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Carla Kratochvill

Maternidad

Mamá en casa, mamá valiente

El papel de las mujeres que decidimos quedarnos en casa se ha subestimado cada vez más con el paso del tiempo. Tal vez se deba a las generaciones anteriores que fueron educadas para que las mujeres tuvieran un espacio solo en el hogar, y a medida que fuimos ganando terreno fuera de la familia no le quedó más a la sociedad que intentar imponernos una etiqueta que hoy es usada como un estigma.

Estar en casa no significa que no estemos haciendo nada, así como trabajar fuera de casa no implica necesariamente estar haciendo algo productivo, porque como todo en la vida, esto también es relativo.

A diario comparto con mujeres increíbles que se sienten culpables de quedarse en casa al cuidado de los hijos durante la primera infancia, confieso que yo misma me he sentido así en ocasiones. Pero luego recuerdo la falta que me hizo mi mamá muchas veces mientras estaba en el trabajo, y entonces comprendo que no trabajar de manera formal en este momento no es un retroceso para mí.

Les contaré una historia muy personal. Yo nunca tuve en mi cabeza esa idea loca de formar familia, para mí eso era una utopía que fue agarrando forma conforme fueron pasando los años y fui afianzando mi matrimonio. Por otro lado, yo me veía como la mujer trabajadora, independiente, de las mil cosas que hacer y producir y los mil un logros que recoger, y que si llegaban los hijos pues habría suficiente dinero para llamar a la mejor Nana del mundo. Hasta que tuve a Sára en brazos por primera vez.

Recuerdo que ella tenía unas pocas semanas de nacida cuando le dije a su papá que yo quería, y me parecía necesario, dedicarme por un tiempo indefinido a la crianza de nuestra hija y los que estuvieran por venir. No estaba dispuesta a perderme sus primeras palabras, y tampoco quería soltarla al mundo antes de tiempo. “Yo quiero dedicarme a criar a nuestros hijos”, fueron mis palabras exactas.

Él estuvo de acuerdo porque siempre ha soñado con una familia grande, aunque cada día que pasa me convenzo más de que él nunca creyó que yo me atrevería.

Han pasado más de dos años desde aquel momento y yo no he podido volver al mercado laboral formal. Y hace pocos días me di cuenta que no había vuelto, simplemente porque no he querido y no he puesto mis energías en ello.

Que he hecho muchas cosas, sí; pero ninguna de ellas me ha impedido estar cerquita de mi hija en su día a día.

Estar en casa con los hijos va más allá de estar en casa. Se trata de encargarse de la limpieza de la casa y de las cosas, de tener al día la cocina, el mercado e incluso solucionar las diligencias de la vida diaria como el pago de los servicios y otras cosas.

Quedarse en casa significa a su vez cumplir con unas estrictas rutinas que nos permitan crear horarios y hábitos en nuestros hijos no escolarizados, y eso nos hace ser también más organizadas y planificadas. Y si hablamos de planificación, estar en casa representa administrar el tiempo de tal manera que, para cuando papá esté libre del trabajo, el tiempo de familia sea realmente de calidad.

Sí, muchas veces los hombres no entenderán eso y pensarán que ellos saliendo de casa a trabajar, y nosotras acostándonos a dormir. Ojalá y fuera así, pero dormir es la cosa más difícil del mundo cuando tienes niños pequeños.

Querida mamá, hoy quisiera hablarte a ti que tal vez te sientes menospreciada o una carga porque te ha tocado estar en casa. Te hablo desde mi experiencia, porque estando en casa no sólo me tocó aplicar todos mis conocimientos profesionales, sino aprender un montón de cosas nuevas como manualidades, idiomas, tecnología y un sinfín de dotes administrativos y gerenciales que vaya Dios a saber cuándo hubiese podido yo tener la oportunidad de aprender en algún cargo administrativo.

