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Anidar. Un tiempo necesario y de conexión.

Cuando hicimos el curso preparatorio para atender mi primer parto, todos los especialistas que se presentaron en aquel momento nos hablaron del término “nesting ó anidar”, o lo que las abuelitas conocen como “Síndrome del nido”.

La verdad es que yo lo identifiqué inmediatamente a en los perfiles de mis amigas que habían quedado embarazadas antes que yo, pero en aquel momento yo no tuve ese síndrome. Lejos de querer anidar, mis ganas de salir y disfrutar con mi esposo aquellos últimos días de soledad de pareja estaban a flor de piel. De hecho tuve reposo solo con una orden médica de por medio pasadas las 38 semanas de gestación.

No es de extrañar que siendo este segundo embarazo tan diferente, ahora esté experimentado este síndrome desde hace algunas semanas. Y si les digo la verdad, me ha agradado porque me ha hecho conectarme muchísimo más con mi bebé y también con mi hija mayor, y es por eso que me parece lindo compartirlo con ustedes, pues en este estado he conocido a un montón de futuras mamis que se sienten un poco perdidas en este camino de anidar rumbo al parto, y que incluso se sienten un poquito locas.

Empecemos diciendo que el nesting o el Síndrome del nido no es más que un impulso natural primitivo, instintivo, que tendemos a tener las embarazadas, y que suele presentarse después del quinto mes de embarazo, aunque los estudios revelan que es más común experimentarlo en el último trimestre de gestación.

Pero ¿Qué nos pasa durante este tiempo? Pues nos volvemos un poco obsesivas por querer tener todo limpio en casa, ordenado, preparado para la llegada del bebé. Así que nos da por limpiar, lavar, planchar, ordenar, arreglar las habitaciones, y en otros casos también se siente como unas ganas incontrolables de no querer salir de casa, de estar lo más cómodas posible y haciendo cosas que nos hacen sentir seguras.

Así como las avecillas arman sus nidos ramita a ramita, nosotras buscamos construir un hogar seguro para nuestras crías, y normalmente esto es lo que por instinto desarrollamos todos los mamíferos, aunque no necesariamente todas las futuras mamás lo vivan.

Les cuento que en mi caso me ha dado por lavar cuanta ropa se me atraviesa y pasar escoba por la casa de dos a tres veces por día. Bañarme se ha vuelto algo necesario, y a veces me toca bañarme varias veces al día, como si mi cuerpo se estuviera preparando para algo para lo que necesito estar excesivamente pulcra. Cada vez que me dicen para salir, me lo pienso un montón de veces y si me da sueño, no pueden imaginar lo maniática que me pongo para dormir arropada hasta el cuello y con un montón de piezas que hagan mi cama más acolchada.

Siendo muy honesta, no me había dado cuenta de que estaba experimentando este síndrome hasta que una amiga me dijo “ay amiga, ya estas anidando”.

Primero me cayó como un balde de agua, porque tenía la impresión de que se anidaba sólo días antes del parto y les confieso que caí un poco en pánico, pero llegó un momento en el que para calmar mi ansiedad, empecé a conectarme con mi tribu y me encontré con otras mamis que, como yo, están pasando por lo mismo y se sienten un poco pérdidas o confundidas.

El punto está en que no hay un momento específico para que esto ocurra en el embarazo, y no tiene que ver directamente con el momento en el que nacerán nuestros bebés, por lo que es muy importante mantener la calma y simplemente vivir el proceso entendiendo que es algo natural. No quiere decir que nos estamos volviendo locas, ni nada por el estilo.

¿Qué podemos hacer para exprimir al máximo este tiempo de anidación?

Pues buscar cosas que nos hagan sentir llenas a nivel personal como meditar, descansar, ver una serie de esas que tanto nos gusta o incluso escuchar los podcast que están tan de moda y que nos pueden ayudar a aumentar nuestros conocimientos pero también nuestra oxitocina a través de la risa, por ejemplo.

Si estas obsesiva con la limpieza como yo, te recomiendo llegar hasta donde tu cuerpo lo permita de forma consciente. Es decir, nada de estar subiéndose a escaleras o limpiando techos, usando químicos que puedan poner tu seguridad o la de tu bebé en riesgo. Por el contrario, puedes utilizar la aromaterapia para calmar un poco la ansiedad que puede causar esta manía de limpiar.

La música es también un buen instrumento para conectarnos con nuestros bebés, bien sea porque usas música de estimulación para el bebé o porque escuchas esa música que tanto te gusta y te relaja, y puedes aprovecharla para bailar con tu bebé.

En mi caso la visualización ha sido una herramienta vital, ya que me ha permitido conectarme con mi bebé pero también con la realidad que me tocará vivir al convertirme en mamá de dos en las próximas semanas. Visualizar no es precisamente adelantarse a los hechos, sino conectarse con una energía positiva que te hace sentir segura de que todo estará bien.

Disfrutar del “slow living” que los europeos practican tanto también ha sido maravilloso, porque he podido disfrutar de las siestas de mi hija grande y abrazarla desde el alma, y ahora sé que ella sabe que mami siempre estará para ella aunque tenga hermanos. Pero además desde la madurez de sus tres añitos me ha enseñado un montón de cosas, como esperar el momento perfecto para hacer las cosas, que un equipo en casa funciona mejor cuando todos están comprometidos y por supuesto que con amor y escuchando al corazón, todo sale mejor.

Querida mami, anidar no es malo ni es bueno. Es natural, es normal y es hormonal. Si lo estás experimentando, simplemente te invito a dejarte llevar por el instinto y vivir el proceso de la forma más sana posible, tanto para ti como para tu bebé será beneficioso.

Y si no lo experimentas no pasa nada, no eres menos mujer o mamá por eso.

Si ya lo experimentaste, me encantaría saber qué sentiste y como lo enfrentaste. Estoy segura que otras mamis también lo agradecerán.

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5 cosas que necesitan las embarazadas y nadie les dice

Las embarazadas tenemos tantas cosas en la cabeza. La mayoría de ellas dudas, que hacer una lista sobre lo que realmente necesitamos puede ser muy complicado. Sin embargo, hay unas cosas básicas de las que no podemos prescindir y por eso las comparto con ustedes.

