el valor que tiene que haciéndole saber lo orgullosa que estás?

-Totalmente de acuerdo y una idea muy linda además.

-A los niños hay que formarlos en valores.

Si emigramos fue para avanzar y en esa situación, como en otras tantas de la vida, uno tiene que tener la mente abierta a nuevas experiencias, estar dispuesto a adaptarse y sobre todo tienes, desde todo punto de vista, que revalorizar lo que es cotidiano»

Ana Patricia Guarecuco

-Dices eso y me viene a la cabeza verte en esos videos recorriendo tu nueva ciudad en bicicleta con tu beba atrás, parece que danzan con el viento, ¿Qué te ha hecho involucrarte o sentirte tan cómoda en una sociedad tan diferente a la nuestra?

-Carla siempre lo he dicho y para mí es como un principio de vida, si emigramos fue para avanzar y en esa situación, como en otras tantas de la vida, uno tiene que tener la mente abierta a nuevas experiencias, estar dispuesto a adaptarse y sobre todo tienes, desde todo punto de vista, que revalorizar lo que es cotidiano.

Puede ser muy fácil ir por allí quejándose de todo y de nada, pero ¿por qué? Estar vivos, despertar cada mañana, esos son regalos muy grandes que tenemos. Poder ver los árboles, oler un café, ver una mariposa que nos pasa por enfrente, sentir la brisa en la cara, tenemos que aprender a darle el correcto valor a esas cosas, y eso es lo que yo he hecho.

Llegamos a Italia, a un lugar que no conocía con un idioma que no conocía y ¿qué más podía hacer? Me tocó abrir la mente, romper paradigmas y revalorizar todo lo que ahora tengo a mi alrededor. Y no te voy a mentir, yo creo que de no haber emigrado, nunca me hubiese inspirado tanto en pintar a Barquisimeto y sus rincones como lo hago, es como poner más atención en cada detalle.

-Entonces ¿vives feliz todos los días?

-No, evidentemente hay días donde uno se siente mal, nadie se siente feliz todos los días de su vida, pero eso no puede ser lo común. No sé, pero vivir en la constante queja y en el “no tengo” es demasiado negativo.

-¿En qué te inspiras entonces? Para pintar digo, porque parece que eres una mujer muy inspirada en todo sentido.

-Mira, particularmente soy una persona entregada al trabajo creativo, entonces si yo revalorizo, si le doy la verdadera fuera y energía a lo positivo que hay en mi entorno, si leo, investigo, conozco cosas nuevas, así voy creciendo y me voy inspirando.

-Se nos ha pasado el tiempo muy rápido pero me encantaría que dejes un consejo de vida para las madres en general, pero especialmente a las inmigrantes que como nosotras estamos en lugares donde no es común emigrar.

-Oye, yo tengo dos reglas en este tema. Primero es la regla de los tres días. Es decir, habrá días que te sientas mal y eso no está mal, hay que permitírselo, pero no puedes sentirte mal por más de tres días. Emigrar también implica un duelo y hay que vivirlo, es tonto no permitirse vivirlo, pero tampoco podemos caer en la continua tristeza.

Y lo que me ayuda con esta primera regla, es escribir por qué salí de mi país, cuál fue mi motivación y qué he logrado hasta ahora. Cuando me siento mal, cuando dudo si hice lo correcto o no, leo eso y no me doy más de tres días para volver a sentirme bien.

Esto también aplica a la maternidad, que de alguna manera te enseña también a ser inmigrante y a reinventarte una y otra vez.

Migración

La migración me hizo más creyente, no más religiosa

En mi cuenta de Instragram siempre escribo sobre la importancia de inculcar la fe como un valor para nuestros peques, y me atrevo ahora a contarles por qué.

Si yo hago una revisión profunda de mí ser, la verdad es que nunca he sido una persona a la que le guste ir mucho a la Iglesia, pero lo que sí he tenido es una gran conexión con esa energía universal que yo llamo Dios y la Virgen, en distintas etapas de mi vida.

Emigrar hizo que me diera cuenta de ello, y además de eso me hizo una mujer mucho más creyente desde el punto de vista de fe, no de religiosidad.

Pero, ¿Con qué se come eso? Pues bien, les cuento que cuando llegamos a Hungría, hubo muchos días en los que me sentía perdida por distintas situaciones que ocurrieron a la vez del proceso migratorio e hicieron todo un poco más difícil, y el lugar en el que estábamos no me daba ni un poquito de paz, así que para mí se convirtió en algo vital y necesario, encontrar un lugar en el que pudiera conectar con esa energía que necesitaba para lograr mi centro.

Así fue que empecé a caminar por mi ciudad hasta que un día llegué a una Iglesia. No puedo decirles lo majestuoso del altar, pero eso no era lo que me maravillaba, era la paz que yo podía obtener en aquel lugar, en pleno centro de la ciudad, pero donde todo quedaba en silencio y quedaba solo yo meditando y alcanzando mi centro.

Después tuve unos días mucho más difíciles, y alguien apareció como caído del cielo y me habló de las misas en español que se daban cada domingo, en un pequeño espacio de una especie de hostal católico en mi ciudad, así que fuimos a ver y no puedo contarles en palabras cuánto lloré aquel día. Entré con una carga muy pesada y salí viendo como la vida me sonreía.

No sólo por la energía que pude conectar en aquel humilde lugar, sino por la forma en la que pude ver con fe que lograríamos todo lo que nos propondríamos.

No les mentiré, pero se volvió un ritual ir cada domingo a ese espacio que para mí era un escape, pero llegó un momento en el que no fue ya más cómodo, y ante ese incomodidad empecé a alejarme de la iglesia otra vez.

Resulta, que encontré otro lugar, en plena calle donde podía conectarme con mis creencias. Una Virgencita floreada a las afueras de una iglesia por la que pasamos casi todos los días. Allí no sólo conecto yo, sino que he hablado con Sára sobre creer en una energía superior.

Hace algunas semanas, un amigo no creyente me cuestionó sobre esto. “Tú estás imponiéndole a tu hija ser católica”, me dijo. Y mira que la verdad me sentí un poco incomoda con esto, porque no, yo no estoy imponiéndole una religión, estoy hablándole de lo que yo creo y cómo me conecto con ello.

Inculcar la fe no se trata de imponer una religión, se trata de hacernos más humanos y de enseñarle a nuestros hijos que creyendo se logran muchas cosas».

De mi propia inspiración

Es decir, yo soy católica, pero no me gusta el Papa o la forma de muchos sacerdotes. Sin embargo, tengo un gran amigo sacerdote que no sólo confirmó a mi esposo, nos casó, bautizó a nuestra hija, sino que también nos ha enseñado mucho de la Biblia a través de la vida misma en los momentos más difíciles de nuestra vida, y que nos ha conectado con la fe desde otra perspectiva.

Y me iré a un punto de vista más radical; siendo católica yo no creo en un Dios castigador de barba, sino en una energía creadora que puede ser tan intangible como el aire que respiramos.

¿A dónde voy con todo esto?  Simple, inculcar la fe no se trata de imponer una religión, se trata de hacernos más humanos y de enseñarle a nuestros hijos que creyendo se logran muchas cosas.

¿Creyendo en qué? En lo que ellos deseen creer, siempre y cuando no le hagan daño a nadie. Así que si el día de mañana, Sára que hoy pasa por la Virgencita y le muestra lo que lleva en la mano, o le cuenta cualquier cosa que para ella es importante, me dice que quiere ser budista o judía, o lo que a ella se le ocurra, pues mira, bien; creo que lo habré hecho bien, porque si algo nos ha dado la vida es el libre albedrío.

Recuerdo que durante un tiempo de mi vida fui muy creyente o esclava de aquellas cosas que me generaban temor, como el mal de ojo u otros males, pero cruzar el charco (como quien dice) me hizo cambiar mucho de opinión. Y aunque sí estoy segura que de que vuelan, vuelan, porque todos somos energía, también he entendido a través de la migración, que sólo sucede o atraemos eso en lo que creemos, lo que confiamos y lo que tenemos fe. Como dicen por ahí, a fin de cuentas al inocente Dios lo protege.

Puede que este post hoy no tenga mucho sentido para ti si no has emigrado, pero hay cosas que a veces simplemente me provoca escribir y de alguna manera estoy segura que alguna mamá en otro rincón del mundo, conecta con ello. El punto es que de alguna manera, siento que conectando con mi fe, encuentro mi paz y eso me permite ser siempre una mejor mamá, y por ende un mejor ser humano.

Y tú, ¿Cómo llevas tu fe?

Migración

Madre resiliente, inmigrante luchadora

Muchas veces he contado la gracia -y a veces también incomodidad- que me causaba que algunos amigos o conocidos, cuando se enteraban de que íbamos a emigrar, me dijeran que por lo menos yo no me iba sola y que estando con mi esposo todo sería más llevadero.

Casi dos años después de haber dado el paso, yo les cambiaría esa frase por algo como “al menos eres mamá y sabrás cómo llevar adelante el proceso”.

