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La desvirtualización de los abuelos.

Contra todo pronóstico médico y humano, llegaron los abuelos de visita y los deseos de mamá y bebé se convirtieron en realidad; los abuelos están jugando con Sára todos los días, por lo menos por una temporada.

Pero les confieso que el proceso no ha sido fácil, a pesar de que ella lo deseaba, los reconocía y los extrañaba, su cabecita no sabía bien cómo digerir el hecho de que sus amados abuelos estuvieran ahora tan cerca de ella después de tanto tiempo.

Que esto se diera además en plena etapa en la que su cerebro manda estímulos emocionales que ella apenas empieza a reconocer ha sido todo un tema. Entonces pasamos de la alegría absoluta a la sorpresa tan increíble, que produjo que incluso el sueño fuera motivo de disputa.

“Mami, pero y si cierro los ojos y no están más”, me dijo a los tres días del reencuentro ante los reiterados intentos de hacer siesta o dormir por las noches, y me dejó fría. -¿Cómo una niña de dos años y medio, puede entender que esto no es mentira si yo misma no me lo creo?- pensé.

“No hija tranquila, ellos estarán un tiempo más con nosotros. Todos necesitamos descansar para tener fuerzas y volver a jugar mañana”, le respondí sin titubear mientras la dormía en mi pecho. Ella me creyó, pero apenas abrió los ojos por la mañana gritó “¿Abuelo, Nana?”. Su sonrisa nos dijo todo cuando los escuchó responderle.

Pero ahora el proceso que envuelve a toda la familia pasa por esa etapa en la que definitivamente entendemos que estamos juntos por un tiempo de nuevo. Y si no es fácil para los adultos, imagínense para un niño que apenas empieza a vivir.

Pero aun así, es normal que muchas mamis me escriban preguntándome por qué la convivencia en el reencuentro suele convertirse en algo tan controversial. Intento explicárselos de la manera más simple; cuando emigramos salimos de casa siendo unas personas que ahora hemos dejado de ser. Y no quiero decir que nuestra esencia ha cambiado, pero sí las formas en la que ahora abordamos la vida y sus situaciones, e incluso cómo hacemos las cosas, mientras las rutinas de quienes se han quedado en el lugar de origen también han cambiado y pueden ahora resultar muy extrañas para nosotros. Pero de eso se trata la vida, de evolucionar.

En todo caso, este post es para comentarles cómo fue posible la desvirtualización de los abuelos. Esos que dejamos en Venezuela cuando Sára apenas tenía un año, y que desde entonces se acostumbró a ver solo por una pantalla.

Les confieso que por la condición de salud de mi mamá, en principio teníamos mucho miedo de decirle a Sára que vendrían y que luego pasara algo que les impidiera llegar. Así que manejamos con mucha mano izquierda el tema. “Hija, los abuelos están intentando venir a verte pero como hay muchos problemas y es largo el camino, puede que tarden un poco más de la cuenta”.

No sé si nos entendía, pero siempre salía con alguna respuesta que nosotros aceptábamos como que sí estaba entendiendo.

Después nos tocó involucrarla en todos los cambios que tuvimos que hacer en casa para recibirlos, entre ellos estuvo cambiar su cuna por una cama grande. Allí nos tocó venderle la idea que su cama grande era especial y mágica y por ende tendría que compartirla con su abuela.

Durante algunos días quiso dormir sola en su propio espacio, incluso se despidió de su cuna, e increíblemente el día que llegaron los abuelos a casa, una de las cosas que le dijo a su Nana fue que esa cama grande estaba para ellas dos aunque no acepta aun dormir con la abuela.

Dejarlos jugar incluso cuando se están rompiendo las rutinas a los que los tres estábamos acostumbrados en casa también ha sido importante. Eso les ha permitido afianzar más su conexión y a la niña sentir mucha más confianza con los abuelos para tal vez quedarse sola con ellos, mientras mamá y papá salen a pasear.

En este punto quiero hacer especial referencia, pues yo fui criada por mis abuelos maternos hasta los cuatro años de edad. Vivía con ellos en su casa, en otra ciudad donde mis padres me visitaban religiosamente los fines de semana. Evidentemente las condiciones de mis abuelos a nivel de salud eran óptimas, y eso nos permitía tener una vida como la de cualquier niño que crece sin limitaciones. Recuerdo mucho aquellos días, recuerdo también que algunas veces quería irme con mis padres a Caracas, pero amaba tanto estar al cuidado exclusivo de mis abuelos que la ciudad era una fiera que me apartaba de mi paz infantil.

Durante todo ese tiempo, mis abuelos se dedicaron a mi. En casa, mi abuela me enseñó a contar, los colores, las formas y las letras; mientras mi abuelo me enseñaba canciones, me leía historias y desataba mi imaginación con una cantidad de juegos que ponía a mi disposición. Con él aprendí a jugar dominó, memoria, armábamos las mejores ciudades de Lego (Y miren que en aquella época no existía el Lego Duplo), y dábamos largas caminatas por la tarde que culminaban en la orilla del malecón, cerca del Paseo de Macuto, viendo el atardecer.

Yo puedo decir que los mejores recuerdos de mi infancia los tengo con mis abuelos, y me hubiese encantado que mis hijos corrieran con la misma suerte. Pero la distancia hace de las suyas, así que ¿para qué enrollarme porque hoy no comió a la hora o se durmió una hora después?. Mi hija está construyendo sus propios recuerdos con sus abuelos y ese es un gran tesoro que le podemos regalar nosotros como padres.

Necesidades especiales

Nuestro caso ha sido particular en la desvirtualización de los abuelos, porque por la cámara sólo ves la cara de quién está del otro lado, y como muchos que me han leído antes ya saben, mi mamá tiene una condición de salud especial que la mantiene con movilidad bastante reducida.

Una cosa era explicarle a Sára que su abuela no se podía mover tanto como nos gustaría y otra era que era entendiera, pero nos atrevimos y mucho fue lo que hablamos con ella. Increíblemente Sára lo entendió y la ha aceptado con su condición sin titubear.

Cuando van a jugar le indica donde se tiene que sentar y antes de salir al colegio le dice “no inventes abuela, yo vengo pronto”. Integrarla a ella en ese proceso, la ha convertido incluso en una cuidadora de su abuelita porque entiende que si la abuela necesita ayuda, enseguida ella tiene que ir por alguno de nosotros.

En este punto también entendimos que a los niños hay que hacerlos sensibles con las personas con discapacidad. No es incómodo solo para el acompañante, sino incluso para el afectado que la gente los vea con sorpresa o descontento.

En nuestro caso particular, Sára ha corrido con la suerte de compartir con niños y personas especiales que hicieron que también ver a su abuela en una silla de ruedas (así no la vio ella nunca en Venezuela) no fuera algo extraordinario o extraño para ella, sino que por el contrario la respeta mucho más y trata de mantenerse atenta a los requerimientos que su abuela pueda tener.