  1. Confianza con el médico que nos está atendiendo. Muchas personas dirán que el médico tendrá la experiencia necesaria para atenderte, pero durante este proceso que es tan emocional, es muy importante que te sientas en confianza con el médico tratante e incluso con el espacio donde se dará el alumbramiento. Es por ello que es necesario para la futura madre, tener la libertad de escoger un especialista con quien sienta empatía y seguridad, ya que no sólo se trata de su cuerpo sino de la seguridad física del bebé.

En muchos países se tiene la oportunidad de contar durante el embarazo con el apoyo de una partera, que trabajando de la mano con un obstetra, puede resultar una ayuda muy útil para la madre e incluso para las dudas que el padre pueda tener.

  • Apoyo emocional por parte de la pareja o la familia que nos rodea. Sí, estamos hormonales y emocionales. Pensamos y nos creemos que hay cosas muy importantes, pero también estamos invadidas por miedos que antes podíamos o no sentir. Es por ello que es tan importante que tanto nuestras parejas como el grupo familiar que nos rodea, nos apoye y nos brinde un ambiente emocional acorde con la situación que estamos viviendo.

No basta con decir “aquí estoy contigo”, sino con demostrarlo. Muchas veces la futura mamá puede tener cambios de humor, puede tener deseos o actitudes diferentes a las que tuvo sin estar embarazada o en un embarazo previo, y recibir juicios por ello puede hacerla tambalearse emocionalmente.

  • Una amiga con quien se pueda hablar sin tapujos. Desde que nos convertimos en madres nos dejamos un poco de lado, pero contar con el apoyo incondicional de nuestras amigas nos llena de fuerza.

Históricamente se ha comprobado que criar en tribu es una necesidad del ser humano, y parte esencial de esa tribu son las amigas que te escuchan (tengan hijos o no) y te acompañan en el proceso que estás viviendo sin juzgarte.

  • Acceso a la comida sana pero apetitosa. Muchas de las embarazadas quieren comer todo lo que se les atraviesa, pero otras tantas también pierden el apetito producto de las náuseas, sin contar con que muchas veces el sabor de los alimentos cambia. Pero al estar gestando otra vida, no basta solo con recibir vitaminas de forma artificial, necesitamos alimentarnos de forma correcta y balanceada, permitiéndonos también cumplir con los antojos, pero sin que eso nos perjudique a nivel de salud.
  • Información relevante y nutritiva sobre el proceso que vamos a vivir. Actualmente podemos encontrar en internet un sinfín de informaciones sobre el embarazo, la crianza, el parto, etc.; y a la vez están esas experiencias que podemos obtener de primera mano a través de la experiencia de amigos y familiares. Sin embargo, siempre estará quien vendrá con una historia desgarradora o terrible de esas que nadie quiere escuchar.

Es por eso que como mamás tenemos que filtrar con qué nos quedamos, qué implementamos, de qué aprendemos y cómo nos nutrimos emocionalmente de todo lo que hemos visto, leído e incluso vivido.

¿Qué más añadirías a esta lista?

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Cada embarazo es diferente…lo creas o no.

Cada embarazo es diferente…

Sí, mira que sí lo es. Y eso ha sido algo que he experimentado en carne propia durante los últimos meses. Pero no porque uno lo sepa quiere decir que el entorno lo entiende, y cuando digo entorno me refiero incluso a la pareja y al médico tratante.

Esta vez me gustaría compartir con ustedes mi embarazo desde mi visión personal. Y claro que es muy personal, habrá quienes creen que es exagerado pero ¿cómo pueden saberlo ellos si no están dentro de uno?

Comenzaré por contarles que quería un bebé desde hace mucho tiempo; siendo hija única en una familia donde todo el mundo tiene hermanos, para mí era muy importante que mi hija no se quedara sola sino que tuviera la oportunidad de criarse y vivir con un compañero de juegos y aventuras. Y pues la verdad es que no nos costó mucho quedar embarazados, me atrevería a decir que fue en el primer intento, una vez ambos estuvimos conscientes de lo que queríamos claro está.

Pero una cosa es desearlo y otra muy diferente vivirlo. Y esto no lo digo por mal. Estoy casi segura que sentí cuando quedé embarazada, y todo aquello me dio mucha ilusión hasta que confirmamos el embarazo y empezaron todos esos síntomas que no había experimentado en mi primera gesta.

¡Les juro que después de las náuseas y los desmayos, empecé a creer que algo andaba mal! Pero una cosa paranoica que ahora viendo para atrás, hasta enfermizo me parece. Cada vez que iba al baño pensaba que iba a encontrarme con algo que no quería ver, salir en verano era un deporte extremo y comer en la calle toda una odisea; sufrí de alergias por polen, tuve el accidente que me dejo postrada con un yeso por casi dos meses, he vomitado incluso en la semana 30, cambiamos de médico al menos cuatro veces y todavía no estoy convencida de la que me atiende por ahora, he llorado con cada tontería y me han dejado de importar cosas que antes me habrían roto el corazón; varias veces pregunté a los doctores si todos esos malestares eran producto de que mi cuerpo estuviera rechazando al bebé, y la respuesta era la misma (y a mí me parecía incongruente para ser sincera) “cada embarazo es diferente y tu deberías saberlo, ya tú has estado embarazada”.

Pero Dios mío, ¿Cómo me pueden decir eso? Si se suponía que tenía que considerar mi experiencia previa (cero vómitos, cero alergias, no accidentes, no desmayos) ¿cómo era que esto me podía parecer normal?

Después también caímos en cuenta de un factor nuevo, y era la ausencia física de nuestro entorno de apoyo, para ser más específica mis padres y tíos que siempre nos dieron como familia su apoyo incondicional a través de las redes, pero no era lo mismo. Y llegó un punto en el que hasta los ataques de pánico volvieron a mí, y eso sí fue como el punto de quiebre.

Esta madrugada en medio de mi insomnio me puse a pensar en todo lo vivido en este embarazo, y realmente me siento como primeriza, porque la primera vez para mí fue todo muy al estilo Susanita, un embarazo de ensueño en el que estuve totalmente activa (pero que hasta cargando cajas de cerámica y mudanza) hasta la semana 36; y ahora ya cercanos a la fecha de parto, reflexiono sobre cómo las circunstancias pueden hacer que todo sea tan distinto.

¿Por qué cada embarazo es tan distinto al otro?

¡Simple! porque cada individuo es diferente y nosotras estamos resguardando un cuerpo diferente. Pueden tener la misma carga genética y aun así ser distintos entre sí. Hablo de células, personalidades, gustos, rasgos físicos e incluso en esto hasta el cambio climático influye.

