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Maternidad

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Entre lo que quiero y lo que hago.

Me lo repito una y otra vez. Si yo sé lo que estoy haciendo, si yo estoy siguiendo mi instinto, mis ideas, ¿quiénes son los demás para cuestionarme?.

¿Acaso vale la pena detener mi forma de ver la vida porque los demás no me entienden?. Si me preguntan a mi yo creo que no.

Les cuento que durante mucho tiempo de mi vida me paralice porque otros a mi alrededor no entendían qué era lo que yo quería y cómo lo quería; para ellos siempre era descabellado, no le veían lo lógico o ponga usted la excusa que un tercero puede decir de los planes o ideas de los demás, a lo que yo quería hacer.

Lamentablemente sus «razonamientos» me paralizaban al punto de a veces dejarme sin aire, hasta que llegó un día en el que no pude más y empecé a liberar la carga. ¿Sentirme angustiada o frustrada porque otro no cree o entiende lo que yo quiero hacer con mi vida?. Eso no parece lógico ni justo.

No les niego que primero sentí miedo, pero la sensación de liberación fue tan alta y satisfactoria que luego no pude parar. Y al tiempo me convertí en mamá y la cosa cambió radicalmente para mejor.

Eso que llaman instinto puro y duro afloró en mí de una manera que me movió todas mis fibras y me hizo entender que para hacer sobrevivir al ser que en el momento de la gestación vivía dentro de mí, tenía yo que estar bien y feliz.

A esas alturas no había nada que hacer, yo decidí dejarme llevar por lo más primitivo de mí, mi instinto y eso me ha permitido vivir más ligera y mucho más feliz. Tampoco les mentiré diciendo que todos quienes estaban a mí alrededor para ese entonces se mantuvieron conmigo hasta este momento (y no sé si volverán la verdad, pero tampoco estoy segura de quererlos de nuevo cerca de mí).

Entonces entendí que si el resto no me entendía, no significaba siempre que estuviera haciendo algo mal. Y si se los pongo en un plato conciso, mi decisión de emigrar fue una de esas cosas que muchos en mi entorno cuestionaron, incluso algunos que ya habían dado el paso, pero según yo no tenía la madera para hacerlo o el reto no estaba a mi alcance tal cual me lo había planteado. -Que pues mira sí, que emigrar a Hungría, un país que era como la cueva de mi primer enemigo y que me podía llevar a la guerra, sin saber ni ñé del idioma y con una bebé sin contar con apoyo familiar, no era como muy lógico, pero créeme cuando te digo que no me arrepiento ni un solo día de mi vida del paso que di porque desde entonces he crecido en muchos aspectos de mi vida-.

Siempre les digo que mi objetivo en la vida desde que me convertí en mamá es ser feliz, no me importa tener grandes lujos, solo me importa vivir bien y en paz. Pero ese no es un camino fácil de transitar cuando nos paramos a escuchar todo lo que el mundo tiene que decir sobre nuestras formas y nuestros planes. Y tal vez la maternidad es una de esas cosas en la que más terceros buscan opinar, y en la que nosotras nos exigimos tanto que llegamos a sentirnos que no lo estamos haciendo bien.

Pues déjame decirte querida mamá que no siempre lo estás haciendo mal. La mayoría de las veces lo haces de una manera tan perfecta, que quien está pendiente de todos tus movimientos se acerca a criticar, porque fíjate parece que trabajas demasiado o que has amamantado a tu bebé durante mucho tiempo. Pero ¿eso es problema del tercero o es una decisión personal con la que tú te sientes a gusto?

A estas alturas del partido, solo puedo decirte yo desde mi corta experiencia, que la maternidad hizo que mi instinto aflorara en mí para luchar por mis sueños, esos mismos que no todos comparten ni entienden, pero que quienes te aman de verdad al final apoyarán. Y si me pongo más cruda, sólo tengo que decirte que no puede haber mejor forma de enseñar a otros que a través del ejemplo, ¿entonces cómo se supone que criarás niños felices si les das el ejemplo de un adulto frustrado o amargado?.

Sí querida mamá. Repítelo una y otra vez, que el resto del mundo no entienda tus formas no siempre quiere decir que lo estás haciendo mal. Revisa si tú te sientes bien, si tú estás conforme con los resultados, y si es así, lo que el mundo piense está demás. Lo más importante en tu propio mundo eres tú.

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Ellos tienen que…ir a su ritmo

Es que ella ya debería hablar.

Él debería estar en una guardería para que no sea malcriado.

Esos niños deberían estar caminando y no cargados.

Sára debería ya decir palabras en ambos idiomas… mil veces y una más, esos son los comentarios que escuchamos las mamás a diario.

Y ojo, esto sólo no nos está pasando a las que decidimos quedarnos en casa criando a nuestros hijos -que además somos vistas como una especie de bicho raro-, también les pasa a quienes pasan 6, 8 o 12 horas en sus trabajos.

Siempre, siempre, pero siempre la gente, el externo, el que no está viviendo tu vida, tendrá algo que decir sobre las formas en la que tú o los demás hacen las cosas. Tristemente a nosotras las madres eso nos hace ruido en determinado momento, y si le prestamos mucha atención nos puede generar angustia.

Les cuento mi caso particular. Cuando vivíamos en Venezuela Sára decía algunas palabras con claridad, tal vez unas diez o quince, pero las decía; y a la semana de haber llegado a Hungría, Sára dejó de hablar y todas sus palabras se convirtieron en “eeeeehhh” y “aaaaaahhhhh”. No pasó mucho tiempo para que empezaran los comentarios de la familia que nos acogía, cosa con la que tanto su papá como yo no estábamos nada cómodos.

Comentarios como que si la niña debía ir a la guardería, que algo malo le pasaba porque había dejado de hablar, que si esto y aquello, y aunque yo no entendía claramente lo que decían, sabía que estaban presionando al papá de Sára por algo que en realidad no era un problema de nadie sino nuestro.

Un día la frustración de él pudo más que su capacidad de silencio y me contó todo lo que decían sus tíos sobre nuestra forma de crianza, y evidentemente mi primera reacción fue decirle “no le pares, ellos no saben cómo estamos criando nosotros a nuestra hija y no se tienen que meter”, pero los comentarios continuaron, y repito que aunque yo no entendía, ya el ambiente empezaba a hacerse pesado.

Un día muy triste, y desesperada de verdad, le dije a mi mamá que yo creía que le habíamos hecho algo malo a Sára, porque ella lloraba cuando los veía por Skype y no hablaba ni una de las cosas que decía estando en Caracas. Yo admito que como mamá dije “Sára ya debería estar hablando, ella tiene que hablar”. Y como diríamos nosotros, me cayó la locha. Mi mamá me dijo cosas que fueron bálsamo para mi alma, y que evidentemente calmaron mi angustia, empezando por ese famoso dicho de “hija, hagan lo que hagan siempre los van a criticar, así que no le paren”.

Después de entenderlo, de procesarlo y de ponernos de verdad el famoso traje de pingüinos para que todo nos resbalara, empezamos a aplicarlo. Sí señor, Sára no va al baño sola, ni avisa cuando va a hacer número 2 porque resulta que tiene 15 meses. No señora, Sára no va a la guardería porque sus papás decidieron que mamá la criaría y le daría pecho hasta los 2 años. No abuela, Sára no tiene por qué abrazarte ni besarte si no quiere.

Evidentemente las caras de shock no han sido normales, pero nuestra tranquilidad, eso sí que es normal, no tiene precio y mucho menos la tranquilidad de nuestra hija, porque como padres hemos decidido darle sus tiempos y espacios.

Querida mamá, tus hijos no tienen que hacer esto o aquello como lo hizo otro; tu hijo es un ser humano maravilloso y único como ningún otro, así que tendrá sus tiempos y estilos para hacer.

Querida mamá, no te hablo desde el “yo creo que”, sino desde lo que he aplicado –que ha sido lo correcto para nuestra familia-, un proceso que incluso me ha ayudado a conocerme mucho mejor a mí misma, a no ser tan dura juzgándome por mis actos, porque viendo a mi hija crecer entiendo que ella es un ser humano como cualquier otro, y que eso quiere decir que es diferente a los demás, y que por ende tiene que vivir sus procesos a su tiempo y a su manera.

