Pareja y Familia

El saco verde de mi papá

Una reflexión personal sobre cómo conectamos con nuestros hijos y también con nuestros padres.

Desde que tengo uso de razón, a mi papá le gustaba ir a hacer las compras de casa con sus sacos de tela. En esa época de los 90, en la que crecí, no era una cosa muy común –y menos en Venezuela- que una persona llevara sus propias bolsas para la compra, pero él desde muy temprano tenía ese hábito.

Lo recuerdo muy bien, me llamaba muchísimo la atención, aunque no lo dijera. Dos sacos grandes de tela gruesa y de color verde grama. Eran ellos los únicos invitados a su cita sabatina en el mercado de Quinta Crespo, un famoso mercado popular de Caracas.

Salía mi padre de casa bien temprano por la mañana con aquellos sacos limpios y vacíos, dobladitos. Y a las dos horas regresaban los tres llenos de verduras frescas, vegetales, frutas, carne y hasta el periódico.

Para el momento del regreso, ya yo estaba despierta, así que mientras desayunaba veía aquella rutina de sacar la compra y volver a preparar los sacos.

Volver atrás sin explicación

Cuando mis padres vinieron de visita a Hungría hace un par de años, mi papá quedó encantado con la variedad de bolsas reusables que se vendían en los mercados. Seguramente recordó aquellos dos sacos, que desaparecieron de casa no hace muchos años atrás.

Él quería comprarse unos cuantos aquí, pero típico que lo dejamos para después y en la corredera del retorno, algunos detalles se nos pasaron, como los sacos.

Tiempo después, en una de las cajas que he mandado a casa, quise enviar un saco que había llamado mucho mi atención.

Se trataba de un saco de tela verde, de tamaño mediano, de una edición de navidad, con dos osos emulando a un padre y un hijo, que probablemente mi papá nunca hubiese comprado por gusto, pero yo lo vi e inmediatamente pensé en él, así que no reparé en comprarlo.

La cosa fue que para cuando terminamos de armar aquel paquete, el saco desapareció. Volteamos la casa y no hubo forma de encontrarlo, así que la caja salió sin el saco.

Pasado el tiempo, casi un año después, en el lugar que menos podría haber imaginado, e inexplicablemente, el saco apareció. Confieso que para mí fue una mezcla de emociones que aun todavía no puedo describir, porque no entendía qué conexión podría tener yo con un saco que mi padre jamás había visto y que a mí me generaba tantas cosas con él. Así pues que lo adopté para mí y mis cosas diarias.

Tuve el saco por unos seis meses en uso, siempre al tiro para cualquier compra imprevista que necesitara almacenar, por tanto muchas veces el saco viajaba en la canasta del cochecito de Shanti hasta hace unos días.

La dolorosa partida

Íbamos corriendo por la calle, cambiando de un autobús al tranvía, cuando al pasar por un negocio, los extractores que siempre ventilan con fuerza hacia la acera, expulsaron con mucha energía al saco de nuestro cochecito.

Un chico que venía detrás de nosotras tres, intentó sin éxito alcanzarlo, corrió tanto como pudo mientras el saco revoloteaba en un remolino de viento, del que salió expulsado directo al medio de la calle, quedando atrapado en la carrocería de un bus rojo que transitaba por el lugar.

Yo me quedé paralizada, el chico me pedía disculpas al ver mi cara de desconcierto y yo solo alcancé a decirle “no hay problema, gracias por ayudarme”. Me di media vuelta y seguí caminando con las niñas hacia el tranvía mientras Sára no dejaba de preguntar angustiada qué había pasado con el saco de su abuelo.

En ese momento lo entendí todo. Vino a mi mente una película de todos esos momentos en los que vi a mi papá llegar a casa con sus sacos verdes cargados de comida los sábados por la mañana, con cosas que luego de alguna manera compartiríamos. Y aunque no lo dijera, esos eran momentos con unos destellos de felicidad para mi.

Íbamos en el tranvía y no dejaba de pensar en eso, en lo loco que fue el momento. Se repetía en mi cabeza la forma en la que el sacó voló y se incrustó, casi que por propia voluntad, en el autobús que pasaba a toda marcha. Las lágrimas se me salían y Sára no dejaba de preguntar cómo podríamos recuperar el saco.

“Ya se fue hija, hay que dejarlo ir. Gracias a Dios lo disfrutamos”, le respondí en una de esas, pero ella no estaba dispuesta a renunciar tan fácil. ¡Era el saco de su abuelo!.