Y es que ahora que me pongo a pensar, algo vital para mí en este proceso ha sido la exacerbación de esa capacidad de resiliencia que brota de uno cuando se convierte en madre. Y sí, quienes me conocen y saben de mi historia de vida, siempre me definen como una persona resiliente, pero aunque es un término muy utilizado actualmente, muchos desconocen su significado, así que aprovecharé de contarles un poco sobre esto porque creo ciegamente en que todas las madres tenemos esta capacidad más desarrollada que el resto de la humanidad, y que en el caso de las madres migrantes es vital para sobrellevar el proceso migratorio.

El término resiliencia viene del latín “resilio” o “resalire” que significa volver atrás, resaltar, rebotar, volver a comenzar o recomenzar, y con el tiempo se ha ido modificando su significado original hasta ser tratada en estos tiempos desde la psicología positiva, en la que muchos especialistas se han enfocado en el término basándose en el uso de esta palabra en áreas como la física y la química, en las que la resiliencia se usa para describir la capacidad del acero de recuperar su forma original pese a las deformaciones que reciba por entes externos. Sobre toda esta parte teórica podrán encontrar miles de artículos y libros disponibles incluso en la red, pero quiero hacer especial énfasis en esta cualidad del ser humano que a veces pasa desapercibida entre las mamás.

Creo que las mamás somos resilientes por naturaleza, viéndolo incluso desde el punto más primitivo, que nuestros cuerpos se deforman con el embarazo y vuelven a su forma normal después del parto, e incluso nos sobreponemos al dolor y volvemos a nuestras rutinas físicas después de este momento, confiando en que nuestro cuerpo se sobrepondrá y nosotras seguiremos teniendo una vida normal.

¿Alguna vez has pensado en qué es lo que hace que una mamá no se desplome después de pasar días y noches sin dormir bien por atender a sus hijos? ¿O cómo es que es posible que una mujer tenga la capacidad de sacar sola adelante a sus hijos? ¿de trabajar de Sol a sombra y luego llegar a resolver mil cosas de todos en casa? ¿de bajar fiebres a media noche aunque su agotamiento le había hecho llorar escondida en el baño aquella noche? Pues por ahí hablarán de amor, pero yo estoy convencida que tiene mucho que ver con la resiliencia.

Porque sí, uno ama a sus hijos incondicionalmente, pero también es un ser humano como cualquier otro, pero capaz de poner esas necesidades de lado (así sea momentáneamente) para atender a los hijos cuando ellos nos necesitan, que es prácticamente todo el tiempo.

Creo que las mamás somos resilientes por naturaleza, viéndolo incluso desde el punto más primitivo, que nuestros cuerpos se deforman con el embarazo y vuelven a su forma normal después del parto, e incluso nos sobreponemos al dolor y volvemos a nuestras rutinas físicas después de este momento, confiando en que nuestro cuerpo se sobrepondrá y nosotras seguiremos teniendo una vida normal. Es decir, uno como mamá no va por la vida diciendo que no ejercicio más nunca porque se le podían salir los puntos de la cesárea que le hicieron hace cinco años. Por el contrario, a los pocos días nos sentíamos inútiles por no poder hacer con normalidad todas las actividades a las que estábamos acostumbradas.

Imagen cortesía de @patri_psicologa

La cosa con la migración viene porque el proceso no es fácil, y quien te diga que sí, te está mintiendo. No hablo de que nadie te obliga a hacerlo, ni que tienes que ver todo maravilloso en el nuevo lugar, sino que  adaptarse al nuevo espacio es necesario como en todos los aspectos de la vida, pero en la mayoría de los casos eso no pasa de la noche a la mañana, y cuando volver a casa no es una opción viable, entonces que te guste tu nuevo hogar entonces es casi impositivo y eso puede empeorar el proceso de adaptación.

Cuando eres mamá y emigras, ahí están los hijos y entonces no sólo ves por ti sino por ellos. Sí, que está el esposo (en algunos casos) pero en su cabeza están pasando mil cosas más que a veces no están pegadas tanto al proceso emocional, y entonces simplemente se tiene que adaptar para sacar económicamente a la familia. Pero la mujer no, uno se pregunta si es el lugar es para uno, pero también se preguntas si es el lugar para que ellos, los hijos, tengan una vida normal. Y cuando la respuesta es sí, entonces dejas de cuestionarte esas cosas que por alguna razón tanto te incomodan a ti y empiezas a ser resiliente, y soportas el clima extremo, la mala cara que en algún momento puede que te haga un vecino o un empleado de banco porque eres extranjero, empiezas a meterte en el papel de que ya eres más de aquí que de allá.

Con todo esto no quiero decir que ser mamá es un requisito para emigrar, o que esto asegurará el éxito del proceso migratorio, pero sí estoy convencida por experiencia propia que esa capacidad de resiliencia (que no es exclusivo de las mujeres) hace que el proceso sea más llevadero y exitoso. Que tirar la toalla no sea una opción, porque vemos la vida desde otro ángulo y eso si bien nos hace ser un poco más flexibles, también nos hace mucho más fuertes.

Emigrar es un choque así lo hayas planeado por años. Desprenderte de lo todo lo que conoces es como cuando niño toca despedirse de una mascota, pero es la resiliencia lo que te hace avanzar, aprender, adaptarse y ser mejor cada vez más. Por eso si me preguntas, cada día más me considero una madre resiliente, una inmigrante luchadora por alcanzar lo que quieres sin detenerse en las heridas que nos ha dejado el camino.

Pareja y Familia

El matrimonio extendido

Hace unos días celebrábamos el Día Internacional de las familias, y esta fecha me puso a reflexionar sobre varios aspectos de la vida familiar, pero básicamente de la vida en pareja.

Recordé con cierta gracia, que cuando uno empezaba a formalizar la relación con una pareja, salía la abuelita o la tía a decir “mira a la familia, no sólo al hombre (o a la mujer en el caso de mis primos), que cuando uno se compromete con alguien se casa con la familia también”.

Un día, alguien muy cercano a mí tuvo la osadía de responderle a la abuela “Eso no es así. Cuando yo me case, será para formar mi propia familia y esa gente (que no le gustaba para nada a ella) estará bien lejos de nosotros”.

¡Madre de Dios! ¿Por qué a uno le cuesta tanto escuchar a la gente con experiencia? (y quisiera introducir risas nerviosas aquí, pero yo me reiría para no llorar). Y bueno puede ser por aquello de que nadie aprende en zapato ajeno, o que el amor hace que se te queden dormidas las neuronas un rato, no lo sé; pero recuerdo que cuando yo escuché aquella reflexión me hizo mucho ruido.

Primero porque el argumento era razonable. Nos casamos para “formar NUESTRA PROPIA familia”, pero después de esto se acaba la cosa porque no puede ir uno por allí desapareciendo de la vida a los padres, a los hermanos, a los cariños de la pareja que estuvieron durante toda su vida. Digamos que los recién llegados somos nosotros pues, la pareja.

Y lamentablemente con los años he ido entendiendo por qué las abuelitas decían eso, y sí, mi abuela también me lo dijo a mí y yo tampoco la quise escuchar.

Les cuento todo esto, no para ventilar los trapos sucios familiares en público, sino para crear un poco de consciencia con respecto al tema. Semanas atrás una amiga de mis padres me decía, “Carla, ahora ya tú tienes un hogar, eres tú quien tiene que poner las condiciones, las reglas, los valores que reinan en ese hogar junto con tu esposo. No puede venir nadie a imponer ni a romper con ese esquema que ustedes dos han ido creando”.

Punto para ella. Y en ese aspecto mira que sí, que uno se casa para crear su propia familia. Pero, ¿Cómo la formas? Con los valores que has aprendido durante toda tu vida, con lo que viste en tu casa (te gustara o no, uno va aplicando lo que le gusta y descartando lo que no), con las emociones que experimentaste a lo largo de tu vida, con las experiencias que has tomado de otros que te parecen que pueden funcionar bien en ti, y por supuesto, creando vínculos familiares fuertes, primero entre tu nueva familia, pero continuando con la familia que los condujo hasta el presente.

Entonces sí, cuando te casas, te casas con la familia del otro. Lo que no quiere decir que tengas que aceptar imposiciones de la familia de base, y tampoco romper relaciones con ellos cual guerra sin sentido.

En este punto te preguntarás ¿cuál es el objeto de este post?. Creo que yo misma lo dudo, pero tal vez, como otras tantas veces, necesito drenar, y sé que seguramente habrá mamis que se sientan identificadas con estas situaciones.

Como yo no soy ni consejera familiar, ni de pareja, ni nada por el estilo sino una simple mortal que sólo habla de lo que experimenta y siente, concluiré diciéndoles lo que después de muchos golpes (en tono figurativo) he ido aprendiendo. Si les digo que no ha sido fácil para mí, me ha costado muchos dolores de cabeza, peleas, lágrimas e incluso idas al psicólogo, pero el último año he estado trabajando en lo que yo veo como una estructura. Y así se los planteo ahora.

  • ¿Para qué nos casamos? Para formar una familia PROPIA y hacernos compañía.
  • ¿Cómo es la familia que queremos formar? Respóndase usted misma cómo está diseñada, imagínela con integrantes, emociones, cosas materiales, todo lo que pueda agregar sentido a lo que buscas.
  • ¿Qué valores en común aplicaremos a nuestros hijos? ¿Qué tipo de crianza usaremos? ¿Qué límites pondremos?
  • ¿Quiénes pueden opinar sobre nuestra familia y ser tomados en cuenta? – Y en esto quiero ser bien clara, una cosa es quien opina y otra a quien escuchamos o consideramos para que nos oriente. Si usted viene de un hogar donde lo golpearon por todo y por nada, y no quiere aplicar el mismo método con sus hijos, pues no puedes sentarte a escuchar a quien te golpeó porque posiblemente terminarás copiando el patrón.
  • Cuando haya actividades familiares ¿Cómo manejaremos la interacción con las familias de base de cada uno de nosotros?