Sí, a su tiempo y a su manera.

Ya no habla como antes

Bueno, resulta que Sára está empezando ahora a hablar nuevamente con 18 meses, y ahora ya no me preguntan si corre o camina, sino qué dice. Pues dice sus cosas, habla una especie de papiamento entre español, inglés y húngaro, que no entendemos sino ciertas cositas.

Pero, qué más le podemos pedir a una personita a quien le cambiamos todo su mundo de un día para otro cuando decidimos emigrar. Mi hija pasó de tener su casa entera para vivir en un cuarto de 6 metros cuadrados durante tres largos meses, dejó de tocar a sus amados abuelos y pasó solo a verlos por una pantalla, el idioma que escuchaba todos los días ahora solo lo escuchaba de mamá, que ahora también habla en otro idioma. Evidentemente sacamos cuentas, consultamos a los especialistas, y es verdad, ella no tiene ningún retraso en el habla, solo está poniendo en orden su cerebro.

Pero allí está la respuesta, los opinólogos (como los llamamos aquí por cariño) invierten mucho tiempo de sus vidas pensando por qué nuestros hijos no hacen lo mismo que otros niños, y al final terminan sembrando esa semillita en nuestros corazones que, a veces, termina llevándonos al camino de la frustración.

Ahora bien, lo realmente importante para nosotros como adultos en todo caso, sería entender que son niños, no robots y que debemos aprender a respetar los tiempos de sus procesos, ya que ellos no tienen la misma capacidad de adaptación que nosotros.

Evidentemente como padres también tenemos que aprender a leer todos los elementos de la ecuación, y si por ejemplo uno de nuestros hijos tiene tres años y no habla para nada, tal vez si deberíamos ir a un especialista para saber que está pasando.

Querida mamá, la próxima vez que te digas “mi hijo tiene que…” estudia bien todas las aristas que conlleva esa afirmación antes de sentirte frustrada, y de hacerles sentir frustrados a ellos. Recuerda que es una vida en formación, un cuerpo que se está educando para llegar a hacer algo similar o mejor de lo que somos nosotros ahora mismo; por eso mi invitación siempre será a no forzar, sino a ayudar a nuestros hijos a ser lo que ellos quieran ser.

Ellos tienen que ser lo que quieran ser. A nosotros simplemente nos toca darles herramientas y dejarlos ser.

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La ola de calor…y aquel sudor nada agradable

Llegamos a los ocho meses de gestación, y dentro de mí agradecía porque muchos de los síntomas del embarazo de los que otras mujeres se quejaban, no habían hecho presencia en mí humanidad. Sobre todo uno con el que nunca me había llevado bien… el calor.

Todo parecía muy perfecto para ser verdad, cuando el calor me venció. Fue llegar a la semana 33 y un día, y empezar a experimentar el calor en otro nivel que mis sentidos desconocía; uno que aún no me explico bien.

Más desesperante era, que por esos días había un pequeño frente frío que tenía a todos el mundo abrigado, mientras yo no dejaba de sudar cual comiquita japonesa (y me disculpan los amantes de este arte por llamarlo así).

Me apetecía dormir con el ventilador a toda mecha, desarropada y con la menor cantidad de ropa posible, mientras mi esposo inocente del infierno que mis glándulas sudoríparas causaban, no dejaba de arroparme y angustiarse porque en su cabeza solo había zancudos (mosquitos) volando a mí alrededor, y obviamente él sentía un frío que mi cuerpo desconocía por aquellos días.

No les miento cuando les digo que más de una vez mi almohada amaneció empapada como si hubieran abierto una manguera en ella. Pero no una manguera cualquiera, era una que además traía consigo un mal olor, eso que por allá llaman mal sudor. Era como si el sudor oliera a rancio y no pueden imaginar lo desagradable que era para mi tener que lidiar con aquello.

Pero sinceramente señoras, el calor, como todos los demás, pasa. No sé bien en cuánto tiempo, porque sinceramente todavía a las 36 semanas seguía lidiando con él, pero no en el mismo grado de intensidad que las semanas previas.

Es que incluso, ahora que lo recuerdo, incluso el día que fui a dar a luz, con mis 41 semanas y 3 días, tenía un calorón que me permitía estar medio desnuda sin problema alguno en la sala de preparación para el parto, que de cálida no tenía nada. Pero a fin de cuentas, de alguna manera aprendes a vivir con el calor.

Particularmente yo trataba de dejarme llevar por lo que mi instinto me indicaba, así como lo hice con casi todo lo que tenía que ver con el embarazo.

¿Qué hacía? Me lavaba la cara y la parte trasera del cuello tantas veces como podía.

En las noches más calurosas utilizaba las compresas de hielo en la nuca y en la parte baja de la espalda como un paliativo, aunque con esto debes tener cuidado si la temperatura del ambiente está muy frío porque al final puedes amanecer resfriada.

Uno de mis momentos favoritos por aquellos días era llegar a casa de la calle tan acalorada, que deshacerme de la ropa y lanzarme sobre la cama con el ventilador de frente, se convertía en un placer tan grande que solo lo puedo comparar con satisfacer un antojo, y la guinda de la torta era aprovechar el momento para dormir un rato mientras el bebé se movía como recordandome que estaba allí.

Por esos días también evitaba el uso de cremas en el cuerpo por la noche, eso me hacía sentir mucho peor y la verdad es que si te van a salir estrías saldrán con o sin crema. Que si es cierto que es muy importante cuidarse, pero más importante todavía es estar cómoda mientras gestas vida.

A modo de reflexión les dejo este comentario del post original, que escribí cuando tenía 36 semanas de gestación. «¿Vale la pena? Pues sí, ahora que estoy más cerca del momento de tener a mi bebé en los brazos, me parece que este y otros síntomas valen la pena». Y hoy, cuando mi bebé ya tiene 30 meses, les reitero que todo ha valido la pena sin temor a equivocarme.

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¿Tenemos las mamás derecho a obstinarnos?

Desde hace unos días me pregunto si las mamás tenemos derecho a obstinarnos.

Sí, a pegar tres gritos y cerrar la puerta tan duro que hasta los vecinos se enteren de nuestro enojo.
Si, si, si. De simplemente decir «no, porque estoy molesta» o llorar porque sentimos que no damos para más. Obstinarnos de perder la paciencia y el objetivo por un momento en el que nuestro cerebro simplemente pide drenar todo esa energía que allí se acumula.
Yo no lo tenía muy claro hasta hace unas horas, y no lo tenía claro porque después de la explosión que la ira causa, uno siente una culpa tremenda. Y plas, la culpa te hace sentir la peor madre o esposa del mundo.

¡Wao! Me siento culpable por no saber manejar mis emociones ante los procesos que me toca enfrentar cada día, y que probablemente vengo arrastrando una carga con la que necesito ayuda, pero me cuesta mucho pedirla.

Es muy difícil, pero seamos sinceras con nosotras mismas; si vemos la maternidad como un proceso de autodescubrimiento ¿cómo es que pretendemos mantenernos serenas ante tantos cambios abruptos?

Es totalmente normal que reaccionemos de manera explosiva cuando no podemos entender lo que está pasando en nuestras relaciones familiares, y específicamente en nuestra relación con nosotras mismas.

Hace unos días una amiga, me decía que se sentía horrible porque le había dicho a su hija que se quería ir bien lejos después de una pataleta. ”Soy la peor persona del mundo, lo tengo todo y digo que no aguanto más”, repetía en medio de una crisis de llanto.
¡Hey, amiga! Claro que no, no por llegar a un punto límite eres mala persona, ni mucho menos mala madre. Pero es que es que todavía a nosotras nos cuesta entender que somos humanas y que por ende también sentimos y nos cansamos, nos molestamos, necesitamos tiempo para nosotras mismas y creo que a veces también necesitamos tiempo para esas explosiones, mientras no le causemos daño a nadie, y en esos nadie entran nuestros pequeños.
Escribo esto en este momento desde la calma y luego de una gran explosión. Les cuento que está mañana me molesté tanto, pero tanto que me tiré al piso y grite.