En todo caso, el mejor consejo que como madre puedo dar en el proceso de desvirtualización de la familia es, sin duda, que nos dejemos llevar por el amor, por el cariño real que nos conecta y sobre todo por el respeto de los espacios y los procesos. Al final de los días, siempre la sangre llama y el amor prevalece.

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La inaceptable xenofobia

Esta vez escribiré como ser humano más que como mamá, pero es que a veces da miedo ver a lo que nuestros hijos se enfrentan y por eso esta vez he decidido no callar.

“Nuestra verdadera nacionalidad es la humanidad”, dijo el prodigioso escritor británico Herbert George Wells, hace más de un siglo y hoy en día esto debería estar más que claro, pero no es así. Parece que la falta de valores en una minoría, porque sí estoy convencida de que es una minoría dañina, continúa dejando su huella por el mundo con sus actos xenofóbicos.

El día de ayer me tocó a mí y en una situación muy lamentable, pues dos miembros del staff de un centro de salud público, un servicio al que tengo derecho no sólo como ciudadana húngara sino como ciudadana del mundo en este país en el que resido, se negaron a fijarme una cita con un médico especialista, por ver que en mi identificación decía que había nacido en Venezuela.

De verdad en mi primera visita a este lugar yo quise dejar el beneficio de la duda, y con toda la paciencia del mundo fui a buscar los “requisitos” extras, que estas dos mujeres me solicitaban para asignarme una cita médica. Yo quería creer que mi oído húngaro se equivocaba, pero horas más tardes comprobé que no era así, y que sí, la xenofobia existe en todos lados.

Finalmente en la tarde me volvieron a vacilar, jugaron con mi tiempo, hicieron burlas sobre que era una ciudadana falsa por no haber nacido aquí, y se negaron por todos los medios a darme la cita. Todo esto ante la mirada atónita de otros pacientes que no hicieron nada, ante la indignación del resto del staff que tampoco hizo nada. “Mi jefa no quiere más venezolanos y que ´húngaros´ aquí por hoy y punto, no introduciré el número”, fue lo último que me dijo esta señora de Atención al paciente antes de que con toda esa rabia apretada en el estómago le dijera que Dios la bendiga y me fuera con mi hija por donde había entrado.

Inmediatamente mi indignado esposo llamó al lugar, la fulana jefa le trancó el teléfono asegurándole que mi situación no era su problema; y minutos más tarde recibió la llamada de una persona que había atendido por casualidad la llamada para transferírsela a la jefa. Esta mujer que no se identificó y que pidió disculpas por todo lo que había pasado en dos oportunidades conmigo en el hospital, sin chistar me asignó la cita, anotó todos los datos y se encargó de asegurarse que me atendiera un médico con perfecto manejo del inglés.

Yo no puedo describirles cuán triste me sentí ayer, porque sí es verdad, soy una ciudadana que nació fuera de estas fronteras y que a duras penas habla el idioma de este maravilloso país; pero más allá de eso soy un ser humano que respeta para ser respetada, y que además teniendo la oportunidad de escoger cualquier lugar del mundo, escogí este país, para vivir dignamente. Estando aquí he aprendido a amar cada uno de los detalles, de los defectos y las virtudes que tiene esta nación, pero nunca jamás seré tolerante con la xenofobia. Y puedo asegurar que me siento mucho más húngara que esas dos mujeres, y que amo más este lugar que muchos que han nacido y vivido aquí durante todas sus vidas.

Fui objeto de un acto xenofóbico, a lo mejor no tan relevante como otros, pero xenófobo al fin. Y por eso decidí entre tanta tristeza levantar mi voz, porque este no es el mundo que quiero para mi hija, ni mucho menos para mí.

“El racismo florece de la ignorancia”, dijo hace unos años el futbolista Mario Balotelli, y yo esta vez lo he confirmado y por eso he decidido escribir esto, en un halo de esperanza que tengo gracias a que estoy criando un humano. Y como sé que no soy la única, utilizo esta tribuna para hacer un llamado de atención.

Les enseñamos a nuestros hijos a dar lo mejor de sí, a buscar lo mejor para ellos, a ser una mejor versión de sí mismos cada día, y en esa continúa formación tenemos que poner toda la energía posible en eliminar estas barreras, pues al final de cuentas como dice la activista canadiense Margaret Atwood, “espero que las personas finalmente se den cuenta de que sólo hay una raza, la humana, y que todos somos miembros de ella”.

Es fundamental que enseñemos a nuestros hijos desde pequeños que las personas no son buenas o malas por el color de su piel o por la nacionalidad en su pasaporte, sino por la forma en la que se comportan y asumen las situaciones de la vida. Es primordial sembrar en sus corazones la semilla de la tolerancia, del respeto al otro, de la amistad, la solidaridad.

Es imperante levantar la voz ante estas injustas actuaciones de una minoría que no puede continuar sembrando odio por el mundo, más en un mundo tan globalizado como en el que vivimos hoy en día y en el que cada día más barreras son derrumbadas que muros construidos.

Es inaceptable y punto. No hay medias tintas en esto.

Pero ¿qué hacer ante una situación como esta?

Pues hay varias cosas que hacer además de educar a nuestros hijos, y tiene que ver un poco con reeducar a la misma sociedad. Querida mamá inmigrante, si te ves envuelta en una situación como esta, antes de perder la calma piensa que la ignorante no eres tú, que tus inteligencia emocional puede con más que esa situación incómoda, simplemente di cosas como “Gracias, que Dios te bendiga”, ofender al agresor es caer en su juego.

Insiste en defender tus derechos, de no ser posible por las vías regulares, acude a las autoridades encargadas de tomar cartas en el asunto.

Protégete ante la agresión física y responde sólo cuando el peligro sea inminente. Protege a tus hijos ante todo.

Habla con tus hijos sobre la existencia de este tipo de personas, a fin de evitar que se vean afectados psicológicamente por la actuación de estos individuos en su contra.

Finalmente, muestra tu mejor cara, sé siempre digna. La ignorancia es gratis y gracias a Dios tú no eres quien padece de ese mal, así que respira profundo y sigue luchando, que los buenos somos más.

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10 cosas que aprendí al emigrar

Esta es una lista muy personal, y concisa, de las cosas considero he aprendido en este proceso migratorio. Hay que tener en cuenta que cada proceso es diferente, y por ende, lo que me ha servido a mí puede que no le sirva a otros, lo mismo pasa con los aprendizajes. En todo caso, espero que les sea de utilidad.

  1. Despréndete de tu vida anterior.

Llegar a un nuevo país sin conocidos o amigos puede hacer más difícil el proceso, y si bien tiende a fortalecer las relaciones a distancia con nuestros seres queridos, muchas veces nos atamos a la situación de la que buscábamos escapar o cambiar.

No significa que no tienes que comunicarte con tu familia o amigos de tu país de origen, ni que no debes saber más nada de lo que pasa en aquel lugar, simplemente se trata de conectarte con este nuevo espacio y buscar cosas que te hagan sentir identificado con el nuevo hogar, y sobre todo viviendo el aquí y el ahora.