Puedes hacer una lista tan larga como quieras, la “estructura” depende de cada quien. Esto no es una cosa estricta sino una idea para ir generando orden en el caos que puede ser a veces convivir con las familias de nuestras parejas, pues lamentablemente no todas nos ganamos la lotería con las buenas suegras, pero sí a todas nos toca lidiar con ellas; e iré un poco más allá, ¿Cómo nosotras cómo madres esperamos que nuestros hijos tengan una relación cercana con nosotras, si no ven el ejemplo en su primera referencia, que somos nosotros los padres?

Y en resumidas cuentas, mientras éramos novios la familia de nuestras parejas realmente no eran nada nuestro, el vínculo era nulo. Digamos que luego al existir el compromiso, la vida en pareja, el matrimonio o llámelo como usted quiera, se pasa al siguiente nivel, si la relación es mala al menos diplomacia debería existir. Pero cuando llegan los hijos…cuando llegan los hijos la historia es otra, puede que no tengan nada que ver con uno, pero tendrán mucho que ver con los hijos de uno, que es lo más sagrado que uno tiene, y vivir en guerra no será bueno para ninguna de las partes.

Entonces sí, cuando te casas con alguien, también te casas con la familia.

¡Qué razón la de las abuelas!

Migración

La desvirtualización de los abuelos.

Contra todo pronóstico médico y humano, llegaron los abuelos de visita y los deseos de mamá y bebé se convirtieron en realidad; los abuelos están jugando con Sára todos los días, por lo menos por una temporada.

Pero les confieso que el proceso no ha sido fácil, a pesar de que ella lo deseaba, los reconocía y los extrañaba, su cabecita no sabía bien cómo digerir el hecho de que sus amados abuelos estuvieran ahora tan cerca de ella después de tanto tiempo.

Que esto se diera además en plena etapa en la que su cerebro manda estímulos emocionales que ella apenas empieza a reconocer ha sido todo un tema. Entonces pasamos de la alegría absoluta a la sorpresa tan increíble, que produjo que incluso el sueño fuera motivo de disputa.

“Mami, pero y si cierro los ojos y no están más”, me dijo a los tres días del reencuentro ante los reiterados intentos de hacer siesta o dormir por las noches, y me dejó fría. -¿Cómo una niña de dos años y medio, puede entender que esto no es mentira si yo misma no me lo creo?- pensé.

“No hija tranquila, ellos estarán un tiempo más con nosotros. Todos necesitamos descansar para tener fuerzas y volver a jugar mañana”, le respondí sin titubear mientras la dormía en mi pecho. Ella me creyó, pero apenas abrió los ojos por la mañana gritó “¿Abuelo, Nana?”. Su sonrisa nos dijo todo cuando los escuchó responderle.

Pero ahora el proceso que envuelve a toda la familia pasa por esa etapa en la que definitivamente entendemos que estamos juntos por un tiempo de nuevo. Y si no es fácil para los adultos, imagínense para un niño que apenas empieza a vivir.

Pero aun así, es normal que muchas mamis me escriban preguntándome por qué la convivencia en el reencuentro suele convertirse en algo tan controversial. Intento explicárselos de la manera más simple; cuando emigramos salimos de casa siendo unas personas que ahora hemos dejado de ser. Y no quiero decir que nuestra esencia ha cambiado, pero sí las formas en la que ahora abordamos la vida y sus situaciones, e incluso cómo hacemos las cosas, mientras las rutinas de quienes se han quedado en el lugar de origen también han cambiado y pueden ahora resultar muy extrañas para nosotros. Pero de eso se trata la vida, de evolucionar.

En todo caso, este post es para comentarles cómo fue posible la desvirtualización de los abuelos. Esos que dejamos en Venezuela cuando Sára apenas tenía un año, y que desde entonces se acostumbró a ver solo por una pantalla.

Les confieso que por la condición de salud de mi mamá, en principio teníamos mucho miedo de decirle a Sára que vendrían y que luego pasara algo que les impidiera llegar. Así que manejamos con mucha mano izquierda el tema. “Hija, los abuelos están intentando venir a verte pero como hay muchos problemas y es largo el camino, puede que tarden un poco más de la cuenta”.

No sé si nos entendía, pero siempre salía con alguna respuesta que nosotros aceptábamos como que sí estaba entendiendo.

Después nos tocó involucrarla en todos los cambios que tuvimos que hacer en casa para recibirlos, entre ellos estuvo cambiar su cuna por una cama grande. Allí nos tocó venderle la idea que su cama grande era especial y mágica y por ende tendría que compartirla con su abuela.

Durante algunos días quiso dormir sola en su propio espacio, incluso se despidió de su cuna, e increíblemente el día que llegaron los abuelos a casa, una de las cosas que le dijo a su Nana fue que esa cama grande estaba para ellas dos aunque no acepta aun dormir con la abuela.

Dejarlos jugar incluso cuando se están rompiendo las rutinas a los que los tres estábamos acostumbrados en casa también ha sido importante. Eso les ha permitido afianzar más su conexión y a la niña sentir mucha más confianza con los abuelos para tal vez quedarse sola con ellos, mientras mamá y papá salen a pasear.

En este punto quiero hacer especial referencia, pues yo fui criada por mis abuelos maternos hasta los cuatro años de edad. Vivía con ellos en su casa, en otra ciudad donde mis padres me visitaban religiosamente los fines de semana. Evidentemente las condiciones de mis abuelos a nivel de salud eran óptimas, y eso nos permitía tener una vida como la de cualquier niño que crece sin limitaciones. Recuerdo mucho aquellos días, recuerdo también que algunas veces quería irme con mis padres a Caracas, pero amaba tanto estar al cuidado exclusivo de mis abuelos que la ciudad era una fiera que me apartaba de mi paz infantil.

Durante todo ese tiempo, mis abuelos se dedicaron a mi. En casa, mi abuela me enseñó a contar, los colores, las formas y las letras; mientras mi abuelo me enseñaba canciones, me leía historias y desataba mi imaginación con una cantidad de juegos que ponía a mi disposición. Con él aprendí a jugar dominó, memoria, armábamos las mejores ciudades de Lego (Y miren que en aquella época no existía el Lego Duplo), y dábamos largas caminatas por la tarde que culminaban en la orilla del malecón, cerca del Paseo de Macuto, viendo el atardecer.

Yo puedo decir que los mejores recuerdos de mi infancia los tengo con mis abuelos, y me hubiese encantado que mis hijos corrieran con la misma suerte. Pero la distancia hace de las suyas, así que ¿para qué enrollarme porque hoy no comió a la hora o se durmió una hora después?. Mi hija está construyendo sus propios recuerdos con sus abuelos y ese es un gran tesoro que le podemos regalar nosotros como padres.

Necesidades especiales

Nuestro caso ha sido particular en la desvirtualización de los abuelos, porque por la cámara sólo ves la cara de quién está del otro lado, y como muchos que me han leído antes ya saben, mi mamá tiene una condición de salud especial que la mantiene con movilidad bastante reducida.

Una cosa era explicarle a Sára que su abuela no se podía mover tanto como nos gustaría y otra era que era entendiera, pero nos atrevimos y mucho fue lo que hablamos con ella. Increíblemente Sára lo entendió y la ha aceptado con su condición sin titubear.

Cuando van a jugar le indica donde se tiene que sentar y antes de salir al colegio le dice “no inventes abuela, yo vengo pronto”. Integrarla a ella en ese proceso, la ha convertido incluso en una cuidadora de su abuelita porque entiende que si la abuela necesita ayuda, enseguida ella tiene que ir por alguno de nosotros.

En este punto también entendimos que a los niños hay que hacerlos sensibles con las personas con discapacidad. No es incómodo solo para el acompañante, sino incluso para el afectado que la gente los vea con sorpresa o descontento.

En nuestro caso particular, Sára ha corrido con la suerte de compartir con niños y personas especiales que hicieron que también ver a su abuela en una silla de ruedas (así no la vio ella nunca en Venezuela) no fuera algo extraordinario o extraño para ella, sino que por el contrario la respeta mucho más y trata de mantenerse atenta a los requerimientos que su abuela pueda tener.

En todo caso, el mejor consejo que como madre puedo dar en el proceso de desvirtualización de la familia es, sin duda, que nos dejemos llevar por el amor, por el cariño real que nos conecta y sobre todo por el respeto de los espacios y los procesos. Al final de los días, siempre la sangre llama y el amor prevalece.

Migración

10 cosas que aprendí al emigrar

Esta es una lista muy personal, y concisa, de las cosas considero he aprendido en este proceso migratorio. Hay que tener en cuenta que cada proceso es diferente, y por ende, lo que me ha servido a mí puede que no le sirva a otros, lo mismo pasa con los aprendizajes. En todo caso, espero que les sea de utilidad.