Sí, grite como grita un niño que está en medio de un berrinche, y además entendí por qué es tan importante contenerlos en ese momento.

Les confieso que mi rabia no me permitía llorar, pero estaba tan molesta que estaba mareada y yo sabía que tenía que drenar. Sára gritaba porque no quería ir al colegio, después porque si quería ir, que si quería un lado rosado después lo quería verde, que si no quiero ponerme zapatos y después quería ponerse dos… yo mientras tanto venía acumulando molestias desde hace días y aquella escena que era eterna y me volvía a hacer perder una cita importante, me colapsó. Así que me lancé al piso y grité.

Su cara fue un poema, se quedó paralizada pero me dijo “mamá no pasa nada. Yo estoy molesta”.

Mi reacción fue llamar al padre y hacer que interviniera en la situación y allí entendí varias cosas que ahora les resumo.

Mi cuerpo tiene meses diciéndome que necesito respirar de una manera diferente. Que necesito dormir, que necesito no tener tantas responsabilidades de otros y hacerme más responsable por mí misma, y sin querer algunas de mis frustraciones las percibió mi hija.

Ella tiene días diciéndome sin motivo aparente “mamá, aquí estoy”. Lo repite una y cien veces cuando mi cerebro está como apagado.

Esta mañana, antes de la tormenta, la primera cosa que escuché fue eso, “mamá, aquí estoy yo”. Y aún así no reaccioné, porque yo no quería estar en ese momento con nadie más que no fuera yo misma, pero para mí desgracia no quise pedir ayuda porque me sentí infinitamente culpable de querer tomar un respiro.

Me sentí completamente miserable de pedirle cosas al padre que simplemente él no quiere hacer, pero me sentí forzada a hacer cosas que yo no quiero hacer y colapsé, después de que mi hija, que solo quería decirme que estaba allí conmigo, llegó a su punto de estallido.

Pero a todas estas, después de una hora y media de lucha, y de haber llegado al colegio yo seguía molesta. Estaba incomoda y sé que ella también lo estaba al punto que ni siquiera quiso despedirse de mí. Así que decidí caminar mientras llamaba para excusarme con mi cita por el embarque que acababa de consumar.

Caminé y caminé hasta que el Sol me calentó tanto que me hizo entender que había hecho un berrince con 32 años. ¡Wao, hice un berrinche! Y ahora no me siento mal, me tocó dejar la culpa de lado, ser adulta y asumir que parte de ser humano también tiene que ver con entender que no todos los días son buenos.

Pero más allá de los días buenos o malos, las cargas que llevamos sólo deben ser aquellas que queremos. Ojo con esto, no estoy hablando de abandonar a los hijos ni nada por el estilo, sólo hablo de organización acorde a nuestras necesidades.

¿Cómo lo hago? Pues, antes de escribir esto me tracé un plan. Es decir, que si yo tengo que ir a clases a las 9 de la mañana y a mí me cuesta más que al padre tener lista a la niña a la hora para cumplir con mis obligaciones, entonces nos tocará organizarnos para que el padre sea quien asuma esa responsabilidad.

Que si todos los días soy yo quien hace los almuerzos, pero hay un día en el que yo llego más tarde a clases porque me toca dar clases de noche, pues tengo que delegar que por ese día o se come en la calle, o es otro el que cocina. Que si la ropa sucia está por toda la casa y a mí me molesta, o lo digo o empiezo a botar la ropa y se acabó.

Les confieso que esta pataleta de nosotras dos hoy me hizo descubrir muchas cosas, no sólo de mi hija sino incluso de mí y de la forma que he escogido para criar, y también la forma en la que llevó el hogar.

Las enumeraré para que sea más fácil de reconocer, pero creo que a lo largo del texto se los he ido diciendo, es válido que mamá se agote y se obstine. Lo que no es válido es que mamá sienta culpa por sentirse mal. ¿Qué aprendí hoy?

  • Los berrinches deben ser contenidos desde la paz.
  • Si algo me molesta de otra persona o de determinada situación, tengo que decirlo.
  • Acumular emociones afecta la salud y eso no es bueno para nadie.
  • Los hijos deben vernos como humanos en principio, para después entender que trabajamos con ellos movidos por el amor.
  • Drenar las emociones a través de cosas que me gustan, es una forma sana de mantener mi salud mental.
  • Comunicación es vital.
  • Nuestros hijos perciben nuestras emociones y al no saber identificarlas, se sienten frustrados.
  • Los hijos no tienen la culpa de nuestras frustraciones.
  • Nunca debemos sentirnos culpables por querer tener tiempo para nosotras mismas y nuestros proyectos.

Espero sea de ayuda para ustedes, y si algún día quieren drenar, por aquí las esperamos.

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Estar presentes (de verdad)

Desde que soy mamá tiendo a escucharme un poco más. Sin embargo el ruido a veces me distrae y de alguna manera terminó entendiendo qué necesito estar en sintonía con lo que creo y sobre todo con los míos.
Para nadie es un secreto lo que hemos vivido los venezolanos (dentro y fuera del país) en las últimas semanas, y sin duda eso me ha llevado a desconectarme de quienes son mi prioridad para ocupar mi mente en situaciones que generan angustia en mi, y que por ende generan desestabilización en mi núcleo familiar.
Hace unos días caí en cuenta de que estaba con Sára sin estar, y ella estaba reclamandome eso de una forma que me incomoda mucho pero con todo su derecho, pues se sentía ignorada o desplazada de alguna manera.
Entonces empecé a poner verdadera atención a los detalles, y el celular más que un puente se convirtió en una grieta entre nosotras.
¿Qué tuve que hacer? Pues desconectarme un poco. Esa práctica de dar pecho, pintar o jugar con ella teniendo el celular en la mano no era más que una falta de respeto al tiempo que era exclusivo para ella o incluso para su papá. Así que me ha tocado ESTAR con ella no sólo de cuerpo presente sino también de mente.
¿Les ha pasado que llega un momento en el que simplemente no entienden por qué sus hijos tienen ciertas actitudes? Lo más increíble es que no vemos para adentro sino buscamos afuera el origen de estas situaciones.
Yo no entendía por qué mi hija sentía que era correcto llorar cuando quería pedir una cosa en vez de pedirlo. Tuve que preguntarle qué ocurría y me dijo «Fulanita llora para que le den lo que quiere». 
¿De dónde lo sacó? Me pregunté inmediatamente, y la respuesta fue clara; de la serie que yo según veía con ella, pero como mi mente no estaba allí no me permitió ver que allí había una actitud que podía copiar para mal.
Es todo un tema, porque soy la primera en supervisar lo que ella ve y juega, lo pruebo primero antes de permitirlo, pero sí, a veces no estar conectados nos crea estos vacíos que pueden ser muy dañinos.
«Mi mamá juega mucho con el celular y yo quiero», le dijo en una conversación imaginaria hace unos días a su abuelo mientras usaba un celular de juguete. Eso me hizo poner los pies en la tierra, pues mi hija está copiando lo que yo hago para llamar mi atención. Y créanme que algo que no quiero es que mi bebé se sienta desplazada de mi vida y menos por un aparato.
Qué sí, que entiendo que a veces este aparatico es la salvación para muchos pero definitivamente no me interesa si tengo que dejar de tener tiempo de calidad con mis afectos para irme a una vida virtual.
Entonces llega la hora de manejarlo y ¿cómo hacerlo? Poniendonos nosotros mismos limites que nos mantengan realmente conectados con quienes nos rodean, en especial si son nuestros hijos a quienes tenemos que dedicarle especial atención en sus años de formación.
En conclusión he venido tratando de dejar a un lado el teléfono para mantenerme concentrada en lo que me toca vivir ahora, pues entiendo que mi familia no necesita una mamá virtual sino una mamá presente, y sí yo espero lo mismo de ellos es lo mínimo que tengo que dar.
Evitar usar el teléfono cuando estamos jugando, evitar el uso de vídeos para distraerlos mientras nosotros nos ocupamos de manejar redes, tener horarios acordes con sus rutinas y sobre todo con el tiempo que pasamos con ellos, así como reencontrarnos siempre en la mesa, son algunas de las cosas que ponemos en práctica y que nos es tan funcionando para mantenernos de cuerpo y mente presente en la crianza de nuestra pequeña.
¿ustedes como lo llevan?

