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Carla Kratochvill

Maternidad

Bitácora de nuestro destete

Este post tardará unos cuantos días den escribirse, por tanto cuando sea publicado seguramente habremos superado esta etapa que tanto me enloquece en este momento.

No lo niego, llegó el momento en que me dije que no quería dar más teta. Y no me mal interpreten, amaba profundamente el momento en el que ambas nos conectábamos a través de amamantar, pero llegó un momento en el que el dolor y el agotamiento me hicieron alejarme de lo que había sido mi objetivo original con el pecho para mi hija y ya la situación se estaba saliendo de control.

33 meses exactos duró nuestro período de lactancia. 33 meses ininterrumpidos, en los que la teta mágica fue alivio, alimento y conexión para mi bebé. 33 meses que agradezco a Dios, porque jamás pensé que llegaríamos tan lejos con este proceso, y a libre demanda además.

¿En qué momento dejó de ser algo cómodo? No lo sé claramente, pero entre que empecé a experimentar un dolor en el pecho, el cansancio de desvelarme unas cuantas noches a la semana para alimentarla y esa sensación de que había perdido el control sobre mi cuerpo me hicieron decir hasta aquí.

No lo niego, admitirlo fue difícil, muy difícil para mí. Pase cerca de tres meses cuestionándome sobre sí tenía o no la capacidad de asumir este reto como mamá y como mujer; porque sí, el destete también implica conectarse nuevamente de forma más fuerte, con esa parte de mujer que se duerme un poco cuando parimos.

Lo lloré, escuché a psicólogos, especialistas en lactancia materna, pediatras, a las abuelas, a mi esposo, y finalmente me quedé con lo que realmente yo necesitaba para dar el paso.

33 meses

Es viernes, Sára mañana cumplirá 33 meses y esta mañana me he levantado de malas pulgas.

Me siento culpable.

Ella buscaba su teta incesantemente y yo en medio de mi agotamiento, a eso de las 5:15 de la mañana alcé la voz. “Hija ya no puedo más, me duele mucho, estoy cansada”.

Ella se detuvo, peló los ojos impresionada de mi reacción. El padre ni se inmutó, porque entendía mi cansancio. Creo que los dos esperamos en silencio el llanto, pero ella solo dijo “mami, tengo hambre”, se desplomó de nuevo en la cama y durmió cerca de una hora más.

Cuando se despertó lo hizo de muy buen ánimo, pidió una galleta y ni menciono la teta.

Se comió su galleta de chocolate nada saludable para algunos pero que para mí fue una especie de premio para ella por su madurez, tomó jugo y quiso irse al colegio más temprano de lo habitual. Yo tuve la idea de decirle que me parecía que ese día se veía más como una niña grande, y sin pensarlo mucho ella asumió el nuevo rol.

Ya para la noche, cuando papá llegó a casa, ella no se hallaba conmigo. Estaba incomoda, no quería que la cargara, pedía cosas para comer y las dejaba a medio morder, sollozaba hasta que dijo que quería dormir.

Increíblemente rompió su rutina, se durmió sin un sorbo de leche materna, sin pataletas, sólo quería el consuelo de los brazos de papá y así prefirió estar toda la noche. Por la mañana del sábado, no lo creíamos, no había pedido su amado pecho, ella misma se decía ser una niña grande y nosotros nos sentimos muy orgullosos de eso.

Eso sí, lo celebramos. Le dimos un regalo para celebrar, la llevamos a un parque nuevo y por helados para que ella se sintiera lo más cómoda posible. Ese día comió como tenía tiempo sin hacerlo.

¿Intento fallido?

Aquella madrugada, después de haber cantado victoria llena de un montón de inseguridades, ella volvió a buscarme. Yo en mi más profundo sueño no me di cuenta hasta que volvió el dolor, y ante mi queja, ella rápidamente buscó consuelo en papá.

Yo perdí el sueño porque por mi cabeza pasaban cosas como si estaba haciendo lo correcto, si ahora ella se desnutriría porque sé que su alimentación no es la mejor, si volvía  a la teta y entonces jamás la dejaba y yo sería esclava de aquella situación por siempre. Una mente a mil por hora que no me dejaba dormir.