Nuestros cuerpos también han cambiado, cada uno de nuestros órganos tiene más tiempo y también conservan aquello que llaman popularmente “la memoria del cuerpo”, por lo que es más probable que durante el segundo embarazo se empiecen a notar los cambios desde mucho antes que con el primer bebé.

Pero sí, no dejamos de ser primerizas, pues ahora tenemos un hijo del que ocuparnos mientras dentro de nosotras se forma la segunda cría, y eso también colabora con el hecho de ser emocionalmente un desastre, porque nos brotan todas las angustias sobre cómo será la relación entre hermanos y las dinámicas familiares con la llegada del nuevo bebé.

Entonces cada embarazo es diferente y por ende que hayas estado embarazada antes no quiere decir que sepas qué hacer o no, o cómo sentirte en un segundo o tercer embarazo. Y he entendido esto con 34 semanas de embarazo, en una charla introductoria que nos ha dado la partera hace unos días atrás sobre cómo será el proceso que viviremos en este nuevo país donde los protocolos son muy diferentes a los que teníamos en nuestro país de origen.

Mientras la chica hablaba del proceso de parto, el papeleo, lo que podíamos hacer y quién estaría con nosotros, mi mente se paseaba por el día en que mi primera hija nació.

-¿Recuerdas cómo se sienten las contracciones?- preguntó la partera.

Yo me quedé en blanco porque para ser sincera había borrado lo malo del día del nacimiento de mi primera hija, pero inmediatamente dije “sí”.

-Pues esas que recuerdas son las que tienen que hacerte venir al hospital en caso de emergencia. Y si no las recuerdas no pasa nada, sigue tu instinto o me llamas inmediatamente si tienes dudas. Estar embarazada nunca es igual, así que para mí es como si fuera tu primera vez.

Y ahí fue que conecté con ella. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí comprendida y contenida por personal médico en la tierra que me ha acogido, y tal vez esto tenga que ver más con humanidad que con nacionalidad.

En todo caso mamita que estas esperando tu primer o segundo o tercer hijo, y te topas con este post, quiero recordarte que no estás sola y que tu cuerpo es sabio, tan sabio como el del bebé que esperas. Y al final del día todo estará bien, sólo déjate guiar por tu instinto y nunca te calles un dolor, un malestar o algo que te haga sentir incomoda. El personal de salud está allí para atenderte, tus afectos para apoyarte emocionalmente y tu corazón estará listo para recibir a tu bebé.

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Embarazada en el extranjero: de la ansiedad a la calma

“No soy la primera, ni la única, ni la última que estará en esta posición. No es mucho, es justo lo que puedo enfrentar. Yo puedo porque Dios está conmigo”, ha sido mi lema, mi mantra, lo que me he repetido día y noche desde el día que, sin imaginar que el resultado sería positivo, decidí hacerme una prueba casera de embarazo.

Sí, se los confieso; por mucho que deseaba un bebé desde hace un tiempo, quedé en shock cundo supe que el sueño se estaba haciendo realidad.

Cuatro días estuve sin poder decirle a mi esposo que estábamos esperando el bebé que tanto habíamos querido, más de media hora me llevó salir del baño después de ver el resultado, y todo gracias al pánico que explotó en mi cabeza.

Les cuento.

Yo, como muchos inmigrantes, en estos dos años que tengo lejos de mi país y de mi familia extendida, hace mucho tiempo había empezado a sufrir ataques de pánico y ansiedad sin una aparente razón, más que el estrés a lo desconocido y a estar lejos de casa, y justo ahí, cuando yo me sentía tan bien y se suponía que debía estar muy feliz, me explotó una crisis de ansiedad. Todo por no conocer cómo funcionaba el sistema de salud en este caso.

Así que bueno, lo primero fue llamar a alguien de mi confianza plena y tratar de buscar mi punto de paz tal como me lo había recomendado meses atrás mi terapista. Mi mamá y mi mejor amiga (ambas desde la distancia) me guiaron y acompañaron hasta que pude confirmar el embarazo y sentarme a hablar con el padre de la criatura.

Su alegría fue tan grande como las ganas que ambos teníamos de hacer crecer la familia, y eso me ayudó a disipar muchos de mis miedos. Sin embargo, los dos estábamos en desventaja con respecto al conocimiento del sistema de salud, totalmente diferente a lo que estábamos acostumbrados en nuestro país de origen, y enfrentar ese gran monstruo no ha sido una tarea fácil.

Pero más allá de contarles esto, con este post solo quería ponerlas un poco en contexto porque han sido muchas las mamis inmigrantes que me han escrito desde que hice público mi embarazo. Y créanme que a veces me han agarrado bajita, cuando me siento pérdida y solo quiero llorar por culpa de la distancia o de las hormonas.

Es por eso que estar embarazada en el extranjero, para mí ahora se convertirá en una herramienta de apoyo para otras madres en mi situación y para mí misma, porque he descubierto que hacemos una comunidad tan fuerte que es muy raro que compartiendo ideas y sentimientos con las personas correctas, uno se sienta sola.

No es que estar embarazada en el extranjero sea difícil, es igual a estar embarazadas en tu país de origen, solo que con otros retos que conlleva el proceso migratorio como tal, y que tal vez por el mismo proceso hormonal vemos magnificado.

Pero lo cierto es que esto no nos hace ser más especiales o delicadas para la sociedad, seguimos siendo quien en esencia somos, y por ende tenemos que poner nuestra mejor cara a lo que nos viene.

Yo no sé cómo lo han hecho otras mamis en otras latitudes, pero han sido muchísimas las que me han demostrado que es posible salir bien de un embarazo sin el apoyo familiar al que estábamos acostumbradas. Entonces deje de preguntarme ¿qué hago? Y empecé a hacer, y esto que les escribo de ahora en adelante, es lo que a mí me ha servido para controlar la ansiedad y no sumarle una carga mayor a los malestares normales de la gravidez.

Lo primero fue empezar a leer y preguntar cómo funcionan las cosas aquí. Ver que los médicos no son ni un poco parecidos a los médicos en Venezuela, que terminan convirtiéndose en tu familia, ha sido vital tanto para mi esposo como para mí. Bajarse de esa expectativa nos ha hecho incluso sentirnos más cómodos y confiados en lo que nos vendrá en el futuro.

¿Cómo nos hemos puesto en contexto? Pues preguntándole a nuestros amigos húngaros y expats que ya han pasado por esto, cómo han sido sus experiencias y qué podemos esperar.

