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Carla Kratochvill

Maternidad

El insomnio de mi embarazo

Cuando te embarazas literalmente la vida te cambia, y no me doy cuenta hasta hoy, que tengo 30 semanas recién cumplidas, que eso es así. Mi vida ya no es del todo mía, es de mi bebé y de los millones de ideas que recorren mi cabeza cada día como si de un río desbocado se tratara.

Pasan cosas como que te despiertas un domingo lluvioso y frío, a un cuarto para las siete de la mañana y prefieres sentarte a escribir en la sala, que continuar empiernada con tu esposo. Sí me lo hubiesen contado hace un año atrás o tres meses antes no habría creído ni una palabra.

Lo peor es que cuando le comentas a las personas cercanas de estos episodios, no paran de repetirte “tú no estás para preocuparte por nada”, como si esa fuera la oración de la mañana, y realmente ha ocurrido que no me despierto por estar preocupada, y mira que sí debería estar preocupada, porque en esa lluvia de ideas no todo lo que se le pasa a uno por la cabeza es bueno y maravilloso; yo particularmente tengo muchas preocupaciones encima, como las deudas pendientes, el hecho de que por primera vez en mi vida no estoy produciendo dinero, porque uno de los grandes cambios del embarazo fue tomar la decisión de dejar mi estresante trabajo como periodista de sucesos, vivir en un país como este donde el miedo es lo único que tenemos todos en común, entender todos los cambios que continuarán viniendo a mi vida con la llegada del bebé, porque de verdad, ya tu vida no será del todo tuya, y créeme que aunque habrá días que no dudo serán difíciles, lejos de lo que pensé desde pequeña, no cambiaría por nada del mundo la experiencia de ser mamá.

Pero bueno, volviendo al tema inicial, y lejos de todo lo que piensan quienes saben de mis repentinos desvelos, no estoy despierta por mis angustias sino por reflejo, porque cuando esto ocurre me despierto como si me hubiesen catapultado de la cama y me hubiesen dado un golpe de realidad. Y sé que en unas horas dormiré como si hubiese corrido el maratón de Nueva York dos veces seguidas, sin importarme en lo más mínimo lo que suceda a mí alrededor, en la casa pueden estar tumbando las paredes y puedes apostar que me importará poco eso antes que dormir profundamente. Pero ahora, en este momento, sólo me interesa estar despierta, y me interesa de una manera que nunca antes había experimentado. Te cuento por qué.

Si esto te está pasando a ti, no sientas que te estas volviendo loca, siéntete viva. Resulta que desde que sufro de estos episodios repentinos, desde hace unas dos semanas, que me pueden dar además a las 3 de la mañana o incluso a la una -porque cierto es que rara vez pasa tan cerca del amanecer-, más que ponerme a pensar en todas esas cosas que me generan angustia, me ha dado por sentarme frente a la ventana a disfrutar de lo que no tenía tiempo para ver antes.

Hoy por lo menos decidí sentarme a escribir, que es mi gran pasión, pero mientras lo hago disfruto de ver cómo las gotas de lluvia caen sobre los árboles de la montaña que rodea mi edificio, hoy siento más profundo el sonido de una quebrada que pasa cerca de la casa, y aunque realmente creo que debe ser agua sucia, para mí, en mi mente, hoy esa es agua clara y limpia, sólo lo estoy disfrutando.

Tal vez es tan intenso lo que estoy viviendo, que hasta fantasioso parece, si hasta Miguelito, el pajarito que vive con nosotros en casa desde hace más de doce años, ahora recibe más visitas de otras aves que nunca antes, y si les digo que increíblemente algunos de ellos llegan con sus crías y no tienen miedo de acercase a mí mientras yo me encuentre inmóvil, no les miento.

Me atrevería a decir que nunca mis ojos habían detallado tanto los colores y los contrastes a mí alrededor, a pesar del día gris.

Verdaderamente pasan cosas maravillosas que pueden parecer tonterías, pero que en realidad son los pequeños detalles de la vida que hacen que todo merezca la pena. Así me siento yo hoy, y todo ha sido tan especial, que como pocas veces en la vida de un periodista, no me debato con una página en blanco, simplemente me dedico a llenarla fluidamente de una historia que es tan real como la de cualquier mujer embarazada.

Si me pongo a pensarlo, nunca había estado tan viva como lo he estado en los últimos siete meses de mi vida, no sólo por el hecho de que dentro de mí se está generando una vida nueva, sino porque enterarme de ese nuevo ser me hizo caer en cuenta de que la vida misma es más que un trabajo y un sueldo, más que una salida o la nueva colección de ropa de tu tienda favorita, que es más que muchas cosas a las que nos acostumbramos, me hizo entender que la vida está hecha de detalles simples, que son los que realmente te hacen feliz y mejoran tu existencia.

Obviamente no soy especialista en embarazos, ni mucho menos en vida, pero lo que sí te puedo decir, siendo una futura mamá tan real como tú, es que si estás pasando por esto, simplemente vívelo y agradécelo.

No pierdas tiempo, porque todo pasa mucho más rápido, y nada nunca vuelve a ser como antes. ¡Sé feliz!

Tomate ese cafecito que tanto te provoca, siéntate en el sofá que tenías tanto tiempo que no disfrutabas, pon la música que tanto te gusta o simplemente escucha el sonido de la lluvia al caer; háblale a tu bebé, disfruta sus movimientos y ríete con ellos, no te preocupes tanto por la cama que no has tendido o por lo que no has podido limpiar, simplemente ve a tu alrededor y decide qué es lo verdaderamente importante en tú vida en este momento. Esa es una de las pocas cosas en las que tu vida te sigue perteneciendo, y créeme cuando te digo que vale la pena.

Ya vendrán otras experiencias.

A los 13 días del mes de marzo de 2019, más de dos años después de haber escrito esto, lo comparto con ustedes desde un amor muy grande. Leerlo me ha devuelto a aquel sofá verde perico que decora la sala de mis padres, he escuchado de nuevo la lluvia y he visto a lo lejos como El Ávila se abre paso entre las nubes blancas que decoraban aquella mañana el cielo.
Querida futura mamá, te hablo desde el futuro y te digo que todo lo que dice aquí es verdad, no cambiaría por nada la experiencia de ser mamá y todo lo que me ha traído a la vida entender que estoy más viva que nunca. Te abrazo.

Pareja y Familia

Tiempo de adultos, tiempo vital

Cuando nos convertimos en madres todo cambia tanto y tan rápido, que muchas veces no nos damos cuenta de todas las cosas que hemos ido dejando de lado. Una de esas es el tiempo de pareja y el tiempo de adultos.

Pero, ¿Sabes qué es el tiempo de adultos?

Si te lo explico sin muchos adornos, es ese tiempo que tenemos que tener, sin excusa alguna, con otros adultos sin que los niños sean el centro de atención. Y antes de que te alarmes, no se trata de egoísmo, sino de pensar en ti misma e incluso en tu pareja.

El tiempo de adultos es un tiempo dedicado a hacer cosas para nosotros y por nosotros, y en el que debemos dejar el remordimiento de lado, pues es un tiempo dedicado a distraernos y cultivarnos en las cosas que nos motivan y nos hacen sentir bien con nosotras mismas.

Por eso es importante entender que no se trata solo de tiempo personal y de pareja, sino de tiempo para las amigas, para la familia extendida, para hacer un curso o asistir a una exposición, etc., sin los niños.

¿Por qué es necesario?

Simple, y no lo digo solo yo, pero un día me di cuenta que cuando salía con alguna amiga sólo hablaba sobre mi hija, qué hacía y que no, cómo había crecido y los planes que tendríamos con ella. Y me empezó a hacer ruido la voz de una de mis tías diciéndome «cuándo nazca la bebé la gente te anulará a ti. Ya nadie más te preguntará cómo estás tú o cómo te sientes, sino todo será sobre el bebé».

¡No, me niego! Eso no puede ser, porque yo también cuento.

Y no sólo que yo cuento e importo, sino que tengo que estar bien yo para enseñarle con el ejemplo a mis hijos que ellos son más importantes en sus propias vidas que nadie.

Y sí, el bebé es importante, pero yo también soy importante. Yo soy lo más importante de mi vida, porque para darle lo mejor de mí a ellos, tengo que cultivarme y cuidarme yo antes.

Pero, si además somos de los que queremos criar desde el respeto y el ejemplo, ¿cómo es que le voy a enseñar a mis hijos que tienen su propio lugar y espacio en el mundo, si ellos me anulan en mi propio mundo?

Difícil, ¿no? Pero hay que hacer un esfuerzo para entender esto y que por más que los amemos, ellos no son nuestros, son prestados y tienen vidas propias que cultivar.

Así que el tiempo de adultos durante la maternidad y el tiempo de crianza, es necesario y vital.

 Es necesario para drenar, para crecer, para enriquecerse y sobre todo para oxigenar.

¿Qué se hace en el tiempo de adultos?

Pues se hace lo que a uno le gusta hacer que no implica hablar o pensar en cosas de los niños o la familia o la casa, e incluso el trabajo. Es decir que, durante este tiempo tu sólo tendrás que ocuparte de ti misma.

Es verdad que cuando eres emigrante estos tiempos son más reducidos por no contar con el apoyo familiar para que se hagan cargo de los niños por unas horas, pero en nuestro caso nos hemos reinventado el tiempo, e inventamos planes cortos durante las horas de colegio y visitamos lugares que nos gustan pero donde no podemos de ninguna manera ir con niños.

También hemos probado ver películas de gente grande (a mi esposo le encantan las películas de acción donde hay balaceras y esas cosas que una niña no debe ver), y también hemos aprovechado para descubrir baños termales en nuestra ciudad (en estos lugares no se permite la entrada de menores de 14 años por los minerales que contiene el agua).

Pero además del tiempo de adultos en pareja, hemos buscado tener nuestro tiempo de adultos por separado, y en mi caso son momentos que aprovecho para salir a fotografiar la ciudad o tomarme un café sentada en algún lugar bonito que me inspire a escribir, mientras que mi esposo prefiere usar su tiempo en actividades deportivas que no puede desarrollar durante la semana.

No les niego, a veces también simplemente me acuesto a dormir por dos horas seguidas y eso es muy revitalizante, pero a fin de cuentas, este tiempo es importante para que nosotras nos sintamos bien con lo que hacemos y tenemos.