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Me llaman mala madre…¿con qué derecho?

Sí, yo también soy esa mala madre que de vez en cuando quisiera quedarse un rato más sola en la cama. Ni contarles de las veces que me he quedado con hambre por darle eso que tanto me gustaba o quería a mi hija, pero soy una mala madre por desear tener al menos un día a la semana una comida caliente en manos, sin los brincos inesperados de los peques.

Sí, a veces también soy esa mala esposa que no quiere sexo, sino solo un abrazo o un beso, que me recuerden lo bien que lo está haciendo. Otras tantas, soy la mala madre que quisiera tener unas horas a solas con su esposo, sin pensar en niños, sin hacer cosas de familia, solo de pareja.

Sí, yo también soy esa mala mujer que no tuvo tiempo para arreglarse todos los días, con tal de que a sus hijos no les faltara nada en el colegio y estuvieran de punta en blanco en todas sus citas.

Mala madre que luce cansada, desajustada, descuidada. Mala madre que para muchos no hace nada, solo cuida a unos niños, los mantiene vivos, les enseña cómo hacer las cosas, los educa, les muestra como ser independientes mientras dependen de ella para todo. Nada más los ayuda a vivir, pero no hace nada más.

Mala madre soy también porque ya no he podido volver a la oficina y no produzco suficiente dinero para llevar los gastos de la casa. Todo, gracias a haber decidido criar, gracias a haberme quedado con mis hijos en casa para que no fuera un desconocido el que los cuidara en sus primeros años de vida.

Sí amiga, yo también confieso ser de esas madres que somos denominadas malas madres por la sociedad, las mismas que salieron de la cama a preparar comidas a pesar de la fiebre y el malestar.

Mala mujer que ni ha podido siquiera terminar los proyectos que se había planteado en casa. ¿Qué hará, pasará sus días durmiendo?

Vi el otro día una de esas malas madres en el parque, que se retorcía del dolor de vientre y de cabeza en sus días, pero aun así intentaba sonreír y jugar con sus tres niños, todos menores de 5 años, en plena etapa eléctrica de la infancia. No sabía si abrazarla o quedarme con sus hijos para que ella tuviera al menos media hora de descanso, pero yo misma estaba siendo una mala madre en ese momento, olvidando todo lo que tenía pendiente en casa para enseñar a mi hija que ensuciarse a veces no es malo, que jugar descalzos en la arena no está mal.

Mala madre retumba en mi cabeza, mientras una sociedad injusta hace lo que mejor se les da, juzgar sin ponerse en los zapatos de otro. Realmente a estas alturas, me ha dado por no escuchar lo que dicen.

Otro día iré en el autobús y seguro mi bebé llorará por cualquier cosa, y seré la mala madre que no la calma con rapidez, que deja que la bebé llore y moleste a quienes me acompañan en el camino. Y por dentro no pensaré nada, seguiré simplemente haciéndome la loca, porque nadie tiene el poder de juzgarme más que Dios.

La verdad es que no, no soy una mala madre, y creo al menos que tampoco he sido en este tiempo de maternidad una mala esposa. De hecho, no creo que ninguna de nosotras seamos malas madres, por lo menos no por elección propia; ni las que nos quedamos en casa con los peques, ni las que tienen que salir a trabajar porque no hay otra opción.

Solo somos humanas, simples mortales que nos vemos sometidas a los juicios de terceros, que poco tienen que ver con nuestras vidas. E incluso, cuando el reclamo venga de casa, sería bueno respirar profundo y empezar a delegar, porque la presión –bien sea social o económica- muchas veces puede hacer de las suyas y llevarnos a decir cosas hirientes, muchas veces sin sentido.

¿Has pensado alguna vez en cómo serán las cosas en casa cuando te reincorpores al mercado laboral? ¿Está claro ese panorama para todos en el hogar? ¿Has planteado alguna vez la posibilidad de tener citas con tu pareja lejos de los niños? Ese tiempo necesario de cultivar el amor, la pareja e incluso el bienestar mental.

Te repetiré que no soy una mala madre, mi hija nunca será un estorbo para mí, y por el contrario en estos más de dos años de maternidad se ha convertido en mi amiga, mi compañera de aventuras ó como yo le digo “la asistente de mami”, pero sobre todo se ha convertido en una escuela de vida para mí, ya que a través de ella, de su crianza, me he podido reconectar con muchas cosas que estaban dormidas dentro de mí, y he empezado a darle importancia a lo que realmente es esencial para vivir.

No obstante, para que la familia esté bien, mamá tiene que estar bien en todos los sentidos, y es necesario siempre tener ese momento para uno, para conectarse con lo que uno desea e incluso para descansar, para meditar, para hablar con alguien de tú a tú.

Mamá, si me estás leyendo y te sientes identificada, déjame recordarte algo, ¡Lo estás haciendo bien! ¡Tú no eres una mala madre –yo tampoco lo soy-! Solo falta hacer algunos simples ajustes, pero todo esto también pasará y seguro lo extrañarás.

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El insomnio de mi embarazo

Cuando te embarazas literalmente la vida te cambia, y no me doy cuenta hasta hoy, que tengo 30 semanas recién cumplidas, que eso es así. Mi vida ya no es del todo mía, es de mi bebé y de los millones de ideas que recorren mi cabeza cada día como si de un río desbocado se tratara.

Pasan cosas como que te despiertas un domingo lluvioso y frío, a un cuarto para las siete de la mañana y prefieres sentarte a escribir en la sala, que continuar empiernada con tu esposo. Sí me lo hubiesen contado hace un año atrás o tres meses antes no habría creído ni una palabra.

Lo peor es que cuando le comentas a las personas cercanas de estos episodios, no paran de repetirte “tú no estás para preocuparte por nada”, como si esa fuera la oración de la mañana, y realmente ha ocurrido que no me despierto por estar preocupada, y mira que sí debería estar preocupada, porque en esa lluvia de ideas no todo lo que se le pasa a uno por la cabeza es bueno y maravilloso; yo particularmente tengo muchas preocupaciones encima, como las deudas pendientes, el hecho de que por primera vez en mi vida no estoy produciendo dinero, porque uno de los grandes cambios del embarazo fue tomar la decisión de dejar mi estresante trabajo como periodista de sucesos, vivir en un país como este donde el miedo es lo único que tenemos todos en común, entender todos los cambios que continuarán viniendo a mi vida con la llegada del bebé, porque de verdad, ya tu vida no será del todo tuya, y créeme que aunque habrá días que no dudo serán difíciles, lejos de lo que pensé desde pequeña, no cambiaría por nada del mundo la experiencia de ser mamá.

Pero bueno, volviendo al tema inicial, y lejos de todo lo que piensan quienes saben de mis repentinos desvelos, no estoy despierta por mis angustias sino por reflejo, porque cuando esto ocurre me despierto como si me hubiesen catapultado de la cama y me hubiesen dado un golpe de realidad. Y sé que en unas horas dormiré como si hubiese corrido el maratón de Nueva York dos veces seguidas, sin importarme en lo más mínimo lo que suceda a mí alrededor, en la casa pueden estar tumbando las paredes y puedes apostar que me importará poco eso antes que dormir profundamente. Pero ahora, en este momento, sólo me interesa estar despierta, y me interesa de una manera que nunca antes había experimentado. Te cuento por qué.

Si esto te está pasando a ti, no sientas que te estas volviendo loca, siéntete viva. Resulta que desde que sufro de estos episodios repentinos, desde hace unas dos semanas, que me pueden dar además a las 3 de la mañana o incluso a la una -porque cierto es que rara vez pasa tan cerca del amanecer-, más que ponerme a pensar en todas esas cosas que me generan angustia, me ha dado por sentarme frente a la ventana a disfrutar de lo que no tenía tiempo para ver antes.

Hoy por lo menos decidí sentarme a escribir, que es mi gran pasión, pero mientras lo hago disfruto de ver cómo las gotas de lluvia caen sobre los árboles de la montaña que rodea mi edificio, hoy siento más profundo el sonido de una quebrada que pasa cerca de la casa, y aunque realmente creo que debe ser agua sucia, para mí, en mi mente, hoy esa es agua clara y limpia, sólo lo estoy disfrutando.