Escuchar las experiencias de otros y compararlas, pero no poniéndonos a nosotros como protagonistas ha sido increíble. Pues como en todos lados, hay experiencias positivas y negativas, así como hay quien te dice que te compres un cochecito de 1000$ cuando eso es lo que ganas al mes, y al final te toca descubrir que no tienes que atender las expectativas de nadie, sino las tuyas propias.

Emigrar es desprenderse de muchas cosas y aferrarse a otras. Puedo decirles que mi esposo y yo nos hemos aferrado mucho más a nosotros mismos en este proceso, y nos hemos ido desprendiendo de muchos prejuicios y creencias para sentirnos un poco más cómodos.

Emocionalmente es muy difícil controlar a la madre. Sí, las hormonas se ponen como locas y yo les digo que he llorado hasta por ver un trajecito de invierno para bebés aunque le mío nacerá cuando esté entrando la primavera. Pero dejarme drenar cuando lo he considerado necesario, me ha ayudado mucho a tener un balance.

Nosotros además tenemos un plus, que es Sára, y durante las vacaciones que tuvo que pasar conmigo en casa encerrada mientras yo pasaba de vómitos a náuseas y diarreas en un mismo día no fue fácil. Pero explicarle a ella lo que estaba pasando, fue muy nutritivo en nuestro caso, pues ella desde el día uno supo tomar una posición de compañera y ayuda, y dependiendo de cómo ella me percibía decidía si jugar dentro de casa o en el jardín, lo que fue increíble para todos.

Involucrarla en las cosas del bebé ha hecho que los tres (hija, bebé y yo) formemos una especie de triángulo especial de complicidad y trabajo en equipo, que hace mucho más llevadera la situación.

Por ahora les puedo comentar que estamos aprendiendo a vivir como familia y como pareja, un día a la vez. Analizando lo que hace falta analizar, pero dejando pasar de largo todo aquello que nos resta o nos puede generar angustia. Y créanme que esta ha sido la forma de disfrutar mucho más mi embarazo.

Por último, puedo contarles que responder a las necesidades de mi cuerpo, escuchar qué necesita o cómo me puedo sentir más cómoda ha hecho la experiencia mucho más especial. Que un día un médico me dijo “ya tu sabes qué hacer, que ya has estado embarazada”, pero no amigo, ningún embarazo es igual al otro, para mi este ha sido súper molesto con los síntomas en comparación a mi primer embarazo, pero siendo todo tan distinto aquí, nos ha tocado escuchar a mi cuerpo, y seguir eso que las mamis tenemos tan bien desarrollado, el instinto.

Así que mamis, futuras mamis que se enfrentan a esto lejos de casa, acompañémonos en este camino, usemos las redes para hacernos más fuertes, para hacernos compañía, ¿y por qué no? Para darnos más seguridad y confianza porque al final todo estará bien.

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La ola de calor…y aquel sudor nada agradable

Llegamos a los ocho meses de gestación, y dentro de mí agradecía porque muchos de los síntomas del embarazo de los que otras mujeres se quejaban, no habían hecho presencia en mí humanidad. Sobre todo uno con el que nunca me había llevado bien… el calor.

Todo parecía muy perfecto para ser verdad, cuando el calor me venció. Fue llegar a la semana 33 y un día, y empezar a experimentar el calor en otro nivel que mis sentidos desconocía; uno que aún no me explico bien.

Más desesperante era, que por esos días había un pequeño frente frío que tenía a todos el mundo abrigado, mientras yo no dejaba de sudar cual comiquita japonesa (y me disculpan los amantes de este arte por llamarlo así).

Me apetecía dormir con el ventilador a toda mecha, desarropada y con la menor cantidad de ropa posible, mientras mi esposo inocente del infierno que mis glándulas sudoríparas causaban, no dejaba de arroparme y angustiarse porque en su cabeza solo había zancudos (mosquitos) volando a mí alrededor, y obviamente él sentía un frío que mi cuerpo desconocía por aquellos días.

No les miento cuando les digo que más de una vez mi almohada amaneció empapada como si hubieran abierto una manguera en ella. Pero no una manguera cualquiera, era una que además traía consigo un mal olor, eso que por allá llaman mal sudor. Era como si el sudor oliera a rancio y no pueden imaginar lo desagradable que era para mi tener que lidiar con aquello.

Pero sinceramente señoras, el calor, como todos los demás, pasa. No sé bien en cuánto tiempo, porque sinceramente todavía a las 36 semanas seguía lidiando con él, pero no en el mismo grado de intensidad que las semanas previas.

Es que incluso, ahora que lo recuerdo, incluso el día que fui a dar a luz, con mis 41 semanas y 3 días, tenía un calorón que me permitía estar medio desnuda sin problema alguno en la sala de preparación para el parto, que de cálida no tenía nada. Pero a fin de cuentas, de alguna manera aprendes a vivir con el calor.

Particularmente yo trataba de dejarme llevar por lo que mi instinto me indicaba, así como lo hice con casi todo lo que tenía que ver con el embarazo.

¿Qué hacía? Me lavaba la cara y la parte trasera del cuello tantas veces como podía.

En las noches más calurosas utilizaba las compresas de hielo en la nuca y en la parte baja de la espalda como un paliativo, aunque con esto debes tener cuidado si la temperatura del ambiente está muy frío porque al final puedes amanecer resfriada.

Uno de mis momentos favoritos por aquellos días era llegar a casa de la calle tan acalorada, que deshacerme de la ropa y lanzarme sobre la cama con el ventilador de frente, se convertía en un placer tan grande que solo lo puedo comparar con satisfacer un antojo, y la guinda de la torta era aprovechar el momento para dormir un rato mientras el bebé se movía como recordandome que estaba allí.

Por esos días también evitaba el uso de cremas en el cuerpo por la noche, eso me hacía sentir mucho peor y la verdad es que si te van a salir estrías saldrán con o sin crema. Que si es cierto que es muy importante cuidarse, pero más importante todavía es estar cómoda mientras gestas vida.

A modo de reflexión les dejo este comentario del post original, que escribí cuando tenía 36 semanas de gestación. «¿Vale la pena? Pues sí, ahora que estoy más cerca del momento de tener a mi bebé en los brazos, me parece que este y otros síntomas valen la pena». Y hoy, cuando mi bebé ya tiene 30 meses, les reitero que todo ha valido la pena sin temor a equivocarme.