¿Y tú tienes tiempo de adultos? ¿Qué haces?

Maternidad

Heroína sin capa

Esa mujer que va ahí en el Metro con sus 4 hijos a cuestas, todos menores de 6 años, es una súper estrella; pero ella no lo sabe.

Mientras todas las miradas se fijan en ella, miradas despiadadas y juzgadoras de una situación que no les corresponde, ella sólo se concentra serena en mantener a tres de sus retoños sentados cómodamente en el asiento del tren.

El cuarto de los niños, apenas de meses, lo lleva a cuestas.

Yo dentro de mi pienso que debe tener ojos hasta en la espalda, es una Rock Star y no lo sabe. ¿Cómo no se da cuenta?

Esta peinada, no de salón pero está arreglada; se nota que ha puesto al menos un poco de atención en ella. Para mí eso es bastante porque a veces yo con una no puedo siquiera recordar si me he cepillado los dientes. -¿Qué dices Carla?- Sí que me ha pasado.
Esa mujer a simple vista es una Diosa y no lo sabe.

Y no lo sabe porque afuera hay una sociedad que la juzga, que emite comentarios sobre sus decisiones sin pensar en sus sentimientos, que prefiere llamarla loca o cómoda antes de preguntar cómo se siente ella.

Yo desde mi esquina no creo que la sociedad vaya a cambiar su percepción de la mujer, y mucho menos de la mujer que decide ser madre. Pero estoy convencida que si desde el amor les explicamos a los hijos nuestro rol, las cosas para las futuras generaciones cambiarán.

«Mundo de hombres» dicen algunos, pero no podemos seguir justificándolo y nosotras mismas sentirnos inferiores por lo que hemos escogido hacer. Y me incluyo, porque es verdad, yo también me he sentido mal cuando alguien me pregunta por qué no he vuelto a una oficina después de tener a mi hija.

La cosa es que nadie recuerda que antes de ella yo era de la que no distinguía entre miércoles o domingos, que viajaba ligera por el país acompañando a diplomáticos de otros países, haciendo relaciones públicas y mandando noticias. Mi trabajo no tenía horarios, a veces entraba a las 10 y eran las 3 de la mañana y yo seguía en la oficina. ¿Cuántas veces no salí de noche y deje la cena familiar en la mesa para ir a cubrir una pauta?

Deje ese vacío muchas veces en mi familia, en mi pareja, en mis propios padres que se quedaron esperándome en alguna sala de conciertos a la que nunca llegué pese a tener un compromiso con ellos.

Ellos nunca me juzgaron, pero sé que me extrañaron y se dieron cuenta de que seguía el ejemplo que me habían dado, estaba trabajando en lo que me gustaba sin limitaciones de espacio o tiempo, y la familia no era lo primero, sino el trabajo.

Pero cuando llegó Sára a nuestras vidas, para mí todo cambió. Yo no quería que mi hija fuera nunca la niña que se quedaba sola en el salón porque su mamá no había llegado a tiempo a buscarla, no quería que fuera la muchachita que dijera su primera palabra lejos de mi vista, ni perderme muchos de sus avances y desarrollos porque yo tenía que cumplir con un trabajo.

La maternidad, en mi caso, reformuló mis metas y sueños y me hizo conectarme mucho más con lo que yo de verdad quería de la vida… pero nadie me lo ha preguntado, y los pocos que se han atrevido no se han quedado satisfechos con mi respuesta. Seguro a esa mamá del Metro tampoco la han considerado un poco, pero es bastante que ella misma se considera y lo digo por su apariencia.

Quisiera haber sido valiente y preguntarle su nombre, preguntarle si necesitaba ayuda con los niños para subir las escaleras, pero es que ella estaba tan cómoda en su papel que atreverme a aquello podría haber sido incómodo para ella.

Pero la verdad es que quería acercarme y decirle ¡Te felicito!. Porque aquellos niños, que son el futuro de este mundo, lejos de lo que muchos pueden pensar, se mantuvieron a tono y educados en todo momento. Uno le preguntaba “¿Mamá cómo se llama la estación dónde vamos?” y ella respondía y les hacía otra pregunta, a la que respondía con picardía alguno de los otros niños. Entre ellos tenían una conversación amena, fraternal.

Viendo aquella escena de la que pude ser testigo por escasos 7 minutos, volví a entender que el mundo no es de una persona, menos de un género, el mundo es de todos, y ella estaba preparando a sus hijos para ese mundo de todos.

¡Gracias heroína por regalarme una visión tan amplia de la vida, en tan escaso tiempo!

Migración

La pareja después de la migración

Así como después del parto la pareja muta, la migración también nos afecta directamente. Y no es para menos, somos humanos y en este proceso nuestras rutinas y costumbres se ven completamente alteradas y entramos a un período de adaptación, que para cada ser humano es totalmente diferente.

Recuerdo que antes de emigrar mis amigos que estaban fuera me decían “por lo menos ustedes se van juntos, tú no te imaginas lo que es estar sólo fuera”. Y yo pensaba dentro de mi ¿Y si no funcionamos nosotros?

Recuerdo perfecto un día que una de mis amigas se iba sola a vivir a otro país y me dijo, “ten calma Carla, a ustedes les irá buenísimo porque van en familia, en cambio yo sí me las veré grises al estar sola”.

Les confieso que en ese momento no me pude contener y se lo dije. No tenemos la seguridad de nada, porque como todas las decisiones importantes de la vida, emigrar también es un acto de fe. Fe en que te irá bien y que podrás superar todas las pruebas con éxito. Pero emigrar solo o acompañado no te da más o menos seguridad o probabilidad de éxito.

En efecto, en nuestro caso la migración trajo soluciones a muchas cosas que nosotros deseábamos cambiar en nuestras vidas, pero también nos trajo nuevos problemas que posiblemente nosotros no habíamos visto en el panorama.

Y no les mentiré, nos tocó la puerta de la relación de pareja. Y nos ha tocado ir aprendiendo en el camino a solucionar todas las diferencias que ahora sentimos pesan más.

Es obvio, ahora estamos lejos de todos nuestros afectos. No contamos con ese apoyo físico de amigos y familiares a los que estábamos acostumbrados, y eso te mueve el piso.

La verdad es que desde donde yo lo veo, nadie está preparado para emigrar, ni sólo ni en pareja o familia, así como tampoco estamos preparados para enfrentarnos a la maternidad. Entonces no queda más que lanzarnos al ruedo y aprender a vivir con esta nueva situación de vida.

¿Y les digo algo? Es una experiencia realmente enriquecedora.

Porque así como con los hijos toca decidir echarle pichón, con la pareja también. O puede que no, puede también que llegue el momento que decidan no continuar. Es válido, y no pasa nada, nadie tiene que juzgarte por ello.

¿Qué nos ha funcionado a nosotros? Me lo preguntan casi a diario, y siempre digo que no somos el mejor ejemplo porque teniendo personalidades tan diferentes, es verdad que la migración nos alejó mucho de nuestra concepción de matrimonio pero trabajamos mucho para reencontrarnos.

Nos hemos abierto mucho y hemos estado aprendiendo a tejer una relación mucho más sólida en la que somos esposos, pero también amigos. Si no tenemos a nadie más cerca, y no es tan fácil hacer amigos, pues nosotros tenemos que ser nuestros propios amigos.

Como dice la canción, amigos y amantes, padres y hermanos.

Uno de los grandes aprendizajes ha sido entender que el matrimonio es un templo que se construye todos los días, y del que también necesitamos de vez en cuando un descanso. Pero ojo con esto, esto no se trata de ser infieles ni nada por el estilo, sino simplemente de encontrar espacios para estar juntos como pareja y como familia, pero también tener espacios para estar solos con nosotros mismos, y fuera del horario de trabajo.

Además de esto ahora funcionamos mejor como un equipo y nos apoyamos mutuamente en los retos profesionales y personales que se nos presentan.

Propiciar momentos de pareja sin los hijos alrededor ha sido la parte más ruda por no tener familia de soporte cerca, pero nos la hemos ingeniado y hemos hecho planes de adultos mientras la niña asiste al colegio. Evidentemente esto es algo que no podemos hacer todos los días, pero cada vez que se presenta la oportunidad nos damos un gusto de adultos.

En esta tarea también tuvimos que volver a conocernos. Querida amiga, créeme que si tú piensas que eres la misma que salió de tu país, no has aprendido nada.

Emigrar es adaptarse y evolucionar también. Así que como pareja nos tocó volver a conocernos y reconocernos. Y es en este proceso que algunas parejas deciden no continuar, y por eso digo que nadie te puede juzgar por tomar una decisión como esa, pues el matrimonio también es respeto además de amor.

También nos ha servido mucho conectarnos con familias afines a nosotros, nuestros valores e intereses. Estas familias no necesariamente son inmigrantes, pueden ser locales, y es una relación súper nutritiva porque aprendemos cosas de ellos y evidentemente no nos sentimos tan solos.

Hablar, hablar y hablamos mucho. En este último punto todavía trabajamos incansablemente porque a veces se nos olvida como remar en equipo, y no les diré que es fácil emigrar en pareja, pero si hay amor y respeto, todo debería salir bien pese a las tormentas.

Esta es parte de mi historia, pero sé que no soy la única que ha emigrado en pareja, así que me gustaría saber si quienes me leen tienen alguna historia que compartir sobre este tema.

Maternidad

El plan de parto: del dicho al hecho.

Cuando supe que estaba embarazada, ni siquiera sabía que quería un hijo. 24 horas más tarde estaba convencida de que era una de las cosas que más había deseado durante mucho tiempo, pero así como estaba convencida, también tenía un montón de preguntas en mi cabeza sobre todo lo que me venía por delante.

Viviendo en una sociedad como la latina, donde hay muchos opinólogos y pocas referencias cercanas de apoyo, mi cabeza era una total confusión. Recuerdo que a los pocos días de saber que venía mi bebé en camino me regalé un libro que deseaba leer desde hace mucho, “De pura madre” de Ana María Simon, y fue allí que por primera vez leí la palabra mágica “plan de parto”.

Del libro les puedo comentar luego porque de verdad para mí fue como un mantra en el embarazo, y mi forma de entender que todo lo que estaba sintiendo, de dejarme llevar por mis instintos, era totalmente normal.

¿Pero qué era ese plan de parto del que se hablaba? ¿Cómo funcionaba? ¿En mi país realmente se aplicaba?