Tal vez es tan intenso lo que estoy viviendo, que hasta fantasioso parece, si hasta Miguelito, el pajarito que vive con nosotros en casa desde hace más de doce años, ahora recibe más visitas de otras aves que nunca antes, y si les digo que increíblemente algunos de ellos llegan con sus crías y no tienen miedo de acercase a mí mientras yo me encuentre inmóvil, no les miento.

Me atrevería a decir que nunca mis ojos habían detallado tanto los colores y los contrastes a mí alrededor, a pesar del día gris.

Verdaderamente pasan cosas maravillosas que pueden parecer tonterías, pero que en realidad son los pequeños detalles de la vida que hacen que todo merezca la pena. Así me siento yo hoy, y todo ha sido tan especial, que como pocas veces en la vida de un periodista, no me debato con una página en blanco, simplemente me dedico a llenarla fluidamente de una historia que es tan real como la de cualquier mujer embarazada.

Si me pongo a pensarlo, nunca había estado tan viva como lo he estado en los últimos siete meses de mi vida, no sólo por el hecho de que dentro de mí se está generando una vida nueva, sino porque enterarme de ese nuevo ser me hizo caer en cuenta de que la vida misma es más que un trabajo y un sueldo, más que una salida o la nueva colección de ropa de tu tienda favorita, que es más que muchas cosas a las que nos acostumbramos, me hizo entender que la vida está hecha de detalles simples, que son los que realmente te hacen feliz y mejoran tu existencia.

Obviamente no soy especialista en embarazos, ni mucho menos en vida, pero lo que sí te puedo decir, siendo una futura mamá tan real como tú, es que si estás pasando por esto, simplemente vívelo y agradécelo.

No pierdas tiempo, porque todo pasa mucho más rápido, y nada nunca vuelve a ser como antes. ¡Sé feliz!

Tomate ese cafecito que tanto te provoca, siéntate en el sofá que tenías tanto tiempo que no disfrutabas, pon la música que tanto te gusta o simplemente escucha el sonido de la lluvia al caer; háblale a tu bebé, disfruta sus movimientos y ríete con ellos, no te preocupes tanto por la cama que no has tendido o por lo que no has podido limpiar, simplemente ve a tu alrededor y decide qué es lo verdaderamente importante en tú vida en este momento. Esa es una de las pocas cosas en las que tu vida te sigue perteneciendo, y créeme cuando te digo que vale la pena.

Ya vendrán otras experiencias.

A los 13 días del mes de marzo de 2019, más de dos años después de haber escrito esto, lo comparto con ustedes desde un amor muy grande. Leerlo me ha devuelto a aquel sofá verde perico que decora la sala de mis padres, he escuchado de nuevo la lluvia y he visto a lo lejos como El Ávila se abre paso entre las nubes blancas que decoraban aquella mañana el cielo.
Querida futura mamá, te hablo desde el futuro y te digo que todo lo que dice aquí es verdad, no cambiaría por nada la experiencia de ser mamá y todo lo que me ha traído a la vida entender que estoy más viva que nunca. Te abrazo.

Maternidad

Heroína sin capa

Esa mujer que va ahí en el Metro con sus 4 hijos a cuestas, todos menores de 6 años, es una súper estrella; pero ella no lo sabe.

Mientras todas las miradas se fijan en ella, miradas despiadadas y juzgadoras de una situación que no les corresponde, ella sólo se concentra serena en mantener a tres de sus retoños sentados cómodamente en el asiento del tren.

El cuarto de los niños, apenas de meses, lo lleva a cuestas.

Yo dentro de mi pienso que debe tener ojos hasta en la espalda, es una Rock Star y no lo sabe. ¿Cómo no se da cuenta?

Esta peinada, no de salón pero está arreglada; se nota que ha puesto al menos un poco de atención en ella. Para mí eso es bastante porque a veces yo con una no puedo siquiera recordar si me he cepillado los dientes. -¿Qué dices Carla?- Sí que me ha pasado.
Esa mujer a simple vista es una Diosa y no lo sabe.

Y no lo sabe porque afuera hay una sociedad que la juzga, que emite comentarios sobre sus decisiones sin pensar en sus sentimientos, que prefiere llamarla loca o cómoda antes de preguntar cómo se siente ella.

Yo desde mi esquina no creo que la sociedad vaya a cambiar su percepción de la mujer, y mucho menos de la mujer que decide ser madre. Pero estoy convencida que si desde el amor les explicamos a los hijos nuestro rol, las cosas para las futuras generaciones cambiarán.

«Mundo de hombres» dicen algunos, pero no podemos seguir justificándolo y nosotras mismas sentirnos inferiores por lo que hemos escogido hacer. Y me incluyo, porque es verdad, yo también me he sentido mal cuando alguien me pregunta por qué no he vuelto a una oficina después de tener a mi hija.

La cosa es que nadie recuerda que antes de ella yo era de la que no distinguía entre miércoles o domingos, que viajaba ligera por el país acompañando a diplomáticos de otros países, haciendo relaciones públicas y mandando noticias. Mi trabajo no tenía horarios, a veces entraba a las 10 y eran las 3 de la mañana y yo seguía en la oficina. ¿Cuántas veces no salí de noche y deje la cena familiar en la mesa para ir a cubrir una pauta?

Deje ese vacío muchas veces en mi familia, en mi pareja, en mis propios padres que se quedaron esperándome en alguna sala de conciertos a la que nunca llegué pese a tener un compromiso con ellos.

Ellos nunca me juzgaron, pero sé que me extrañaron y se dieron cuenta de que seguía el ejemplo que me habían dado, estaba trabajando en lo que me gustaba sin limitaciones de espacio o tiempo, y la familia no era lo primero, sino el trabajo.

Pero cuando llegó Sára a nuestras vidas, para mí todo cambió. Yo no quería que mi hija fuera nunca la niña que se quedaba sola en el salón porque su mamá no había llegado a tiempo a buscarla, no quería que fuera la muchachita que dijera su primera palabra lejos de mi vista, ni perderme muchos de sus avances y desarrollos porque yo tenía que cumplir con un trabajo.

La maternidad, en mi caso, reformuló mis metas y sueños y me hizo conectarme mucho más con lo que yo de verdad quería de la vida… pero nadie me lo ha preguntado, y los pocos que se han atrevido no se han quedado satisfechos con mi respuesta. Seguro a esa mamá del Metro tampoco la han considerado un poco, pero es bastante que ella misma se considera y lo digo por su apariencia.

Quisiera haber sido valiente y preguntarle su nombre, preguntarle si necesitaba ayuda con los niños para subir las escaleras, pero es que ella estaba tan cómoda en su papel que atreverme a aquello podría haber sido incómodo para ella.

Pero la verdad es que quería acercarme y decirle ¡Te felicito!. Porque aquellos niños, que son el futuro de este mundo, lejos de lo que muchos pueden pensar, se mantuvieron a tono y educados en todo momento. Uno le preguntaba “¿Mamá cómo se llama la estación dónde vamos?” y ella respondía y les hacía otra pregunta, a la que respondía con picardía alguno de los otros niños. Entre ellos tenían una conversación amena, fraternal.

Viendo aquella escena de la que pude ser testigo por escasos 7 minutos, volví a entender que el mundo no es de una persona, menos de un género, el mundo es de todos, y ella estaba preparando a sus hijos para ese mundo de todos.

¡Gracias heroína por regalarme una visión tan amplia de la vida, en tan escaso tiempo!

Maternidad

El plan de parto: del dicho al hecho.

Cuando supe que estaba embarazada, ni siquiera sabía que quería un hijo. 24 horas más tarde estaba convencida de que era una de las cosas que más había deseado durante mucho tiempo, pero así como estaba convencida, también tenía un montón de preguntas en mi cabeza sobre todo lo que me venía por delante.