Mi papá siendo papá vs. mi papá siendo abuelo.

“Mamá, ¡Tenemos que buscarlo!”

“Mamá, ¡Tenemos que buscarlo!”, me dijo Sára mientras en mi cabeza seguía creando todas esas conexiones que yo creía inexistentes en mi corazón, en mi vida misma.

Y es por eso que me ha provocado escribirlo y compartir con ustedes, algo que puede parecer tan tonto, pero que en realidad es tan personal.

Nunca fui yo una niña muy pegada a mi padre, siempre buscaba esconder en múltiples capas ese vínculo con el que uno prácticamente nace con los padres. Sentía que siempre lo estaba juzgando por algo que no había hecho, hasta que me convertí en mamá y nuestra relación dio un giro muy brusco hacia lo positivo, pues como abuelo, siento que mi papá ha aprendido (y sigue aprendiendo) a demostrarnos a quienes lo rodeamos, mucho más sus emociones y sentimientos.

El tema con el saco fue un recuerdo, una capa descubierta de un conflicto emocional no resuelto de esos que yo en los últimos meses he querido resolver por mi propio bienestar. Y con la ida de ese saco, con la caminata que lo procedió entendí cosas como que la vida no va a parar porque uno pierda algo; que tendremos la opción de no hacer nada o de aprender de ello, de agradecer lo vivido o seguir negándonos a vivir lo que es realmente importante.

Con esa partida también entendí que los padres presentes, no siempre son los que más hablan con los hijos, los que más comparten, sino que son los que siembran pequeñas semillas que con el tiempo germinarán en sus hijos. Yo siento hoy que eso fue lo que mi papá hizo conmigo.

¿Bien o mal? Yo no lo estoy juzgando. Hoy más que nunca estoy segura de que él (y también mi madre) hicieron conmigo lo mejor que pudieron con los recursos que conocían y manejaban, y sin duda se los agradezco, porque hicieron de mi mucho de lo que hoy soy. Ahora queda de mi saber que conservo y que dejo ir, como dejé ir el saco con un dolor que ya no merecía ni quería seguir cargando.

La construcción invisible

Sára cada vez que pasamos por el lugar donde están los ventiladores que nos despojaron del saco, lo recuerda y lo repite como mil veces. Como cualquier niña de 5 años que queda impresionada de una cosa que a sus ojos es insólita. Yo he optado por reírme, aunque confieso que las primeras veces que volví a transitar por el lugar sentí miedo de que se volaran otras cosas.

Al final del día me quedo con la satisfacción de haber descubierto por algo tan simple, la inmensidad de la relación de un padre y una hija, que aunque creían que no tenían cosas en común, tienen una larga lista de coincidencias y recuerdos que de alguna manera los construye como seres humanos.

Y allí donde quiero ser consciente con la crianza de mis hijas. En ese tejer relaciones con ellas, porque siento que de alguna manera cuando no esté, será a través de esos recuerdos que ellas me sentirán cerca.

¿Les ha pasado algo así a ustedes? Gracias por leerme.

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5 Comments

  • Reply Ivonne, de preguntamama.com octubre 18, 2021 at 3:33 pm

    Si, si me pasa. Mi papá llegaba con cajas de cartón lle as con el mercado y en la actualidad ese tipo de cajas me lleva atrás, a esa época tan bonita. Carla, tienes que llevar un par de sacos de tela en tu próximo viaje a Venezuela!!

  • Reply Gaby octubre 18, 2021 at 4:38 pm

    Que hermosa es esta reflexión. Muchas gracias, es justo lo que necesitaba
    Lo guardo!!

  • Reply Lina+Ocampo octubre 18, 2021 at 4:49 pm

    Mi muñeca me hiciste llorar con tu historia! Extraño tanto a mi papi también y uno se aferra a tantas cosas de ellos ❤️‍🔥

  • Reply Maria de los Angeles octubre 18, 2021 at 5:04 pm

    Chama me hiciste llorar viví contigo la partida del saco del abuelo, que increíble cómo cualquier cosa puede conectar con nuestras emociones y sentirlas y vivirlas es disfrutar de la vida. Recordar es vivir también

  • Reply Marines octubre 19, 2021 at 1:37 am

    Ay se me aguaron los ojos….. que lindo lo relatas y que lindo es recordar y acordarnos de disfrutar cada instante que nos da Dios con nuestros seres queridos

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