  1. Despréndete de tu vida anterior.

Llegar a un nuevo país sin conocidos o amigos puede hacer más difícil el proceso, y si bien tiende a fortalecer las relaciones a distancia con nuestros seres queridos, muchas veces nos atamos a la situación de la que buscábamos escapar o cambiar.

No significa que no tienes que comunicarte con tu familia o amigos de tu país de origen, ni que no debes saber más nada de lo que pasa en aquel lugar, simplemente se trata de conectarte con este nuevo espacio y buscar cosas que te hagan sentir identificado con el nuevo hogar, y sobre todo viviendo el aquí y el ahora.

  • Entiende que ir a un lugar de vacaciones nunca será lo mismo que emigrar.

Algunas personas escogen el lugar de destino por haber ido de vacaciones, recuerda que en la cotidianidad nada es como en el tiempo de descanso, las rutinas y los procesos son diferentes y al final del día, cada quien está resolviendo sus propios asuntos.

  • Perderse es muchas veces necesario para conocer.

A veces nos cuesta ubicarnos en la ciudad, un GPS o Google Maps siempre serán de ayuda. No obstante, es bueno de vez en cuando es bueno salir a caminar por las zonas aledañas a nuestros hogares o trabajo, meterse por esa calle por la que pasas pero no entras. Siempre y cuando no estés poniendo tu seguridad en riesgo, es bueno conocer caminos diferentes, nuevas opciones, estar con los locales y no solo en los lugares turísticos.

Conocer es indispensable, este es tu nuevo hogar.

  • El contacto humano es necesario.

El enemigo número uno en el proceso migratorio termina siendo la mente, es allí de donde sale el “no puedo”, “por qué lo hice”, “mejor me devuelvo”, “estoy solo y nunca podré hacer amigos”, y es allí donde radica la mayoría de las veces los procesos depresivos del inmigrante.

Mi sugerencia es buscar hacer amigos en la nueva ciudad, conéctate con otros miembros de la comunidad de dónde vienes, haz nuevos amigos, no pierdas la oportunidad de recibir un abrazo, de tener una buena conversación. Encerrarse en casa nunca será una opción. En Facebook, por ejemplo, puedes conseguir grupos de intercambios de idiomas, de tragos, o con intereses similares a los tuyos que funcionan en tu nueva ciudad.

  • Emigrar es una decisión de vida.

Cuando nos vamos escapando de una situación que nos agobia, solemos sentirnos en paz en nuestro destino, y allí empezamos a juzgar a los que se quedan, bien sea amigos o familiares y empezamos a hacer comentarios como “tienen que salir de allí”.

No, cada quien decide qué debe hacer con su vida, dónde y cómo quiere vivir, y estar fuera no debe hacernos juzgar a quien se ha quedado.

  • Ninguna experiencia es igual a otra.

Muchas veces escuche “me voy a Panamá porque a fulano le está yendo bien allá”, y en tres meses el viaje había terminado por falta de ahorros. Sin contar con el cuento de “Maria se fue a España con 300$ y en tres días ya tenía trabajo y ya tiene carro y casa”. Oye, que bien que le fue bien a María, pero no todos somos María, y no todo el mundo tiene la misma capacidad social, económica ni mucho menos de relacionarse que otros.

Siempre conoceremos casos muy exitosos y otros menos, pero importante es aceptar vivir nuestro propio proceso.

  • Conoce la situación política, social e histórica ayuda a conocer la realidad de tu nueva localidad.

Otra de las cosas que puede pasar es que llegamos a juzgar la sociedad que nos acoge sin conocer su cultura. Esto pasa sobre todo a quienes emigramos a Europa, y resulta que es muy importante conocer el contexto en el que se han desenvuelto las sociedades en las que nos vamos a introducir.

No te digo que te vuelvas un Phd en historia o economía del nuevo país, simplemente intenta conocer un poco mejor estos ámbitos, las fechas importantes, sus tradiciones, para no estar tan perdido a la hora de llegar.

  • Ve con la mente y el corazón abierto a todo lo nuevo.

No tengas miedo de probar cosas nuevas, siempre y cuando esto no vaya en contra de tus valores, siempre será una experiencia enriquecedora y que sumara cosas positivas a tu vida. Como bien dicen por ahí, nada se pierde aprendiendo.

Cerrarse a lo nuevo hace mucho más difícil la adaptación, así que no cierres los ojos sino abre tu mente, es importante sentirse en sintonía con tu nuevo hogar.

  • Si vives en un país con un idioma desconocido para ti, aprende al menos algunas palabras que te ayuden a desarrollar tus actividades básicas diarias.

En nuestro caso particular, vinimos a un país con unos de los idiomas más difíciles del mundo, y el cual yo no dominaba en lo absoluto. Créeme que sé lo frustrante que puede ser no entender nada de lo que te dicen, sin embargo, es bueno aprender algunas palabras o frases que suelen ser simpáticas para los nativos.

Gracias, hola, chao, por favor, buen día, no hablo su idioma, siempre te abrirán las puertas o sacarán una sonrisa en quien intente comunicarse contigo.

  1. Una sonrisa y ser educado puede abrirte muchas puertas.

Creo que esto no hay que explicarlo mucho, a quién no le gusta que le regalen una sonrisa?

Migración

De cómo me enamoré de mi nuevo país

¿Por qué me gusta tanto vivir donde vivo ahora? No suelo hablar con tanta frecuencia de mi nuevo país por alguna razón que hasta yo misma desconozco; pero aunque ustedes no lo crean esta es una de las preguntas que más me hacen las mamás inmigrantes.

Y es que según ellas siempre digo sólo cosas buenas de este lugar que nos ha acogido y las pocas veces que ven fotos mías en esta ciudad se me ve enamorada. Pues esta semana me lo han vuelto a preguntar y ni sé por qué, pero me pareció bonito comentarles mis motivos.

Siempre les digo que emigrar está muy lejos de la zona de confort y de las cosas fáciles. Incluso para quienes somos mamás, es como una decisión casi bipolar. Es decir, en el caso de las madres venezolanas ni siquiera racionalizas lo que estás haciendo, sino que tomas la decisión por supervivencia y para adelante, pero cuando llegas al nuevo país y te ves sola, sin toda la caparazón familiar que tenías antes, entonces es como un balde de agua fría que te hace cuestionarte sobre si hiciste lo correcto o no.

La cosa fue que cuando decidimos venir yo quería estar fuera de nuestro país, pero estaba un poco resistente a que nuestro nuevo hogar fuera esta ciudad particularmente, que solo conocía como turista. Me aterraba pasar semanas sin ver el Sol, y como esa era la referencia que tenía de este lugar, me cuestionaba sobre nuestro tiempo de permanencia en este destino.

Ni hablar del idioma.

Sin embargo llegamos y todo fue diferente. Era plena entrada del otoño y el Sol brillaba con fuerza, y me permitió conocer una ciudad que en realidad no conocía. Sin ir más allá, les diré que aprendí a ver los detalles, esos pequeñitos que hacen tu vida mejor y que cuando vienes de una situación de guerra, ya conoces muy bien porque fueron los detalles los que te hicieron tener un respiro entre el desastre.

Lo que antes era un privilegio ahora era algo normal, pero como no lo tuve antes entonces ahora lo valoro mucho más que quienes entienden que esto es algo normal. No sé si me siguen, pero a las pocas semanas de haber llegado aquí y haber aprendido a ver esos pequeños detalles, recordé que durante mis años de trabajo con diásporas en Venezuela, siempre era evidente que su amor por nuestro país era mucho más fuerte que el de nosotros mismos.

Yo no estaba copiando actitudes, simplemente estaba entendiendo el porqué de lo que para mí antes era absurdo o ilógico.

Esos detalles me fueron cautivando y me fueron abriendo los ojos a un mundo que era totalmente nuevo para mí, o que al menos había estado dormido durante mucho tiempo. Porque cuando les digo que me cambió el paradigma hasta a nivel de pareja, no les miento.

Sí, sé que tengo el privilegio de vivir en una de las ciudades más hermosas del mundo, pero hay gente que llega acá y no se halla. Es normal, no a todos nos gusta lo mismo. Pero más allá de lo bella, me empecé a involucrar en sus rutinas, en sus movimientos, en su forma de vida y eso me llamó tanto que tres meses más tarde estaba perdidamente enamorada de Budapest.

Yo estoy clara que lo que estoy escribiendo puede no ser muy fácil de digerir, pero el amor en cualquiera de sus formas es muy difícil de explicar.

El tema es que aquí me siento con una libertad que nunca antes tuve, y aunque no les niego que extraño muchas cosas de Caracas, he conseguido otras tantas acá que me permitirían vivir mi vida sin mi ciudad natal.

“Tienes que amarlo, tienes que estar a gusto, tienes que sentir que vale la pena salir a la calle o conocer un museo o irte a un lugar donde te sientas bien en tu nueva ciudad. Si no hay conexión tienes que buscar mudarte inmediatamente, no hay nada que te ate a un lugar si no hay conexión con él”, recuerdo haberle dicho a una de mis amigas que se enfrentaba a la migración al mismo tiempo que nosotros y que lloraba todos los días por querer regresar a Venezuela. Cada vez que hablábamos, un día de por medio, me preguntaba “pero tú ¿cómo lo haces? ¿Cómo te sientes tan bien si no es tu país?”.