Viviendo en una sociedad como la latina, donde hay muchos opinólogos y pocas referencias cercanas de apoyo, mi cabeza era una total confusión. Recuerdo que a los pocos días de saber que venía mi bebé en camino me regalé un libro que deseaba leer desde hace mucho, “De pura madre” de Ana María Simon, y fue allí que por primera vez leí la palabra mágica “plan de parto”.

Del libro les puedo comentar luego porque de verdad para mí fue como un mantra en el embarazo, y mi forma de entender que todo lo que estaba sintiendo, de dejarme llevar por mis instintos, era totalmente normal.

¿Pero qué era ese plan de parto del que se hablaba? ¿Cómo funcionaba? ¿En mi país realmente se aplicaba?

Así fue como me puse a averiguar, y encontré que el plan de parto se utiliza en muchos países y que es una especie de documento en el que la mujer refleja sus preferencias, necesidades, deseos y expectativas sobre el proceso del parto. En pocas palabras, es decirle a tu médico –y también a tu familia- cómo quieres parir, cuándo, dónde, quiénes estarán allí y bajo qué condiciones.

Con cuatro meses de gestación empecé a maquinar todo según lo que mi corazón me dictaba. En la siguiente cita con mi doctora, a penas entré a la consulta le pregunté si podíamos hacer un plan de parto personalizado, y mi querida doctora (que terminó convirtiéndose en un pilar de ese plan) quedó encantada de que le hubiese preguntado y la hubiese incluido en mi planificación.

Entre los cuatro y los siete meses nos fuimos planteando todo el panorama, escribiendo ideas y también de alguna manera experimentando cómo nos sentiríamos cómodos papá y yo.

Y en el mes siete llevamos una lista con nuestros requerimientos, y junto a nuestra doctora discutimos uno por uno los puntos que habíamos escrito juntos (aunque yo lo había escrito sola practicamente).

Evidentemente todo no era posible de hacer, porque por lo menos yo pretendía parir en una habitación sola con mi esposo, la doctora y una doula y el centro de salud que habíamos escogido para el gran día no lo permitía; pero tampoco podíamos arriesgarnos a hacerlo en el lugar donde esto si hubiese sido posible, y aunque primero me costó mucho asimilarlo, esta fue la mejor manera de estar preparados psicológicamente para la llegada de nuestra pequeña.

Podría enumerar las cosas que solicité además de eso, siendo la primera respetar siempre que la bebé decidiera cuando nacer. No quería pautar una cirugía ni un parto inducido, estaba negada a esa posibilidad y en esa situación llegamos hasta el último día posible, hasta que ya era un riesgo para nosotras dos seguir esperando.

Además de esto, no quería bajo ninguna circunstancia tener una cesárea. No obstante, llegado el día y por una situación que no vale la pena describir, yo misma pedí a gritos que me hicieran la cesárea lo más pronto posible. Recuerdo haberle pedido disculpas a mi esposo por cambiar de opinión, y que mi Doula llamó a nuestra obstetra para decirle “Carla está pidiendo una cesárea”, y la doctora no lo creía posible. Incluso esto hizo que ella abandonara su consulta y bajara inmediatamente a la sala de partos a hablar conmigo.

Por otro lado, mi esposo y yo estuvimos siempre de acuerdo en que queríamos un parto respetado con apego temprano. Esto quería decir que una vez se cumplieran los procedimientos de rutina la bebé fuera inmediatamente pegada a mi pecho, y para eso contamos con el increíble apoyo de la doula, que apenas recibió autorización médica me entregó a mi bebé.

Otro de mis requerimientos fue estar solos mi esposo y yo hasta que la bebé llegara al mundo, y que en ese primer día de vida solo nos acompañaran nuestros padres y hermanos.

Viniendo de una familia tan grande, me era inimaginable tener que compartir las primeras horas de vida de mi hija con medio centenar de personas. Y sé que esto fue muy mal visto por algunos familiares, pero la intimidad que tuvimos ese día en aquella habitación no la cambiaría por nada. Me sentí completamente conectada con mis padres y con mi hija a la vez, estar de esa forma en una paz inexplicable fue clave en mi recuperación.

Nuestro plan de parto también incluía música y una luz tenue, y a pesar de contar con esto, terminamos no haciéndolo porque al final muchos de nuestros planes cambiaron aquel día por la forma en la que yo me sentía más cómoda.

También quería que mi esposo estuviera en cada segundo a mi lado y por protocolos médicos hubo algunos momentos en los que él no pudo estar presente. Sin embargo, nunca estuve sola, contar con una doula que había sido parte del equipo médico de la clínica escogida, fue un gran plus.

Mi hija nació en la fecha tope para venir a este mundo. Inicié un parto inducido y aunque había dilatado bien, en medio del camino ella decidió devolverse. Hoy nosotros lo vemos como que ella decidió nacer por cesárea para no lastimar tanto a mamá, y aquella noche descubrimos lo comprometida que estaba nuestra doctora con nosotros, cuando fue a revisarme después de la cirugía y se sentó como una mamá a explicarme que no era yo menos mamá por no haber podido parir.

Les hablo del plan de parto porque es sumamente importante entender que la llegada del bebé a este mundo no es algo casual, sino causal. Y es necesario para los nuevos padres, y también para los médicos, entender qué esperamos de ese día donde una bomba atómica de emociones explota gracias a las hormonas.

Querida futura mamá, yo de todo corazón te invito a escribir todo lo que tú esperas del día de tu parto. Bien sea que tengas claro que buscas una cesárea o un parto natural, si quieres apego temprano o si prefieren que le den un biberón al bebé, si quieres que te visiten o prefieres estar sola…todo lo que tú imaginas, escríbelo, incluso tus miedos sobre ese momento. Visualizar ayuda mucho a prepararse para todo lo que ocurre en un día tan acontecido como es la llegada de tu bebé.

Maternidad

Mis ojeras y yo

Esas ojeras que hoy ves en mi son parte de las marcas que me ha traído la maternidad. ¿Y sabes qué? No me pesan. Tal vez para ti, que ves todo de afuera sea sinónimo de una lucha sin sentido, pero para mí, que soy la madre, tiene un valor inigualable.

Esas ojeras que hoy te causan risa, esta vez no son producto de una fiesta veinteañera, ni de un trasnocho por estudios, son el resultado del trabajo más lindo que me ha tocado desempeñar.

Esas ojeras que hoy me acompañan no se irán esta vez con el café de la mañana, y probablemente no tenga muchas ganas de usar maquillaje, pero ¿Para qué ocultar mi belleza natural si a mí no me molesta?

Mis ojeras, las nuevas manchas que tengo en mi piel, la cicatriz de mi cesárea, no son nada en comparación al amor que me recorre el cuerpo desde que el motivo de todos estos “males” llegó a mi vida.

¿Te había dicho que soy mamá?

Pues sí, soy mamá entregada y libre. Soy mamá que ama sin medida y que no ve nada de malo en entregar tanto amor como pueda a sus hijos. Soy la mamá de un ser humano que está creciendo desde el amor, el respeto y los valores, y me siento orgullosa de ello.

“You are kind, you are smart, you are beautiful”, es mi mantra para mi hija todos las mañana antes de entregarla en el colegio. ¿Cómo podría yo enseñarle a ella que lo que importa es lo de adentro, si no se lo demuestro?

Querida amiga que también eres mamá y me dices “tienes una cara de destruida amiga”. No seas cínica, guárdate el comentario y dame ese abrazo que tanto necesito. Recuérdame todas las cosas que en algún momento hice y que pronto volveré a hacer, porque este tiempo de criar pasará rápido. Recuerda que cuando fuiste tú, quien estuvo en el lugar que ocupo hoy yo, jamás de mí salió una palabra que te desmoralizara.

Querido esposo, no me anules, ámame aún más con mis ojeras, con mi cabello desaliñado y soso, que es la marca del amor que les pongo a nuestros hijos y la foto que guardaras en tu corazón cuando me vuelvas a ver como la reina que soy. Este tiempo de agotamiento también pasará, así que cuídame ese amor que nos juramos para disfrutarlo también cuando los niños se vayan.

Mamá que me lee, no sientas pena porque hoy no estás arreglada, porque usas los mismos jeans desde hace una semana o porque has repetido la franela que llevabas ayer. Si no te gustan tus ojeras, maquíllalas pero no te sientas menos por ellas.