Día domingo y ella seguía intentando. Lloraba confundida, no sabía realmente con qué se comía eso de ser una niña grande. El panorama que habíamos tenido el sábado se estaba oscureciendo, pero he contado con el buen apoyo de papá, que ha estado ahí para atajar las crisis y contener el desespero o la confusión.

Para la tarde ella ya había encontrado una nueva distracción, lo que nunca había querido aceptar y que además a mí nunca me había gustado darle, ahora era el centro de atención. Un chupón…bueno, dos chupones aptos para su edad que yo había comprado semanas atrás “just in case”.

La novedad del día es que no quiere comer, solo quiere estar ahí masticando el chupón, mientras sostiene el segundo con su otra mano.

Llegada la hora de dormir, empezó el show. “Yo quiero dormir en mi cama”, gritaba casi a media noche, así que decidí bajar con ella a su cama (básicamente porque su cama nueva no tiene baranda y es peligroso para ella).

Habló conmigo, pidió fruta y agua, me dio un abrazo, tomó su perro de peluche y se durmió…con un chupón en la boca y otro en la mano. A las horas, me botó de su cama.

Esta vez soy yo la que lloro

Parecía que íbamos bien, aunque mi princesa estaba muy sensible por estas horas. “Mamá ven, mamá no me dejes”, eran los mantras que repetía cada vez que dejaba de verme, incluso si estaba sentada detrás de ella.

Ha sido difícil emocionalmente. Le he hablado y le he explicado que nada de esto tiene que ver con el amor que siento por ella, que ahora incluso la amo más y que mañana la amaré aún más todavía. Como ella espontáneamente me ha abrazado, he creído que lo ha entendido todo, pero llegada la hora de dormir ha empezado el llanto otra vez.

“No quiero estar contigo si no tengo mi teta”, ha sido el mensaje más duro. Ella ha llorado, y mientras yo trataba de contenerla, ella solo ha querido irse con papá. Me he desplomado. El padre lo ha sentido y ha intervenido, pero no hay consuelo para ninguna de las dos.

Es verdad, siento que estoy traicionando su confianza, que le estoy haciendo algo malo, pero no puedo seguir. No quiero romper su corazón, pero se trata del bienestar de ambas.

He dormido con el corazón roto, no he podido descansar porque mi mente va a quinientos mil (para variar).

Ella, para variar, ha decidido madrugar. Eran las 4:45 de la mañana cuando arrancó el día para nosotras.

Niveles de sensibilidad elevados

No dejo de repetirme una y otra vez que esto es un proceso hormonal. Ella está sensible y yo no les cuento como me siento. Mi estado de liberación es único, hasta me atreví a salir por primera vez de noche con unas amigas, pero eso no implica que no me entre una nostalgia loca por todo y por nada.

Porque es que mira, que son las hormonas, pero también es que hace nada me estaba enterando que ella se formaba dentro de mi, y ahora la veo ahí tan independiente que no me lo creo.

A todas estas, creo que vamos bien, unos momentos mejores que otros pero poco a poco ella ha ido captando el mensaje. La teti se ha quedado tan cansada que ya no tiene más que ofrecerle.

“Soy niña grande y no más teti”

Unos diez días nos tomó cerrar el proceso, ahora su nueva frase favorita es “soy niña grande y no más teti”, lo dice orgullosa, aunque aun cuando ya tenemos casi un mes de haber cumplido con el destete respetuoso en su totalidad, a ella se le olvida y busca la teta. También repite de vez en cuando que la teti se está preparando para recibir nuevos bebés, los hermanos que tanto quiere desde hace algunos meses. No les niego que ha sido una buena forma para nosotros de apoyarla y motivarla a continuar desprendiéndose de la leche materna y de algunos hábitos que rompen con su alimentación balanceada.

Les repetiré que no es fácil, y experimentar todo este proceso me ha hecho pensar que a veces debemos pensar muchas cosas, sobre todo las que tienen que ver con los niños, pero estoy feliz de haber cerrado este ciclo que se presentó como un gran reto y terminó siendo una hermosa aventura, en la que papá se convirtió en nuestro gran aliado».