Pues bien, no era mi país hasta que lo escogí. Algo que siempre mi esposo decía era que definitivamente uno no es de donde dice el pasaporte sino de donde se siente bien, y eso es lo que nos define a los ciudadanos del mundo.

Ojo, eso no quiere decir que hablemos mal o despreciemos a nuestro lugar de origen, nada más lejos de la realidad, sino que simplemente hemos decidido abrir nuestro corazón a nuestro nuevo hogar y hemos encontrado una conexión particular que nos hace sentir en casa.

¿Cuáles son esos pequeños detalles que veo y me hacen sentir bien con este lugar?

Más allá de las calles y los monumentos, e incluso el alto contenido histórico de este país, está su gente. No les diré que todos son simpáticos o algo por el estilo, en su mayoría tienden a ser muy pesimistas, pero tienen una parte muy especial. Son románticos, creen en el amor y son muy inteligentes.

Dicen que los húngaros no son románticos, pero ¿cómo no son románticos si ves por la calle a parejas de más de 70 años caminando de la mano? Es fácil incluso encontrarse parejas adulto contemporáneas, digamos de entre 45 y 60 años en escenas románticas en una plaza o en un café. Van juntos al cine, al teatro o simplemente se dan una escapada a las aguas termales. Es como si el amor se encontrara en cada esquina, jóvenes, adultos y adultos mayores, ellos saben que tienen que amar.

Después están las artes, que viven libres en la cotidianidad y aquí nadie te mira raro si le dices que eres escritor o músico o pintor. Eso para mí ha sido como bálsamo en el alma, porque sí, evidentemente les gusta trabajar, pero aquí están muy claros que una calificación o un título universitario no define a una persona.

Me siento segura y me siento libre. Y esto ha sido una de las cosas más importantes que me ha gustado de este país y particularmente de esta ciudad, que aun estando en la zona más fea, puedes estar tranquilo con tu celular en la mano.

La educación ha sido otra de esas grandes vertientes que nos ha enamorado, porque el modelo educativo además de incluir a la familia, está adecuado para que el niño no se sienta frustrado o presionado por lograr objetivos que no le interesan, sino por alcanzar objetivos que le son atractivos, entonces cada uno va buscando y haciéndose su propio lugar en la sociedad.

En conclusión, no puedes vivir en un lugar del que no te sientes enamorada, es como casarte con alguien que no te importa. ¿Cómo puedes ser feliz así? ¡Es imposible!

Si ya emigraste y no logras conectar con tu nueva ciudad, date tiempo para reconocer esas cosas que son ventajas y que te pueden hacer sentir atraída por tu nuevo espacio, y si no las encuentras simplemente plantéate mudarte.

Si eres mamá, plantéalo bien. Estar en armonía con nosotros mismos (los adultos) nos permite tener relaciones más sanas con los niños, así que es mejor sentir este amor, esta seguridad, esta paz, que ir por la vida de malas pulgas por no atreverse a buscar algo más.

Me encantaría saber cómo se sienten esas mamis inmigrantes en sus nuevas ciudades.

Migración

Lejos pero no ausentes

A los inmigrantes venezolanos se nos hace muy fácil utilizar la frase “lejos pero no ausentes” cuando nos tocan la tecla de Venezuela, y al final esto termina definiendo nuestra vida.

Estoy convencida que esto tiene mucho que ver con la forma en la que tuvimos que salir de nuestro país (la mayoría de nosotros salió huyendo), pero también en la forma en la que fuimos criados porque más allá de no ser un pueblo acostumbrado a emigrar sino a recibir, bien es cierto que nos involucramos muchísimo con nuestras familias, amigos y en general con los procesos en los que nos desarrollamos.

Sin embargo, hoy quiero hablar sobre algo que nos ha estado pasando los últimos días por no querer estar ausentes. Parece por el contrario que se nos dobló el chip y ahora estuvimos presentes físicamente en nuestras nuevas realidades pero totalmente abstraídos mentalmente.

Sí querida mamá, a mí también me pasó y me está pasando. Ya hoy tengo una semana sin escuchar la voz de mi mamá y hasta hace unas pocas horas fue que ellos tuvieron luz de nuevo, y definitivamente no he estado en mis cabales… por eso hoy quería escribir sobre esto, contarles que es algo normal que le puede pasar a cualquier ser humano cuando pasa por un mal momento familiar.

Hace un par de días salí por primera vez a la calle y veía a la gente normal, como si nada pasara y quería gritarles, decirles que había gente muriendo en mi país. Les confieso que las lágrimas salían solas, y tuve que sentarme a tomar aire porque no era posible.

Lo primero que hice fue poner en orden mis pensamientos y tratar de no caer en pánico. En realidad aquí no está pasando nada, así que me dije ¿cómo puede afectarle a estas personas a cientos de kilómetros de Venezuela que allá haya o no luz y todo lo demás que no hay? Ellos no son venezolanos, ni tienen sus familias allá, ¿Entonces por qué tendría yo que ponerme a gritar aquí?.

Cuando me calme seguí mi camino, iba a buscar a mi hija al colegio y evidentemente al llegar todo el mundo se percató que algo me pasaba. Iba roja de llorar y de alguna manera ya hay otros padres que han desarrollado cierta empatía conmigo. Ellos tenían idea de lo que pasaba, pero desde ese momento empezaron a investigar más sobre la situación.

Esta mañana cuando llegamos al colegio, algunos de ellos me esperaban para ofrecerme apoyo moral e incluso recursos para las familias más afectadas. Sí, afuera hay gente que quiere hacer algo por nuestra gente sin interés alguno. Y entonces fui allí que entendí que era normal sentirme así, porque si ellos que nada tenían que ver con nosotros se conmovieron con la situación, ¿qué puede quedar para uno que vivió allá y que aún tiene sus afectos allá?

¿Qué si está bien o está mal? No lo sé, sólo sé que nadie te puede juzgar por sentirte así, porque somos humanos y vivimos de las emociones, y más allá de controlarlas tenemos que aprender a vivir con ellas. No es fácil, créanme que lo sé.

En todo caso, y para no irme por las vertientes de este tema en el que no soy especialista sino ejemplo fiel de lo que ocurre, quería compartir ustedes lo que siento en este momento pero también lo que he aprendido en estos siete días de oscuridad que tiene Venezuela.

Primero que nada, siempre digo que emigrar significa o implica desprenderse, despegarse, pero sí, hay cosas de las que no puedes desentenderte. Tus padres siempre serán tus padres, tu país de origen siempre será tu país. Entonces llamemos las cosas como son, el lugar donde naciste siempre guardará un espacio especial en tu corazón y eso está muy bien, porque uno debe tener raíces que cuenten nuestra historia. El país de origen es parte de eso.

Mantener la calma pese a la incertidumbre es clave, porque esta última es una de las herramientas más utilizadas para dividir y traicionar. Mantener la calma nos permite dar pasos seguros, solucionar de manera consciente y no traicionar nuestros valores y creencias.

Llorar está permitido, sentirte agotado es normal. Los picos emocionales causan agotamiento al cuerpo, es un proceso químico que no podemos variar.

Siempre que puedas, explícales a tus hijos lo que está pasando. Los niños se dan cuenta de todo, ellos perciben nuestros cambios de humor y buscan de alguna manera estar más cerca de nosotros, pero si nosotros no estamos bien emocionalmente podemos afectarlos con nuestras respuestas o actitudes.

Por eso es importante, sin generarles angustia, explicarles lo que está pasando sin darles demasiado detalles, pero explicándoles bien que mamá y papá también tienen emociones que a veces no saben explicar o contener.

Si están en la edad adecuada para entender principio básicos de la vida, explícales también lo que es normal y lo que no es normal, aprovecha la oportunidad para dejar claro que nunca deben conformarse con las migajas, para forjar su carácter y su moral. Explícales lo que es una dictadura, hazles ver que con amor todo se puede lograr y que la gente que es buena de corazón, siempre triunfará al final (aunque cueste y no parezca).

Esto ya no tiene que ver con política, tiene que ver con humanidad…y sí, también con falta de humanidad, y esas son cosas que algunos niños pueden entender, discernir y digerir.

Si quienes están al otro lado tienen necesidades que nosotros podemos cubrir, no dudes ni un segundo en hacerlo de la mejor manera posible. Si necesitan informarse, por ejemplo, transmite información veraz y vital, cosas que no los desmotiven o generen desesperación. Si necesitan conseguir agua o alguna idea para rendir las velas, entonces busca en internet y transmíteles tus conocimientos.  Siempre actuando con paciencia, con certeza y transmitiendo tranquilidad.

Por último, y no menos importante, conectarse con algo que a uno le genere paz es vital para mantener la cordura. En mi caso fue orar y leer algunos de mis escritos sobre Caracas, eso me permitió hacer visualizaciones y sentirme cerca de mi familia.

Querida mamá, en este camino de ser madres inmigrantes hay muchas batallas que nos tocará luchar que todavía están por definirse, ¿y sabes qué? No tendremos respuesta para esas situaciones hasta que no lleguen a nosotras, así que no queda más que seguir, resistir y persistir.

¡Lo estás haciendo bien! Y créeme que no te estás volviendo loca, recuerda que esto también pasará.

Te abrazo.