Estando en casa me he convertido en niñera, maestra, enfermera, señora de limpieza, lavandería exprés, administradora, contadora, abogado especialista en resolución de conflictos y promotora de los derechos humanos. Además tengo dotes de secretaria desde que emigré, pues me toca poner en contacto telefónico a mi hija con nuestra familia regada por el mundo, sin contar que la organización va más allá de la casa y se incluye una minuciosa agenda semanal a fin de que no queden por fuera actividades de recreación, estimulación, comunicación y relaciones públicas.

He aprendido también a gestionar el tiempo que queda para mí, para emprender mis proyectos y para dedicarle a mi pareja, ya que sin contar con una familia de apoyo detrás de nosotros, estar solos es prácticamente imposible.

Las finanzas son compartidas pero es sobre los hombros de la mujer donde recae la responsabilidad de que las cuentas cuadren. Y en ese sentido, de este lado siempre habrá también mucha presión o responsabilidad.

Querida mamá, no digas que no estás haciendo nada, estás criando un ser humano y esa es la responsabilidad más grande que nadie puede tener en la vida. Se trata de alguien que por sus acciones será amado y respetado en un futuro, u odiado y rechazado. No es cualquier cosa.

Y si trabajas mamá, también está bien. Créeme que tus hijos sabrán entenderlo en un futuro. En todo caso lo importante en esta historia es que tú entiendas que tu rol no es cualquier cosa, porque si eres capaz de entender e internalizar eso, entonces serás capaz de omitir todos los comentarios malsanos que los demás hagan de ti o tu situación.

Querida mamá amiga, la maternidad no es una ciencia pura, es simple experimentación humana apostando por el futuro mejor de los tuyos. Recuerda que al final todo pasa.

Migración

Emigrar. Un acto de fe.

Para mi emigrar representa un proceso de desprendimiento, de dejar atrás, de transformación e incluso de superación, que he comparado mucho con la maternidad. Y sí, mira que puede sonar muy loco, pero no del todo y ya verás por qué.

La mayoría de los seres humanos deseamos de alguna manera ver nuestra humanidad extendida, y eso son los hijos. Por mucho que se diga que no se quiere tener hijos, en algún momento de la vida las condiciones se dan para tenerlos, o por lo menos para desearlo. Y sí, genera mucha felicidad, pero a la vez preocupación, porque la vida tal como la conocíamos deja de existir para adaptarnos a una nueva persona, y nuevas rutinas.

El proceso se disfruta, y una vez se va acercando el momento del parto, las mamás estamos entre esa felicidad de ver sus caritas por primera vez, y el egoísmo de preferir que se queden dentro de nosotras, donde los podemos proteger de todo.

Los padres no suelen entender mucho esta parte del proceso, porque independientemente de su cercanía con el embarazo, no han tenido la oportunidad de sentir a sus bebés como nosotras, desde adentro. Evidentemente el proceso es diferente para ambos.

Cuando nacen, literalmente todo cambia, y nos desprendemos de muchas de esas cosas que antes eran cotidianas para nosotros, como dormir una noche entera, por ejemplo, o disfrutar de una comida caliente sin tener que atender a otra persona, salir de fiesta, la exclusividad de la pareja, etc.

Pues bien, la migración tiene mucho de eso. Cuando se toma la decisión, bien sea por la razón que sea, hay emoción y expectativa. A medida que se va acercando el momento de partir, empieza a correr la ansiedad, que te hace vivir una montaña rusa de emociones encontradas entre tus ganas de irte y a la vez de quedarte en tu lugar de origen. E incluso llega un momento en el que empiezas a cuestionarte si el tiempo entre tomar la decisión y partir ha sido mucho o no ha sido suficiente para hacer todo lo que tenías pendiente, o incluso atender a la familia que dejarás de ver con frecuencia.

El primer desprendimiento se da cuando te toca armar el equipaje. ¿Qué llevas y qué dejas? Aquello que llaman algunos “meter tu vida en una maleta”, y prácticamente sentí lo mismo cuando preparé mi maleta para el parto. Primero puede parecer que todo es absolutamente necesario, porque estás acostumbrado a vivir con todo eso, y te preguntas una y mil veces cómo sobrevives con menos. Pero créeme, se aprende.