Todo lo que habíamos hablado con las especialistas ocurrió, ella entendió mucho mejor las palabras que las imposiciones, no come más ahora que antes, pero si se atreve a probar nuevas cosas si nos ve a nosotros comiéndolas primero, se siente mucho más independiente y por sobre todas las cosas, el vínculo no se ha roto, por el contrario ahora somos más unidas, compartimos más cosas que el momento de dormir, y conversamos mucho más.

Les repetiré que no es fácil, y experimentar todo este proceso me ha hecho pensar que a veces debemos pensar muchas cosas, sobre todo las que tienen que ver con los niños, pero estoy feliz de haber cerrado este ciclo que se presentó como un gran reto y terminó siendo una hermosa aventura, en la que papá se convirtió en nuestro gran aliado.

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Gretel Ortiz Reitchar: “Nuestras ganas de salir adelante tienen que ser más grandes que todo”

Hace 15 años, forzados por la situación país, Gretel Ortiz Reitchar salió de Venezuela rumbo a Tenerife con su familia y una maleta cargada de sueños, pero como ella misma dice y mucho más importante, con una página del pasaporte llamada “reinventarse” como carta de presentación, que la ha hecho llegar a donde están hoy.

15 años más tarde, ahora desde Alemania, Gretel nos cuenta de su vida desde la reinvención de sus propios paradigmas y nos inspira todos los días a través de su cuenta de Instagram @mango_coco_official. El pasado jueves 4 de julio, tuvimos el placer de conversar con ella en nuestro Live de “Especialista y Mamá” y aunque la conexión no nos ayudó mucho, aquí les dejo parte de lo que conversamos y de esas experiencias que pueden ser inspiración para otros.

-Gretel en 15 años han emigrado dos veces, ¿Cómo han sido esos procesos?

-Sí, la verdad es que primero fue muy fácil porque en Tenerife teníamos el mismo idioma, la gente de la isla es más o menos como uno, entonces te adaptabas rápido. Tengo que decir que el idioma y el clima fueron grandes ventajas en ese proceso de adaptación, pero no puedo mentir, la distancia duele y duele siempre. Emigrar implica que te acompaña una nostalgia, pero no puedes quedarte ahí, hay que integrarse rápido.

Nunca le mientan a los hijos con cosas que no pueden cumplir. Nosotros le habíamos dicho a los niños que si no nos gustaba nos podíamos devolver y no era así, un día Carlitos, mi hijo mayor, me dijo que quería que volviéramos, y ver su cara cuando tuve que decirle que no se podía, que el pasaje solo era de venida, fue terrible. Creo que en ese momento sentí que me equivoqué»

-Estudiaste teatro, ¿te has dedicado alguna vez a tu profesión fuera de Venezuela?

-Oye no, las tablas como tal quedaron en Venezuela, pero desde otro ángulo yo decidí ser la protagonista de mi vida, así que de alguna manera trabajo en mi profesión todos los días. Y más recientemente, no fue hasta hace poco que empecé a dar clases extra escolares en una escuela primaria y ahí enseñamos artes a niños de primero a cuarto grado, hay un poco de pintura, de teatro y yo he aprovechado incluso de enseñarles “La pulga y el piojo” de Serenata Guayanesa en español y por supuesto traducirla un poco al alemán.

-¿Alguna vez has sentido que te equivocaste al emigrar o que fue un error?

-Sí, cuando nos mudamos a Alemania la adaptación no fue fácil, sobre todo para los niños; pero allí aprendí que no se le debe mentir nunca a los hijos, y ahora se lo digo a todos los padres que puedo, nunca le mientan a los hijos con cosas que no pueden cumplir. Nosotros le habíamos dicho a los niños que si no nos gustaba nos podíamos devolver y no era así, un día Carlitos, mi hijo mayor, me dijo que quería que volviéramos y ver su cara cuando tuve que decirle que no se podía, que el pasaje solo era de venida, fue terrible. Creo que en ese momento sentí que me equivoqué, pero el tiempo nos ha ido dando la razón de que no fue así.