Así fue como me puse a averiguar, y encontré que el plan de parto se utiliza en muchos países y que es una especie de documento en el que la mujer refleja sus preferencias, necesidades, deseos y expectativas sobre el proceso del parto. En pocas palabras, es decirle a tu médico –y también a tu familia- cómo quieres parir, cuándo, dónde, quiénes estarán allí y bajo qué condiciones.

Con cuatro meses de gestación empecé a maquinar todo según lo que mi corazón me dictaba. En la siguiente cita con mi doctora, a penas entré a la consulta le pregunté si podíamos hacer un plan de parto personalizado, y mi querida doctora (que terminó convirtiéndose en un pilar de ese plan) quedó encantada de que le hubiese preguntado y la hubiese incluido en mi planificación.

Entre los cuatro y los siete meses nos fuimos planteando todo el panorama, escribiendo ideas y también de alguna manera experimentando cómo nos sentiríamos cómodos papá y yo.

Y en el mes siete llevamos una lista con nuestros requerimientos, y junto a nuestra doctora discutimos uno por uno los puntos que habíamos escrito juntos (aunque yo lo había escrito sola practicamente).

Evidentemente todo no era posible de hacer, porque por lo menos yo pretendía parir en una habitación sola con mi esposo, la doctora y una doula y el centro de salud que habíamos escogido para el gran día no lo permitía; pero tampoco podíamos arriesgarnos a hacerlo en el lugar donde esto si hubiese sido posible, y aunque primero me costó mucho asimilarlo, esta fue la mejor manera de estar preparados psicológicamente para la llegada de nuestra pequeña.

Podría enumerar las cosas que solicité además de eso, siendo la primera respetar siempre que la bebé decidiera cuando nacer. No quería pautar una cirugía ni un parto inducido, estaba negada a esa posibilidad y en esa situación llegamos hasta el último día posible, hasta que ya era un riesgo para nosotras dos seguir esperando.

Además de esto, no quería bajo ninguna circunstancia tener una cesárea. No obstante, llegado el día y por una situación que no vale la pena describir, yo misma pedí a gritos que me hicieran la cesárea lo más pronto posible. Recuerdo haberle pedido disculpas a mi esposo por cambiar de opinión, y que mi Doula llamó a nuestra obstetra para decirle “Carla está pidiendo una cesárea”, y la doctora no lo creía posible. Incluso esto hizo que ella abandonara su consulta y bajara inmediatamente a la sala de partos a hablar conmigo.

Por otro lado, mi esposo y yo estuvimos siempre de acuerdo en que queríamos un parto respetado con apego temprano. Esto quería decir que una vez se cumplieran los procedimientos de rutina la bebé fuera inmediatamente pegada a mi pecho, y para eso contamos con el increíble apoyo de la doula, que apenas recibió autorización médica me entregó a mi bebé.

Otro de mis requerimientos fue estar solos mi esposo y yo hasta que la bebé llegara al mundo, y que en ese primer día de vida solo nos acompañaran nuestros padres y hermanos.

Viniendo de una familia tan grande, me era inimaginable tener que compartir las primeras horas de vida de mi hija con medio centenar de personas. Y sé que esto fue muy mal visto por algunos familiares, pero la intimidad que tuvimos ese día en aquella habitación no la cambiaría por nada. Me sentí completamente conectada con mis padres y con mi hija a la vez, estar de esa forma en una paz inexplicable fue clave en mi recuperación.

Nuestro plan de parto también incluía música y una luz tenue, y a pesar de contar con esto, terminamos no haciéndolo porque al final muchos de nuestros planes cambiaron aquel día por la forma en la que yo me sentía más cómoda.

También quería que mi esposo estuviera en cada segundo a mi lado y por protocolos médicos hubo algunos momentos en los que él no pudo estar presente. Sin embargo, nunca estuve sola, contar con una doula que había sido parte del equipo médico de la clínica escogida, fue un gran plus.

Mi hija nació en la fecha tope para venir a este mundo. Inicié un parto inducido y aunque había dilatado bien, en medio del camino ella decidió devolverse. Hoy nosotros lo vemos como que ella decidió nacer por cesárea para no lastimar tanto a mamá, y aquella noche descubrimos lo comprometida que estaba nuestra doctora con nosotros, cuando fue a revisarme después de la cirugía y se sentó como una mamá a explicarme que no era yo menos mamá por no haber podido parir.

Les hablo del plan de parto porque es sumamente importante entender que la llegada del bebé a este mundo no es algo casual, sino causal. Y es necesario para los nuevos padres, y también para los médicos, entender qué esperamos de ese día donde una bomba atómica de emociones explota gracias a las hormonas.

Querida futura mamá, yo de todo corazón te invito a escribir todo lo que tú esperas del día de tu parto. Bien sea que tengas claro que buscas una cesárea o un parto natural, si quieres apego temprano o si prefieren que le den un biberón al bebé, si quieres que te visiten o prefieres estar sola…todo lo que tú imaginas, escríbelo, incluso tus miedos sobre ese momento. Visualizar ayuda mucho a prepararse para todo lo que ocurre en un día tan acontecido como es la llegada de tu bebé.

Pareja y Familia

El matrimonio vacío

Érase una vez una pareja que vivía feliz… o al menos eso parecía.

Lo tenían todo; una casa, un trabajo estable, unos hijos sanos e inteligentes, y hasta el perro que es como la guinda de la torta en la foto familiar.

Ante los ojos del mundo nada faltaba y cualquier queja que tuviera la mujer de su hogar, era totalmente refutable porque aquel hombre era el prototipo perfecto para quienes veían desde afuera la situación.

Lo que pocos sabían, era lo que realmente pasaba dentro de casa; donde a duras penas marido y mujer hablaban de algún tema relevante. Las ocupaciones diarias y los hijos era lo único que aquellos dos seres, que alguna vez compartieron tanto amor y alegrías, ahora tenían en común.

“Pero si estamos bien, no nos falta nada. No puedes ser inconforme y mal agradecida”, se repetía aquella mujer en su cabeza todos los días del mundo, ante la respuesta incomprendida de las pocas personas a las que les expresaba su verdadero sentir.

Todos los días se preguntaba ella, si de verdad el resto de su vida tendría que ser así… sin emoción en la pareja, sin verse a los ojos, sin agarrarse de la mano, sin un cariño que no estuviera relacionado con el sexo, que ahora era sólo eso, sexo. Una necesidad fisiológica más que cubrir, sin conexión, sin amor, casi que por respuesta automática al momento e incluso a veces el cupón que evitaría las peleas de la noche.

Seguramente en su cabeza él también lo pensaba pero estaba demasiado ocupado trabajando, y para cuando llegaba el momento de poder ver las cosas en paz, ya era hora de dormir para continuar con la rutina.

¡Uff! La rutina, esa miserable traicionera come sueños, que al final termina convirtiéndose en el atajo de muchos para conseguir “estabilidad”, para quedarse en esa zona de confort que te atrapa para no tener lo que mereces sino aceptar solo lo que tienes.

“¿Pero realmente esto es lo que quiero para mí? ¿Este es el ejemplo de vida que le quiero dar a mis hijos? El del conformismo que alguna vez para mí representó mediocridad. Irse de la vida sin haber hecho lo que realmente quería porque sólo había que llenar un montón de requerimientos sociales”, se repetía ella todos los días mientras lloraba en silencio en el baño.

Todos los días era lo mismo. Ella se despertaba antes que él, preparaba el desayuno que poco a poco se fue volviendo mediocre; se vestía, tomaba un café mientras él finalmente se bañaba. Ella preparaba a los niños, las loncheras y salía a llevar a los pequeños al colegio. Mientras el marido solo se preparaba para irse a trabajar y no volver hasta la noche. Ocho horas más de estar separados físicamente, pero realmente eso no pesaba tanto como la separación emocional que ambos estaban viviendo.

En sus días más libres ella volvía a casa para cocinar, limpiar, hacer las compras y resolver uno que otro asunto, que al final terminaba siendo el asunto de alguien más de la casa. Buscaba a los niños, los entretenía hasta que el papá llegaba a casa y la saludaba -con suerte- con un beso frío, casi que sin interés.

Mientras los niños tumbaban la casa, él hombre sólo se dedicaba a ver el celular o la televisión, pero incluso algunos días se arriesgaba a buscar conversación contando cosas de trabajo, que a ella al final no le interesaban.

Ella se sentía un mueble más, incluso cuando él se acercaba con un fallido intento de amor para usar su cupón favorito. Él no veía en su mujer los ojos vacíos, su dolor desesperado ante la frustración que ella sentía.

Y ella lo sentía por los dos. Ella bien sabía que él tampoco era feliz.

Este es un relato real, uno escogido aleatoriamente de todas las historias que escucho cada día de mujeres reales que han visto cómo se desmoronan sus relaciones tras la llegada de los hijos.

¿Pero realmente este deterioro es culpa de los hijos?

Desde mi punto de vista, y desde mi experiencia propia, no.

Si buscamos culpables esos seremos nosotros mismos, los padres, que de alguna manera no hemos sabido manejar la presión de la situación y preferimos escondernos en el trabajo, en las excusas e incluso en las creencias con las que hemos crecido, o más fácil echarle la culpa al otro de lo que en realidad es un asunto de dos.

Pero esto no se trata de culpas sino de encontrar soluciones reales y factibles para ambas partes, porque como bien dicen por ahí, mientras mejores esposos o amigos seamos, mejores padres seremos.

Un matrimonio feliz no es necesariamente el que duerme a modo cucharita todas las noches, o en el que la mujer recibe más flores al año que cualquiera de sus amigas. Un matrimonio feliz es donde hay atención de parte y parte, donde uno se preocupa por el otro, donde son amigos y amantes que constantemente se están enamorando y atrayendo el uno al otro.

Un matrimonio feliz es aquel donde ambos muestran real preocupación por los asuntos y planes de la pareja, y además se apoyan, donde se trabaja en equipo por las metas en conjunto pero también por la cotidianidad, donde la plata no se convierte en sinónimo de manipulación, donde el perdón tiene cabida cuando se comenten errores, y donde la cama es un lugar de encuentro incluso para los sueños, no sólo para dormir.

El matrimonio es respeto y amor, es verdad, pero también es complicidad, amistad, apoyo, tolerancia, familia, compromiso, armonía, relevo, ternura y muchas otras cosas más que conviven con dos personalidades diferentes.