Pareja y Familia

Tiempo de adultos, tiempo vital

Cuando nos convertimos en madres todo cambia tanto y tan rápido, que muchas veces no nos damos cuenta de todas las cosas que hemos ido dejando de lado. Una de esas es el tiempo de pareja y el tiempo de adultos.

Pero, ¿Sabes qué es el tiempo de adultos?

Si te lo explico sin muchos adornos, es ese tiempo que tenemos que tener, sin excusa alguna, con otros adultos sin que los niños sean el centro de atención. Y antes de que te alarmes, no se trata de egoísmo, sino de pensar en ti misma e incluso en tu pareja.

El tiempo de adultos es un tiempo dedicado a hacer cosas para nosotros y por nosotros, y en el que debemos dejar el remordimiento de lado, pues es un tiempo dedicado a distraernos y cultivarnos en las cosas que nos motivan y nos hacen sentir bien con nosotras mismas.

Por eso es importante entender que no se trata solo de tiempo personal y de pareja, sino de tiempo para las amigas, para la familia extendida, para hacer un curso o asistir a una exposición, etc., sin los niños.

¿Por qué es necesario?

Simple, y no lo digo solo yo, pero un día me di cuenta que cuando salía con alguna amiga sólo hablaba sobre mi hija, qué hacía y que no, cómo había crecido y los planes que tendríamos con ella. Y me empezó a hacer ruido la voz de una de mis tías diciéndome «cuándo nazca la bebé la gente te anulará a ti. Ya nadie más te preguntará cómo estás tú o cómo te sientes, sino todo será sobre el bebé».

¡No, me niego! Eso no puede ser, porque yo también cuento.

Y no sólo que yo cuento e importo, sino que tengo que estar bien yo para enseñarle con el ejemplo a mis hijos que ellos son más importantes en sus propias vidas que nadie.

Y sí, el bebé es importante, pero yo también soy importante. Yo soy lo más importante de mi vida, porque para darle lo mejor de mí a ellos, tengo que cultivarme y cuidarme yo antes.

Pero, si además somos de los que queremos criar desde el respeto y el ejemplo, ¿cómo es que le voy a enseñar a mis hijos que tienen su propio lugar y espacio en el mundo, si ellos me anulan en mi propio mundo?

Difícil, ¿no? Pero hay que hacer un esfuerzo para entender esto y que por más que los amemos, ellos no son nuestros, son prestados y tienen vidas propias que cultivar.

Así que el tiempo de adultos durante la maternidad y el tiempo de crianza, es necesario y vital.

 Es necesario para drenar, para crecer, para enriquecerse y sobre todo para oxigenar.

¿Qué se hace en el tiempo de adultos?

Pues se hace lo que a uno le gusta hacer que no implica hablar o pensar en cosas de los niños o la familia o la casa, e incluso el trabajo. Es decir que, durante este tiempo tu sólo tendrás que ocuparte de ti misma.

Es verdad que cuando eres emigrante estos tiempos son más reducidos por no contar con el apoyo familiar para que se hagan cargo de los niños por unas horas, pero en nuestro caso nos hemos reinventado el tiempo, e inventamos planes cortos durante las horas de colegio y visitamos lugares que nos gustan pero donde no podemos de ninguna manera ir con niños.

También hemos probado ver películas de gente grande (a mi esposo le encantan las películas de acción donde hay balaceras y esas cosas que una niña no debe ver), y también hemos aprovechado para descubrir baños termales en nuestra ciudad (en estos lugares no se permite la entrada de menores de 14 años por los minerales que contiene el agua).

Pero además del tiempo de adultos en pareja, hemos buscado tener nuestro tiempo de adultos por separado, y en mi caso son momentos que aprovecho para salir a fotografiar la ciudad o tomarme un café sentada en algún lugar bonito que me inspire a escribir, mientras que mi esposo prefiere usar su tiempo en actividades deportivas que no puede desarrollar durante la semana.

No les niego, a veces también simplemente me acuesto a dormir por dos horas seguidas y eso es muy revitalizante, pero a fin de cuentas, este tiempo es importante para que nosotras nos sintamos bien con lo que hacemos y tenemos.

¿Y tú tienes tiempo de adultos? ¿Qué haces?

Migración

La pareja después de la migración

Así como después del parto la pareja muta, la migración también nos afecta directamente. Y no es para menos, somos humanos y en este proceso nuestras rutinas y costumbres se ven completamente alteradas y entramos a un período de adaptación, que para cada ser humano es totalmente diferente.

Recuerdo que antes de emigrar mis amigos que estaban fuera me decían “por lo menos ustedes se van juntos, tú no te imaginas lo que es estar sólo fuera”. Y yo pensaba dentro de mi ¿Y si no funcionamos nosotros?

Recuerdo perfecto un día que una de mis amigas se iba sola a vivir a otro país y me dijo, “ten calma Carla, a ustedes les irá buenísimo porque van en familia, en cambio yo sí me las veré grises al estar sola”.

Les confieso que en ese momento no me pude contener y se lo dije. No tenemos la seguridad de nada, porque como todas las decisiones importantes de la vida, emigrar también es un acto de fe. Fe en que te irá bien y que podrás superar todas las pruebas con éxito. Pero emigrar solo o acompañado no te da más o menos seguridad o probabilidad de éxito.

En efecto, en nuestro caso la migración trajo soluciones a muchas cosas que nosotros deseábamos cambiar en nuestras vidas, pero también nos trajo nuevos problemas que posiblemente nosotros no habíamos visto en el panorama.

Y no les mentiré, nos tocó la puerta de la relación de pareja. Y nos ha tocado ir aprendiendo en el camino a solucionar todas las diferencias que ahora sentimos pesan más.

Es obvio, ahora estamos lejos de todos nuestros afectos. No contamos con ese apoyo físico de amigos y familiares a los que estábamos acostumbrados, y eso te mueve el piso.

La verdad es que desde donde yo lo veo, nadie está preparado para emigrar, ni sólo ni en pareja o familia, así como tampoco estamos preparados para enfrentarnos a la maternidad. Entonces no queda más que lanzarnos al ruedo y aprender a vivir con esta nueva situación de vida.

¿Y les digo algo? Es una experiencia realmente enriquecedora.

Porque así como con los hijos toca decidir echarle pichón, con la pareja también. O puede que no, puede también que llegue el momento que decidan no continuar. Es válido, y no pasa nada, nadie tiene que juzgarte por ello.

¿Qué nos ha funcionado a nosotros? Me lo preguntan casi a diario, y siempre digo que no somos el mejor ejemplo porque teniendo personalidades tan diferentes, es verdad que la migración nos alejó mucho de nuestra concepción de matrimonio pero trabajamos mucho para reencontrarnos.

Nos hemos abierto mucho y hemos estado aprendiendo a tejer una relación mucho más sólida en la que somos esposos, pero también amigos. Si no tenemos a nadie más cerca, y no es tan fácil hacer amigos, pues nosotros tenemos que ser nuestros propios amigos.

Como dice la canción, amigos y amantes, padres y hermanos.

Uno de los grandes aprendizajes ha sido entender que el matrimonio es un templo que se construye todos los días, y del que también necesitamos de vez en cuando un descanso. Pero ojo con esto, esto no se trata de ser infieles ni nada por el estilo, sino simplemente de encontrar espacios para estar juntos como pareja y como familia, pero también tener espacios para estar solos con nosotros mismos, y fuera del horario de trabajo.

Además de esto ahora funcionamos mejor como un equipo y nos apoyamos mutuamente en los retos profesionales y personales que se nos presentan.

Propiciar momentos de pareja sin los hijos alrededor ha sido la parte más ruda por no tener familia de soporte cerca, pero nos la hemos ingeniado y hemos hecho planes de adultos mientras la niña asiste al colegio. Evidentemente esto es algo que no podemos hacer todos los días, pero cada vez que se presenta la oportunidad nos damos un gusto de adultos.

En esta tarea también tuvimos que volver a conocernos. Querida amiga, créeme que si tú piensas que eres la misma que salió de tu país, no has aprendido nada.

Emigrar es adaptarse y evolucionar también. Así que como pareja nos tocó volver a conocernos y reconocernos. Y es en este proceso que algunas parejas deciden no continuar, y por eso digo que nadie te puede juzgar por tomar una decisión como esa, pues el matrimonio también es respeto además de amor.

También nos ha servido mucho conectarnos con familias afines a nosotros, nuestros valores e intereses. Estas familias no necesariamente son inmigrantes, pueden ser locales, y es una relación súper nutritiva porque aprendemos cosas de ellos y evidentemente no nos sentimos tan solos.

Hablar, hablar y hablamos mucho. En este último punto todavía trabajamos incansablemente porque a veces se nos olvida como remar en equipo, y no les diré que es fácil emigrar en pareja, pero si hay amor y respeto, todo debería salir bien pese a las tormentas.

Esta es parte de mi historia, pero sé que no soy la única que ha emigrado en pareja, así que me gustaría saber si quienes me leen tienen alguna historia que compartir sobre este tema.

Migración

Criar lejos de la familia…

Criar lejos de la familia es uno de los retos más grandes que impone la migración y la crianza a su vez.
No es secreto para nadie que los venezolanos no estábamos acostumbrados a emigrar, y que nuestras familias son nuestro apoyo directo, como es natural en todas las culturas, pero eso ha incidido mucho en la forma en la que muchas mamis ven el proceso migratorio.