-Justo hace unas semanas Carlitos se graduó y fue el orador de su graduación escolar…

-¡Sí! Por eso te digo, vinimos a cumplir sueños y metas, emigramos porque queríamos darles lo mejor a nuestros hijos y a nosotros mismos, y verlo ahí ese día, dando un discurso en alemán del que yo no entendía todo, pero que todo el que allí estaba lo entendió, me hizo darme cuenta de que habíamos hecho lo correcto. Vinimos a cumplir metas, y esta era una de ellas, así que es un triunfo de toda la familia. Por supuesto, más de él, pero de todos que tuvimos que sacrificar cosas y adaptarnos a un mundo nuevo.

Definitivamente ha valido la pena y yo lo digo como la mamá más orgullosa del mundo.

-Ese momento con Carlitos en que sentiste que lo decepcionaste como mamá no ha sido lo único malo al emigrar, ¿o sí?

– Tú bien sabes que no mi Carla, porque nos conocemos de siempre. Yo lo que trato es de dejar siempre las cosas malas a un lado y mostrar lo positivo, pero sin duda no es fácil emigrar y todos los retos que enfrentas. No todo ha sido color de rosas, te podrás imaginar cuando a Carlos, mi esposo, le dieron los dos infartos, eso fue un momento muy malo para nosotros, no solamente porque no sabíamos que pasaría con Carlos, toda la angustia de su estado de salud, sino que además uno piensa cosas como ¿Qué pasa si se me va y yo sola tan lejos con tres niños que alimentar?, la mente te juega sucio.

Después de eso viene enfrentar la realidad, que él no pudo trabajar por mucho tiempo porque no le daban el alta médico para hacerlo, entonces viene la carga económica y un sinfín de cosas más, pero te digo que de eso también aprendimos muchas cosas, y por lo menos yo te digo que más nunca vuelvo a dejar de dormir porque creo que no tengo dinero para hacer algo, o porque siento que me falta algo material. La vida es una sola como para desperdiciarla en el miedo.

-Entonces en este punto de tu vida, ¿cuál crees tú que es el secreto de una migración exitosa?

-Son varias cosas. La primera es emigrar sin miedo, porque el miedo no es buen compañero en muchos casos. Después está la actitud con la que asumes el reto, yo siempre trato de agradecer todo lo que pido; es decir, si yo le pido a Dios salud y tengo salud, yo agradezco eso y lo dejo claro en mi vida.

Y por otro lado siempre digo que con tu pasaporte, que es lo que necesitas para viajar, tienes que meter toda la capacidad de reinventarte que tengas, porque nuestras ganas de salir adelante tienen que ser más grandes que todo. Y eso sí, lo que decidas hacer, hazlo bien.

-¿Reinventarse en qué sentido?

-En todos los sentidos posibles. Uno tiene que salir abierto a un mundo nuevo, a aprender, a hacer cosas que a lo mejor no estabas acostumbrado mientras consigues lo que realmente quieres. Yo me reinvento todos los días y eso me ha servido, ser más flexible y te permite también conocer otras cosas que no pensaste conocer. Hay que estar abierto y dispuesto.

-¿Qué le puedes recomendar a quienes emigrar a países con culturas e idiomas diferentes al nativo?

-Lo mismo que te dije a ti una vez, habla. No tengas miedo de hablar, equivócate y aprende de eso. Cuando uno emigra a este tipo de países busca comunicarse como sea, imagínate yo que hablo tanto, tenía que buscar la forma de conectar para sentirme a gusto, entonces yo aplicaba cuanto lenguaje fuera posible con tal de poder comunicarme; hace nueve años cuando llegamos aquí, no existía toda esa tecnología que hay hoy con los celulares por ejemplo, y al final el nativo agradece ese esfuerzo y te ayuda a mejorar, así que otra vez digo que no hay que tener miedo, la actitud mueve todo.

-Ya para terminar, ¿hay algo más que quieras agregar?