Que si tienes tres días en la casa en pijama. Lávate la cara y ponte una ropa con la que te sientas a gusto, vístete para ti, no para los demás.

¿Que tus amigas te critican porque ya no vas a la peluquería? Entonces ellas son quienes deben revisarse, porque tu belleza interior sobrepasa la exterior. Eres mamá, estás criando, estas formando el futuro del mundo, y esa es la labor más difícil que cualquiera puede enfrentar.

Lo más increíble de todo es que esto también pasará, y es por eso que es tan importante que tú seas la primera en no anularte de la historia.

Que sí, que tus hijos te necesitan, pero también te necesitan coherente con lo que quieres enseñarles y es por eso que es importante que así como tienes tiempo para todo, tengas tiempo para ti. 10 minutos, una hora, un día, en que te cultives, te revises, te desconectes, descanses y recargues todo lo que tienes para dar.

Querida mamá, esto también pasará y como todo en la vida, será muy rápido. Puede que ahora que pasas horas en el sofá dando pecho a ese pequeño ser que creaste, veas todo oscuro y eterno, pero no es más que tu mente haciéndote una mala jugada, porque todo se acaba en un abrir y cerrar de ojos.

Te hablo de esto porque yo también he estado ahí, y hoy cuando me vi al espejo vi una cara cansada, me eché agua fría y lo primero que salió a flote fueron mis ojeras, de esas que tenía meses sin ver. Pero no me quise maquillar, ¿para qué si no me gusta y esta soy yo tal cual soy?

Salí a la calle y la primera persona que me vio me regaló una sonrisa. Sé que le sonrío a mis ojeras más que a mí, y sé también que por su mente habrá pasado el “pobre mujer”, y por eso decidí dedicarte estas palabras.

No es pobre la mujer que cría y entrega en su medida correcta el amor a sus hijos, es pobre aquel que juzga sin pensar en el daño que causa al otro.

No decaigas mamá, ama mucho que el tiempo es corto.

Maternidad

Infancia feliz, adulto saludable

Si desde el principio lo viéramos tan clarito la historia sería otra. Si desde el principio entendiéramos que todo lo que pasa en la infancia define la salud mental del futuro adulto, estoy muy segura de que todos tomaríamos la crianza como un asunto vital.

Si a veces nos pusiéramos en los zapatos del niño que llama la atención, que se pone inquieto y que según los adultos “saca de sus casillas a cualquiera”, veríamos que muchas veces sus comportamientos dependen de nuestra actitud, de nuestros sentimientos e incluso de nuestro inconsciente, porque inconscientemente los bloqueamos, los ponemos a un ladito y de alguna manera les decimos que no son tan importantes como en realidad lo son.

Imagen cortesía de @psicologia21

¿Cuántas veces escuchamos a otros padres -y a nosotros mismos- decir «es que no sé por qué ese niño es así?.

Y entonces el que esta viendo por un huequito ríe con picardía, porque lo que el padre no ve, es que el niño, que es una esponja, está copiando sus actitudes, sus palabras, está tomando nota para el futuro.

La verdad cada día me sorprende más escuchar a algunas personas decir que ellos recibieron bastantes golpes de sus padres y que por eso no están rotos o deprimidos, mientras el resto del universo se da cuenta de que esas personas tienen deficiencias emocionales graves.

“Es que me pegaban porque me burlaba de mi amigo”, “me pegaban porque no ordenaba las cosas», “me pegaban porque no prestaba atención”, y resulta que los golpes no hicieron nada porque de adultos son burlones, son desordenados o despistados, y peor aún van por la vida buscando la aprobación absoluta de sus padres en todo, y esos padres son personas completamente lejanas a estos seres.

Y con esto no quiero decir que el padre de hace 20 o 30 años atrás fue malo por golpear, estoy segura que muchos de ellos lo hicieron porque fue lo que aprendieron, porque no hubo una luz en su camino que les hiciera ver que con los golpes solo infundían miedo y recalcaban sentimientos de inferioridad en los niños.
-Carla, ¡es que tú eres muy liberal con Sára!
-¡NO!.
Y siempre será mi respuesta, porque aunque no me importa mucho lo que los demás crean sobre la crianza de Sára, les explico que eso no es así porque mi hija tiene límites claros, tenemos determinados puntos que no negociamos y aún así la amamos sin límites. Aunque crean que no tenemos límites en otras cosas como rutina y disciplina, en nuestro tipo de crianza sí existen los límites, pero también existe el respeto y la negociación.
Creánme que es muy delicado tocar este tema, porque estoy segura que cada uno de nosotros está haciendo lo mejor que puede desde su corazón para lograr que sus hijos sean adultos de bien y sobre todo felices.

Yo solo les puedo decir cómo madre y cómo hija que estoy agradecida por haber sido cuidada desde el amor y no desde las amenazas, y sí, miren que tuve limitaciones, siempre lo digo y sin pena, la primera vez que dormí fuera de mi casa fue a los 19 años, y en casa de una amiga previa conversación de nuestras madres, por ejemplo. Pero fueron esos límites los que me permitieron a su vez cononcer la vida desde el respeto, y todas las libertades que mis padres me dieron, al incluirme en las decisiones de familia y en dejarme escoger siempre a mí lo que yo quería o no hacer, me hizo apreciar la libertad.

Mi esposo, vino de una crianza totalmente diferente, y hoy es una de esas personas que se niega a golpear, a castigar y que cree que la palabra, el diálogo, la atención y el tiempo de calidad en familia, es más eficiente que un golpe.

En casa siempre hablamos de criar con valores, con amor, con respeto, porque no basta con desear un mundo mejor para nuestros hijos, si no los preparamos a ellos para ser mejores adultos capaces de merecerse y vivir ese mundo.
Nosotros estamos #CriandoHumanos y en eso se empieza en el corazón de un niño, allí es donde debemos sembrar la esencia del adulto del futuro.

Entonces ¿Para qué dañarlo con golpes que los conviertan en esclavos del silencio? 

Maternidad

Mamá en casa, mamá valiente

El papel de las mujeres que decidimos quedarnos en casa se ha subestimado cada vez más con el paso del tiempo. Tal vez se deba a las generaciones anteriores que fueron educadas para que las mujeres tuvieran un espacio solo en el hogar, y a medida que fuimos ganando terreno fuera de la familia no le quedó más a la sociedad que intentar imponernos una etiqueta que hoy es usada como un estigma.

Estar en casa no significa que no estemos haciendo nada, así como trabajar fuera de casa no implica necesariamente estar haciendo algo productivo, porque como todo en la vida, esto también es relativo.

A diario comparto con mujeres increíbles que se sienten culpables de quedarse en casa al cuidado de los hijos durante la primera infancia, confieso que yo misma me he sentido así en ocasiones. Pero luego recuerdo la falta que me hizo mi mamá muchas veces mientras estaba en el trabajo, y entonces comprendo que no trabajar de manera formal en este momento no es un retroceso para mí.

Les contaré una historia muy personal. Yo nunca tuve en mi cabeza esa idea loca de formar familia, para mí eso era una utopía que fue agarrando forma conforme fueron pasando los años y fui afianzando mi matrimonio. Por otro lado, yo me veía como la mujer trabajadora, independiente, de las mil cosas que hacer y producir y los mil un logros que recoger, y que si llegaban los hijos pues habría suficiente dinero para llamar a la mejor Nana del mundo. Hasta que tuve a Sára en brazos por primera vez.

Recuerdo que ella tenía unas pocas semanas de nacida cuando le dije a su papá que yo quería, y me parecía necesario, dedicarme por un tiempo indefinido a la crianza de nuestra hija y los que estuvieran por venir. No estaba dispuesta a perderme sus primeras palabras, y tampoco quería soltarla al mundo antes de tiempo. “Yo quiero dedicarme a criar a nuestros hijos”, fueron mis palabras exactas.

Él estuvo de acuerdo porque siempre ha soñado con una familia grande, aunque cada día que pasa me convenzo más de que él nunca creyó que yo me atrevería.

Han pasado más de dos años desde aquel momento y yo no he podido volver al mercado laboral formal. Y hace pocos días me di cuenta que no había vuelto, simplemente porque no he querido y no he puesto mis energías en ello.