  • Entiende que ir a un lugar de vacaciones nunca será lo mismo que emigrar.

Algunas personas escogen el lugar de destino por haber ido de vacaciones, recuerda que en la cotidianidad nada es como en el tiempo de descanso, las rutinas y los procesos son diferentes y al final del día, cada quien está resolviendo sus propios asuntos.

  • Perderse es muchas veces necesario para conocer.

A veces nos cuesta ubicarnos en la ciudad, un GPS o Google Maps siempre serán de ayuda. No obstante, es bueno de vez en cuando es bueno salir a caminar por las zonas aledañas a nuestros hogares o trabajo, meterse por esa calle por la que pasas pero no entras. Siempre y cuando no estés poniendo tu seguridad en riesgo, es bueno conocer caminos diferentes, nuevas opciones, estar con los locales y no solo en los lugares turísticos.

Conocer es indispensable, este es tu nuevo hogar.

  • El contacto humano es necesario.

El enemigo número uno en el proceso migratorio termina siendo la mente, es allí de donde sale el “no puedo”, “por qué lo hice”, “mejor me devuelvo”, “estoy solo y nunca podré hacer amigos”, y es allí donde radica la mayoría de las veces los procesos depresivos del inmigrante.

Mi sugerencia es buscar hacer amigos en la nueva ciudad, conéctate con otros miembros de la comunidad de dónde vienes, haz nuevos amigos, no pierdas la oportunidad de recibir un abrazo, de tener una buena conversación. Encerrarse en casa nunca será una opción. En Facebook, por ejemplo, puedes conseguir grupos de intercambios de idiomas, de tragos, o con intereses similares a los tuyos que funcionan en tu nueva ciudad.

  • Emigrar es una decisión de vida.

Cuando nos vamos escapando de una situación que nos agobia, solemos sentirnos en paz en nuestro destino, y allí empezamos a juzgar a los que se quedan, bien sea amigos o familiares y empezamos a hacer comentarios como “tienen que salir de allí”.

No, cada quien decide qué debe hacer con su vida, dónde y cómo quiere vivir, y estar fuera no debe hacernos juzgar a quien se ha quedado.

  • Ninguna experiencia es igual a otra.

Muchas veces escuche “me voy a Panamá porque a fulano le está yendo bien allá”, y en tres meses el viaje había terminado por falta de ahorros. Sin contar con el cuento de “Maria se fue a España con 300$ y en tres días ya tenía trabajo y ya tiene carro y casa”. Oye, que bien que le fue bien a María, pero no todos somos María, y no todo el mundo tiene la misma capacidad social, económica ni mucho menos de relacionarse que otros.

Siempre conoceremos casos muy exitosos y otros menos, pero importante es aceptar vivir nuestro propio proceso.

  • Conoce la situación política, social e histórica ayuda a conocer la realidad de tu nueva localidad.

Otra de las cosas que puede pasar es que llegamos a juzgar la sociedad que nos acoge sin conocer su cultura. Esto pasa sobre todo a quienes emigramos a Europa, y resulta que es muy importante conocer el contexto en el que se han desenvuelto las sociedades en las que nos vamos a introducir.

No te digo que te vuelvas un Phd en historia o economía del nuevo país, simplemente intenta conocer un poco mejor estos ámbitos, las fechas importantes, sus tradiciones, para no estar tan perdido a la hora de llegar.

  • Ve con la mente y el corazón abierto a todo lo nuevo.

No tengas miedo de probar cosas nuevas, siempre y cuando esto no vaya en contra de tus valores, siempre será una experiencia enriquecedora y que sumara cosas positivas a tu vida. Como bien dicen por ahí, nada se pierde aprendiendo.

Cerrarse a lo nuevo hace mucho más difícil la adaptación, así que no cierres los ojos sino abre tu mente, es importante sentirse en sintonía con tu nuevo hogar.

  • Si vives en un país con un idioma desconocido para ti, aprende al menos algunas palabras que te ayuden a desarrollar tus actividades básicas diarias.

En nuestro caso particular, vinimos a un país con unos de los idiomas más difíciles del mundo, y el cual yo no dominaba en lo absoluto. Créeme que sé lo frustrante que puede ser no entender nada de lo que te dicen, sin embargo, es bueno aprender algunas palabras o frases que suelen ser simpáticas para los nativos.

Gracias, hola, chao, por favor, buen día, no hablo su idioma, siempre te abrirán las puertas o sacarán una sonrisa en quien intente comunicarse contigo.

  1. Una sonrisa y ser educado puede abrirte muchas puertas.

Creo que esto no hay que explicarlo mucho, a quién no le gusta que le regalen una sonrisa?

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De cómo me enamoré de mi nuevo país

¿Por qué me gusta tanto vivir donde vivo ahora? No suelo hablar con tanta frecuencia de mi nuevo país por alguna razón que hasta yo misma desconozco; pero aunque ustedes no lo crean esta es una de las preguntas que más me hacen las mamás inmigrantes.

Y es que según ellas siempre digo sólo cosas buenas de este lugar que nos ha acogido y las pocas veces que ven fotos mías en esta ciudad se me ve enamorada. Pues esta semana me lo han vuelto a preguntar y ni sé por qué, pero me pareció bonito comentarles mis motivos.

Siempre les digo que emigrar está muy lejos de la zona de confort y de las cosas fáciles. Incluso para quienes somos mamás, es como una decisión casi bipolar. Es decir, en el caso de las madres venezolanas ni siquiera racionalizas lo que estás haciendo, sino que tomas la decisión por supervivencia y para adelante, pero cuando llegas al nuevo país y te ves sola, sin toda la caparazón familiar que tenías antes, entonces es como un balde de agua fría que te hace cuestionarte sobre si hiciste lo correcto o no.

La cosa fue que cuando decidimos venir yo quería estar fuera de nuestro país, pero estaba un poco resistente a que nuestro nuevo hogar fuera esta ciudad particularmente, que solo conocía como turista. Me aterraba pasar semanas sin ver el Sol, y como esa era la referencia que tenía de este lugar, me cuestionaba sobre nuestro tiempo de permanencia en este destino.

Ni hablar del idioma.

Sin embargo llegamos y todo fue diferente. Era plena entrada del otoño y el Sol brillaba con fuerza, y me permitió conocer una ciudad que en realidad no conocía. Sin ir más allá, les diré que aprendí a ver los detalles, esos pequeñitos que hacen tu vida mejor y que cuando vienes de una situación de guerra, ya conoces muy bien porque fueron los detalles los que te hicieron tener un respiro entre el desastre.

Lo que antes era un privilegio ahora era algo normal, pero como no lo tuve antes entonces ahora lo valoro mucho más que quienes entienden que esto es algo normal. No sé si me siguen, pero a las pocas semanas de haber llegado aquí y haber aprendido a ver esos pequeños detalles, recordé que durante mis años de trabajo con diásporas en Venezuela, siempre era evidente que su amor por nuestro país era mucho más fuerte que el de nosotros mismos.

