Pareja y Familia

La tribu con la que crecí

Si cuando yo era niña hubiese existido Pinterest ó Instagram, creo que mi infancia no habría sido tan divertida. Y es que la tribu con la que crecí, y que hasta ahora reconozco como tribu, era una especie de familia extendida que se unía a través de una causa común, darle vida a las tradiciones y mantenernos contentos a los niños.

A ver, esto no es algo que suela compartir, pero me han invadido una serie de recuerdos por estos días que me parecen interesantes de compartir con ustedes, porque siempre hablamos de tribu pero pocas veces hablamos de las tribus con las que crecimos, y es allí donde nace todo. Es decir, donde nos siembran esa semilla de criar en tribu.

Entrando en contexto

Hasta los 4 años de edad, mi crianza fue totalmente compartida entre mis abuelos y mis padres. Llegada la hora, me llevaron a casa de mis padres de forma permanente, una casa donde tenía todo pero que sentía poco mía, porque para ser sinceros yo era muy feliz en casa de mis abuelos, rodeada de mar y naturaleza, lejos de la ciudad atribulada y además cerca de muchos de mis primos. Y por supuesto, al lado de mis abuelos.

Cuando aquella mudanza ocurrió (todavía lo recuerdo con claridad) me costó muchísimo el cambio a pesar de todos los esfuerzos de mis padres. Había mucho amor y paciencia, pero aquello representaba una ciudad nueva, un cambio de ambiente, nuevas personas, un colegio nuevo…muchos nuevos alrededor.

Sin embargo, el edificio donde vivíamos era como un refugio ahora que lo pienso bien, o más específicamente el pasillo que compartíamos con nuestros vecinos.

Y es que mi mamá, que era de muy pocas amigas, tenía una cofradía en el lugar donde vivíamos. Una que hizo que todos los niños de aquel piso, viviéramos una época dorada y que estoy segura todos recordamos con nostalgia y alegría.

“Las cosas no valen por el tiempo que duran, sino por las huellas que dejan”

Proverbio árabe

Aquel edificio era como un gran bloque de Lego de 15 pisos que sobresalía (todavía lo hace) a un costado de la principal autopista de la ciudad, y en él, sus habitantes gozábamos de una cantidad de privilegios que no tenían el resto de los edificios de la zona, pero el piso donde nosotros vivíamos era aún más especial, sobre todo porque esas 3 familias vecinas se convirtieron en nuestra familia más cercana.

La tribu del piso 2

En el piso 2 vivíamos 4 familias, que teníamos en común que ninguno era propiamente de Caracas, la ciudad en la que vivíamos. Oriente, Occidente, Centro y Portugal se encontraban en aquel pasillo simétrico que unía nuestros apartamentos. Bastaba con cerrar la puerta que daba hacia las escaleras del edificio para que aquel lugar pasara de parque temático a sala de reuniones en cuestión de segundos. Allí jugábamos, bailábamos, nos reíamos, leíamos cuentos, cantábamos, llorábamos y hasta nos reencontrábamos en dos generaciones; pero sobre todo pasábamos horas muy importantes ejerciendo creatividad y manualidades.

Ahora que lo pienso, aquella imagen era hasta poética. 4 mujeres totalmente desconocidas que se habían vuelto familia mientras criaban a sus hijos lejos de la familia de origen. 9 niños que fuimos creciendo viéndolas a ellas, y viéndonos a nosotros mismos. Y ellas sin saberlo nos fueron enseñando un montón de cosas, necesarias para la vida, en aquel pasillo que se había convertido en nuestro punto de encuentro.

En el año 2007 pudimos reencontrarnos en una celebración. Fuimos vecinos por casi 20 años, y el día que se mudo la primera familia, nos fuimos todos. Aquí solo parte de esa tribu maravillosa que recuerdo con amor.

Sin Pinterest, ni Instagram

Las temporadas eran como la máxima expresión de unión del piso. Carnavales, Halloween, navidad, los cumpleaños y hasta la fe, eran los momentos en que más nos uníamos. Por aquellos días, las puertas de los 4 apartamentos se abrían, salíamos todos los niños y las mamás se sentaban a planear.

Sin duda, la navidad era épica. Cada año aquellas mujeres se superaban en decoración, al punto que muchos vecinos esperaban con ansías qué harían las mujeres del piso 2 para incluso pasar horas sentados en aquel lugar apreciando lo que se había hecho. Es cierto que también hubo quien intentó destruir nuestras cosas, pero en esos momentos nos volvíamos más unidos, y de ahí también aprendimos.

La movida empezaba con una primera aventura, previa a la reunión de planificación, y se trataba de ir a un lugar en el que vendieran muchas revistas para encontrar las que tuvieran las mejores ideas, y allí empezaba toda la aventura. Y es que en aquella época no había redes sociales, pero si hubieran existido, pueden apostar que las decoraciones de nuestro piso habrían sido de las más vistas en redes sociales, porque de que se fajaban aquellas mujeres, lo hacían. Con decirles que hasta un muñeco de nieve, casi casi de verdad, tuvimos.

Después de la reunión en la que las cuatro jefas acordaban qué iban a hacer, venía la recolección de materiales que era otra aventura que sumaba a la lista. Para mí todo aquello representaba una especie de película, disfrutaba un montón ir con mi mamá a los lugares, hacer manualidades con mis vecinos, porque a decir verdad mi mamá era más de ideas que de coser y esas cosas. Los días de ejecución de proyectos eran como grandes fiestas, o al menos así yo los recuerdo, en las que todos compartíamos juegos, comida, manualidades, era sacar parte de nuestras casas a aquel pasillo. Y ahí estábamos todos aprendiendo algo sin que ellas supieran qué nos estaban enseñando.