Y en este punto quisiera ser clara, no como especialista en nada sino como ser humano, el motivo  de un matrimonio nunca deben ser sólo los hijos, porque los hijos son, de alguna manera, la consecuencia del matrimonio, y al final ellos crecerán y nosotros nos quedaremos solos con nuestras parejas.

Pero si pones a otros como motivo de tu matrimonio (hijos, padres, sociedad, etc.), puedes estar viviendo en un matrimonio vacío, donde sólo importan las fotos familiares que mostraremos en algún momento a un tercero, que al final no será más o menos feliz por nosotros porque a cada quien le toca vivir su propia vida.

El matrimonio vacío es aquel donde se perdió el respeto, donde se desconectó el corazón y donde el amor escasea. El matrimonio vacío lamentablemente hoy es muy común, y es ese donde algunos prefieren permanecer por conformidad, por costumbre, pero nunca por amor propio ni mucho menos por amor al otro, y al final esto termina siendo una carga muy pesada para llevar.

Si tú eres una de esas mujeres que está viviendo en un matrimonio vacío, te recomiendo con el corazón en la mano buscar ayuda, bien sea para salvar tu matrimonio o para partir al rumbo donde te sientas feliz y en paz, porque nadie querida amiga, NADIE merece vivir sumido en la tristeza.

Pero si no eres tú, sino que es una de tus amigas que se encuentra en esta situación, no le des la espalda, no la juzgues, ni te involucres, sólo escúchala, no la abandones como el resto de su entorno.

Maternidad

Mis ojeras y yo

Esas ojeras que hoy ves en mi son parte de las marcas que me ha traído la maternidad. ¿Y sabes qué? No me pesan. Tal vez para ti, que ves todo de afuera sea sinónimo de una lucha sin sentido, pero para mí, que soy la madre, tiene un valor inigualable.

Esas ojeras que hoy te causan risa, esta vez no son producto de una fiesta veinteañera, ni de un trasnocho por estudios, son el resultado del trabajo más lindo que me ha tocado desempeñar.

Esas ojeras que hoy me acompañan no se irán esta vez con el café de la mañana, y probablemente no tenga muchas ganas de usar maquillaje, pero ¿Para qué ocultar mi belleza natural si a mí no me molesta?

Mis ojeras, las nuevas manchas que tengo en mi piel, la cicatriz de mi cesárea, no son nada en comparación al amor que me recorre el cuerpo desde que el motivo de todos estos “males” llegó a mi vida.

¿Te había dicho que soy mamá?

Pues sí, soy mamá entregada y libre. Soy mamá que ama sin medida y que no ve nada de malo en entregar tanto amor como pueda a sus hijos. Soy la mamá de un ser humano que está creciendo desde el amor, el respeto y los valores, y me siento orgullosa de ello.

“You are kind, you are smart, you are beautiful”, es mi mantra para mi hija todos las mañana antes de entregarla en el colegio. ¿Cómo podría yo enseñarle a ella que lo que importa es lo de adentro, si no se lo demuestro?

Querida amiga que también eres mamá y me dices “tienes una cara de destruida amiga”. No seas cínica, guárdate el comentario y dame ese abrazo que tanto necesito. Recuérdame todas las cosas que en algún momento hice y que pronto volveré a hacer, porque este tiempo de criar pasará rápido. Recuerda que cuando fuiste tú, quien estuvo en el lugar que ocupo hoy yo, jamás de mí salió una palabra que te desmoralizara.

Querido esposo, no me anules, ámame aún más con mis ojeras, con mi cabello desaliñado y soso, que es la marca del amor que les pongo a nuestros hijos y la foto que guardaras en tu corazón cuando me vuelvas a ver como la reina que soy. Este tiempo de agotamiento también pasará, así que cuídame ese amor que nos juramos para disfrutarlo también cuando los niños se vayan.

Mamá que me lee, no sientas pena porque hoy no estás arreglada, porque usas los mismos jeans desde hace una semana o porque has repetido la franela que llevabas ayer. Si no te gustan tus ojeras, maquíllalas pero no te sientas menos por ellas.

Que si tienes tres días en la casa en pijama. Lávate la cara y ponte una ropa con la que te sientas a gusto, vístete para ti, no para los demás.

¿Que tus amigas te critican porque ya no vas a la peluquería? Entonces ellas son quienes deben revisarse, porque tu belleza interior sobrepasa la exterior. Eres mamá, estás criando, estas formando el futuro del mundo, y esa es la labor más difícil que cualquiera puede enfrentar.

Lo más increíble de todo es que esto también pasará, y es por eso que es tan importante que tú seas la primera en no anularte de la historia.

Que sí, que tus hijos te necesitan, pero también te necesitan coherente con lo que quieres enseñarles y es por eso que es importante que así como tienes tiempo para todo, tengas tiempo para ti. 10 minutos, una hora, un día, en que te cultives, te revises, te desconectes, descanses y recargues todo lo que tienes para dar.

Querida mamá, esto también pasará y como todo en la vida, será muy rápido. Puede que ahora que pasas horas en el sofá dando pecho a ese pequeño ser que creaste, veas todo oscuro y eterno, pero no es más que tu mente haciéndote una mala jugada, porque todo se acaba en un abrir y cerrar de ojos.

Te hablo de esto porque yo también he estado ahí, y hoy cuando me vi al espejo vi una cara cansada, me eché agua fría y lo primero que salió a flote fueron mis ojeras, de esas que tenía meses sin ver. Pero no me quise maquillar, ¿para qué si no me gusta y esta soy yo tal cual soy?

Salí a la calle y la primera persona que me vio me regaló una sonrisa. Sé que le sonrío a mis ojeras más que a mí, y sé también que por su mente habrá pasado el “pobre mujer”, y por eso decidí dedicarte estas palabras.

No es pobre la mujer que cría y entrega en su medida correcta el amor a sus hijos, es pobre aquel que juzga sin pensar en el daño que causa al otro.

No decaigas mamá, ama mucho que el tiempo es corto.

Pareja y Familia

Nunca es el momento perfecto

Nunca es el momento, nunca las condiciones están dadas, y seguramente cuando todo este “perfecto”, las cosas no saldrán como tú quieres.

Mi esposo y yo habíamos decidido emigrar, y hasta pasaje en mano teníamos para ir a probar suerte en unas entrevistas laborales, cuando yo empecé a sentirme mal.

Mi mamá me preguntaba por qué estaba tan cansada todo el tiempo, de la nada se me aceleraba el corazón, todo el tiempo estaba caliente al punto que mi esposo creía que me la pasaba con fiebre, tenía dolor en el cuerpo y todo pasó justo cuando reventó la mayor contingencia por el Zika en todo el continente.

-“¿Embarazada? No vale, yo lo que tengo es Zika”, me repetí por tres días hasta que tuve que ir a hacerme un examen de sangre para ir al médico.

En ese momento y por la contingencia sanitaria, era obligatorio que las mujeres en edad fértil que se practicaran la hematología para saber si tenían Zika o Dengue, se practicaran una prueba de embarazo. Evidentemente no pude negarme y yo en mi mente ni idea tenía que el resultado sería totalmente al esperado.

¿Qué si sospechaba que estaba embarazada? Para nada, eso para mí ya era tema del pasado. No sólo no estábamos buscando bebé, sino que ya había llegado a creer que eso no era para mí, y que bueno si mi esposo ya estaba medio reacio al tema, ¿para qué íbamos a intentarlo?

El gen de la paternidad estaba apagado en ese momento en nosotros. O por lo menos eso creíamos.

Yo confieso que había dejado de desear un hijo porque pensaba que no tenía la capacidad de amar a nadie de la forma en la que las madres aman. Y bueno, si ya tenía un año sin cuidarme, descubriendo lo feliz que era sin anticonceptivos y no había pasado nada, ¿qué podía haber cambiado mi realidad?

Recuerdo que en aquellos días le comentaba a mi entrenador de TRX que no entendía por qué esa definición muscular de los primeros meses de entrenamiento había desaparecido, que no entendía cómo era que salía tan agotada de las clases, y que además no bajaba de peso como había venido pasando.

Los resultados tardaron unas 24 horas por algún motivo, porque yo no tenía fuerzas ni para manejar aquella tarde, y fue mi esposo quien recibió la noticia, aunque él ni por enterado se dio. No sé si fue porque aún estaba dormido cuando fue por los exámenes, o porque en su cabeza no registró que el día anterior me habían hecho una prueba de embarazo anexo al perfil 20 original que el médico había solicitado.

Él sólo leyó que el examen decía “positivo en sangre” y me llamó para decirme que creía que tenía que ir inmediatamente al médico porque le parecía que había salido positiva la prueba.

Cuando llegué a donde estaba él, esperando para ser atendido por el médico para un chequeo pre-operatorio, leí detenidamente los resultados, hasta percatarme que en efecto al final decía “HCG: Positivo en sangre”. Mi ojos no podían creer lo que estaba viendo, ¿Cómo era posible que eso me estuviera pasando en ese momento?, ¿Cómo yo tan ordenada en la vida con todos mis planes había quedado embarazada en medio de la crisis social, económica y humanitaria más grande que había vivido Venezuela?

Cortesía de Mamá Ilustrada

Obvio que sabía cómo me había embarazado, y en ese momento creo que hasta se me cruzó el día que hicimos a nuestro bebé, pero el asombro me superaba y fue una mezcla total de emociones.

Empecé a reírme y a llorar, y la cara de él era de total confusión. Realmente él no tenía idea que ahí en ese sobre también había una prueba de embarazo. Como una loca dejé a mi esposo ahí en la sala de espera y corrí al laboratorio a reclamar que esa prueba había salido mal, que tenían que repetírmela, mientras una docena de personas me veía con cara de asombro mientras la bioanalista me explicaba que sí, que estaba embarazada, que no tenía que ir a ningún internista sino al ginecólogo.

¡Estaba totalmente en shock! Allí sí lloré y no dejaba de repetir que eso no podía ser, que nosotros nos íbamos y cómo iba a hacer ahora con un bebé, ¿qué le iba a decir a mi esposo? –Que además debía estar bien confundido en la otra sala de espera por mi reacción–.

Me calmaron, la gente me felicitaba y yo empecé casi que inmediatamente a hablarle a mi bebé, a decirle lo mucho que lo iba a amar y que haríamos hasta lo imposible para hacerlo infinitamente feliz y un ser humano de bien.

