Migración

La inaceptable xenofobia

Esta vez escribiré como ser humano más que como mamá, pero es que a veces da miedo ver a lo que nuestros hijos se enfrentan y por eso esta vez he decidido no callar.

“Nuestra verdadera nacionalidad es la humanidad”, dijo el prodigioso escritor británico Herbert George Wells, hace más de un siglo y hoy en día esto debería estar más que claro, pero no es así. Parece que la falta de valores en una minoría, porque sí estoy convencida de que es una minoría dañina, continúa dejando su huella por el mundo con sus actos xenofóbicos.

El día de ayer me tocó a mí y en una situación muy lamentable, pues dos miembros del staff de un centro de salud público, un servicio al que tengo derecho no sólo como ciudadana húngara sino como ciudadana del mundo en este país en el que resido, se negaron a fijarme una cita con un médico especialista, por ver que en mi identificación decía que había nacido en Venezuela.

De verdad en mi primera visita a este lugar yo quise dejar el beneficio de la duda, y con toda la paciencia del mundo fui a buscar los “requisitos” extras, que estas dos mujeres me solicitaban para asignarme una cita médica. Yo quería creer que mi oído húngaro se equivocaba, pero horas más tardes comprobé que no era así, y que sí, la xenofobia existe en todos lados.

Finalmente en la tarde me volvieron a vacilar, jugaron con mi tiempo, hicieron burlas sobre que era una ciudadana falsa por no haber nacido aquí, y se negaron por todos los medios a darme la cita. Todo esto ante la mirada atónita de otros pacientes que no hicieron nada, ante la indignación del resto del staff que tampoco hizo nada. “Mi jefa no quiere más venezolanos y que ´húngaros´ aquí por hoy y punto, no introduciré el número”, fue lo último que me dijo esta señora de Atención al paciente antes de que con toda esa rabia apretada en el estómago le dijera que Dios la bendiga y me fuera con mi hija por donde había entrado.

Inmediatamente mi indignado esposo llamó al lugar, la fulana jefa le trancó el teléfono asegurándole que mi situación no era su problema; y minutos más tarde recibió la llamada de una persona que había atendido por casualidad la llamada para transferírsela a la jefa. Esta mujer que no se identificó y que pidió disculpas por todo lo que había pasado en dos oportunidades conmigo en el hospital, sin chistar me asignó la cita, anotó todos los datos y se encargó de asegurarse que me atendiera un médico con perfecto manejo del inglés.

Yo no puedo describirles cuán triste me sentí ayer, porque sí es verdad, soy una ciudadana que nació fuera de estas fronteras y que a duras penas habla el idioma de este maravilloso país; pero más allá de eso soy un ser humano que respeta para ser respetada, y que además teniendo la oportunidad de escoger cualquier lugar del mundo, escogí este país, para vivir dignamente. Estando aquí he aprendido a amar cada uno de los detalles, de los defectos y las virtudes que tiene esta nación, pero nunca jamás seré tolerante con la xenofobia. Y puedo asegurar que me siento mucho más húngara que esas dos mujeres, y que amo más este lugar que muchos que han nacido y vivido aquí durante todas sus vidas.

Fui objeto de un acto xenofóbico, a lo mejor no tan relevante como otros, pero xenófobo al fin. Y por eso decidí entre tanta tristeza levantar mi voz, porque este no es el mundo que quiero para mi hija, ni mucho menos para mí.

“El racismo florece de la ignorancia”, dijo hace unos años el futbolista Mario Balotelli, y yo esta vez lo he confirmado y por eso he decidido escribir esto, en un halo de esperanza que tengo gracias a que estoy criando un humano. Y como sé que no soy la única, utilizo esta tribuna para hacer un llamado de atención.

Les enseñamos a nuestros hijos a dar lo mejor de sí, a buscar lo mejor para ellos, a ser una mejor versión de sí mismos cada día, y en esa continúa formación tenemos que poner toda la energía posible en eliminar estas barreras, pues al final de cuentas como dice la activista canadiense Margaret Atwood, “espero que las personas finalmente se den cuenta de que sólo hay una raza, la humana, y que todos somos miembros de ella”.

Es fundamental que enseñemos a nuestros hijos desde pequeños que las personas no son buenas o malas por el color de su piel o por la nacionalidad en su pasaporte, sino por la forma en la que se comportan y asumen las situaciones de la vida. Es primordial sembrar en sus corazones la semilla de la tolerancia, del respeto al otro, de la amistad, la solidaridad.

Es imperante levantar la voz ante estas injustas actuaciones de una minoría que no puede continuar sembrando odio por el mundo, más en un mundo tan globalizado como en el que vivimos hoy en día y en el que cada día más barreras son derrumbadas que muros construidos.

Es inaceptable y punto. No hay medias tintas en esto.

Pero ¿qué hacer ante una situación como esta?

Pues hay varias cosas que hacer además de educar a nuestros hijos, y tiene que ver un poco con reeducar a la misma sociedad. Querida mamá inmigrante, si te ves envuelta en una situación como esta, antes de perder la calma piensa que la ignorante no eres tú, que tus inteligencia emocional puede con más que esa situación incómoda, simplemente di cosas como “Gracias, que Dios te bendiga”, ofender al agresor es caer en su juego.

Insiste en defender tus derechos, de no ser posible por las vías regulares, acude a las autoridades encargadas de tomar cartas en el asunto.

Protégete ante la agresión física y responde sólo cuando el peligro sea inminente. Protege a tus hijos ante todo.

Habla con tus hijos sobre la existencia de este tipo de personas, a fin de evitar que se vean afectados psicológicamente por la actuación de estos individuos en su contra.

Finalmente, muestra tu mejor cara, sé siempre digna. La ignorancia es gratis y gracias a Dios tú no eres quien padece de ese mal, así que respira profundo y sigue luchando, que los buenos somos más.

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