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El insomnio de mi embarazo

Cuando te embarazas literalmente la vida te cambia, y no me doy cuenta hasta hoy, que tengo 30 semanas recién cumplidas, que eso es así. Mi vida ya no es del todo mía, es de mi bebé y de los millones de ideas que recorren mi cabeza cada día como si de un río desbocado se tratara.

Pasan cosas como que te despiertas un domingo lluvioso y frío, a un cuarto para las siete de la mañana y prefieres sentarte a escribir en la sala, que continuar empiernada con tu esposo. Sí me lo hubiesen contado hace un año atrás o tres meses antes no habría creído ni una palabra.

Lo peor es que cuando le comentas a las personas cercanas de estos episodios, no paran de repetirte “tú no estás para preocuparte por nada”, como si esa fuera la oración de la mañana, y realmente ha ocurrido que no me despierto por estar preocupada, y mira que sí debería estar preocupada, porque en esa lluvia de ideas no todo lo que se le pasa a uno por la cabeza es bueno y maravilloso; yo particularmente tengo muchas preocupaciones encima, como las deudas pendientes, el hecho de que por primera vez en mi vida no estoy produciendo dinero, porque uno de los grandes cambios del embarazo fue tomar la decisión de dejar mi estresante trabajo como periodista de sucesos, vivir en un país como este donde el miedo es lo único que tenemos todos en común, entender todos los cambios que continuarán viniendo a mi vida con la llegada del bebé, porque de verdad, ya tu vida no será del todo tuya, y créeme que aunque habrá días que no dudo serán difíciles, lejos de lo que pensé desde pequeña, no cambiaría por nada del mundo la experiencia de ser mamá.

Pero bueno, volviendo al tema inicial, y lejos de todo lo que piensan quienes saben de mis repentinos desvelos, no estoy despierta por mis angustias sino por reflejo, porque cuando esto ocurre me despierto como si me hubiesen catapultado de la cama y me hubiesen dado un golpe de realidad. Y sé que en unas horas dormiré como si hubiese corrido el maratón de Nueva York dos veces seguidas, sin importarme en lo más mínimo lo que suceda a mí alrededor, en la casa pueden estar tumbando las paredes y puedes apostar que me importará poco eso antes que dormir profundamente. Pero ahora, en este momento, sólo me interesa estar despierta, y me interesa de una manera que nunca antes había experimentado. Te cuento por qué.

Si esto te está pasando a ti, no sientas que te estas volviendo loca, siéntete viva. Resulta que desde que sufro de estos episodios repentinos, desde hace unas dos semanas, que me pueden dar además a las 3 de la mañana o incluso a la una -porque cierto es que rara vez pasa tan cerca del amanecer-, más que ponerme a pensar en todas esas cosas que me generan angustia, me ha dado por sentarme frente a la ventana a disfrutar de lo que no tenía tiempo para ver antes.

Hoy por lo menos decidí sentarme a escribir, que es mi gran pasión, pero mientras lo hago disfruto de ver cómo las gotas de lluvia caen sobre los árboles de la montaña que rodea mi edificio, hoy siento más profundo el sonido de una quebrada que pasa cerca de la casa, y aunque realmente creo que debe ser agua sucia, para mí, en mi mente, hoy esa es agua clara y limpia, sólo lo estoy disfrutando.

Tal vez es tan intenso lo que estoy viviendo, que hasta fantasioso parece, si hasta Miguelito, el pajarito que vive con nosotros en casa desde hace más de doce años, ahora recibe más visitas de otras aves que nunca antes, y si les digo que increíblemente algunos de ellos llegan con sus crías y no tienen miedo de acercase a mí mientras yo me encuentre inmóvil, no les miento.

Me atrevería a decir que nunca mis ojos habían detallado tanto los colores y los contrastes a mí alrededor, a pesar del día gris.

Verdaderamente pasan cosas maravillosas que pueden parecer tonterías, pero que en realidad son los pequeños detalles de la vida que hacen que todo merezca la pena. Así me siento yo hoy, y todo ha sido tan especial, que como pocas veces en la vida de un periodista, no me debato con una página en blanco, simplemente me dedico a llenarla fluidamente de una historia que es tan real como la de cualquier mujer embarazada.

Si me pongo a pensarlo, nunca había estado tan viva como lo he estado en los últimos siete meses de mi vida, no sólo por el hecho de que dentro de mí se está generando una vida nueva, sino porque enterarme de ese nuevo ser me hizo caer en cuenta de que la vida misma es más que un trabajo y un sueldo, más que una salida o la nueva colección de ropa de tu tienda favorita, que es más que muchas cosas a las que nos acostumbramos, me hizo entender que la vida está hecha de detalles simples, que son los que realmente te hacen feliz y mejoran tu existencia.

Obviamente no soy especialista en embarazos, ni mucho menos en vida, pero lo que sí te puedo decir, siendo una futura mamá tan real como tú, es que si estás pasando por esto, simplemente vívelo y agradécelo.

No pierdas tiempo, porque todo pasa mucho más rápido, y nada nunca vuelve a ser como antes. ¡Sé feliz!

Tomate ese cafecito que tanto te provoca, siéntate en el sofá que tenías tanto tiempo que no disfrutabas, pon la música que tanto te gusta o simplemente escucha el sonido de la lluvia al caer; háblale a tu bebé, disfruta sus movimientos y ríete con ellos, no te preocupes tanto por la cama que no has tendido o por lo que no has podido limpiar, simplemente ve a tu alrededor y decide qué es lo verdaderamente importante en tú vida en este momento. Esa es una de las pocas cosas en las que tu vida te sigue perteneciendo, y créeme cuando te digo que vale la pena.

Ya vendrán otras experiencias.

A los 13 días del mes de marzo de 2019, más de dos años después de haber escrito esto, lo comparto con ustedes desde un amor muy grande. Leerlo me ha devuelto a aquel sofá verde perico que decora la sala de mis padres, he escuchado de nuevo la lluvia y he visto a lo lejos como El Ávila se abre paso entre las nubes blancas que decoraban aquella mañana el cielo.
Querida futura mamá, te hablo desde el futuro y te digo que todo lo que dice aquí es verdad, no cambiaría por nada la experiencia de ser mamá y todo lo que me ha traído a la vida entender que estoy más viva que nunca. Te abrazo.

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El plan de parto: del dicho al hecho.