Lo cierto es que me debatía entre sí alegrarme o no hasta no confirmar que todo estaba bien. Mi esposo, el que no quería tener niños todavía, no podía estar más feliz en la vida.

Con la buena fortuna que conseguimos inmediatamente una cita de emergencia con mi ginecólogo, y en esas tres largas horas de espera por mi cabeza pasaron una infinidad de miedos y preguntas, porque definitivamente no estábamos preparados ni social ni psicológicamente para ser padres. A eso se sumaba que mientras esperábamos, la gente en la sala no dejaba de hablar de lo “mala cabeza que eran esas mujeres que se estaban embarazando en plena crisis del Zika”.

Finalmente esa mañana conocimos a nuestro pequeño milagro, después de un largo interrogatorio de la doctora a quien tenía más de un años sin ver, me hicieron mi primer eco, y ahí estaba latiendo, diciéndonos de alguna manera que había vida. Ahora mis lágrimas eran de emoción, los dos llorábamos de emoción, teníamos unas seis semanas de gestación, y privada en llanto le dije a la doctora que no podía estar más feliz, acababa de ver la manifestación de Dios más grande en mi vida, una nueva vida se estaba formando en mi vientre, y aunque no lo conocía, lo amé desde el primer momento. Ese puntico, con apariencia redondeada pero con fuerte latido, era la figura más hermosa que había visto en mi vida.

Los detalles de ese día no vale la pena ni comentarlos, pero mi milagro debía permanecer en secreto unas cuatro o seis semanas más por recomendación médica, y a partir de ese momento mi vida cambio. Cambió para mejor.

Muy poca gente se enteró por aquellos días, y hubo uno que otro imprudente que sin saber nos dijo que quienes se atrevían a tener bebés en esta situación eran unos locos, sin imaginarse que nosotros éramos parte de ese grupo de locos, que aunque no lo estábamos buscando en ese momento, pues Dios decidió darnos ese regalo, y realmente no me importaban los pañales, ni si no había fórmulas, sabía que de alguna manera tendría las herramientas para conseguir todo lo que necesitaba para mi hijo.

En ese momento, en el que vi ese corazón latiendo en esa pantalla, no había nada más en el mundo que me importara más que ese retoño de amor, no había situación que me afectara más que la llegada de mi bebé, y no es que andaba todo el día como drogada o algo por el estilo, pero entendí que muchas veces nos detenemos por lo superficial de la vida, y dejamos pasar lo que realmente hace que la vida sea importante.

Es increíble que de una cosa tan chiquitica hayamos salido cada uno de nosotros, tan increíble que no caes en cuenta hasta que eres tú quien engendra esa cosa tan chiquitica que vendrá a este mundo para cambiar vidas, y lo cierto es que nunca será el momento perfecto para el Universo, pero será el momento perfecto para ti, y eso solo lo sabe Dios y tu cuerpo.

Todas las cosas que pensaste que podías pasar con un embarazo no son más que expectativas, ideas o ilusiones, no es hasta el momento en que lo vives que te das cuenta de lo grandioso que puede ser tu cuerpo, y de lo inmensamente preparada que estás para ser mamá.

Días antes de saber que estaba embarazada, una noche desvelada pensaba que Dios sabía por qué hacía las cosas, lo mejor para nosotros era irnos y echar raíces en otro lugar antes de tener un bebé en la Venezuela que me tenía con el corazón destrozado, antes de saber que estaba embarazada, pensaba que no tenía la capacidad de amar tanto a alguien como para desvelarme o entregarme totalmente a él.

Así que no te angusties amiga, el momento en el que tu bebé llegue será el momento perfecto. Solo te invito a vivir la experiencia desde el amor y el respeto, que lo material de alguna manera siempre llega.

Maternidad

Infancia feliz, adulto saludable

Si desde el principio lo viéramos tan clarito la historia sería otra. Si desde el principio entendiéramos que todo lo que pasa en la infancia define la salud mental del futuro adulto, estoy muy segura de que todos tomaríamos la crianza como un asunto vital.

Si a veces nos pusiéramos en los zapatos del niño que llama la atención, que se pone inquieto y que según los adultos “saca de sus casillas a cualquiera”, veríamos que muchas veces sus comportamientos dependen de nuestra actitud, de nuestros sentimientos e incluso de nuestro inconsciente, porque inconscientemente los bloqueamos, los ponemos a un ladito y de alguna manera les decimos que no son tan importantes como en realidad lo son.

Imagen cortesía de @psicologia21

¿Cuántas veces escuchamos a otros padres -y a nosotros mismos- decir «es que no sé por qué ese niño es así?.

Y entonces el que esta viendo por un huequito ríe con picardía, porque lo que el padre no ve, es que el niño, que es una esponja, está copiando sus actitudes, sus palabras, está tomando nota para el futuro.

La verdad cada día me sorprende más escuchar a algunas personas decir que ellos recibieron bastantes golpes de sus padres y que por eso no están rotos o deprimidos, mientras el resto del universo se da cuenta de que esas personas tienen deficiencias emocionales graves.

“Es que me pegaban porque me burlaba de mi amigo”, “me pegaban porque no ordenaba las cosas», “me pegaban porque no prestaba atención”, y resulta que los golpes no hicieron nada porque de adultos son burlones, son desordenados o despistados, y peor aún van por la vida buscando la aprobación absoluta de sus padres en todo, y esos padres son personas completamente lejanas a estos seres.

Y con esto no quiero decir que el padre de hace 20 o 30 años atrás fue malo por golpear, estoy segura que muchos de ellos lo hicieron porque fue lo que aprendieron, porque no hubo una luz en su camino que les hiciera ver que con los golpes solo infundían miedo y recalcaban sentimientos de inferioridad en los niños.
-Carla, ¡es que tú eres muy liberal con Sára!
-¡NO!.
Y siempre será mi respuesta, porque aunque no me importa mucho lo que los demás crean sobre la crianza de Sára, les explico que eso no es así porque mi hija tiene límites claros, tenemos determinados puntos que no negociamos y aún así la amamos sin límites. Aunque crean que no tenemos límites en otras cosas como rutina y disciplina, en nuestro tipo de crianza sí existen los límites, pero también existe el respeto y la negociación.
Creánme que es muy delicado tocar este tema, porque estoy segura que cada uno de nosotros está haciendo lo mejor que puede desde su corazón para lograr que sus hijos sean adultos de bien y sobre todo felices.

Yo solo les puedo decir cómo madre y cómo hija que estoy agradecida por haber sido cuidada desde el amor y no desde las amenazas, y sí, miren que tuve limitaciones, siempre lo digo y sin pena, la primera vez que dormí fuera de mi casa fue a los 19 años, y en casa de una amiga previa conversación de nuestras madres, por ejemplo. Pero fueron esos límites los que me permitieron a su vez cononcer la vida desde el respeto, y todas las libertades que mis padres me dieron, al incluirme en las decisiones de familia y en dejarme escoger siempre a mí lo que yo quería o no hacer, me hizo apreciar la libertad.

Mi esposo, vino de una crianza totalmente diferente, y hoy es una de esas personas que se niega a golpear, a castigar y que cree que la palabra, el diálogo, la atención y el tiempo de calidad en familia, es más eficiente que un golpe.

En casa siempre hablamos de criar con valores, con amor, con respeto, porque no basta con desear un mundo mejor para nuestros hijos, si no los preparamos a ellos para ser mejores adultos capaces de merecerse y vivir ese mundo.
Nosotros estamos #CriandoHumanos y en eso se empieza en el corazón de un niño, allí es donde debemos sembrar la esencia del adulto del futuro.

Entonces ¿Para qué dañarlo con golpes que los conviertan en esclavos del silencio? 

Migración

Criar lejos de la familia…

Criar lejos de la familia es uno de los retos más grandes que impone la migración y la crianza a su vez.
No es secreto para nadie que los venezolanos no estábamos acostumbrados a emigrar, y que nuestras familias son nuestro apoyo directo, como es natural en todas las culturas, pero eso ha incidido mucho en la forma en la que muchas mamis ven el proceso migratorio.

Verse lejos del hogar original, con los hijos y sin el apoyo de los abuelos, trae una mezcla de emociones que en ocasiones puede ser hasta peligrosa. Y es por eso que decidí escribir sobre este tema, en el que no soy experta sino que lo estoy viviendo al igual que muchas de ustedes.

Ya tenemos más de un año de haber salido de Venezuela y lanzarnos esta aventura que, en nuestro caso y fortuna, ha sido maravilloso porque ha traído mucho crecimiento a nivel personal, pero no les niego que tener lejos a los abuelos, a los tíos y a los padrinos que siempre quieren estar presentes ha sido fuerte y doloroso. Peor es el panorama cuando imagino que verlos a todos en un mismo lugar es practicamente imposible por vivir todos en distintos países ahora, pero por eso prefiero no pensar en eso, y así voy escogiendo mis batallas emocionales.

La familia es ese apoyo moral y físico, y es por eso que no siempre se comparte con ellos apellidos, y algunos amigos son más cercanos que otros miembros de la familia consanguínea.

En nuestro caso hemos tenido la fortuna de hacer mucho más fuertes los lazos con los abuelos maternos por ejemplo, que a pesar de la distancia siempre están presentes con atenciones y detalles digitales, y que se las ingenian para dejar su marca en todos los eventos importantes de la vida de nuestra pequeña.
Pero también hemos ido formando nuestra propia tribu en este país que nos ha recibido; y aunque no hemos hecho demasiados amigos, la verdad es que los pocos que consideramos amigos se han vuelto familia, y no en vano Sára tiene cerca del Danubio dos hermosas abuelas que juegan con ella y la adoran como si fuera su nieta.
Nosotros, los padres, también hemos conseguido en estas señoras amigas esos brazos en los que podemos refugiarnos para palear la distancia física que tenemos con nuestros padres. Y no les niego, la confianza es vital en esta relación, porque es en estas personas en quienes confiamos con los ojos cerrado, incluso para tomar decisiones.

Los primos ahora no son solo esos niños de la familia, sino también los hijos de los amigos cercanos que vamos haciendo, que nos van acompañando a nosotros y a nuestros peques en el camino de crecer. Con ellos tratamos de compartir cosas que van más allá de citas de juego, colegio o cumpleaños, y buscamos actividades afines que nos ayuden a afianzar la relación.