Yo no estaba copiando actitudes, simplemente estaba entendiendo el porqué de lo que para mí antes era absurdo o ilógico.

Esos detalles me fueron cautivando y me fueron abriendo los ojos a un mundo que era totalmente nuevo para mí, o que al menos había estado dormido durante mucho tiempo. Porque cuando les digo que me cambió el paradigma hasta a nivel de pareja, no les miento.

Sí, sé que tengo el privilegio de vivir en una de las ciudades más hermosas del mundo, pero hay gente que llega acá y no se halla. Es normal, no a todos nos gusta lo mismo. Pero más allá de lo bella, me empecé a involucrar en sus rutinas, en sus movimientos, en su forma de vida y eso me llamó tanto que tres meses más tarde estaba perdidamente enamorada de Budapest.

Yo estoy clara que lo que estoy escribiendo puede no ser muy fácil de digerir, pero el amor en cualquiera de sus formas es muy difícil de explicar.

El tema es que aquí me siento con una libertad que nunca antes tuve, y aunque no les niego que extraño muchas cosas de Caracas, he conseguido otras tantas acá que me permitirían vivir mi vida sin mi ciudad natal.

“Tienes que amarlo, tienes que estar a gusto, tienes que sentir que vale la pena salir a la calle o conocer un museo o irte a un lugar donde te sientas bien en tu nueva ciudad. Si no hay conexión tienes que buscar mudarte inmediatamente, no hay nada que te ate a un lugar si no hay conexión con él”, recuerdo haberle dicho a una de mis amigas que se enfrentaba a la migración al mismo tiempo que nosotros y que lloraba todos los días por querer regresar a Venezuela. Cada vez que hablábamos, un día de por medio, me preguntaba “pero tú ¿cómo lo haces? ¿Cómo te sientes tan bien si no es tu país?”.

Pues bien, no era mi país hasta que lo escogí. Algo que siempre mi esposo decía era que definitivamente uno no es de donde dice el pasaporte sino de donde se siente bien, y eso es lo que nos define a los ciudadanos del mundo.

Ojo, eso no quiere decir que hablemos mal o despreciemos a nuestro lugar de origen, nada más lejos de la realidad, sino que simplemente hemos decidido abrir nuestro corazón a nuestro nuevo hogar y hemos encontrado una conexión particular que nos hace sentir en casa.

¿Cuáles son esos pequeños detalles que veo y me hacen sentir bien con este lugar?

Más allá de las calles y los monumentos, e incluso el alto contenido histórico de este país, está su gente. No les diré que todos son simpáticos o algo por el estilo, en su mayoría tienden a ser muy pesimistas, pero tienen una parte muy especial. Son románticos, creen en el amor y son muy inteligentes.

Dicen que los húngaros no son románticos, pero ¿cómo no son románticos si ves por la calle a parejas de más de 70 años caminando de la mano? Es fácil incluso encontrarse parejas adulto contemporáneas, digamos de entre 45 y 60 años en escenas románticas en una plaza o en un café. Van juntos al cine, al teatro o simplemente se dan una escapada a las aguas termales. Es como si el amor se encontrara en cada esquina, jóvenes, adultos y adultos mayores, ellos saben que tienen que amar.

Después están las artes, que viven libres en la cotidianidad y aquí nadie te mira raro si le dices que eres escritor o músico o pintor. Eso para mí ha sido como bálsamo en el alma, porque sí, evidentemente les gusta trabajar, pero aquí están muy claros que una calificación o un título universitario no define a una persona.

Me siento segura y me siento libre. Y esto ha sido una de las cosas más importantes que me ha gustado de este país y particularmente de esta ciudad, que aun estando en la zona más fea, puedes estar tranquilo con tu celular en la mano.

La educación ha sido otra de esas grandes vertientes que nos ha enamorado, porque el modelo educativo además de incluir a la familia, está adecuado para que el niño no se sienta frustrado o presionado por lograr objetivos que no le interesan, sino por alcanzar objetivos que le son atractivos, entonces cada uno va buscando y haciéndose su propio lugar en la sociedad.

En conclusión, no puedes vivir en un lugar del que no te sientes enamorada, es como casarte con alguien que no te importa. ¿Cómo puedes ser feliz así? ¡Es imposible!

Si ya emigraste y no logras conectar con tu nueva ciudad, date tiempo para reconocer esas cosas que son ventajas y que te pueden hacer sentir atraída por tu nuevo espacio, y si no las encuentras simplemente plantéate mudarte.

Si eres mamá, plantéalo bien. Estar en armonía con nosotros mismos (los adultos) nos permite tener relaciones más sanas con los niños, así que es mejor sentir este amor, esta seguridad, esta paz, que ir por la vida de malas pulgas por no atreverse a buscar algo más.

Me encantaría saber cómo se sienten esas mamis inmigrantes en sus nuevas ciudades.

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Lejos pero no ausentes

A los inmigrantes venezolanos se nos hace muy fácil utilizar la frase “lejos pero no ausentes” cuando nos tocan la tecla de Venezuela, y al final esto termina definiendo nuestra vida.

Estoy convencida que esto tiene mucho que ver con la forma en la que tuvimos que salir de nuestro país (la mayoría de nosotros salió huyendo), pero también en la forma en la que fuimos criados porque más allá de no ser un pueblo acostumbrado a emigrar sino a recibir, bien es cierto que nos involucramos muchísimo con nuestras familias, amigos y en general con los procesos en los que nos desarrollamos.

Sin embargo, hoy quiero hablar sobre algo que nos ha estado pasando los últimos días por no querer estar ausentes. Parece por el contrario que se nos dobló el chip y ahora estuvimos presentes físicamente en nuestras nuevas realidades pero totalmente abstraídos mentalmente.

Sí querida mamá, a mí también me pasó y me está pasando. Ya hoy tengo una semana sin escuchar la voz de mi mamá y hasta hace unas pocas horas fue que ellos tuvieron luz de nuevo, y definitivamente no he estado en mis cabales… por eso hoy quería escribir sobre esto, contarles que es algo normal que le puede pasar a cualquier ser humano cuando pasa por un mal momento familiar.

Hace un par de días salí por primera vez a la calle y veía a la gente normal, como si nada pasara y quería gritarles, decirles que había gente muriendo en mi país. Les confieso que las lágrimas salían solas, y tuve que sentarme a tomar aire porque no era posible.

Lo primero que hice fue poner en orden mis pensamientos y tratar de no caer en pánico. En realidad aquí no está pasando nada, así que me dije ¿cómo puede afectarle a estas personas a cientos de kilómetros de Venezuela que allá haya o no luz y todo lo demás que no hay? Ellos no son venezolanos, ni tienen sus familias allá, ¿Entonces por qué tendría yo que ponerme a gritar aquí?.

Cuando me calme seguí mi camino, iba a buscar a mi hija al colegio y evidentemente al llegar todo el mundo se percató que algo me pasaba. Iba roja de llorar y de alguna manera ya hay otros padres que han desarrollado cierta empatía conmigo. Ellos tenían idea de lo que pasaba, pero desde ese momento empezaron a investigar más sobre la situación.