Que he hecho muchas cosas, sí; pero ninguna de ellas me ha impedido estar cerquita de mi hija en su día a día.

Estar en casa con los hijos va más allá de estar en casa. Se trata de encargarse de la limpieza de la casa y de las cosas, de tener al día la cocina, el mercado e incluso solucionar las diligencias de la vida diaria como el pago de los servicios y otras cosas.

Quedarse en casa significa a su vez cumplir con unas estrictas rutinas que nos permitan crear horarios y hábitos en nuestros hijos no escolarizados, y eso nos hace ser también más organizadas y planificadas. Y si hablamos de planificación, estar en casa representa administrar el tiempo de tal manera que, para cuando papá esté libre del trabajo, el tiempo de familia sea realmente de calidad.

Sí, muchas veces los hombres no entenderán eso y pensarán que ellos saliendo de casa a trabajar, y nosotras acostándonos a dormir. Ojalá y fuera así, pero dormir es la cosa más difícil del mundo cuando tienes niños pequeños.

Querida mamá, hoy quisiera hablarte a ti que tal vez te sientes menospreciada o una carga porque te ha tocado estar en casa. Te hablo desde mi experiencia, porque estando en casa no sólo me tocó aplicar todos mis conocimientos profesionales, sino aprender un montón de cosas nuevas como manualidades, idiomas, tecnología y un sinfín de dotes administrativos y gerenciales que vaya Dios a saber cuándo hubiese podido yo tener la oportunidad de aprender en algún cargo administrativo.

Estando en casa me he convertido en niñera, maestra, enfermera, señora de limpieza, lavandería exprés, administradora, contadora, abogado especialista en resolución de conflictos y promotora de los derechos humanos. Además tengo dotes de secretaria desde que emigré, pues me toca poner en contacto telefónico a mi hija con nuestra familia regada por el mundo, sin contar que la organización va más allá de la casa y se incluye una minuciosa agenda semanal a fin de que no queden por fuera actividades de recreación, estimulación, comunicación y relaciones públicas.

He aprendido también a gestionar el tiempo que queda para mí, para emprender mis proyectos y para dedicarle a mi pareja, ya que sin contar con una familia de apoyo detrás de nosotros, estar solos es prácticamente imposible.

Las finanzas son compartidas pero es sobre los hombros de la mujer donde recae la responsabilidad de que las cuentas cuadren. Y en ese sentido, de este lado siempre habrá también mucha presión o responsabilidad.

Querida mamá, no digas que no estás haciendo nada, estás criando un ser humano y esa es la responsabilidad más grande que nadie puede tener en la vida. Se trata de alguien que por sus acciones será amado y respetado en un futuro, u odiado y rechazado. No es cualquier cosa.

Y si trabajas mamá, también está bien. Créeme que tus hijos sabrán entenderlo en un futuro. En todo caso lo importante en esta historia es que tú entiendas que tu rol no es cualquier cosa, porque si eres capaz de entender e internalizar eso, entonces serás capaz de omitir todos los comentarios malsanos que los demás hagan de ti o tu situación.

Querida mamá amiga, la maternidad no es una ciencia pura, es simple experimentación humana apostando por el futuro mejor de los tuyos. Recuerda que al final todo pasa.

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Maternidad

El embarazo público y notorio

Recuerdo que cuando supimos que estábamos en la dulce espera, además de que yo particularmente no salía de mi asombro, decidimos no decirlo por recomendación de nuestra doctora por dos razones, una que sólo teníamos seis semanas de gestación y la otra que el continente atravesaba una crisis de Zika que tenía a todo el mundo hablando de lo imprudente que era la gente que se embarazaba en esa situación (aprovecharé para recordarte que nunca es el momento perfecto hasta que pasa).

Entonces así lo decidimos, solo unos pocos sabrían mi nuevo estado hasta la semana número doce, cuando nos confirmaran que todo marchaba en orden. Pero llegó la semana 12 y la 13, y la 14, y probablemente muchas otras más y a nosotros no nos nacía difundir la noticia masivamente. No por mal, no era que no estábamos emocionados, estábamos babeados, pero sabíamos que era algo muy nuestro, creo que nunca había sentido algo tan mío como esta barriga.

El hecho es que conforme fue pasando el tiempo y aunque yo siempre he sido gordita, los rasgos de una barriga de embarazo fueron apareciendo, e inconscientemente, yo fui buscando la manera de no hacerlo tan obvio. Esto pasó por una sola razón, ni mi esposo ni yo queríamos que mi barriga, el hogar de nuestro bebé, se volviera una especie de espacio público que todo el mundo toca, estruja y jorunga como si tuviera derecho a hacerlo.

Quien no ha estado embarazado no sabe lo desagradable que es ir por la calle y que venga un extraño, o peor aún, alguien que no te agrada, y te toque la barriga como si por derecho le correspondiera. ¿Ustedes se imaginan ir por la calle agarrándole una nalga a la gente? Con eso comparo la escena.

Llegó un punto en el que igual la gente se fue enterando, aunque perdí mucho peso durante el embarazo y lo cierto es que mi barriguita reventó casi a las 34 semanas, ese fue el momento en el que realmente se veía como una barriga de bebé. Pero mientras eso paso escuchábamos muchas imprudencias de gente que ni siquiera era cercana a nosotros, como vecinos de mis padres que no hallaban cómo enterarse de nuestra gran alegría y llamaban a mi casa a preguntarle a mi mamá que qué me pasaba que me veía tan gorda o que si estaba hinchada.

Lo más increíble de todo es que cuando me embaracé usaba talla 14 de pantalón, y en los meses siguientes por algunos cambios en mis hábitos, y porque como yo lo digo, mi bebé me cambió totalmente el organismo para bien, usaba pantalones talla 10. Sí, perdí mucha ropa pero porque me quedaba grande, y muchas veces iba enseñando las pantaletas por ahí, pero realmente cuando estás en estado eso te parece tan superficial que ni lo tomas en cuenta.

Cuando te dicen que es el estado perfecto de la mujer no te mienten, y si engordas y te pones como una vaca, ya tendrás tiempo de rebajar. Créeme cuando te digo que este es tu momento, y que si algo que tienes que ejercitar es tu inteligencia emocional porque esta es una de esas situaciones obvias en la vida en las que TODO el mundo va a querer opinar sobre lo que haces, cómo estás, que si usa esto y aquello, y déjame decirte que en eso sólo tres personas tienen voz y voto. Tú, tú pareja y tú médico.

Y así como querrán tocarte la barriga, también buscarán opinar sobre la forma en la que llegará tu bebé al mundo, si le das pecho o fórmula, que si se te quieren meter en la clínica a la hora de haber parido, o tomarle fotos al bebé para montarlas en redes sociales sin tu permiso o consideración. Y sí, cuando te conviertes en mamá te das cuenta de cuantos errores cometiste cuando una de tus amigas o familiares se convirtió en madre, pero tampoco te sientas mal por ello, en esa época no sabías lo que enfrentaban las nuevas mamás.

Evitar que te toquen la barriga no es imposible, si algo ganamos las embarazadas es que quienes nos rodean suelen escucharnos y respetan nuestras decisiones, así no las compartan, pero no te sientas mal por hacer maniobras para que no te toquen sin pasar por antipática, o por simplemente decir “disculpe, pero no me gusta que me toquen la barriga”. Una que otra rabieta de algún “amigo”, o mejor dicho conocido, por decirle que no me estrujara la barriga, no tienes por qué aceptar lo que no te gusta, es tu cuerpo y finalmente el hogar temporal de tu bebé, y no creo que seas tampoco de las que va por la vida despeinando a la gente cuando los saludas.

También te pasara que te encontrarás con gente que te da nota que te toque la barriga, y si tu instinto te lo dicta, acéptalo. Recuerda que el instinto juega muchísimo en esta época que atraviesas.

Siempre les diré que mi recomendación es vivir el embarazo a plenitud, disfrutarlo y saborearlo con todo lo bueno y lo malo que pueda traer, Dios nos está dando la posibilidad de ver un milagro en primera persona, y eso no tiene precio.