Mamis emigrantes, sé que no es fácil, habrá días que querrás llorar porque extrañas que tu papá te acompañe a un sitio o que tu mamá te diga algo sobre determinado asunto con los hijos. No les mentiré con decirles qué hay días en los que el teléfono no basta, necesitas el abrazo, el regaño y hasta que te cuiden al muchacho 30 minutos, pero créanme que no será imposible y al final siempre valdrá la pena por ver a nuestros hijos crecer felices.

Vivimos en un país donde la estructura familiar es muy fuerte y respetada, y donde incluso existen leyes donde los abuelos pueden obtener licencias de trabajo para cuidar de sus nietos; y a nosotros nos ha pegado mucho cada vez que en el colegio nos preguntan por qué los abuelos no están involucrados directamente en la crianza, o si nos invitan a actividades donde los abuelos son los protagonistas.
Los inmigrantes no tenemos esa carta bajo la manga y nos toca guapear, hacer de tripas corazón y hacer alianzas con la tecnología para que los niños sientan menos la distancia de los seres queridos.

Criar amerita entrega, amor, respeto y mucha paciencia. Hacerlo solos implica tener el triple de fuerza en cada uno de estos recursos, pero a través del amor es posible, y es posible porque emigrar, así como la misma maternidad, nos permite reconectarnos con nuestros valores y creencias.

Las abrazo.

Migración

Querida mamá (migrante)

Esta carta la escribí hace unas semanas atrás en mi cuenta de Instagram para darle ánimos a todas esas mamás migrantes como yo, durante la época navideña. La migración por muy VIP que sea, suele ser un camino lleno de muchas emociones encontradas, y es por eso que la tribu, o ese grupo de apoyo con el nombre que quieras ponerle, es TAN importante en el proceso migratorio. Aquí se las dejo y espero que les sea de utilidad, porque a fin de cuentas no sólo en Navidad los inmigrantes tenemos las emociones a flor de piel.

Querida mamá (migrante): Hoy en mi celebración de navidad he decidido escribirte está carta desde mi espacio de paz. Lo hago porque siento la necesidad de hacerte saber que no eres la única que en días como hoy se siente en dos aguas, y me gustaría recordarte que es «normal». Es normal que hoy entre la alegría de tus hijos, con lo mucho o poco que hayan recibido, quieras llorar y reír a la vez.
En este camino que nos ha tocado, llorar está permitido y drenar tus sentimientos será siempre un deber. 
Hoy como tu me siento plena por ver la sonrisa se mi hija, y melancólica porque sus tíos y abuelos deben verla por una pantalla. 
Hoy mientras recordaba las navidades de mi infancia tuve que correr al baño a llorar; yo tuve a mis abuelos y Sára se queda esperando porque ellos salgan del teléfono y vengan a jugar con ella.
Cuando me vi con los ojos y el rostro rojo en el espejo me acordé de ti, y pensé que estaba bien llorar. Llorar por lo que dejamos atrás, por lo que no salió tan bien como esperabamos y por eso que pasará que todavía nos da un poquito de miedo. 
Lo que NO está permitido es quedarse en el dolor.

Hoy hice mi resumen de vida y agradecí todas las bendiciones que he tenido. Aunque pasé el día en pijama jugando en casa con Sára, viví un día más y ya eso es gran ganancia (¿cuántas personas no pudieron despertar más está mañana?).
Teníamos algo que aprender, y a veces el cambio duele, pero no nos quedemos en el dolor, avancemos porque razones de sobra tenemos.


Querida mamá, está bien llorar de vez en cuando, sólo te invito a que -cuando te calmes, cuando botes todo eso que tienes por dentro- con el corazón en la mano y como dice el querido Maickel Melamed, «agradezcas por todo, revises todo lo que ha pasado y celebres todo».
No hay triunfo pequeño, no hay enseñanza pequeña, en la vida no se pierde, o ganas o aprendes.

Yo hoy agradezco la oportunidad de brindarle a mi hija un futuro mejor, de brindarme a mi misma nuevas oportunidades para crecer y evolucionar. Veo hacia atrás y agradezco todo lo que deje pero también lo que vendrá, y celebró la vida, que ya es un gran triunfo. 
Celebró, agradezco y sonrío.
TODO ESTARÁ BIEN.

Maternidad

Mamá en casa, mamá valiente

El papel de las mujeres que decidimos quedarnos en casa se ha subestimado cada vez más con el paso del tiempo. Tal vez se deba a las generaciones anteriores que fueron educadas para que las mujeres tuvieran un espacio solo en el hogar, y a medida que fuimos ganando terreno fuera de la familia no le quedó más a la sociedad que intentar imponernos una etiqueta que hoy es usada como un estigma.

Estar en casa no significa que no estemos haciendo nada, así como trabajar fuera de casa no implica necesariamente estar haciendo algo productivo, porque como todo en la vida, esto también es relativo.

A diario comparto con mujeres increíbles que se sienten culpables de quedarse en casa al cuidado de los hijos durante la primera infancia, confieso que yo misma me he sentido así en ocasiones. Pero luego recuerdo la falta que me hizo mi mamá muchas veces mientras estaba en el trabajo, y entonces comprendo que no trabajar de manera formal en este momento no es un retroceso para mí.

Les contaré una historia muy personal. Yo nunca tuve en mi cabeza esa idea loca de formar familia, para mí eso era una utopía que fue agarrando forma conforme fueron pasando los años y fui afianzando mi matrimonio. Por otro lado, yo me veía como la mujer trabajadora, independiente, de las mil cosas que hacer y producir y los mil un logros que recoger, y que si llegaban los hijos pues habría suficiente dinero para llamar a la mejor Nana del mundo. Hasta que tuve a Sára en brazos por primera vez.

Recuerdo que ella tenía unas pocas semanas de nacida cuando le dije a su papá que yo quería, y me parecía necesario, dedicarme por un tiempo indefinido a la crianza de nuestra hija y los que estuvieran por venir. No estaba dispuesta a perderme sus primeras palabras, y tampoco quería soltarla al mundo antes de tiempo. “Yo quiero dedicarme a criar a nuestros hijos”, fueron mis palabras exactas.

Él estuvo de acuerdo porque siempre ha soñado con una familia grande, aunque cada día que pasa me convenzo más de que él nunca creyó que yo me atrevería.

Han pasado más de dos años desde aquel momento y yo no he podido volver al mercado laboral formal. Y hace pocos días me di cuenta que no había vuelto, simplemente porque no he querido y no he puesto mis energías en ello.

Que he hecho muchas cosas, sí; pero ninguna de ellas me ha impedido estar cerquita de mi hija en su día a día.

Estar en casa con los hijos va más allá de estar en casa. Se trata de encargarse de la limpieza de la casa y de las cosas, de tener al día la cocina, el mercado e incluso solucionar las diligencias de la vida diaria como el pago de los servicios y otras cosas.

Quedarse en casa significa a su vez cumplir con unas estrictas rutinas que nos permitan crear horarios y hábitos en nuestros hijos no escolarizados, y eso nos hace ser también más organizadas y planificadas. Y si hablamos de planificación, estar en casa representa administrar el tiempo de tal manera que, para cuando papá esté libre del trabajo, el tiempo de familia sea realmente de calidad.

Sí, muchas veces los hombres no entenderán eso y pensarán que ellos saliendo de casa a trabajar, y nosotras acostándonos a dormir. Ojalá y fuera así, pero dormir es la cosa más difícil del mundo cuando tienes niños pequeños.

Querida mamá, hoy quisiera hablarte a ti que tal vez te sientes menospreciada o una carga porque te ha tocado estar en casa. Te hablo desde mi experiencia, porque estando en casa no sólo me tocó aplicar todos mis conocimientos profesionales, sino aprender un montón de cosas nuevas como manualidades, idiomas, tecnología y un sinfín de dotes administrativos y gerenciales que vaya Dios a saber cuándo hubiese podido yo tener la oportunidad de aprender en algún cargo administrativo.

Estando en casa me he convertido en niñera, maestra, enfermera, señora de limpieza, lavandería exprés, administradora, contadora, abogado especialista en resolución de conflictos y promotora de los derechos humanos. Además tengo dotes de secretaria desde que emigré, pues me toca poner en contacto telefónico a mi hija con nuestra familia regada por el mundo, sin contar que la organización va más allá de la casa y se incluye una minuciosa agenda semanal a fin de que no queden por fuera actividades de recreación, estimulación, comunicación y relaciones públicas.

He aprendido también a gestionar el tiempo que queda para mí, para emprender mis proyectos y para dedicarle a mi pareja, ya que sin contar con una familia de apoyo detrás de nosotros, estar solos es prácticamente imposible.

Las finanzas son compartidas pero es sobre los hombros de la mujer donde recae la responsabilidad de que las cuentas cuadren. Y en ese sentido, de este lado siempre habrá también mucha presión o responsabilidad.

Querida mamá, no digas que no estás haciendo nada, estás criando un ser humano y esa es la responsabilidad más grande que nadie puede tener en la vida. Se trata de alguien que por sus acciones será amado y respetado en un futuro, u odiado y rechazado. No es cualquier cosa.

Y si trabajas mamá, también está bien. Créeme que tus hijos sabrán entenderlo en un futuro. En todo caso lo importante en esta historia es que tú entiendas que tu rol no es cualquier cosa, porque si eres capaz de entender e internalizar eso, entonces serás capaz de omitir todos los comentarios malsanos que los demás hagan de ti o tu situación.

Querida mamá amiga, la maternidad no es una ciencia pura, es simple experimentación humana apostando por el futuro mejor de los tuyos. Recuerda que al final todo pasa.

Migración

Emigrar. Un acto de fe.

Para mi emigrar representa un proceso de desprendimiento, de dejar atrás, de transformación e incluso de superación, que he comparado mucho con la maternidad. Y sí, mira que puede sonar muy loco, pero no del todo y ya verás por qué.

La mayoría de los seres humanos deseamos de alguna manera ver nuestra humanidad extendida, y eso son los hijos. Por mucho que se diga que no se quiere tener hijos, en algún momento de la vida las condiciones se dan para tenerlos, o por lo menos para desearlo. Y sí, genera mucha felicidad, pero a la vez preocupación, porque la vida tal como la conocíamos deja de existir para adaptarnos a una nueva persona, y nuevas rutinas.