Esta mañana cuando llegamos al colegio, algunos de ellos me esperaban para ofrecerme apoyo moral e incluso recursos para las familias más afectadas. Sí, afuera hay gente que quiere hacer algo por nuestra gente sin interés alguno. Y entonces fui allí que entendí que era normal sentirme así, porque si ellos que nada tenían que ver con nosotros se conmovieron con la situación, ¿qué puede quedar para uno que vivió allá y que aún tiene sus afectos allá?

¿Qué si está bien o está mal? No lo sé, sólo sé que nadie te puede juzgar por sentirte así, porque somos humanos y vivimos de las emociones, y más allá de controlarlas tenemos que aprender a vivir con ellas. No es fácil, créanme que lo sé.

En todo caso, y para no irme por las vertientes de este tema en el que no soy especialista sino ejemplo fiel de lo que ocurre, quería compartir ustedes lo que siento en este momento pero también lo que he aprendido en estos siete días de oscuridad que tiene Venezuela.

Primero que nada, siempre digo que emigrar significa o implica desprenderse, despegarse, pero sí, hay cosas de las que no puedes desentenderte. Tus padres siempre serán tus padres, tu país de origen siempre será tu país. Entonces llamemos las cosas como son, el lugar donde naciste siempre guardará un espacio especial en tu corazón y eso está muy bien, porque uno debe tener raíces que cuenten nuestra historia. El país de origen es parte de eso.

Mantener la calma pese a la incertidumbre es clave, porque esta última es una de las herramientas más utilizadas para dividir y traicionar. Mantener la calma nos permite dar pasos seguros, solucionar de manera consciente y no traicionar nuestros valores y creencias.

Llorar está permitido, sentirte agotado es normal. Los picos emocionales causan agotamiento al cuerpo, es un proceso químico que no podemos variar.

Siempre que puedas, explícales a tus hijos lo que está pasando. Los niños se dan cuenta de todo, ellos perciben nuestros cambios de humor y buscan de alguna manera estar más cerca de nosotros, pero si nosotros no estamos bien emocionalmente podemos afectarlos con nuestras respuestas o actitudes.

Por eso es importante, sin generarles angustia, explicarles lo que está pasando sin darles demasiado detalles, pero explicándoles bien que mamá y papá también tienen emociones que a veces no saben explicar o contener.

Si están en la edad adecuada para entender principio básicos de la vida, explícales también lo que es normal y lo que no es normal, aprovecha la oportunidad para dejar claro que nunca deben conformarse con las migajas, para forjar su carácter y su moral. Explícales lo que es una dictadura, hazles ver que con amor todo se puede lograr y que la gente que es buena de corazón, siempre triunfará al final (aunque cueste y no parezca).

Esto ya no tiene que ver con política, tiene que ver con humanidad…y sí, también con falta de humanidad, y esas son cosas que algunos niños pueden entender, discernir y digerir.

Si quienes están al otro lado tienen necesidades que nosotros podemos cubrir, no dudes ni un segundo en hacerlo de la mejor manera posible. Si necesitan informarse, por ejemplo, transmite información veraz y vital, cosas que no los desmotiven o generen desesperación. Si necesitan conseguir agua o alguna idea para rendir las velas, entonces busca en internet y transmíteles tus conocimientos.  Siempre actuando con paciencia, con certeza y transmitiendo tranquilidad.

Por último, y no menos importante, conectarse con algo que a uno le genere paz es vital para mantener la cordura. En mi caso fue orar y leer algunos de mis escritos sobre Caracas, eso me permitió hacer visualizaciones y sentirme cerca de mi familia.

Querida mamá, en este camino de ser madres inmigrantes hay muchas batallas que nos tocará luchar que todavía están por definirse, ¿y sabes qué? No tendremos respuesta para esas situaciones hasta que no lleguen a nosotras, así que no queda más que seguir, resistir y persistir.

¡Lo estás haciendo bien! Y créeme que no te estás volviendo loca, recuerda que esto también pasará.

Te abrazo.

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La pareja después de la migración

Así como después del parto la pareja muta, la migración también nos afecta directamente. Y no es para menos, somos humanos y en este proceso nuestras rutinas y costumbres se ven completamente alteradas y entramos a un período de adaptación, que para cada ser humano es totalmente diferente.

Recuerdo que antes de emigrar mis amigos que estaban fuera me decían “por lo menos ustedes se van juntos, tú no te imaginas lo que es estar sólo fuera”. Y yo pensaba dentro de mi ¿Y si no funcionamos nosotros?

Recuerdo perfecto un día que una de mis amigas se iba sola a vivir a otro país y me dijo, “ten calma Carla, a ustedes les irá buenísimo porque van en familia, en cambio yo sí me las veré grises al estar sola”.

Les confieso que en ese momento no me pude contener y se lo dije. No tenemos la seguridad de nada, porque como todas las decisiones importantes de la vida, emigrar también es un acto de fe. Fe en que te irá bien y que podrás superar todas las pruebas con éxito. Pero emigrar solo o acompañado no te da más o menos seguridad o probabilidad de éxito.

En efecto, en nuestro caso la migración trajo soluciones a muchas cosas que nosotros deseábamos cambiar en nuestras vidas, pero también nos trajo nuevos problemas que posiblemente nosotros no habíamos visto en el panorama.

Y no les mentiré, nos tocó la puerta de la relación de pareja. Y nos ha tocado ir aprendiendo en el camino a solucionar todas las diferencias que ahora sentimos pesan más.

Es obvio, ahora estamos lejos de todos nuestros afectos. No contamos con ese apoyo físico de amigos y familiares a los que estábamos acostumbrados, y eso te mueve el piso.

La verdad es que desde donde yo lo veo, nadie está preparado para emigrar, ni sólo ni en pareja o familia, así como tampoco estamos preparados para enfrentarnos a la maternidad. Entonces no queda más que lanzarnos al ruedo y aprender a vivir con esta nueva situación de vida.

¿Y les digo algo? Es una experiencia realmente enriquecedora.

Porque así como con los hijos toca decidir echarle pichón, con la pareja también. O puede que no, puede también que llegue el momento que decidan no continuar. Es válido, y no pasa nada, nadie tiene que juzgarte por ello.

¿Qué nos ha funcionado a nosotros? Me lo preguntan casi a diario, y siempre digo que no somos el mejor ejemplo porque teniendo personalidades tan diferentes, es verdad que la migración nos alejó mucho de nuestra concepción de matrimonio pero trabajamos mucho para reencontrarnos.

Nos hemos abierto mucho y hemos estado aprendiendo a tejer una relación mucho más sólida en la que somos esposos, pero también amigos. Si no tenemos a nadie más cerca, y no es tan fácil hacer amigos, pues nosotros tenemos que ser nuestros propios amigos.

Como dice la canción, amigos y amantes, padres y hermanos.