La importancia del respaldo de tribu

Justo ahora que lo escribo, entiendo lo importante que fue todo este proceso para mí (y espero que para cada uno de mis vecinos), pues fue en esas horas compartidas en las que aprendí un montón de cosas útiles para la vida que no se enseñan en el colegio. Recuerdo con especial cariño que para mi cumpleaños número 7, mi mamá escogió el motivo de «La Bella y la Bestia» y junto a mis vecinos todos los personajes principales de la película tuvieron vida en la fiesta, es decir, había desde la Bella hasta la Señora Potts.

Amigas hasta el Sol de hoy. Ella mi madrina y yo su comadre.

Trabajo cooperativo, amistad, creatividad, sentido de pertenencia, física, química y electrónica básica con todo lo que ahí se creaba. También aprendíamos a respetarnos a nosotros mismos como individuos y a aceptar a los demás con todas las diferencias que pudiéramos tener. Así que sí, también aprendimos de respeto y diversidad, y sobre todo que para ser familia no se debe tener la misma sangre, y muchas veces ni siquiera venir del mismo lugar, pues la tribu se va haciendo en el camino.

Mucha agua ha pasado debajo de ese puente, ya algunos de esos 9 niños de la pandilla no están entre nosotros y los que sí estamos ahora estamos regados por el mundo. Y entre esa agua que pasó, también pasó una ola que se destruyó parte de esa unidad que durante años se creó. Pero ahora que lo pienso, lo rescatable es que todos guardamos dentro de nosotros un eslabón de aquella hermandad que nos unió, y que seguramente no importa cuánto tiempo pase, siempre recordaremos aquella época como una temporada preciosa de nuestras vidas en la que crecimos juntos y sentamos nuestras bases para convertirnos en los adultos que hoy somos.

“Las cosas no valen por el tiempo que duran, sino por las huellas que dejan”, dice un proverbio árabe, que ahora complemento con uno africano para definir mejor lo que siento con respecto a mi tribu, y es que “las huellas de las personas que caminaron juntas nunca se borran”.

Todo eso, y más, pasa en una tribu. Y yo fui muy bendecida de crecer en una tribu como la del piso 2, que era una de las tribus de mi mamá y, por mucho, la más fuerte. Hoy en día trato de construir para mis hijas una tribu segura que tenga muchas de esas cosas de la tribu en la que crecí, y también otras nuevas que sustenten sus bases para el futuro.

¿Recuerdan ustedes sus tribus de la infancia?

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9 Comments

  • Reply Ivone marzo 10, 2021 at 2:42 pm

    Me encanto esto “las huellas de las personas que caminaron juntas nunca se borran”.y eso resume totalmente ese acompañamiento de las tribus

  • Reply Denise marzo 10, 2021 at 3:00 pm

    Yo también crecí compartiendo mucho con mis abuelos. Y mi abuelita es como un Pinterest viviente jeje creo que de ella saqué gran parte de mi creatividad. Ella me inventaba miles de juegos. Yo amaba quedarme a dormir los fines de semana en sus casa

    • Reply Carla Kratochvill marzo 11, 2021 at 12:50 pm

      Si, esa generación que nos crió definitivamente es una inspiración para lo que estamos viviendo hoy con las redes.

  • Reply Carla Sánchez Oficial marzo 10, 2021 at 3:07 pm

    Leyendo este blog me trasladé, yo también recuerdo mi infancia y esa familia extendida (tribu) que siempre estuvo allí ❤️

  • Reply Maria F Urrutia marzo 10, 2021 at 3:34 pm

    Que bonito Carla! Yo tambien recuerdo con mucho cariño los encuentros con mis vecinos del piso 4… atrás teníamos una montaña y cómo nos trepábamos y nos tirábamos de culicross! Días espectculares! Aunque vivo ahora en casa, creo que por eso siempre me han gustado más los edificios jajaj

    • Reply Carla Kratochvill marzo 11, 2021 at 12:50 pm

      Qué risa lo del culicross, hahahaha. Yo también lo hacía en casa de mis abuelos.

  • Reply Mary De la Peña marzo 10, 2021 at 4:31 pm

    Es verdad sonó lo que somos porque lo que vivimos, Antea era una infancia completamente diferente Pepe se disfrutaba más los juegos entre vecinos primos etc. gracias por compartir, recordar es vivir 💕

  • Reply Paula marzo 10, 2021 at 5:59 pm

    Ame este post!! Mi tribu también estaba en el
    Edificio de mis abuelos. Recuerdo con mucha felicidad las jugadas en el parque, corriendo por todos los pisos y hasta el carrito de helados en la portería… Todos corriendo a buscar las monedas en la casa para comprar algo!

    Ojalá mis hijas crezcan con una tribu parecida!! Tenemos vecinos que amamos, y aunque no sea igual, espero que sea una buena tribu llena de recuerdos cómo los tuyos en este post!!

    LOVE IT

    • Reply Carla Kratochvill marzo 11, 2021 at 12:49 pm

      Me llena de mucha alegría leer esto. Hay que recordar de donde venimos para entender por qué hemos escogido este camino.

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