El proceso se disfruta, y una vez se va acercando el momento del parto, las mamás estamos entre esa felicidad de ver sus caritas por primera vez, y el egoísmo de preferir que se queden dentro de nosotras, donde los podemos proteger de todo.

Los padres no suelen entender mucho esta parte del proceso, porque independientemente de su cercanía con el embarazo, no han tenido la oportunidad de sentir a sus bebés como nosotras, desde adentro. Evidentemente el proceso es diferente para ambos.

Cuando nacen, literalmente todo cambia, y nos desprendemos de muchas de esas cosas que antes eran cotidianas para nosotros, como dormir una noche entera, por ejemplo, o disfrutar de una comida caliente sin tener que atender a otra persona, salir de fiesta, la exclusividad de la pareja, etc.

Pues bien, la migración tiene mucho de eso. Cuando se toma la decisión, bien sea por la razón que sea, hay emoción y expectativa. A medida que se va acercando el momento de partir, empieza a correr la ansiedad, que te hace vivir una montaña rusa de emociones encontradas entre tus ganas de irte y a la vez de quedarte en tu lugar de origen. E incluso llega un momento en el que empiezas a cuestionarte si el tiempo entre tomar la decisión y partir ha sido mucho o no ha sido suficiente para hacer todo lo que tenías pendiente, o incluso atender a la familia que dejarás de ver con frecuencia.

El primer desprendimiento se da cuando te toca armar el equipaje. ¿Qué llevas y qué dejas? Aquello que llaman algunos “meter tu vida en una maleta”, y prácticamente sentí lo mismo cuando preparé mi maleta para el parto. Primero puede parecer que todo es absolutamente necesario, porque estás acostumbrado a vivir con todo eso, y te preguntas una y mil veces cómo sobrevives con menos. Pero créeme, se aprende.

Una vez das el paso, todo cambia. Llegas a un lugar nuevo donde todo es diferente, donde tienes que adaptarte a todo, porque así lo hayas visitado antes mil veces, lo cierto es que ese lugar ahora es tu hogar y ya no más un destino temporal. Y desprendiéndote de todo lo que ya conoces, es como ganas.

Aquí haré un paréntesis (porque es la cultura de dónde vengo y la que conozco desde adentro), y hablaré del caso de los venezolanos que es muy distinto a otras migraciones, sobre todo porque no somos un pueblo educado para emigrar, sino para recibir a los inmigrantes, y esto es fundamental para asimilar el proceso.

Nos vamos y confundimos el famoso “estamos lejos pero no ausentes”, en no despegarnos de las noticias, verificamos el precio del dólar a cada rato, sabemos más de Venezuela que nuestros propios familiares que aún están allá, y cometemos el grandísimo error de perdernos todo lo bueno que nos ofrece el nuevo destino, por no soltar del todo esa realidad de la que queríamos escapar.

Después a muchos les da porque o todo era mejor en Venezuela, o definitivamente el país no servía para nada, y en mi caso difiero, porque entendí desde mucho antes que uno nunca debe hablar mal del lugar de donde viene, llámese familia o país, y ha sido mi premisa desde que puse un pie fuera de Venezuela. La base de quien soy hoy y seré mañana, son producto de esa patria que ahora puede estar tan distante a mis valores.

Justo por eso otros emigrantes nos ven diferente, pueblos como el mexicano, los colombianos, incluso los cubanos (en el caso de los latinos) tienen una cultura migratoria muy avanzada, de la que me atrevería a decir prácticamente nacen con eso en la sangre, y ven el proceso como un tiempo de superación o evolución en todo el sentido de la palabra, y por ende honran el lugar de donde vienen, porque quieren enaltecerlo.

Les contaré que en nuestro caso no hubo una planificación muy exhaustiva, y hoy en día me digo qué loca que me forcé y forcé tanto a mi familia a dejar todo en un mes, porque ese fue el tiempo que tuvimos para armar maletas, recoger nuestras cosas, organizar todo lo legal y salir. Sí, mucho lo habíamos pensado y hablado pero no terminábamos de dar el paso, y creo que en nuestra familia salir de esa manera, sin anestesia, fue determinante.

Lo haría así una y mil veces. Creo que lo único que haría diferente sería abrazar más a mis padres, y no forzarme tanto a cumplir con algunos compromisos que asumí a última hora por dármela de súper mujer, y me superaban físicamente.

No tuve tiempo de llorar, ni de pensar en lo que estaba dejando atrás, no tuve apegos materiales porque no tuve tiempo de asimilarlos, y por si fuera poco, cuando llegamos a nuestra primera parada, me di cuenta que incluso había dejado toda mi ropa en casa de mis padres. Literalmente hasta mi armario me tocó empezarlo de cero.

Desprendernos para crecer

Confieso que cuando nos montamos en el avión, para ir a nuestro nuevo país, sentí que me moría. No exagero, literalmente el aire me faltaba, quería llorar, gritar e incluso bajarme del avión. El estómago se me puso como una piedra, y sí, lloré. Lloré muchísimo.

Tuve la misma sensación de pérdida que cuando vivimos la tragedia de Vargas en el 99, y en aquel entonces yo solo tenía 11 años, no sabía cómo manejar todo aquello que había vivido.

Sí, tuve un pequeño ataque de pánico en ese avión y me tocó auto controlarme, pedí cinco minutos y lloré encerrada en el minúsculo baño, en el que supongo que afuera los pasajeros me escuchaban porque muy duro decía “Dios mío ayúdame, dame la fuerza para superar esta prueba”.

Esos cinco minutos para mí fueron valiosos, porque dentro de mi decía “no puedo decir nada, yo fui la de la idea de irnos. No me puedo echar para atrás”. Y pues al calmarme, me lavé la cara y regresé a mi asiento como si nada. Abracé a Sára muy fuerte, tomé la mano de mi esposo y tomé una foto que guardaré de recuerdo de ese día para siempre, y que seguramente en contra de la voluntad de los que allí aparecemos, decorará este post.

Lo cierto es que al llegar a Hungría ya todo pintaba diferente, habíamos dado el paso, nos habíamos lanzado al mar y ahora solo tocaba nadar. Y en este caso la tarea era para una competencia de resistencia, mucho más que de velocidad. Y eso también se aprende.

Ya la primera mañana todo era diferente. El desayuno estaba totalmente frío, y uno viniendo del trópico está acostumbrado a comer caliente, y por primera vez me dije “hay que desprenderse”.

Me desprendí de lo que ya conocía para abrirme a cosas nuevas, sin que eso implicara que me olvidara de mis valores o principios, pero sí me desprendí de todo eso que me hacía daño. Y no les diré que fue fácil, me tocó llevar un duelo muy duro durante el primer mes y medio que estuvimos en Budapest.

Vivíamos los tres en una habitación en casa de un familiar, que al final eran desconocidos para nosotros también, porque mi esposo cuando mucho había compartido con ellos cinco veces en 37 años. Éramos extraños y aunque ellos insistían en que nos quedáramos, pasamos a ser una carga de alguna manera.

Sufriendo desde lejos en la primera semana la pérdida física de tres familiares cercanos, entre ellos mi abuelo. Una caída de mi mamá y por último un nuevo ACV que terminó por descontrolarme. La guinda de la torta era que nadie en casa hablaba inglés o español, y no poder comunicarme con nadie para resolver las cosas más esenciales y básicas, eso generó una frustración que no supe como drenar en su momento.

En este punto volví a descontrolarme y pedí tiempo, pero más importante aún era que con la bebé de por medio, no era la única que estaba fuera de sus cabales. Mi esposo siendo un “workaholic” se afectó muchísimo al verse en casa sin hacer nada, escuchando las típicas quejas de viejo todo el día por parte de algunas de las personas que nos rodeaban, el agotamiento mental era muy rudo, y definitivamente estábamos los dos remando a puertos diferentes.

Las peleas no se hicieron esperar, teníamos siempre dos motivos para discutir, por todo y por nada. Y aunque viviendo juntos, durmiendo en la misma cama, y compartiendo ese cuarto de escasos 10 metros cuadrados, yo me sentía más sola que nunca. Allí entendí el valor de un abrazo, del roce humano.

Grupos de apoyo, nuevos amigos

Desde que llegamos tuve claro que tenía que buscar gente con intereses o valores afines, que hablaran mi idioma para que todo se me hiciera más fácil y que además de alguna manera compartieran mis tradiciones. Así fue como llegue a un primer grupo de Whastapp de venezolanos en Hungría, y allí encontramos a nuestros primeros apoyos, esos que nos empezaron a dar tips para movernos, hacia qué zonas buscar vivienda, dónde conseguir Harina Pan, reuniones que nos abrieron muchas puertas y así fue como de un lado a otro, terminé encontrando un gran músculo de soporte, un grupo de mamás latinas en Budapest, donde la gran mayoría son expatriadas como yo.

Gracias a ellas no solo encontré tips para moverme mejor con la bebé, sino que además he encontrado grandes amigas y una comunidad un poco más pequeña, de mamás de habla hispana, que son quienes siempre terminan metiéndome la mano cuando tengo alguna duda con el idioma, la cultura e incluso las comidas.

Desde que las conocí y empecé a leerlas mi percepción de la migración cambió, porque confirmé una vez más que ser mamá te da un plus, es como tener una acción en un club al que puedes asistir y siempre nutrirte de cosas nuevas. Desde entonces es uno de mis consejos a quienes deciden emigrar, e incluso a quienes ya emigraron y no terminan de desprenderse, buscar grupos afines que nos ayuden a salir del hueco en el que caemos cuando no terminamos de ver que estamos viviendo el duelo de la separación del terruño.

Formas hay muchas, porque cada país tiene sus herramientas, pero desde Whatsapp hasta Facebook, son diversos los grupos que se pueden conseguir para socializar.

“Uno no es de donde dice un pasaporte, sino de donde se siente bien”

Finalmente empezó a llegar la estabilidad. Dos meses después de haber llegado, solucionado los papeles y arreglado una que otras cosas, la cabeza de la familia ya tenía un trabajo formal que nos permitirá seguir con los planes que nos habíamos trazado antes de salir. Pudimos mudarnos solos, y aunque en principio nos costó reconocernos nuevamente, las aguas han ido volviendo a su curso.

Miedos siempre habrá, pero a diferencia de las dudas, los miedos hay que enfrentarlos para acabar con ellos. Aquí o allá nosotros seguiremos nuestro plan, y siempre es la invitación que le hago a los emigrantes.