Uno de los grandes aprendizajes ha sido entender que el matrimonio es un templo que se construye todos los días, y del que también necesitamos de vez en cuando un descanso. Pero ojo con esto, esto no se trata de ser infieles ni nada por el estilo, sino simplemente de encontrar espacios para estar juntos como pareja y como familia, pero también tener espacios para estar solos con nosotros mismos, y fuera del horario de trabajo.

Además de esto ahora funcionamos mejor como un equipo y nos apoyamos mutuamente en los retos profesionales y personales que se nos presentan.

Propiciar momentos de pareja sin los hijos alrededor ha sido la parte más ruda por no tener familia de soporte cerca, pero nos la hemos ingeniado y hemos hecho planes de adultos mientras la niña asiste al colegio. Evidentemente esto es algo que no podemos hacer todos los días, pero cada vez que se presenta la oportunidad nos damos un gusto de adultos.

En esta tarea también tuvimos que volver a conocernos. Querida amiga, créeme que si tú piensas que eres la misma que salió de tu país, no has aprendido nada.

Emigrar es adaptarse y evolucionar también. Así que como pareja nos tocó volver a conocernos y reconocernos. Y es en este proceso que algunas parejas deciden no continuar, y por eso digo que nadie te puede juzgar por tomar una decisión como esa, pues el matrimonio también es respeto además de amor.

También nos ha servido mucho conectarnos con familias afines a nosotros, nuestros valores e intereses. Estas familias no necesariamente son inmigrantes, pueden ser locales, y es una relación súper nutritiva porque aprendemos cosas de ellos y evidentemente no nos sentimos tan solos.

Hablar, hablar y hablamos mucho. En este último punto todavía trabajamos incansablemente porque a veces se nos olvida como remar en equipo, y no les diré que es fácil emigrar en pareja, pero si hay amor y respeto, todo debería salir bien pese a las tormentas.

Esta es parte de mi historia, pero sé que no soy la única que ha emigrado en pareja, así que me gustaría saber si quienes me leen tienen alguna historia que compartir sobre este tema.

Migración

Criar lejos de la familia…

Criar lejos de la familia es uno de los retos más grandes que impone la migración y la crianza a su vez.
No es secreto para nadie que los venezolanos no estábamos acostumbrados a emigrar, y que nuestras familias son nuestro apoyo directo, como es natural en todas las culturas, pero eso ha incidido mucho en la forma en la que muchas mamis ven el proceso migratorio.

Verse lejos del hogar original, con los hijos y sin el apoyo de los abuelos, trae una mezcla de emociones que en ocasiones puede ser hasta peligrosa. Y es por eso que decidí escribir sobre este tema, en el que no soy experta sino que lo estoy viviendo al igual que muchas de ustedes.

Ya tenemos más de un año de haber salido de Venezuela y lanzarnos esta aventura que, en nuestro caso y fortuna, ha sido maravilloso porque ha traído mucho crecimiento a nivel personal, pero no les niego que tener lejos a los abuelos, a los tíos y a los padrinos que siempre quieren estar presentes ha sido fuerte y doloroso. Peor es el panorama cuando imagino que verlos a todos en un mismo lugar es practicamente imposible por vivir todos en distintos países ahora, pero por eso prefiero no pensar en eso, y así voy escogiendo mis batallas emocionales.

La familia es ese apoyo moral y físico, y es por eso que no siempre se comparte con ellos apellidos, y algunos amigos son más cercanos que otros miembros de la familia consanguínea.

En nuestro caso hemos tenido la fortuna de hacer mucho más fuertes los lazos con los abuelos maternos por ejemplo, que a pesar de la distancia siempre están presentes con atenciones y detalles digitales, y que se las ingenian para dejar su marca en todos los eventos importantes de la vida de nuestra pequeña.
Pero también hemos ido formando nuestra propia tribu en este país que nos ha recibido; y aunque no hemos hecho demasiados amigos, la verdad es que los pocos que consideramos amigos se han vuelto familia, y no en vano Sára tiene cerca del Danubio dos hermosas abuelas que juegan con ella y la adoran como si fuera su nieta.
Nosotros, los padres, también hemos conseguido en estas señoras amigas esos brazos en los que podemos refugiarnos para palear la distancia física que tenemos con nuestros padres. Y no les niego, la confianza es vital en esta relación, porque es en estas personas en quienes confiamos con los ojos cerrado, incluso para tomar decisiones.

Los primos ahora no son solo esos niños de la familia, sino también los hijos de los amigos cercanos que vamos haciendo, que nos van acompañando a nosotros y a nuestros peques en el camino de crecer. Con ellos tratamos de compartir cosas que van más allá de citas de juego, colegio o cumpleaños, y buscamos actividades afines que nos ayuden a afianzar la relación.

Mamis emigrantes, sé que no es fácil, habrá días que querrás llorar porque extrañas que tu papá te acompañe a un sitio o que tu mamá te diga algo sobre determinado asunto con los hijos. No les mentiré con decirles qué hay días en los que el teléfono no basta, necesitas el abrazo, el regaño y hasta que te cuiden al muchacho 30 minutos, pero créanme que no será imposible y al final siempre valdrá la pena por ver a nuestros hijos crecer felices.

Vivimos en un país donde la estructura familiar es muy fuerte y respetada, y donde incluso existen leyes donde los abuelos pueden obtener licencias de trabajo para cuidar de sus nietos; y a nosotros nos ha pegado mucho cada vez que en el colegio nos preguntan por qué los abuelos no están involucrados directamente en la crianza, o si nos invitan a actividades donde los abuelos son los protagonistas.
Los inmigrantes no tenemos esa carta bajo la manga y nos toca guapear, hacer de tripas corazón y hacer alianzas con la tecnología para que los niños sientan menos la distancia de los seres queridos.

Criar amerita entrega, amor, respeto y mucha paciencia. Hacerlo solos implica tener el triple de fuerza en cada uno de estos recursos, pero a través del amor es posible, y es posible porque emigrar, así como la misma maternidad, nos permite reconectarnos con nuestros valores y creencias.

Las abrazo.

Migración

Querida mamá (migrante)

Esta carta la escribí hace unas semanas atrás en mi cuenta de Instagram para darle ánimos a todas esas mamás migrantes como yo, durante la época navideña. La migración por muy VIP que sea, suele ser un camino lleno de muchas emociones encontradas, y es por eso que la tribu, o ese grupo de apoyo con el nombre que quieras ponerle, es TAN importante en el proceso migratorio. Aquí se las dejo y espero que les sea de utilidad, porque a fin de cuentas no sólo en Navidad los inmigrantes tenemos las emociones a flor de piel.

