Pareja y Familia

El matrimonio vacío

Érase una vez una pareja que vivía feliz… o al menos eso parecía.

Lo tenían todo; una casa, un trabajo estable, unos hijos sanos e inteligentes, y hasta el perro que es como la guinda de la torta en la foto familiar.

Ante los ojos del mundo nada faltaba y cualquier queja que tuviera la mujer de su hogar, era totalmente refutable porque aquel hombre era el prototipo perfecto para quienes veían desde afuera la situación.

Lo que pocos sabían, era lo que realmente pasaba dentro de casa; donde a duras penas marido y mujer hablaban de algún tema relevante. Las ocupaciones diarias y los hijos era lo único que aquellos dos seres, que alguna vez compartieron tanto amor y alegrías, ahora tenían en común.

“Pero si estamos bien, no nos falta nada. No puedes ser inconforme y mal agradecida”, se repetía aquella mujer en su cabeza todos los días del mundo, ante la respuesta incomprendida de las pocas personas a las que les expresaba su verdadero sentir.

Todos los días se preguntaba ella, si de verdad el resto de su vida tendría que ser así… sin emoción en la pareja, sin verse a los ojos, sin agarrarse de la mano, sin un cariño que no estuviera relacionado con el sexo, que ahora era sólo eso, sexo. Una necesidad fisiológica más que cubrir, sin conexión, sin amor, casi que por respuesta automática al momento e incluso a veces el cupón que evitaría las peleas de la noche.

Seguramente en su cabeza él también lo pensaba pero estaba demasiado ocupado trabajando, y para cuando llegaba el momento de poder ver las cosas en paz, ya era hora de dormir para continuar con la rutina.

¡Uff! La rutina, esa miserable traicionera come sueños, que al final termina convirtiéndose en el atajo de muchos para conseguir “estabilidad”, para quedarse en esa zona de confort que te atrapa para no tener lo que mereces sino aceptar solo lo que tienes.

“¿Pero realmente esto es lo que quiero para mí? ¿Este es el ejemplo de vida que le quiero dar a mis hijos? El del conformismo que alguna vez para mí representó mediocridad. Irse de la vida sin haber hecho lo que realmente quería porque sólo había que llenar un montón de requerimientos sociales”, se repetía ella todos los días mientras lloraba en silencio en el baño.

Todos los días era lo mismo. Ella se despertaba antes que él, preparaba el desayuno que poco a poco se fue volviendo mediocre; se vestía, tomaba un café mientras él finalmente se bañaba. Ella preparaba a los niños, las loncheras y salía a llevar a los pequeños al colegio. Mientras el marido solo se preparaba para irse a trabajar y no volver hasta la noche. Ocho horas más de estar separados físicamente, pero realmente eso no pesaba tanto como la separación emocional que ambos estaban viviendo.

En sus días más libres ella volvía a casa para cocinar, limpiar, hacer las compras y resolver uno que otro asunto, que al final terminaba siendo el asunto de alguien más de la casa. Buscaba a los niños, los entretenía hasta que el papá llegaba a casa y la saludaba -con suerte- con un beso frío, casi que sin interés.

Mientras los niños tumbaban la casa, él hombre sólo se dedicaba a ver el celular o la televisión, pero incluso algunos días se arriesgaba a buscar conversación contando cosas de trabajo, que a ella al final no le interesaban.

Ella se sentía un mueble más, incluso cuando él se acercaba con un fallido intento de amor para usar su cupón favorito. Él no veía en su mujer los ojos vacíos, su dolor desesperado ante la frustración que ella sentía.

Y ella lo sentía por los dos. Ella bien sabía que él tampoco era feliz.

Este es un relato real, uno escogido aleatoriamente de todas las historias que escucho cada día de mujeres reales que han visto cómo se desmoronan sus relaciones tras la llegada de los hijos.

¿Pero realmente este deterioro es culpa de los hijos?

Desde mi punto de vista, y desde mi experiencia propia, no.

Si buscamos culpables esos seremos nosotros mismos, los padres, que de alguna manera no hemos sabido manejar la presión de la situación y preferimos escondernos en el trabajo, en las excusas e incluso en las creencias con las que hemos crecido, o más fácil echarle la culpa al otro de lo que en realidad es un asunto de dos.

Pero esto no se trata de culpas sino de encontrar soluciones reales y factibles para ambas partes, porque como bien dicen por ahí, mientras mejores esposos o amigos seamos, mejores padres seremos.

Un matrimonio feliz no es necesariamente el que duerme a modo cucharita todas las noches, o en el que la mujer recibe más flores al año que cualquiera de sus amigas. Un matrimonio feliz es donde hay atención de parte y parte, donde uno se preocupa por el otro, donde son amigos y amantes que constantemente se están enamorando y atrayendo el uno al otro.

Un matrimonio feliz es aquel donde ambos muestran real preocupación por los asuntos y planes de la pareja, y además se apoyan, donde se trabaja en equipo por las metas en conjunto pero también por la cotidianidad, donde la plata no se convierte en sinónimo de manipulación, donde el perdón tiene cabida cuando se comenten errores, y donde la cama es un lugar de encuentro incluso para los sueños, no sólo para dormir.

El matrimonio es respeto y amor, es verdad, pero también es complicidad, amistad, apoyo, tolerancia, familia, compromiso, armonía, relevo, ternura y muchas otras cosas más que conviven con dos personalidades diferentes.

Y en este punto quisiera ser clara, no como especialista en nada sino como ser humano, el motivo  de un matrimonio nunca deben ser sólo los hijos, porque los hijos son, de alguna manera, la consecuencia del matrimonio, y al final ellos crecerán y nosotros nos quedaremos solos con nuestras parejas.

Pero si pones a otros como motivo de tu matrimonio (hijos, padres, sociedad, etc.), puedes estar viviendo en un matrimonio vacío, donde sólo importan las fotos familiares que mostraremos en algún momento a un tercero, que al final no será más o menos feliz por nosotros porque a cada quien le toca vivir su propia vida.

El matrimonio vacío es aquel donde se perdió el respeto, donde se desconectó el corazón y donde el amor escasea. El matrimonio vacío lamentablemente hoy es muy común, y es ese donde algunos prefieren permanecer por conformidad, por costumbre, pero nunca por amor propio ni mucho menos por amor al otro, y al final esto termina siendo una carga muy pesada para llevar.

Si tú eres una de esas mujeres que está viviendo en un matrimonio vacío, te recomiendo con el corazón en la mano buscar ayuda, bien sea para salvar tu matrimonio o para partir al rumbo donde te sientas feliz y en paz, porque nadie querida amiga, NADIE merece vivir sumido en la tristeza.

Pero si no eres tú, sino que es una de tus amigas que se encuentra en esta situación, no le des la espalda, no la juzgues, ni te involucres, sólo escúchala, no la abandones como el resto de su entorno.

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