-Sí, ya les dije que no le mintieran a sus hijos, pero tampoco asuman que para ellos es fácil enfrentarse a los cambios, así que hagámosles el cambio más sencillo dejando de comparar lo que tenemos ahora con el pasado, porque eso puede ser una tortura para ellos. Hay que de alguna manera vez lo positivo de lo que tenemos y ver lo que estamos ganando, verlo nosotros y mostrárselo a ellos para que todo sea más fluido para ellos también.

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Ana Guarecuco: «Reconocer el trabajo de los niños genera confianza en sí mismos»

Ana Patricia Guarecuco es una de esas mujeres que te inspiran confianza aun sin conocerla. Ingeniero electrónico de profesión y artista plástico de ocupación, es una de esas mamás venezolanas inmigrantes que se va abriendo camino en Europa y el mundo con su talento, a la par que va aprendiendo poco a poco a ser mamá.

En esta oportunidad, ha sido mí invitada a “Especialista y Mamá”, pues su inspiradora historia no puede ser más que un ejemplo para todos, de que en la vida lo importante es ser feliz y que es en eso en lo que se basa la perfección.

Con ella hablamos sobre los procesos creativos y cómo nos ayudan en la maternidad y aquí te dejamos un extracto de esta entrevista que le realicé desde InstaLive el jueves 27 de junio.

-Ana P, eres mamá, eres esposa, eres mujer, ingeniero, yo conozco parte de la historia pero… ¿Cómo es que te conviertes en pintora?

-Bueno, la verdad es que llegué a esto después de la inesperada muerte de mi mamá y mi abuela en un accidente de tránsito. Yo vivía con ellas en Barquisimeto (Venezuela), y pues las perdí y más allá de la perdida me quedé sola, porque ya mi hermana no vivía con nosotras.

En todo ese duelo, que era inexplicable yo empecé a preguntarme ¿qué pasa si? Y me di cuenta que, aunque me gustaba lo que hacía, yo quería ser dueña de mi tiempo y quería hacer algo con lo que realmente yo me sintiera feliz. Así di el paso, bajo esas dos premisas.

-¿Pero tenías estudios en artes?

-Sí, había hecho una que otra cosa pero nada formal. Pero eso iba más allá del estudio, era algo que me conectaba con mi esencia, yo sentía que me liberaba pintando, así que decidí dedicarme a eso.

­-¿Y cuál fue la primera reacción de la familia?

-Primero pensaron que el impacto de la muerte de mi abuela y mi mamá me había vuelto loca. Mi familia creyó que esto era así como que mañana dejo de trabajar y esperemos a ver de qué vivo luego, pero no, para mí todo era un plan que al final me llevaría a donde estoy hoy.

Sí, renuncié y tenía un dinero para mantenerme en caso de emergencias, e incluso conseguí luego un trabajo como ingeniero que me permitía controlar mi agenda, pero no era lo que quería, así que seguí trabajando duro, investigando e informándome para vivir del arte. Cuando mi familia vio de qué iba mi plan realmente, me apoyaron bastante, no puedo decir lo contrario.

-Vives del arte pero a la vez tienes ahí a tu hija contigo, ¿cómo manejas tu tiempo?

-No te puedo negar esto, yo llevo una agenda y soy muy estricta con ella. Evidentemente, si estoy con la niña soy más flexible y puedo mover ciertas cosas, si no puedo hacer algo lo hago cuando ella se duerme y cosas así, pero vivo exigiéndome cumplir con mi agenda, para hacerme el hábito y cumplir con mis metas y compromisos.

No es fácil, a veces el día no rinde, pero sobre todo cuando mi hija está en su guardería, es cuando yo más me exijo por cumplir las cosas, es como un reto.

@anap_art en su taller en Italia

-Pero vemos mucho a tu bebé en el taller también, y eso es algo que me llama la atención porque muchos padres pueden ser más bien celosos con su trabajo. Es decir, tú vives de lo que hay en ese taller.