Querida mamá (migrante): Hoy en mi celebración de navidad he decidido escribirte está carta desde mi espacio de paz. Lo hago porque siento la necesidad de hacerte saber que no eres la única que en días como hoy se siente en dos aguas, y me gustaría recordarte que es «normal». Es normal que hoy entre la alegría de tus hijos, con lo mucho o poco que hayan recibido, quieras llorar y reír a la vez.
En este camino que nos ha tocado, llorar está permitido y drenar tus sentimientos será siempre un deber. 
Hoy como tu me siento plena por ver la sonrisa se mi hija, y melancólica porque sus tíos y abuelos deben verla por una pantalla. 
Hoy mientras recordaba las navidades de mi infancia tuve que correr al baño a llorar; yo tuve a mis abuelos y Sára se queda esperando porque ellos salgan del teléfono y vengan a jugar con ella.
Cuando me vi con los ojos y el rostro rojo en el espejo me acordé de ti, y pensé que estaba bien llorar. Llorar por lo que dejamos atrás, por lo que no salió tan bien como esperabamos y por eso que pasará que todavía nos da un poquito de miedo. 
Lo que NO está permitido es quedarse en el dolor.

Hoy hice mi resumen de vida y agradecí todas las bendiciones que he tenido. Aunque pasé el día en pijama jugando en casa con Sára, viví un día más y ya eso es gran ganancia (¿cuántas personas no pudieron despertar más está mañana?).
Teníamos algo que aprender, y a veces el cambio duele, pero no nos quedemos en el dolor, avancemos porque razones de sobra tenemos.


Querida mamá, está bien llorar de vez en cuando, sólo te invito a que -cuando te calmes, cuando botes todo eso que tienes por dentro- con el corazón en la mano y como dice el querido Maickel Melamed, «agradezcas por todo, revises todo lo que ha pasado y celebres todo».
No hay triunfo pequeño, no hay enseñanza pequeña, en la vida no se pierde, o ganas o aprendes.

Yo hoy agradezco la oportunidad de brindarle a mi hija un futuro mejor, de brindarme a mi misma nuevas oportunidades para crecer y evolucionar. Veo hacia atrás y agradezco todo lo que deje pero también lo que vendrá, y celebró la vida, que ya es un gran triunfo. 
Celebró, agradezco y sonrío.
TODO ESTARÁ BIEN.

Migración

Emigrar. Un acto de fe.

Para mi emigrar representa un proceso de desprendimiento, de dejar atrás, de transformación e incluso de superación, que he comparado mucho con la maternidad. Y sí, mira que puede sonar muy loco, pero no del todo y ya verás por qué.

La mayoría de los seres humanos deseamos de alguna manera ver nuestra humanidad extendida, y eso son los hijos. Por mucho que se diga que no se quiere tener hijos, en algún momento de la vida las condiciones se dan para tenerlos, o por lo menos para desearlo. Y sí, genera mucha felicidad, pero a la vez preocupación, porque la vida tal como la conocíamos deja de existir para adaptarnos a una nueva persona, y nuevas rutinas.

El proceso se disfruta, y una vez se va acercando el momento del parto, las mamás estamos entre esa felicidad de ver sus caritas por primera vez, y el egoísmo de preferir que se queden dentro de nosotras, donde los podemos proteger de todo.

Los padres no suelen entender mucho esta parte del proceso, porque independientemente de su cercanía con el embarazo, no han tenido la oportunidad de sentir a sus bebés como nosotras, desde adentro. Evidentemente el proceso es diferente para ambos.

Cuando nacen, literalmente todo cambia, y nos desprendemos de muchas de esas cosas que antes eran cotidianas para nosotros, como dormir una noche entera, por ejemplo, o disfrutar de una comida caliente sin tener que atender a otra persona, salir de fiesta, la exclusividad de la pareja, etc.

Pues bien, la migración tiene mucho de eso. Cuando se toma la decisión, bien sea por la razón que sea, hay emoción y expectativa. A medida que se va acercando el momento de partir, empieza a correr la ansiedad, que te hace vivir una montaña rusa de emociones encontradas entre tus ganas de irte y a la vez de quedarte en tu lugar de origen. E incluso llega un momento en el que empiezas a cuestionarte si el tiempo entre tomar la decisión y partir ha sido mucho o no ha sido suficiente para hacer todo lo que tenías pendiente, o incluso atender a la familia que dejarás de ver con frecuencia.

El primer desprendimiento se da cuando te toca armar el equipaje. ¿Qué llevas y qué dejas? Aquello que llaman algunos “meter tu vida en una maleta”, y prácticamente sentí lo mismo cuando preparé mi maleta para el parto. Primero puede parecer que todo es absolutamente necesario, porque estás acostumbrado a vivir con todo eso, y te preguntas una y mil veces cómo sobrevives con menos. Pero créeme, se aprende.

Una vez das el paso, todo cambia. Llegas a un lugar nuevo donde todo es diferente, donde tienes que adaptarte a todo, porque así lo hayas visitado antes mil veces, lo cierto es que ese lugar ahora es tu hogar y ya no más un destino temporal. Y desprendiéndote de todo lo que ya conoces, es como ganas.

Aquí haré un paréntesis (porque es la cultura de dónde vengo y la que conozco desde adentro), y hablaré del caso de los venezolanos que es muy distinto a otras migraciones, sobre todo porque no somos un pueblo educado para emigrar, sino para recibir a los inmigrantes, y esto es fundamental para asimilar el proceso.

Nos vamos y confundimos el famoso “estamos lejos pero no ausentes”, en no despegarnos de las noticias, verificamos el precio del dólar a cada rato, sabemos más de Venezuela que nuestros propios familiares que aún están allá, y cometemos el grandísimo error de perdernos todo lo bueno que nos ofrece el nuevo destino, por no soltar del todo esa realidad de la que queríamos escapar.

Después a muchos les da porque o todo era mejor en Venezuela, o definitivamente el país no servía para nada, y en mi caso difiero, porque entendí desde mucho antes que uno nunca debe hablar mal del lugar de donde viene, llámese familia o país, y ha sido mi premisa desde que puse un pie fuera de Venezuela. La base de quien soy hoy y seré mañana, son producto de esa patria que ahora puede estar tan distante a mis valores.

Justo por eso otros emigrantes nos ven diferente, pueblos como el mexicano, los colombianos, incluso los cubanos (en el caso de los latinos) tienen una cultura migratoria muy avanzada, de la que me atrevería a decir prácticamente nacen con eso en la sangre, y ven el proceso como un tiempo de superación o evolución en todo el sentido de la palabra, y por ende honran el lugar de donde vienen, porque quieren enaltecerlo.

Les contaré que en nuestro caso no hubo una planificación muy exhaustiva, y hoy en día me digo qué loca que me forcé y forcé tanto a mi familia a dejar todo en un mes, porque ese fue el tiempo que tuvimos para armar maletas, recoger nuestras cosas, organizar todo lo legal y salir. Sí, mucho lo habíamos pensado y hablado pero no terminábamos de dar el paso, y creo que en nuestra familia salir de esa manera, sin anestesia, fue determinante.

Lo haría así una y mil veces. Creo que lo único que haría diferente sería abrazar más a mis padres, y no forzarme tanto a cumplir con algunos compromisos que asumí a última hora por dármela de súper mujer, y me superaban físicamente.