Verse lejos del hogar original, con los hijos y sin el apoyo de los abuelos, trae una mezcla de emociones que en ocasiones puede ser hasta peligrosa. Y es por eso que decidí escribir sobre este tema, en el que no soy experta sino que lo estoy viviendo al igual que muchas de ustedes.

Ya tenemos más de un año de haber salido de Venezuela y lanzarnos esta aventura que, en nuestro caso y fortuna, ha sido maravilloso porque ha traído mucho crecimiento a nivel personal, pero no les niego que tener lejos a los abuelos, a los tíos y a los padrinos que siempre quieren estar presentes ha sido fuerte y doloroso. Peor es el panorama cuando imagino que verlos a todos en un mismo lugar es practicamente imposible por vivir todos en distintos países ahora, pero por eso prefiero no pensar en eso, y así voy escogiendo mis batallas emocionales.

La familia es ese apoyo moral y físico, y es por eso que no siempre se comparte con ellos apellidos, y algunos amigos son más cercanos que otros miembros de la familia consanguínea.

En nuestro caso hemos tenido la fortuna de hacer mucho más fuertes los lazos con los abuelos maternos por ejemplo, que a pesar de la distancia siempre están presentes con atenciones y detalles digitales, y que se las ingenian para dejar su marca en todos los eventos importantes de la vida de nuestra pequeña.
Pero también hemos ido formando nuestra propia tribu en este país que nos ha recibido; y aunque no hemos hecho demasiados amigos, la verdad es que los pocos que consideramos amigos se han vuelto familia, y no en vano Sára tiene cerca del Danubio dos hermosas abuelas que juegan con ella y la adoran como si fuera su nieta.
Nosotros, los padres, también hemos conseguido en estas señoras amigas esos brazos en los que podemos refugiarnos para palear la distancia física que tenemos con nuestros padres. Y no les niego, la confianza es vital en esta relación, porque es en estas personas en quienes confiamos con los ojos cerrado, incluso para tomar decisiones.

Los primos ahora no son solo esos niños de la familia, sino también los hijos de los amigos cercanos que vamos haciendo, que nos van acompañando a nosotros y a nuestros peques en el camino de crecer. Con ellos tratamos de compartir cosas que van más allá de citas de juego, colegio o cumpleaños, y buscamos actividades afines que nos ayuden a afianzar la relación.

Mamis emigrantes, sé que no es fácil, habrá días que querrás llorar porque extrañas que tu papá te acompañe a un sitio o que tu mamá te diga algo sobre determinado asunto con los hijos. No les mentiré con decirles qué hay días en los que el teléfono no basta, necesitas el abrazo, el regaño y hasta que te cuiden al muchacho 30 minutos, pero créanme que no será imposible y al final siempre valdrá la pena por ver a nuestros hijos crecer felices.

Vivimos en un país donde la estructura familiar es muy fuerte y respetada, y donde incluso existen leyes donde los abuelos pueden obtener licencias de trabajo para cuidar de sus nietos; y a nosotros nos ha pegado mucho cada vez que en el colegio nos preguntan por qué los abuelos no están involucrados directamente en la crianza, o si nos invitan a actividades donde los abuelos son los protagonistas.
Los inmigrantes no tenemos esa carta bajo la manga y nos toca guapear, hacer de tripas corazón y hacer alianzas con la tecnología para que los niños sientan menos la distancia de los seres queridos.

Criar amerita entrega, amor, respeto y mucha paciencia. Hacerlo solos implica tener el triple de fuerza en cada uno de estos recursos, pero a través del amor es posible, y es posible porque emigrar, así como la misma maternidad, nos permite reconectarnos con nuestros valores y creencias.

Las abrazo.

Migración

Querida mamá (migrante)

Esta carta la escribí hace unas semanas atrás en mi cuenta de Instagram para darle ánimos a todas esas mamás migrantes como yo, durante la época navideña. La migración por muy VIP que sea, suele ser un camino lleno de muchas emociones encontradas, y es por eso que la tribu, o ese grupo de apoyo con el nombre que quieras ponerle, es TAN importante en el proceso migratorio. Aquí se las dejo y espero que les sea de utilidad, porque a fin de cuentas no sólo en Navidad los inmigrantes tenemos las emociones a flor de piel.

Querida mamá (migrante): Hoy en mi celebración de navidad he decidido escribirte está carta desde mi espacio de paz. Lo hago porque siento la necesidad de hacerte saber que no eres la única que en días como hoy se siente en dos aguas, y me gustaría recordarte que es «normal». Es normal que hoy entre la alegría de tus hijos, con lo mucho o poco que hayan recibido, quieras llorar y reír a la vez.
En este camino que nos ha tocado, llorar está permitido y drenar tus sentimientos será siempre un deber. 
Hoy como tu me siento plena por ver la sonrisa se mi hija, y melancólica porque sus tíos y abuelos deben verla por una pantalla. 
Hoy mientras recordaba las navidades de mi infancia tuve que correr al baño a llorar; yo tuve a mis abuelos y Sára se queda esperando porque ellos salgan del teléfono y vengan a jugar con ella.
Cuando me vi con los ojos y el rostro rojo en el espejo me acordé de ti, y pensé que estaba bien llorar. Llorar por lo que dejamos atrás, por lo que no salió tan bien como esperabamos y por eso que pasará que todavía nos da un poquito de miedo. 
Lo que NO está permitido es quedarse en el dolor.

Hoy hice mi resumen de vida y agradecí todas las bendiciones que he tenido. Aunque pasé el día en pijama jugando en casa con Sára, viví un día más y ya eso es gran ganancia (¿cuántas personas no pudieron despertar más está mañana?).
Teníamos algo que aprender, y a veces el cambio duele, pero no nos quedemos en el dolor, avancemos porque razones de sobra tenemos.


Querida mamá, está bien llorar de vez en cuando, sólo te invito a que -cuando te calmes, cuando botes todo eso que tienes por dentro- con el corazón en la mano y como dice el querido Maickel Melamed, «agradezcas por todo, revises todo lo que ha pasado y celebres todo».
No hay triunfo pequeño, no hay enseñanza pequeña, en la vida no se pierde, o ganas o aprendes.

Yo hoy agradezco la oportunidad de brindarle a mi hija un futuro mejor, de brindarme a mi misma nuevas oportunidades para crecer y evolucionar. Veo hacia atrás y agradezco todo lo que deje pero también lo que vendrá, y celebró la vida, que ya es un gran triunfo. 
Celebró, agradezco y sonrío.
TODO ESTARÁ BIEN.

Migración

Emigrar. Un acto de fe.

Para mi emigrar representa un proceso de desprendimiento, de dejar atrás, de transformación e incluso de superación, que he comparado mucho con la maternidad. Y sí, mira que puede sonar muy loco, pero no del todo y ya verás por qué.

La mayoría de los seres humanos deseamos de alguna manera ver nuestra humanidad extendida, y eso son los hijos. Por mucho que se diga que no se quiere tener hijos, en algún momento de la vida las condiciones se dan para tenerlos, o por lo menos para desearlo. Y sí, genera mucha felicidad, pero a la vez preocupación, porque la vida tal como la conocíamos deja de existir para adaptarnos a una nueva persona, y nuevas rutinas.

El proceso se disfruta, y una vez se va acercando el momento del parto, las mamás estamos entre esa felicidad de ver sus caritas por primera vez, y el egoísmo de preferir que se queden dentro de nosotras, donde los podemos proteger de todo.

Los padres no suelen entender mucho esta parte del proceso, porque independientemente de su cercanía con el embarazo, no han tenido la oportunidad de sentir a sus bebés como nosotras, desde adentro. Evidentemente el proceso es diferente para ambos.

Cuando nacen, literalmente todo cambia, y nos desprendemos de muchas de esas cosas que antes eran cotidianas para nosotros, como dormir una noche entera, por ejemplo, o disfrutar de una comida caliente sin tener que atender a otra persona, salir de fiesta, la exclusividad de la pareja, etc.

Pues bien, la migración tiene mucho de eso. Cuando se toma la decisión, bien sea por la razón que sea, hay emoción y expectativa. A medida que se va acercando el momento de partir, empieza a correr la ansiedad, que te hace vivir una montaña rusa de emociones encontradas entre tus ganas de irte y a la vez de quedarte en tu lugar de origen. E incluso llega un momento en el que empiezas a cuestionarte si el tiempo entre tomar la decisión y partir ha sido mucho o no ha sido suficiente para hacer todo lo que tenías pendiente, o incluso atender a la familia que dejarás de ver con frecuencia.

El primer desprendimiento se da cuando te toca armar el equipaje. ¿Qué llevas y qué dejas? Aquello que llaman algunos “meter tu vida en una maleta”, y prácticamente sentí lo mismo cuando preparé mi maleta para el parto. Primero puede parecer que todo es absolutamente necesario, porque estás acostumbrado a vivir con todo eso, y te preguntas una y mil veces cómo sobrevives con menos. Pero créeme, se aprende.

Una vez das el paso, todo cambia. Llegas a un lugar nuevo donde todo es diferente, donde tienes que adaptarte a todo, porque así lo hayas visitado antes mil veces, lo cierto es que ese lugar ahora es tu hogar y ya no más un destino temporal. Y desprendiéndote de todo lo que ya conoces, es como ganas.