Y si consideras que el plan no está funcionando, entonces reformula los pasos que estás dando, porque equivocarse a veces es necesario para aprender.

Mientras tanto, asume tu duelo, entiende tu nueva situación y confúndete con los nativos. Sal a la calle y no temas perderte, conoce cosas nuevas, experimenta cosas que antes no te hubieses atrevido a hacer. Habla con un desconocido, sonríele al que acaba de montarse en el autobús, lee sobre la historia del país que ahora te acoge para entender su condición actual.

Ahora mismo no sé qué nos depara el destino, pero sé que si ya dimos el paso más difícil, lo mejor está por venir, así que respira profundo y continúa. Al final como repite ahora mucho mi esposo, “uno no es de donde dice el pasaporte, sino de donde se siente bien”.

pareja y familia
Pareja y Familia

Las he visto, y a mí también me ha pasado

Las he visto secarse las lágrimas con la camisa para que sus hijos no se den cuenta de la injusticia. Las escucho a diario escondiendo su agotamiento con un disfraz de disgusto.

Las leo cuando me dicen, cómo hago si ya no aguanto más.

Yo misma he sentido en mi cuerpo ese peso que no te deja caminar a la velocidad que quieres, esa agonía por los minutos que pasan como horas cuando los niños gritan alrededor, cuando el padre habla de lo que se le ocurre como si a uno le importara, y uno se vuelve invisible.

Sí, yo también he estado ahí. Cansada, molesta, incomoda, con ganas de pegarle en la madre al desconsiderado que hace chistes sobre si he pasado el día durmiendo, porque la mayoría de la sociedad dice que quien cría desde casa, no trabaja.

Cada vez que una seguidora me escribe para preguntarme cómo hago yo, siempre empiezo por decirles que yo no soy especialista en nada más que en ser humana. Humana desde el segundo en el que abro los ojos y entiendo que estoy viva, y que no me interesa ser perfecta, sólo ser feliz para estar en paz.

Por eso siempre digo que así como para la vida, en la maternidad tampoco hay un manual. Yo misma no lo tengo porque no podría seguirlo, soy demasiado distraída para seguir instrucciones al pie de la letra.

Por eso es que las entiendo, las comprendo y las abrazo, porque yo también he estado ahí en ese grito desatinado que le diste a tu hijo hace días cuando tú estabas apurada y él insistía en jugar un rato más; también he estado en esas lágrimas calladas de sentir que tu pareja no te valora simplemente porque pasan los días y sigue sin preguntarte cómo estas, qué hiciste hoy o si al menos tuviste tiempo de comer. Me paseé también por esa calle de ira, que tiene un solo sentido, cuando algún conocido superficialmente bromeó sobre tu agotamiento. Sí, yo también estuve ahí queriendo abofetearlo, sonriendo falsamente para no estallar en llanto.

¿Pero qué hago? ¿Cómo lo controlo?. Siempre es la misma pregunta, y de un tiempo para acá me he dado cuenta que la respuesta es simple. ¡VIVE!

Vive sin el remordimiento del que dirán, sin la tensión por cumplir con quien no es tan importante como tus hijos para ti.

Vive entendiendo que todo esto también pasará, y que más temprano que tarde tu estarás en un sillón o en algún asiento de un bus viendo de lejos a una madre que está en la situación que estás tú hoy, y por dentro la abrazarás… pero es seguro que la envidiaras porque ya tus hijos habrán crecido y tendrás esa sensación de no haber disfrutado tanto como hubieses querido, el tiempo con ellos.

Les escribo esto porque hace rato hablaba con Sára, quien aún no cumple dos años, y le decía “hija, en la vida hay solo tres cosas que no se pueden detener ni ocultar, el tiempo, de dónde venimos y la muerte. Tu papá y yo siempre seremos tus papás, así dejemos de ser profesionales, esposos, amigos, primos de fulano, pero nunca jamás, así como el tiempo nunca dejará de correr, dejaremos de ser tus padres”.

Su carita fue un poema, seguramente habrá pensado ¿qué dijo esta loca?, porque yo misma después de decirlo me quedé fuera de base. Pero a los minutos entendí por qué le decía eso; y es que había vuelto a escuchar a una madre llorar agotada e incomprendida, harta de las malas palabras de su pareja, de la incomprensión de su entorno acerca de cómo ella lleva su vida mientras gasta hasta su última gota de fuerza en atender a sus hijas.

La observaba mientras su esposo, seguía viendo un partido de fútbol y la juzgaba por no poder controlar a las niñas mientras él veía la televisión. ¡Wao! ¿Y él se habrá preguntado si ella hoy tuvo quien controlara a las niñas unos minutos para que ella si quiera fuera al baño en paz?

Seguramente no, y tampoco es que el tipo sea malo, simplemente fue programado así, siendo un poco más robot y un poco meno humano, y se topa con esa humana que ha despertado después de la maternidad, y que sí, está feliz y agradecida de ser madre, pero también quiere continuar con sus planes, con su vida, tener un tiempo para ella, e incluso tener un tiempo solo para él.

Es duro, no lo niego, pero como yo también he estado ahí, les aseguro que de allí también se sale. Es por eso que es tan importante entender que para cuidar a la familia, para criar a los niños, nosotras tenemos que cuidarnos mucho más.

Sí mamá, si tú no estás bien, nadie a tu alrededor, y menos que dependa de ti, podrá estar bien.

Créeme, confía, todo este tiempo de sacrificios, de ser un adorno más en la casa, también pasará y tus hijos serán la mejor recompensa de este tiempo.

Todo pasa.

maternidad
Maternidad

El embarazo público y notorio

Recuerdo que cuando supimos que estábamos en la dulce espera, además de que yo particularmente no salía de mi asombro, decidimos no decirlo por recomendación de nuestra doctora por dos razones, una que sólo teníamos seis semanas de gestación y la otra que el continente atravesaba una crisis de Zika que tenía a todo el mundo hablando de lo imprudente que era la gente que se embarazaba en esa situación (aprovecharé para recordarte que nunca es el momento perfecto hasta que pasa).

Entonces así lo decidimos, solo unos pocos sabrían mi nuevo estado hasta la semana número doce, cuando nos confirmaran que todo marchaba en orden. Pero llegó la semana 12 y la 13, y la 14, y probablemente muchas otras más y a nosotros no nos nacía difundir la noticia masivamente. No por mal, no era que no estábamos emocionados, estábamos babeados, pero sabíamos que era algo muy nuestro, creo que nunca había sentido algo tan mío como esta barriga.

El hecho es que conforme fue pasando el tiempo y aunque yo siempre he sido gordita, los rasgos de una barriga de embarazo fueron apareciendo, e inconscientemente, yo fui buscando la manera de no hacerlo tan obvio. Esto pasó por una sola razón, ni mi esposo ni yo queríamos que mi barriga, el hogar de nuestro bebé, se volviera una especie de espacio público que todo el mundo toca, estruja y jorunga como si tuviera derecho a hacerlo.

Quien no ha estado embarazado no sabe lo desagradable que es ir por la calle y que venga un extraño, o peor aún, alguien que no te agrada, y te toque la barriga como si por derecho le correspondiera. ¿Ustedes se imaginan ir por la calle agarrándole una nalga a la gente? Con eso comparo la escena.

Llegó un punto en el que igual la gente se fue enterando, aunque perdí mucho peso durante el embarazo y lo cierto es que mi barriguita reventó casi a las 34 semanas, ese fue el momento en el que realmente se veía como una barriga de bebé. Pero mientras eso paso escuchábamos muchas imprudencias de gente que ni siquiera era cercana a nosotros, como vecinos de mis padres que no hallaban cómo enterarse de nuestra gran alegría y llamaban a mi casa a preguntarle a mi mamá que qué me pasaba que me veía tan gorda o que si estaba hinchada.

Lo más increíble de todo es que cuando me embaracé usaba talla 14 de pantalón, y en los meses siguientes por algunos cambios en mis hábitos, y porque como yo lo digo, mi bebé me cambió totalmente el organismo para bien, usaba pantalones talla 10. Sí, perdí mucha ropa pero porque me quedaba grande, y muchas veces iba enseñando las pantaletas por ahí, pero realmente cuando estás en estado eso te parece tan superficial que ni lo tomas en cuenta.

Cuando te dicen que es el estado perfecto de la mujer no te mienten, y si engordas y te pones como una vaca, ya tendrás tiempo de rebajar. Créeme cuando te digo que este es tu momento, y que si algo que tienes que ejercitar es tu inteligencia emocional porque esta es una de esas situaciones obvias en la vida en las que TODO el mundo va a querer opinar sobre lo que haces, cómo estás, que si usa esto y aquello, y déjame decirte que en eso sólo tres personas tienen voz y voto. Tú, tú pareja y tú médico.

Y así como querrán tocarte la barriga, también buscarán opinar sobre la forma en la que llegará tu bebé al mundo, si le das pecho o fórmula, que si se te quieren meter en la clínica a la hora de haber parido, o tomarle fotos al bebé para montarlas en redes sociales sin tu permiso o consideración. Y sí, cuando te conviertes en mamá te das cuenta de cuantos errores cometiste cuando una de tus amigas o familiares se convirtió en madre, pero tampoco te sientas mal por ello, en esa época no sabías lo que enfrentaban las nuevas mamás.

Evitar que te toquen la barriga no es imposible, si algo ganamos las embarazadas es que quienes nos rodean suelen escucharnos y respetan nuestras decisiones, así no las compartan, pero no te sientas mal por hacer maniobras para que no te toquen sin pasar por antipática, o por simplemente decir “disculpe, pero no me gusta que me toquen la barriga”. Una que otra rabieta de algún “amigo”, o mejor dicho conocido, por decirle que no me estrujara la barriga, no tienes por qué aceptar lo que no te gusta, es tu cuerpo y finalmente el hogar temporal de tu bebé, y no creo que seas tampoco de las que va por la vida despeinando a la gente cuando los saludas.

También te pasara que te encontrarás con gente que te da nota que te toque la barriga, y si tu instinto te lo dicta, acéptalo. Recuerda que el instinto juega muchísimo en esta época que atraviesas.

Siempre les diré que mi recomendación es vivir el embarazo a plenitud, disfrutarlo y saborearlo con todo lo bueno y lo malo que pueda traer, Dios nos está dando la posibilidad de ver un milagro en primera persona, y eso no tiene precio.