Una vez das el paso, todo cambia. Llegas a un lugar nuevo donde todo es diferente, donde tienes que adaptarte a todo, porque así lo hayas visitado antes mil veces, lo cierto es que ese lugar ahora es tu hogar y ya no más un destino temporal. Y desprendiéndote de todo lo que ya conoces, es como ganas.

Aquí haré un paréntesis (porque es la cultura de dónde vengo y la que conozco desde adentro), y hablaré del caso de los venezolanos que es muy distinto a otras migraciones, sobre todo porque no somos un pueblo educado para emigrar, sino para recibir a los inmigrantes, y esto es fundamental para asimilar el proceso.

Nos vamos y confundimos el famoso “estamos lejos pero no ausentes”, en no despegarnos de las noticias, verificamos el precio del dólar a cada rato, sabemos más de Venezuela que nuestros propios familiares que aún están allá, y cometemos el grandísimo error de perdernos todo lo bueno que nos ofrece el nuevo destino, por no soltar del todo esa realidad de la que queríamos escapar.

Después a muchos les da porque o todo era mejor en Venezuela, o definitivamente el país no servía para nada, y en mi caso difiero, porque entendí desde mucho antes que uno nunca debe hablar mal del lugar de donde viene, llámese familia o país, y ha sido mi premisa desde que puse un pie fuera de Venezuela. La base de quien soy hoy y seré mañana, son producto de esa patria que ahora puede estar tan distante a mis valores.

Justo por eso otros emigrantes nos ven diferente, pueblos como el mexicano, los colombianos, incluso los cubanos (en el caso de los latinos) tienen una cultura migratoria muy avanzada, de la que me atrevería a decir prácticamente nacen con eso en la sangre, y ven el proceso como un tiempo de superación o evolución en todo el sentido de la palabra, y por ende honran el lugar de donde vienen, porque quieren enaltecerlo.

Les contaré que en nuestro caso no hubo una planificación muy exhaustiva, y hoy en día me digo qué loca que me forcé y forcé tanto a mi familia a dejar todo en un mes, porque ese fue el tiempo que tuvimos para armar maletas, recoger nuestras cosas, organizar todo lo legal y salir. Sí, mucho lo habíamos pensado y hablado pero no terminábamos de dar el paso, y creo que en nuestra familia salir de esa manera, sin anestesia, fue determinante.

Lo haría así una y mil veces. Creo que lo único que haría diferente sería abrazar más a mis padres, y no forzarme tanto a cumplir con algunos compromisos que asumí a última hora por dármela de súper mujer, y me superaban físicamente.

No tuve tiempo de llorar, ni de pensar en lo que estaba dejando atrás, no tuve apegos materiales porque no tuve tiempo de asimilarlos, y por si fuera poco, cuando llegamos a nuestra primera parada, me di cuenta que incluso había dejado toda mi ropa en casa de mis padres. Literalmente hasta mi armario me tocó empezarlo de cero.

Desprendernos para crecer

Confieso que cuando nos montamos en el avión, para ir a nuestro nuevo país, sentí que me moría. No exagero, literalmente el aire me faltaba, quería llorar, gritar e incluso bajarme del avión. El estómago se me puso como una piedra, y sí, lloré. Lloré muchísimo.

Tuve la misma sensación de pérdida que cuando vivimos la tragedia de Vargas en el 99, y en aquel entonces yo solo tenía 11 años, no sabía cómo manejar todo aquello que había vivido.

Sí, tuve un pequeño ataque de pánico en ese avión y me tocó auto controlarme, pedí cinco minutos y lloré encerrada en el minúsculo baño, en el que supongo que afuera los pasajeros me escuchaban porque muy duro decía “Dios mío ayúdame, dame la fuerza para superar esta prueba”.