No tuve tiempo de llorar, ni de pensar en lo que estaba dejando atrás, no tuve apegos materiales porque no tuve tiempo de asimilarlos, y por si fuera poco, cuando llegamos a nuestra primera parada, me di cuenta que incluso había dejado toda mi ropa en casa de mis padres. Literalmente hasta mi armario me tocó empezarlo de cero.

Desprendernos para crecer

Confieso que cuando nos montamos en el avión, para ir a nuestro nuevo país, sentí que me moría. No exagero, literalmente el aire me faltaba, quería llorar, gritar e incluso bajarme del avión. El estómago se me puso como una piedra, y sí, lloré. Lloré muchísimo.

Tuve la misma sensación de pérdida que cuando vivimos la tragedia de Vargas en el 99, y en aquel entonces yo solo tenía 11 años, no sabía cómo manejar todo aquello que había vivido.

Sí, tuve un pequeño ataque de pánico en ese avión y me tocó auto controlarme, pedí cinco minutos y lloré encerrada en el minúsculo baño, en el que supongo que afuera los pasajeros me escuchaban porque muy duro decía “Dios mío ayúdame, dame la fuerza para superar esta prueba”.

Esos cinco minutos para mí fueron valiosos, porque dentro de mi decía “no puedo decir nada, yo fui la de la idea de irnos. No me puedo echar para atrás”. Y pues al calmarme, me lavé la cara y regresé a mi asiento como si nada. Abracé a Sára muy fuerte, tomé la mano de mi esposo y tomé una foto que guardaré de recuerdo de ese día para siempre, y que seguramente en contra de la voluntad de los que allí aparecemos, decorará este post.

Lo cierto es que al llegar a Hungría ya todo pintaba diferente, habíamos dado el paso, nos habíamos lanzado al mar y ahora solo tocaba nadar. Y en este caso la tarea era para una competencia de resistencia, mucho más que de velocidad. Y eso también se aprende.

Ya la primera mañana todo era diferente. El desayuno estaba totalmente frío, y uno viniendo del trópico está acostumbrado a comer caliente, y por primera vez me dije “hay que desprenderse”.

Me desprendí de lo que ya conocía para abrirme a cosas nuevas, sin que eso implicara que me olvidara de mis valores o principios, pero sí me desprendí de todo eso que me hacía daño. Y no les diré que fue fácil, me tocó llevar un duelo muy duro durante el primer mes y medio que estuvimos en Budapest.

Vivíamos los tres en una habitación en casa de un familiar, que al final eran desconocidos para nosotros también, porque mi esposo cuando mucho había compartido con ellos cinco veces en 37 años. Éramos extraños y aunque ellos insistían en que nos quedáramos, pasamos a ser una carga de alguna manera.

Sufriendo desde lejos en la primera semana la pérdida física de tres familiares cercanos, entre ellos mi abuelo. Una caída de mi mamá y por último un nuevo ACV que terminó por descontrolarme. La guinda de la torta era que nadie en casa hablaba inglés o español, y no poder comunicarme con nadie para resolver las cosas más esenciales y básicas, eso generó una frustración que no supe como drenar en su momento.

En este punto volví a descontrolarme y pedí tiempo, pero más importante aún era que con la bebé de por medio, no era la única que estaba fuera de sus cabales. Mi esposo siendo un “workaholic” se afectó muchísimo al verse en casa sin hacer nada, escuchando las típicas quejas de viejo todo el día por parte de algunas de las personas que nos rodeaban, el agotamiento mental era muy rudo, y definitivamente estábamos los dos remando a puertos diferentes.

Las peleas no se hicieron esperar, teníamos siempre dos motivos para discutir, por todo y por nada. Y aunque viviendo juntos, durmiendo en la misma cama, y compartiendo ese cuarto de escasos 10 metros cuadrados, yo me sentía más sola que nunca. Allí entendí el valor de un abrazo, del roce humano.

Grupos de apoyo, nuevos amigos

Desde que llegamos tuve claro que tenía que buscar gente con intereses o valores afines, que hablaran mi idioma para que todo se me hiciera más fácil y que además de alguna manera compartieran mis tradiciones. Así fue como llegue a un primer grupo de Whastapp de venezolanos en Hungría, y allí encontramos a nuestros primeros apoyos, esos que nos empezaron a dar tips para movernos, hacia qué zonas buscar vivienda, dónde conseguir Harina Pan, reuniones que nos abrieron muchas puertas y así fue como de un lado a otro, terminé encontrando un gran músculo de soporte, un grupo de mamás latinas en Budapest, donde la gran mayoría son expatriadas como yo.

Gracias a ellas no solo encontré tips para moverme mejor con la bebé, sino que además he encontrado grandes amigas y una comunidad un poco más pequeña, de mamás de habla hispana, que son quienes siempre terminan metiéndome la mano cuando tengo alguna duda con el idioma, la cultura e incluso las comidas.

Desde que las conocí y empecé a leerlas mi percepción de la migración cambió, porque confirmé una vez más que ser mamá te da un plus, es como tener una acción en un club al que puedes asistir y siempre nutrirte de cosas nuevas. Desde entonces es uno de mis consejos a quienes deciden emigrar, e incluso a quienes ya emigraron y no terminan de desprenderse, buscar grupos afines que nos ayuden a salir del hueco en el que caemos cuando no terminamos de ver que estamos viviendo el duelo de la separación del terruño.

Formas hay muchas, porque cada país tiene sus herramientas, pero desde Whatsapp hasta Facebook, son diversos los grupos que se pueden conseguir para socializar.

“Uno no es de donde dice un pasaporte, sino de donde se siente bien”

Finalmente empezó a llegar la estabilidad. Dos meses después de haber llegado, solucionado los papeles y arreglado una que otras cosas, la cabeza de la familia ya tenía un trabajo formal que nos permitirá seguir con los planes que nos habíamos trazado antes de salir. Pudimos mudarnos solos, y aunque en principio nos costó reconocernos nuevamente, las aguas han ido volviendo a su curso.

Miedos siempre habrá, pero a diferencia de las dudas, los miedos hay que enfrentarlos para acabar con ellos. Aquí o allá nosotros seguiremos nuestro plan, y siempre es la invitación que le hago a los emigrantes.

Y si consideras que el plan no está funcionando, entonces reformula los pasos que estás dando, porque equivocarse a veces es necesario para aprender.

Mientras tanto, asume tu duelo, entiende tu nueva situación y confúndete con los nativos. Sal a la calle y no temas perderte, conoce cosas nuevas, experimenta cosas que antes no te hubieses atrevido a hacer. Habla con un desconocido, sonríele al que acaba de montarse en el autobús, lee sobre la historia del país que ahora te acoge para entender su condición actual.

Ahora mismo no sé qué nos depara el destino, pero sé que si ya dimos el paso más difícil, lo mejor está por venir, así que respira profundo y continúa. Al final como repite ahora mucho mi esposo, “uno no es de donde dice el pasaporte, sino de donde se siente bien”.