Cuando supe que estaba embarazada, ni siquiera sabía que quería un hijo. 24 horas más tarde estaba convencida de que era una de las cosas que más había deseado durante mucho tiempo, pero así como estaba convencida, también tenía un montón de preguntas en mi cabeza sobre todo lo que me venía por delante.

Viviendo en una sociedad como la latina, donde hay muchos opinólogos y pocas referencias cercanas de apoyo, mi cabeza era una total confusión. Recuerdo que a los pocos días de saber que venía mi bebé en camino me regalé un libro que deseaba leer desde hace mucho, “De pura madre” de Ana María Simon, y fue allí que por primera vez leí la palabra mágica “plan de parto”.

Del libro les puedo comentar luego porque de verdad para mí fue como un mantra en el embarazo, y mi forma de entender que todo lo que estaba sintiendo, de dejarme llevar por mis instintos, era totalmente normal.

¿Pero qué era ese plan de parto del que se hablaba? ¿Cómo funcionaba? ¿En mi país realmente se aplicaba?

Así fue como me puse a averiguar, y encontré que el plan de parto se utiliza en muchos países y que es una especie de documento en el que la mujer refleja sus preferencias, necesidades, deseos y expectativas sobre el proceso del parto. En pocas palabras, es decirle a tu médico –y también a tu familia- cómo quieres parir, cuándo, dónde, quiénes estarán allí y bajo qué condiciones.

Con cuatro meses de gestación empecé a maquinar todo según lo que mi corazón me dictaba. En la siguiente cita con mi doctora, a penas entré a la consulta le pregunté si podíamos hacer un plan de parto personalizado, y mi querida doctora (que terminó convirtiéndose en un pilar de ese plan) quedó encantada de que le hubiese preguntado y la hubiese incluido en mi planificación.

Entre los cuatro y los siete meses nos fuimos planteando todo el panorama, escribiendo ideas y también de alguna manera experimentando cómo nos sentiríamos cómodos papá y yo.

Y en el mes siete llevamos una lista con nuestros requerimientos, y junto a nuestra doctora discutimos uno por uno los puntos que habíamos escrito juntos (aunque yo lo había escrito sola practicamente).

Evidentemente todo no era posible de hacer, porque por lo menos yo pretendía parir en una habitación sola con mi esposo, la doctora y una doula y el centro de salud que habíamos escogido para el gran día no lo permitía; pero tampoco podíamos arriesgarnos a hacerlo en el lugar donde esto si hubiese sido posible, y aunque primero me costó mucho asimilarlo, esta fue la mejor manera de estar preparados psicológicamente para la llegada de nuestra pequeña.

Podría enumerar las cosas que solicité además de eso, siendo la primera respetar siempre que la bebé decidiera cuando nacer. No quería pautar una cirugía ni un parto inducido, estaba negada a esa posibilidad y en esa situación llegamos hasta el último día posible, hasta que ya era un riesgo para nosotras dos seguir esperando.

Además de esto, no quería bajo ninguna circunstancia tener una cesárea. No obstante, llegado el día y por una situación que no vale la pena describir, yo misma pedí a gritos que me hicieran la cesárea lo más pronto posible. Recuerdo haberle pedido disculpas a mi esposo por cambiar de opinión, y que mi Doula llamó a nuestra obstetra para decirle “Carla está pidiendo una cesárea”, y la doctora no lo creía posible. Incluso esto hizo que ella abandonara su consulta y bajara inmediatamente a la sala de partos a hablar conmigo.

Por otro lado, mi esposo y yo estuvimos siempre de acuerdo en que queríamos un parto respetado con apego temprano. Esto quería decir que una vez se cumplieran los procedimientos de rutina la bebé fuera inmediatamente pegada a mi pecho, y para eso contamos con el increíble apoyo de la doula, que apenas recibió autorización médica me entregó a mi bebé.

Otro de mis requerimientos fue estar solos mi esposo y yo hasta que la bebé llegara al mundo, y que en ese primer día de vida solo nos acompañaran nuestros padres y hermanos.

Viniendo de una familia tan grande, me era inimaginable tener que compartir las primeras horas de vida de mi hija con medio centenar de personas. Y sé que esto fue muy mal visto por algunos familiares, pero la intimidad que tuvimos ese día en aquella habitación no la cambiaría por nada. Me sentí completamente conectada con mis padres y con mi hija a la vez, estar de esa forma en una paz inexplicable fue clave en mi recuperación.

Nuestro plan de parto también incluía música y una luz tenue, y a pesar de contar con esto, terminamos no haciéndolo porque al final muchos de nuestros planes cambiaron aquel día por la forma en la que yo me sentía más cómoda.

También quería que mi esposo estuviera en cada segundo a mi lado y por protocolos médicos hubo algunos momentos en los que él no pudo estar presente. Sin embargo, nunca estuve sola, contar con una doula que había sido parte del equipo médico de la clínica escogida, fue un gran plus.

Mi hija nació en la fecha tope para venir a este mundo. Inicié un parto inducido y aunque había dilatado bien, en medio del camino ella decidió devolverse. Hoy nosotros lo vemos como que ella decidió nacer por cesárea para no lastimar tanto a mamá, y aquella noche descubrimos lo comprometida que estaba nuestra doctora con nosotros, cuando fue a revisarme después de la cirugía y se sentó como una mamá a explicarme que no era yo menos mamá por no haber podido parir.

Les hablo del plan de parto porque es sumamente importante entender que la llegada del bebé a este mundo no es algo casual, sino causal. Y es necesario para los nuevos padres, y también para los médicos, entender qué esperamos de ese día donde una bomba atómica de emociones explota gracias a las hormonas.

Querida futura mamá, yo de todo corazón te invito a escribir todo lo que tú esperas del día de tu parto. Bien sea que tengas claro que buscas una cesárea o un parto natural, si quieres apego temprano o si prefieren que le den un biberón al bebé, si quieres que te visiten o prefieres estar sola…todo lo que tú imaginas, escríbelo, incluso tus miedos sobre ese momento. Visualizar ayuda mucho a prepararse para todo lo que ocurre en un día tan acontecido como es la llegada de tu bebé.

Pareja y Familia

Nunca es el momento perfecto

Nunca es el momento, nunca las condiciones están dadas, y seguramente cuando todo este “perfecto”, las cosas no saldrán como tú quieres.

Mi esposo y yo habíamos decidido emigrar, y hasta pasaje en mano teníamos para ir a probar suerte en unas entrevistas laborales, cuando yo empecé a sentirme mal.