Esos cinco minutos para mí fueron valiosos, porque dentro de mi decía “no puedo decir nada, yo fui la de la idea de irnos. No me puedo echar para atrás”. Y pues al calmarme, me lavé la cara y regresé a mi asiento como si nada. Abracé a Sára muy fuerte, tomé la mano de mi esposo y tomé una foto que guardaré de recuerdo de ese día para siempre, y que seguramente en contra de la voluntad de los que allí aparecemos, decorará este post.

Lo cierto es que al llegar a Hungría ya todo pintaba diferente, habíamos dado el paso, nos habíamos lanzado al mar y ahora solo tocaba nadar. Y en este caso la tarea era para una competencia de resistencia, mucho más que de velocidad. Y eso también se aprende.

Ya la primera mañana todo era diferente. El desayuno estaba totalmente frío, y uno viniendo del trópico está acostumbrado a comer caliente, y por primera vez me dije “hay que desprenderse”.

Me desprendí de lo que ya conocía para abrirme a cosas nuevas, sin que eso implicara que me olvidara de mis valores o principios, pero sí me desprendí de todo eso que me hacía daño. Y no les diré que fue fácil, me tocó llevar un duelo muy duro durante el primer mes y medio que estuvimos en Budapest.

Vivíamos los tres en una habitación en casa de un familiar, que al final eran desconocidos para nosotros también, porque mi esposo cuando mucho había compartido con ellos cinco veces en 37 años. Éramos extraños y aunque ellos insistían en que nos quedáramos, pasamos a ser una carga de alguna manera.

Sufriendo desde lejos en la primera semana la pérdida física de tres familiares cercanos, entre ellos mi abuelo. Una caída de mi mamá y por último un nuevo ACV que terminó por descontrolarme. La guinda de la torta era que nadie en casa hablaba inglés o español, y no poder comunicarme con nadie para resolver las cosas más esenciales y básicas, eso generó una frustración que no supe como drenar en su momento.

En este punto volví a descontrolarme y pedí tiempo, pero más importante aún era que con la bebé de por medio, no era la única que estaba fuera de sus cabales. Mi esposo siendo un “workaholic” se afectó muchísimo al verse en casa sin hacer nada, escuchando las típicas quejas de viejo todo el día por parte de algunas de las personas que nos rodeaban, el agotamiento mental era muy rudo, y definitivamente estábamos los dos remando a puertos diferentes.

Las peleas no se hicieron esperar, teníamos siempre dos motivos para discutir, por todo y por nada. Y aunque viviendo juntos, durmiendo en la misma cama, y compartiendo ese cuarto de escasos 10 metros cuadrados, yo me sentía más sola que nunca. Allí entendí el valor de un abrazo, del roce humano.

Grupos de apoyo, nuevos amigos

Desde que llegamos tuve claro que tenía que buscar gente con intereses o valores afines, que hablaran mi idioma para que todo se me hiciera más fácil y que además de alguna manera compartieran mis tradiciones. Así fue como llegue a un primer grupo de Whastapp de venezolanos en Hungría, y allí encontramos a nuestros primeros apoyos, esos que nos empezaron a dar tips para movernos, hacia qué zonas buscar vivienda, dónde conseguir Harina Pan, reuniones que nos abrieron muchas puertas y así fue como de un lado a otro, terminé encontrando un gran músculo de soporte, un grupo de mamás latinas en Budapest, donde la gran mayoría son expatriadas como yo.

Gracias a ellas no solo encontré tips para moverme mejor con la bebé, sino que además he encontrado grandes amigas y una comunidad un poco más pequeña, de mamás de habla hispana, que son quienes siempre terminan metiéndome la mano cuando tengo alguna duda con el idioma, la cultura e incluso las comidas.