Aquí haré un paréntesis (porque es la cultura de dónde vengo y la que conozco desde adentro), y hablaré del caso de los venezolanos que es muy distinto a otras migraciones, sobre todo porque no somos un pueblo educado para emigrar, sino para recibir a los inmigrantes, y esto es fundamental para asimilar el proceso.

Nos vamos y confundimos el famoso “estamos lejos pero no ausentes”, en no despegarnos de las noticias, verificamos el precio del dólar a cada rato, sabemos más de Venezuela que nuestros propios familiares que aún están allá, y cometemos el grandísimo error de perdernos todo lo bueno que nos ofrece el nuevo destino, por no soltar del todo esa realidad de la que queríamos escapar.

Después a muchos les da porque o todo era mejor en Venezuela, o definitivamente el país no servía para nada, y en mi caso difiero, porque entendí desde mucho antes que uno nunca debe hablar mal del lugar de donde viene, llámese familia o país, y ha sido mi premisa desde que puse un pie fuera de Venezuela. La base de quien soy hoy y seré mañana, son producto de esa patria que ahora puede estar tan distante a mis valores.

Justo por eso otros emigrantes nos ven diferente, pueblos como el mexicano, los colombianos, incluso los cubanos (en el caso de los latinos) tienen una cultura migratoria muy avanzada, de la que me atrevería a decir prácticamente nacen con eso en la sangre, y ven el proceso como un tiempo de superación o evolución en todo el sentido de la palabra, y por ende honran el lugar de donde vienen, porque quieren enaltecerlo.

Les contaré que en nuestro caso no hubo una planificación muy exhaustiva, y hoy en día me digo qué loca que me forcé y forcé tanto a mi familia a dejar todo en un mes, porque ese fue el tiempo que tuvimos para armar maletas, recoger nuestras cosas, organizar todo lo legal y salir. Sí, mucho lo habíamos pensado y hablado pero no terminábamos de dar el paso, y creo que en nuestra familia salir de esa manera, sin anestesia, fue determinante.

Lo haría así una y mil veces. Creo que lo único que haría diferente sería abrazar más a mis padres, y no forzarme tanto a cumplir con algunos compromisos que asumí a última hora por dármela de súper mujer, y me superaban físicamente.

No tuve tiempo de llorar, ni de pensar en lo que estaba dejando atrás, no tuve apegos materiales porque no tuve tiempo de asimilarlos, y por si fuera poco, cuando llegamos a nuestra primera parada, me di cuenta que incluso había dejado toda mi ropa en casa de mis padres. Literalmente hasta mi armario me tocó empezarlo de cero.

Desprendernos para crecer

Confieso que cuando nos montamos en el avión, para ir a nuestro nuevo país, sentí que me moría. No exagero, literalmente el aire me faltaba, quería llorar, gritar e incluso bajarme del avión. El estómago se me puso como una piedra, y sí, lloré. Lloré muchísimo.

Tuve la misma sensación de pérdida que cuando vivimos la tragedia de Vargas en el 99, y en aquel entonces yo solo tenía 11 años, no sabía cómo manejar todo aquello que había vivido.

Sí, tuve un pequeño ataque de pánico en ese avión y me tocó auto controlarme, pedí cinco minutos y lloré encerrada en el minúsculo baño, en el que supongo que afuera los pasajeros me escuchaban porque muy duro decía “Dios mío ayúdame, dame la fuerza para superar esta prueba”.

Esos cinco minutos para mí fueron valiosos, porque dentro de mi decía “no puedo decir nada, yo fui la de la idea de irnos. No me puedo echar para atrás”. Y pues al calmarme, me lavé la cara y regresé a mi asiento como si nada. Abracé a Sára muy fuerte, tomé la mano de mi esposo y tomé una foto que guardaré de recuerdo de ese día para siempre, y que seguramente en contra de la voluntad de los que allí aparecemos, decorará este post.

Lo cierto es que al llegar a Hungría ya todo pintaba diferente, habíamos dado el paso, nos habíamos lanzado al mar y ahora solo tocaba nadar. Y en este caso la tarea era para una competencia de resistencia, mucho más que de velocidad. Y eso también se aprende.

Ya la primera mañana todo era diferente. El desayuno estaba totalmente frío, y uno viniendo del trópico está acostumbrado a comer caliente, y por primera vez me dije “hay que desprenderse”.

Me desprendí de lo que ya conocía para abrirme a cosas nuevas, sin que eso implicara que me olvidara de mis valores o principios, pero sí me desprendí de todo eso que me hacía daño. Y no les diré que fue fácil, me tocó llevar un duelo muy duro durante el primer mes y medio que estuvimos en Budapest.

Vivíamos los tres en una habitación en casa de un familiar, que al final eran desconocidos para nosotros también, porque mi esposo cuando mucho había compartido con ellos cinco veces en 37 años. Éramos extraños y aunque ellos insistían en que nos quedáramos, pasamos a ser una carga de alguna manera.

Sufriendo desde lejos en la primera semana la pérdida física de tres familiares cercanos, entre ellos mi abuelo. Una caída de mi mamá y por último un nuevo ACV que terminó por descontrolarme. La guinda de la torta era que nadie en casa hablaba inglés o español, y no poder comunicarme con nadie para resolver las cosas más esenciales y básicas, eso generó una frustración que no supe como drenar en su momento.

En este punto volví a descontrolarme y pedí tiempo, pero más importante aún era que con la bebé de por medio, no era la única que estaba fuera de sus cabales. Mi esposo siendo un “workaholic” se afectó muchísimo al verse en casa sin hacer nada, escuchando las típicas quejas de viejo todo el día por parte de algunas de las personas que nos rodeaban, el agotamiento mental era muy rudo, y definitivamente estábamos los dos remando a puertos diferentes.

Las peleas no se hicieron esperar, teníamos siempre dos motivos para discutir, por todo y por nada. Y aunque viviendo juntos, durmiendo en la misma cama, y compartiendo ese cuarto de escasos 10 metros cuadrados, yo me sentía más sola que nunca. Allí entendí el valor de un abrazo, del roce humano.

Grupos de apoyo, nuevos amigos

Desde que llegamos tuve claro que tenía que buscar gente con intereses o valores afines, que hablaran mi idioma para que todo se me hiciera más fácil y que además de alguna manera compartieran mis tradiciones. Así fue como llegue a un primer grupo de Whastapp de venezolanos en Hungría, y allí encontramos a nuestros primeros apoyos, esos que nos empezaron a dar tips para movernos, hacia qué zonas buscar vivienda, dónde conseguir Harina Pan, reuniones que nos abrieron muchas puertas y así fue como de un lado a otro, terminé encontrando un gran músculo de soporte, un grupo de mamás latinas en Budapest, donde la gran mayoría son expatriadas como yo.

Gracias a ellas no solo encontré tips para moverme mejor con la bebé, sino que además he encontrado grandes amigas y una comunidad un poco más pequeña, de mamás de habla hispana, que son quienes siempre terminan metiéndome la mano cuando tengo alguna duda con el idioma, la cultura e incluso las comidas.

Desde que las conocí y empecé a leerlas mi percepción de la migración cambió, porque confirmé una vez más que ser mamá te da un plus, es como tener una acción en un club al que puedes asistir y siempre nutrirte de cosas nuevas. Desde entonces es uno de mis consejos a quienes deciden emigrar, e incluso a quienes ya emigraron y no terminan de desprenderse, buscar grupos afines que nos ayuden a salir del hueco en el que caemos cuando no terminamos de ver que estamos viviendo el duelo de la separación del terruño.

Formas hay muchas, porque cada país tiene sus herramientas, pero desde Whatsapp hasta Facebook, son diversos los grupos que se pueden conseguir para socializar.

“Uno no es de donde dice un pasaporte, sino de donde se siente bien”

Finalmente empezó a llegar la estabilidad. Dos meses después de haber llegado, solucionado los papeles y arreglado una que otras cosas, la cabeza de la familia ya tenía un trabajo formal que nos permitirá seguir con los planes que nos habíamos trazado antes de salir. Pudimos mudarnos solos, y aunque en principio nos costó reconocernos nuevamente, las aguas han ido volviendo a su curso.

Miedos siempre habrá, pero a diferencia de las dudas, los miedos hay que enfrentarlos para acabar con ellos. Aquí o allá nosotros seguiremos nuestro plan, y siempre es la invitación que le hago a los emigrantes.

Y si consideras que el plan no está funcionando, entonces reformula los pasos que estás dando, porque equivocarse a veces es necesario para aprender.

Mientras tanto, asume tu duelo, entiende tu nueva situación y confúndete con los nativos. Sal a la calle y no temas perderte, conoce cosas nuevas, experimenta cosas que antes no te hubieses atrevido a hacer. Habla con un desconocido, sonríele al que acaba de montarse en el autobús, lee sobre la historia del país que ahora te acoge para entender su condición actual.

Ahora mismo no sé qué nos depara el destino, pero sé que si ya dimos el paso más difícil, lo mejor está por venir, así que respira profundo y continúa. Al final como repite ahora mucho mi esposo, “uno no es de donde dice el pasaporte, sino de donde se siente bien”.