Mi mamá me preguntaba por qué estaba tan cansada todo el tiempo, de la nada se me aceleraba el corazón, todo el tiempo estaba caliente al punto que mi esposo creía que me la pasaba con fiebre, tenía dolor en el cuerpo y todo pasó justo cuando reventó la mayor contingencia por el Zika en todo el continente.

-“¿Embarazada? No vale, yo lo que tengo es Zika”, me repetí por tres días hasta que tuve que ir a hacerme un examen de sangre para ir al médico.

En ese momento y por la contingencia sanitaria, era obligatorio que las mujeres en edad fértil que se practicaran la hematología para saber si tenían Zika o Dengue, se practicaran una prueba de embarazo. Evidentemente no pude negarme y yo en mi mente ni idea tenía que el resultado sería totalmente al esperado.

¿Qué si sospechaba que estaba embarazada? Para nada, eso para mí ya era tema del pasado. No sólo no estábamos buscando bebé, sino que ya había llegado a creer que eso no era para mí, y que bueno si mi esposo ya estaba medio reacio al tema, ¿para qué íbamos a intentarlo?

El gen de la paternidad estaba apagado en ese momento en nosotros. O por lo menos eso creíamos.

Yo confieso que había dejado de desear un hijo porque pensaba que no tenía la capacidad de amar a nadie de la forma en la que las madres aman. Y bueno, si ya tenía un año sin cuidarme, descubriendo lo feliz que era sin anticonceptivos y no había pasado nada, ¿qué podía haber cambiado mi realidad?

Recuerdo que en aquellos días le comentaba a mi entrenador de TRX que no entendía por qué esa definición muscular de los primeros meses de entrenamiento había desaparecido, que no entendía cómo era que salía tan agotada de las clases, y que además no bajaba de peso como había venido pasando.

Los resultados tardaron unas 24 horas por algún motivo, porque yo no tenía fuerzas ni para manejar aquella tarde, y fue mi esposo quien recibió la noticia, aunque él ni por enterado se dio. No sé si fue porque aún estaba dormido cuando fue por los exámenes, o porque en su cabeza no registró que el día anterior me habían hecho una prueba de embarazo anexo al perfil 20 original que el médico había solicitado.

Él sólo leyó que el examen decía “positivo en sangre” y me llamó para decirme que creía que tenía que ir inmediatamente al médico porque le parecía que había salido positiva la prueba.

Cuando llegué a donde estaba él, esperando para ser atendido por el médico para un chequeo pre-operatorio, leí detenidamente los resultados, hasta percatarme que en efecto al final decía “HCG: Positivo en sangre”. Mi ojos no podían creer lo que estaba viendo, ¿Cómo era posible que eso me estuviera pasando en ese momento?, ¿Cómo yo tan ordenada en la vida con todos mis planes había quedado embarazada en medio de la crisis social, económica y humanitaria más grande que había vivido Venezuela?

Cortesía de Mamá Ilustrada

Obvio que sabía cómo me había embarazado, y en ese momento creo que hasta se me cruzó el día que hicimos a nuestro bebé, pero el asombro me superaba y fue una mezcla total de emociones.

Empecé a reírme y a llorar, y la cara de él era de total confusión. Realmente él no tenía idea que ahí en ese sobre también había una prueba de embarazo. Como una loca dejé a mi esposo ahí en la sala de espera y corrí al laboratorio a reclamar que esa prueba había salido mal, que tenían que repetírmela, mientras una docena de personas me veía con cara de asombro mientras la bioanalista me explicaba que sí, que estaba embarazada, que no tenía que ir a ningún internista sino al ginecólogo.

¡Estaba totalmente en shock! Allí sí lloré y no dejaba de repetir que eso no podía ser, que nosotros nos íbamos y cómo iba a hacer ahora con un bebé, ¿qué le iba a decir a mi esposo? –Que además debía estar bien confundido en la otra sala de espera por mi reacción–.

Me calmaron, la gente me felicitaba y yo empecé casi que inmediatamente a hablarle a mi bebé, a decirle lo mucho que lo iba a amar y que haríamos hasta lo imposible para hacerlo infinitamente feliz y un ser humano de bien.

Lo cierto es que me debatía entre sí alegrarme o no hasta no confirmar que todo estaba bien. Mi esposo, el que no quería tener niños todavía, no podía estar más feliz en la vida.

Con la buena fortuna que conseguimos inmediatamente una cita de emergencia con mi ginecólogo, y en esas tres largas horas de espera por mi cabeza pasaron una infinidad de miedos y preguntas, porque definitivamente no estábamos preparados ni social ni psicológicamente para ser padres. A eso se sumaba que mientras esperábamos, la gente en la sala no dejaba de hablar de lo “mala cabeza que eran esas mujeres que se estaban embarazando en plena crisis del Zika”.

Finalmente esa mañana conocimos a nuestro pequeño milagro, después de un largo interrogatorio de la doctora a quien tenía más de un años sin ver, me hicieron mi primer eco, y ahí estaba latiendo, diciéndonos de alguna manera que había vida. Ahora mis lágrimas eran de emoción, los dos llorábamos de emoción, teníamos unas seis semanas de gestación, y privada en llanto le dije a la doctora que no podía estar más feliz, acababa de ver la manifestación de Dios más grande en mi vida, una nueva vida se estaba formando en mi vientre, y aunque no lo conocía, lo amé desde el primer momento. Ese puntico, con apariencia redondeada pero con fuerte latido, era la figura más hermosa que había visto en mi vida.

Los detalles de ese día no vale la pena ni comentarlos, pero mi milagro debía permanecer en secreto unas cuatro o seis semanas más por recomendación médica, y a partir de ese momento mi vida cambio. Cambió para mejor.

Muy poca gente se enteró por aquellos días, y hubo uno que otro imprudente que sin saber nos dijo que quienes se atrevían a tener bebés en esta situación eran unos locos, sin imaginarse que nosotros éramos parte de ese grupo de locos, que aunque no lo estábamos buscando en ese momento, pues Dios decidió darnos ese regalo, y realmente no me importaban los pañales, ni si no había fórmulas, sabía que de alguna manera tendría las herramientas para conseguir todo lo que necesitaba para mi hijo.