Desde que las conocí y empecé a leerlas mi percepción de la migración cambió, porque confirmé una vez más que ser mamá te da un plus, es como tener una acción en un club al que puedes asistir y siempre nutrirte de cosas nuevas. Desde entonces es uno de mis consejos a quienes deciden emigrar, e incluso a quienes ya emigraron y no terminan de desprenderse, buscar grupos afines que nos ayuden a salir del hueco en el que caemos cuando no terminamos de ver que estamos viviendo el duelo de la separación del terruño.

Formas hay muchas, porque cada país tiene sus herramientas, pero desde Whatsapp hasta Facebook, son diversos los grupos que se pueden conseguir para socializar.

“Uno no es de donde dice un pasaporte, sino de donde se siente bien”

Finalmente empezó a llegar la estabilidad. Dos meses después de haber llegado, solucionado los papeles y arreglado una que otras cosas, la cabeza de la familia ya tenía un trabajo formal que nos permitirá seguir con los planes que nos habíamos trazado antes de salir. Pudimos mudarnos solos, y aunque en principio nos costó reconocernos nuevamente, las aguas han ido volviendo a su curso.

Miedos siempre habrá, pero a diferencia de las dudas, los miedos hay que enfrentarlos para acabar con ellos. Aquí o allá nosotros seguiremos nuestro plan, y siempre es la invitación que le hago a los emigrantes.

Y si consideras que el plan no está funcionando, entonces reformula los pasos que estás dando, porque equivocarse a veces es necesario para aprender.

Mientras tanto, asume tu duelo, entiende tu nueva situación y confúndete con los nativos. Sal a la calle y no temas perderte, conoce cosas nuevas, experimenta cosas que antes no te hubieses atrevido a hacer. Habla con un desconocido, sonríele al que acaba de montarse en el autobús, lee sobre la historia del país que ahora te acoge para entender su condición actual.

Ahora mismo no sé qué nos depara el destino, pero sé que si ya dimos el paso más difícil, lo mejor está por venir, así que respira profundo y continúa. Al final como repite ahora mucho mi esposo, “uno no es de donde dice el pasaporte, sino de donde se siente bien”.

pareja y familia
Pareja y Familia

Las he visto, y a mí también me ha pasado

Las he visto secarse las lágrimas con la camisa para que sus hijos no se den cuenta de la injusticia. Las escucho a diario escondiendo su agotamiento con un disfraz de disgusto.

Las leo cuando me dicen, cómo hago si ya no aguanto más.

Yo misma he sentido en mi cuerpo ese peso que no te deja caminar a la velocidad que quieres, esa agonía por los minutos que pasan como horas cuando los niños gritan alrededor, cuando el padre habla de lo que se le ocurre como si a uno le importara, y uno se vuelve invisible.

Sí, yo también he estado ahí. Cansada, molesta, incomoda, con ganas de pegarle en la madre al desconsiderado que hace chistes sobre si he pasado el día durmiendo, porque la mayoría de la sociedad dice que quien cría desde casa, no trabaja.

Cada vez que una seguidora me escribe para preguntarme cómo hago yo, siempre empiezo por decirles que yo no soy especialista en nada más que en ser humana. Humana desde el segundo en el que abro los ojos y entiendo que estoy viva, y que no me interesa ser perfecta, sólo ser feliz para estar en paz.

Por eso siempre digo que así como para la vida, en la maternidad tampoco hay un manual. Yo misma no lo tengo porque no podría seguirlo, soy demasiado distraída para seguir instrucciones al pie de la letra.

Por eso es que las entiendo, las comprendo y las abrazo, porque yo también he estado ahí en ese grito desatinado que le diste a tu hijo hace días cuando tú estabas apurada y él insistía en jugar un rato más; también he estado en esas lágrimas calladas de sentir que tu pareja no te valora simplemente porque pasan los días y sigue sin preguntarte cómo estas, qué hiciste hoy o si al menos tuviste tiempo de comer. Me paseé también por esa calle de ira, que tiene un solo sentido, cuando algún conocido superficialmente bromeó sobre tu agotamiento. Sí, yo también estuve ahí queriendo abofetearlo, sonriendo falsamente para no estallar en llanto.

