Migración

La pareja después de la migración

Así como después del parto la pareja muta, la migración también nos afecta directamente. Y no es para menos, somos humanos y en este proceso nuestras rutinas y costumbres se ven completamente alteradas y entramos a un período de adaptación, que para cada ser humano es totalmente diferente.

Recuerdo que antes de emigrar mis amigos que estaban fuera me decían “por lo menos ustedes se van juntos, tú no te imaginas lo que es estar sólo fuera”. Y yo pensaba dentro de mi ¿Y si no funcionamos nosotros?

Recuerdo perfecto un día que una de mis amigas se iba sola a vivir a otro país y me dijo, “ten calma Carla, a ustedes les irá buenísimo porque van en familia, en cambio yo sí me las veré grises al estar sola”.

Les confieso que en ese momento no me pude contener y se lo dije. No tenemos la seguridad de nada, porque como todas las decisiones importantes de la vida, emigrar también es un acto de fe. Fe en que te irá bien y que podrás superar todas las pruebas con éxito. Pero emigrar solo o acompañado no te da más o menos seguridad o probabilidad de éxito.

En efecto, en nuestro caso la migración trajo soluciones a muchas cosas que nosotros deseábamos cambiar en nuestras vidas, pero también nos trajo nuevos problemas que posiblemente nosotros no habíamos visto en el panorama.

Y no les mentiré, nos tocó la puerta de la relación de pareja. Y nos ha tocado ir aprendiendo en el camino a solucionar todas las diferencias que ahora sentimos pesan más.

Es obvio, ahora estamos lejos de todos nuestros afectos. No contamos con ese apoyo físico de amigos y familiares a los que estábamos acostumbrados, y eso te mueve el piso.

La verdad es que desde donde yo lo veo, nadie está preparado para emigrar, ni sólo ni en pareja o familia, así como tampoco estamos preparados para enfrentarnos a la maternidad. Entonces no queda más que lanzarnos al ruedo y aprender a vivir con esta nueva situación de vida.

¿Y les digo algo? Es una experiencia realmente enriquecedora.

Porque así como con los hijos toca decidir echarle pichón, con la pareja también. O puede que no, puede también que llegue el momento que decidan no continuar. Es válido, y no pasa nada, nadie tiene que juzgarte por ello.

¿Qué nos ha funcionado a nosotros? Me lo preguntan casi a diario, y siempre digo que no somos el mejor ejemplo porque teniendo personalidades tan diferentes, es verdad que la migración nos alejó mucho de nuestra concepción de matrimonio pero trabajamos mucho para reencontrarnos.

Nos hemos abierto mucho y hemos estado aprendiendo a tejer una relación mucho más sólida en la que somos esposos, pero también amigos. Si no tenemos a nadie más cerca, y no es tan fácil hacer amigos, pues nosotros tenemos que ser nuestros propios amigos.

Como dice la canción, amigos y amantes, padres y hermanos.

Uno de los grandes aprendizajes ha sido entender que el matrimonio es un templo que se construye todos los días, y del que también necesitamos de vez en cuando un descanso. Pero ojo con esto, esto no se trata de ser infieles ni nada por el estilo, sino simplemente de encontrar espacios para estar juntos como pareja y como familia, pero también tener espacios para estar solos con nosotros mismos, y fuera del horario de trabajo.

Además de esto ahora funcionamos mejor como un equipo y nos apoyamos mutuamente en los retos profesionales y personales que se nos presentan.

Propiciar momentos de pareja sin los hijos alrededor ha sido la parte más ruda por no tener familia de soporte cerca, pero nos la hemos ingeniado y hemos hecho planes de adultos mientras la niña asiste al colegio. Evidentemente esto es algo que no podemos hacer todos los días, pero cada vez que se presenta la oportunidad nos damos un gusto de adultos.

En esta tarea también tuvimos que volver a conocernos. Querida amiga, créeme que si tú piensas que eres la misma que salió de tu país, no has aprendido nada.

Emigrar es adaptarse y evolucionar también. Así que como pareja nos tocó volver a conocernos y reconocernos. Y es en este proceso que algunas parejas deciden no continuar, y por eso digo que nadie te puede juzgar por tomar una decisión como esa, pues el matrimonio también es respeto además de amor.

También nos ha servido mucho conectarnos con familias afines a nosotros, nuestros valores e intereses. Estas familias no necesariamente son inmigrantes, pueden ser locales, y es una relación súper nutritiva porque aprendemos cosas de ellos y evidentemente no nos sentimos tan solos.

Hablar, hablar y hablamos mucho. En este último punto todavía trabajamos incansablemente porque a veces se nos olvida como remar en equipo, y no les diré que es fácil emigrar en pareja, pero si hay amor y respeto, todo debería salir bien pese a las tormentas.

Esta es parte de mi historia, pero sé que no soy la única que ha emigrado en pareja, así que me gustaría saber si quienes me leen tienen alguna historia que compartir sobre este tema.

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