En ese momento, en el que vi ese corazón latiendo en esa pantalla, no había nada más en el mundo que me importara más que ese retoño de amor, no había situación que me afectara más que la llegada de mi bebé, y no es que andaba todo el día como drogada o algo por el estilo, pero entendí que muchas veces nos detenemos por lo superficial de la vida, y dejamos pasar lo que realmente hace que la vida sea importante.

Es increíble que de una cosa tan chiquitica hayamos salido cada uno de nosotros, tan increíble que no caes en cuenta hasta que eres tú quien engendra esa cosa tan chiquitica que vendrá a este mundo para cambiar vidas, y lo cierto es que nunca será el momento perfecto para el Universo, pero será el momento perfecto para ti, y eso solo lo sabe Dios y tu cuerpo.

Todas las cosas que pensaste que podías pasar con un embarazo no son más que expectativas, ideas o ilusiones, no es hasta el momento en que lo vives que te das cuenta de lo grandioso que puede ser tu cuerpo, y de lo inmensamente preparada que estás para ser mamá.

Días antes de saber que estaba embarazada, una noche desvelada pensaba que Dios sabía por qué hacía las cosas, lo mejor para nosotros era irnos y echar raíces en otro lugar antes de tener un bebé en la Venezuela que me tenía con el corazón destrozado, antes de saber que estaba embarazada, pensaba que no tenía la capacidad de amar tanto a alguien como para desvelarme o entregarme totalmente a él.

Así que no te angusties amiga, el momento en el que tu bebé llegue será el momento perfecto. Solo te invito a vivir la experiencia desde el amor y el respeto, que lo material de alguna manera siempre llega.

maternidad
Maternidad

El embarazo público y notorio

Recuerdo que cuando supimos que estábamos en la dulce espera, además de que yo particularmente no salía de mi asombro, decidimos no decirlo por recomendación de nuestra doctora por dos razones, una que sólo teníamos seis semanas de gestación y la otra que el continente atravesaba una crisis de Zika que tenía a todo el mundo hablando de lo imprudente que era la gente que se embarazaba en esa situación (aprovecharé para recordarte que nunca es el momento perfecto hasta que pasa).

Entonces así lo decidimos, solo unos pocos sabrían mi nuevo estado hasta la semana número doce, cuando nos confirmaran que todo marchaba en orden. Pero llegó la semana 12 y la 13, y la 14, y probablemente muchas otras más y a nosotros no nos nacía difundir la noticia masivamente. No por mal, no era que no estábamos emocionados, estábamos babeados, pero sabíamos que era algo muy nuestro, creo que nunca había sentido algo tan mío como esta barriga.

El hecho es que conforme fue pasando el tiempo y aunque yo siempre he sido gordita, los rasgos de una barriga de embarazo fueron apareciendo, e inconscientemente, yo fui buscando la manera de no hacerlo tan obvio. Esto pasó por una sola razón, ni mi esposo ni yo queríamos que mi barriga, el hogar de nuestro bebé, se volviera una especie de espacio público que todo el mundo toca, estruja y jorunga como si tuviera derecho a hacerlo.

Quien no ha estado embarazado no sabe lo desagradable que es ir por la calle y que venga un extraño, o peor aún, alguien que no te agrada, y te toque la barriga como si por derecho le correspondiera. ¿Ustedes se imaginan ir por la calle agarrándole una nalga a la gente? Con eso comparo la escena.

Llegó un punto en el que igual la gente se fue enterando, aunque perdí mucho peso durante el embarazo y lo cierto es que mi barriguita reventó casi a las 34 semanas, ese fue el momento en el que realmente se veía como una barriga de bebé. Pero mientras eso paso escuchábamos muchas imprudencias de gente que ni siquiera era cercana a nosotros, como vecinos de mis padres que no hallaban cómo enterarse de nuestra gran alegría y llamaban a mi casa a preguntarle a mi mamá que qué me pasaba que me veía tan gorda o que si estaba hinchada.

Lo más increíble de todo es que cuando me embaracé usaba talla 14 de pantalón, y en los meses siguientes por algunos cambios en mis hábitos, y porque como yo lo digo, mi bebé me cambió totalmente el organismo para bien, usaba pantalones talla 10. Sí, perdí mucha ropa pero porque me quedaba grande, y muchas veces iba enseñando las pantaletas por ahí, pero realmente cuando estás en estado eso te parece tan superficial que ni lo tomas en cuenta.

Cuando te dicen que es el estado perfecto de la mujer no te mienten, y si engordas y te pones como una vaca, ya tendrás tiempo de rebajar. Créeme cuando te digo que este es tu momento, y que si algo que tienes que ejercitar es tu inteligencia emocional porque esta es una de esas situaciones obvias en la vida en las que TODO el mundo va a querer opinar sobre lo que haces, cómo estás, que si usa esto y aquello, y déjame decirte que en eso sólo tres personas tienen voz y voto. Tú, tú pareja y tú médico.

Y así como querrán tocarte la barriga, también buscarán opinar sobre la forma en la que llegará tu bebé al mundo, si le das pecho o fórmula, que si se te quieren meter en la clínica a la hora de haber parido, o tomarle fotos al bebé para montarlas en redes sociales sin tu permiso o consideración. Y sí, cuando te conviertes en mamá te das cuenta de cuantos errores cometiste cuando una de tus amigas o familiares se convirtió en madre, pero tampoco te sientas mal por ello, en esa época no sabías lo que enfrentaban las nuevas mamás.

Evitar que te toquen la barriga no es imposible, si algo ganamos las embarazadas es que quienes nos rodean suelen escucharnos y respetan nuestras decisiones, así no las compartan, pero no te sientas mal por hacer maniobras para que no te toquen sin pasar por antipática, o por simplemente decir “disculpe, pero no me gusta que me toquen la barriga”. Una que otra rabieta de algún “amigo”, o mejor dicho conocido, por decirle que no me estrujara la barriga, no tienes por qué aceptar lo que no te gusta, es tu cuerpo y finalmente el hogar temporal de tu bebé, y no creo que seas tampoco de las que va por la vida despeinando a la gente cuando los saludas.

También te pasara que te encontrarás con gente que te da nota que te toque la barriga, y si tu instinto te lo dicta, acéptalo. Recuerda que el instinto juega muchísimo en esta época que atraviesas.

Siempre les diré que mi recomendación es vivir el embarazo a plenitud, disfrutarlo y saborearlo con todo lo bueno y lo malo que pueda traer, Dios nos está dando la posibilidad de ver un milagro en primera persona, y eso no tiene precio.