¿Pero qué hago? ¿Cómo lo controlo?. Siempre es la misma pregunta, y de un tiempo para acá me he dado cuenta que la respuesta es simple. ¡VIVE!

Vive sin el remordimiento del que dirán, sin la tensión por cumplir con quien no es tan importante como tus hijos para ti.

Vive entendiendo que todo esto también pasará, y que más temprano que tarde tu estarás en un sillón o en algún asiento de un bus viendo de lejos a una madre que está en la situación que estás tú hoy, y por dentro la abrazarás… pero es seguro que la envidiaras porque ya tus hijos habrán crecido y tendrás esa sensación de no haber disfrutado tanto como hubieses querido, el tiempo con ellos.

Les escribo esto porque hace rato hablaba con Sára, quien aún no cumple dos años, y le decía “hija, en la vida hay solo tres cosas que no se pueden detener ni ocultar, el tiempo, de dónde venimos y la muerte. Tu papá y yo siempre seremos tus papás, así dejemos de ser profesionales, esposos, amigos, primos de fulano, pero nunca jamás, así como el tiempo nunca dejará de correr, dejaremos de ser tus padres”.

Su carita fue un poema, seguramente habrá pensado ¿qué dijo esta loca?, porque yo misma después de decirlo me quedé fuera de base. Pero a los minutos entendí por qué le decía eso; y es que había vuelto a escuchar a una madre llorar agotada e incomprendida, harta de las malas palabras de su pareja, de la incomprensión de su entorno acerca de cómo ella lleva su vida mientras gasta hasta su última gota de fuerza en atender a sus hijas.

La observaba mientras su esposo, seguía viendo un partido de fútbol y la juzgaba por no poder controlar a las niñas mientras él veía la televisión. ¡Wao! ¿Y él se habrá preguntado si ella hoy tuvo quien controlara a las niñas unos minutos para que ella si quiera fuera al baño en paz?

Seguramente no, y tampoco es que el tipo sea malo, simplemente fue programado así, siendo un poco más robot y un poco meno humano, y se topa con esa humana que ha despertado después de la maternidad, y que sí, está feliz y agradecida de ser madre, pero también quiere continuar con sus planes, con su vida, tener un tiempo para ella, e incluso tener un tiempo solo para él.

Es duro, no lo niego, pero como yo también he estado ahí, les aseguro que de allí también se sale. Es por eso que es tan importante entender que para cuidar a la familia, para criar a los niños, nosotras tenemos que cuidarnos mucho más.

Sí mamá, si tú no estás bien, nadie a tu alrededor, y menos que dependa de ti, podrá estar bien.

Créeme, confía, todo este tiempo de sacrificios, de ser un adorno más en la casa, también pasará y tus hijos serán la mejor recompensa de este tiempo.

Todo pasa.

maternidad
Maternidad

El embarazo público y notorio

Recuerdo que cuando supimos que estábamos en la dulce espera, además de que yo particularmente no salía de mi asombro, decidimos no decirlo por recomendación de nuestra doctora por dos razones, una que sólo teníamos seis semanas de gestación y la otra que el continente atravesaba una crisis de Zika que tenía a todo el mundo hablando de lo imprudente que era la gente que se embarazaba en esa situación (aprovecharé para recordarte que nunca es el momento perfecto hasta que pasa).

Entonces así lo decidimos, solo unos pocos sabrían mi nuevo estado hasta la semana número doce, cuando nos confirmaran que todo marchaba en orden. Pero llegó la semana 12 y la 13, y la 14, y probablemente muchas otras más y a nosotros no nos nacía difundir la noticia masivamente. No por mal, no era que no estábamos emocionados, estábamos babeados, pero sabíamos que era algo muy nuestro, creo que nunca había sentido algo tan mío como esta barriga.

El hecho es que conforme fue pasando el tiempo y aunque yo siempre he sido gordita, los rasgos de una barriga de embarazo fueron apareciendo, e inconscientemente, yo fui buscando la manera de no hacerlo tan obvio. Esto pasó por una sola razón, ni mi esposo ni yo queríamos que mi barriga, el hogar de nuestro bebé, se volviera una especie de espacio público que todo el mundo toca, estruja y jorunga como si tuviera derecho a hacerlo.

Quien no ha estado embarazado no sabe lo desagradable que es ir por la calle y que venga un extraño, o peor aún, alguien que no te agrada, y te toque la barriga como si por derecho le correspondiera. ¿Ustedes se imaginan ir por la calle agarrándole una nalga a la gente? Con eso comparo la escena.

Llegó un punto en el que igual la gente se fue enterando, aunque perdí mucho peso durante el embarazo y lo cierto es que mi barriguita reventó casi a las 34 semanas, ese fue el momento en el que realmente se veía como una barriga de bebé. Pero mientras eso paso escuchábamos muchas imprudencias de gente que ni siquiera era cercana a nosotros, como vecinos de mis padres que no hallaban cómo enterarse de nuestra gran alegría y llamaban a mi casa a preguntarle a mi mamá que qué me pasaba que me veía tan gorda o que si estaba hinchada.

Lo más increíble de todo es que cuando me embaracé usaba talla 14 de pantalón, y en los meses siguientes por algunos cambios en mis hábitos, y porque como yo lo digo, mi bebé me cambió totalmente el organismo para bien, usaba pantalones talla 10. Sí, perdí mucha ropa pero porque me quedaba grande, y muchas veces iba enseñando las pantaletas por ahí, pero realmente cuando estás en estado eso te parece tan superficial que ni lo tomas en cuenta.

Cuando te dicen que es el estado perfecto de la mujer no te mienten, y si engordas y te pones como una vaca, ya tendrás tiempo de rebajar. Créeme cuando te digo que este es tu momento, y que si algo que tienes que ejercitar es tu inteligencia emocional porque esta es una de esas situaciones obvias en la vida en las que TODO el mundo va a querer opinar sobre lo que haces, cómo estás, que si usa esto y aquello, y déjame decirte que en eso sólo tres personas tienen voz y voto. Tú, tú pareja y tú médico.

Y así como querrán tocarte la barriga, también buscarán opinar sobre la forma en la que llegará tu bebé al mundo, si le das pecho o fórmula, que si se te quieren meter en la clínica a la hora de haber parido, o tomarle fotos al bebé para montarlas en redes sociales sin tu permiso o consideración. Y sí, cuando te conviertes en mamá te das cuenta de cuantos errores cometiste cuando una de tus amigas o familiares se convirtió en madre, pero tampoco te sientas mal por ello, en esa época no sabías lo que enfrentaban las nuevas mamás.

Evitar que te toquen la barriga no es imposible, si algo ganamos las embarazadas es que quienes nos rodean suelen escucharnos y respetan nuestras decisiones, así no las compartan, pero no te sientas mal por hacer maniobras para que no te toquen sin pasar por antipática, o por simplemente decir “disculpe, pero no me gusta que me toquen la barriga”. Una que otra rabieta de algún “amigo”, o mejor dicho conocido, por decirle que no me estrujara la barriga, no tienes por qué aceptar lo que no te gusta, es tu cuerpo y finalmente el hogar temporal de tu bebé, y no creo que seas tampoco de las que va por la vida despeinando a la gente cuando los saludas.

También te pasara que te encontrarás con gente que te da nota que te toque la barriga, y si tu instinto te lo dicta, acéptalo. Recuerda que el instinto juega muchísimo en esta época que atraviesas.

Siempre les diré que mi recomendación es vivir el embarazo a plenitud, disfrutarlo y saborearlo con todo lo bueno y lo malo que pueda traer, Dios nos está dando la posibilidad de ver un milagro en primera persona, y eso no tiene precio.