-Sí, pero no veo por qué negárselo. Esa es una forma de que ella también experimente y se sienta libre. En todo caso en el taller hay algunas reglas, ella tiene sus pinturas y sus cosas para pintar, y están las cosas de mamá también, y esas no se tocan porque le hemos explicado que ese es el trabajo de mamá.

No te negaré que hemos tenido accidentes, una vez me volteó un cuñete de pintura y fue un total desastre, pero fue un accidente y hay que entenderlo de esa manera, son cosas que pueden pasar y pasarán, pero trato de no decirle que no porque al final estar allí para ella también es bueno.

-¿Es buena la pintura entonces para todos?

-Oye sí, sin duda alguna. Podría hablar de cosas científicas y tal, pero por experiencia puedo decir que el arte es una forma de comunicación, de expresarte aun cuando no puedes hablar. Yo siento que mi hija me habla a través de su arte y eso me parece maravilloso.

Además también es una manera de drenar nuestros sentimientos y emociones, y de relajarse.

-¿Y cómo la motivas a pintar o simplemente dejas un trabajo abierto?

-A mí me gusta que se exprese y la verdad es que como a muchos niños le gusta pintar, pero te puedo decir que hace unos días nos entregaron los dibujos y los trabajos del colegio que ella ha hecho durante el año, y decidimos ponerlos en una esquina de la casa, los pegamos todos como si fuera una exposición y ella está tan feliz con eso. Nosotros le explicamos, la felicitamos por su esfuerzo y ella se siente feliz porque le estamos haciendo un reconocimiento y eso genera confianza.

-¿Ese fue el propósito?

-Sí claro, reconocer su trabajo pero también ayudarla a generar confianza y autoestima. ¿Qué mejor manera de decirle a tu hijo el valor que tiene que haciéndole saber lo orgullosa que estás?

-Totalmente de acuerdo y una idea muy linda además.

-A los niños hay que formarlos en valores.

Si emigramos fue para avanzar y en esa situación, como en otras tantas de la vida, uno tiene que tener la mente abierta a nuevas experiencias, estar dispuesto a adaptarse y sobre todo tienes, desde todo punto de vista, que revalorizar lo que es cotidiano»

Ana Patricia Guarecuco

-Dices eso y me viene a la cabeza verte en esos videos recorriendo tu nueva ciudad en bicicleta con tu beba atrás, parece que danzan con el viento, ¿Qué te ha hecho involucrarte o sentirte tan cómoda en una sociedad tan diferente a la nuestra?

-Carla siempre lo he dicho y para mí es como un principio de vida, si emigramos fue para avanzar y en esa situación, como en otras tantas de la vida, uno tiene que tener la mente abierta a nuevas experiencias, estar dispuesto a adaptarse y sobre todo tienes, desde todo punto de vista, que revalorizar lo que es cotidiano.

Puede ser muy fácil ir por allí quejándose de todo y de nada, pero ¿por qué? Estar vivos, despertar cada mañana, esos son regalos muy grandes que tenemos. Poder ver los árboles, oler un café, ver una mariposa que nos pasa por enfrente, sentir la brisa en la cara, tenemos que aprender a darle el correcto valor a esas cosas, y eso es lo que yo he hecho.

Llegamos a Italia, a un lugar que no conocía con un idioma que no conocía y ¿qué más podía hacer? Me tocó abrir la mente, romper paradigmas y revalorizar todo lo que ahora tengo a mi alrededor. Y no te voy a mentir, yo creo que de no haber emigrado, nunca me hubiese inspirado tanto en pintar a Barquisimeto y sus rincones como lo hago, es como poner más atención en cada detalle.

-Entonces ¿vives feliz todos los días?

-No, evidentemente hay días donde uno se siente mal, nadie se siente feliz todos los días de su vida, pero eso no puede ser lo común. No sé, pero vivir en la constante queja y en el “no tengo” es demasiado negativo.

-¿En qué te inspiras entonces? Para pintar digo, porque parece que eres una mujer muy inspirada en todo sentido.

-Mira, particularmente soy una persona entregada al trabajo creativo, entonces si yo revalorizo, si le doy la verdadera fuera y energía a lo positivo que hay en mi entorno, si leo, investigo, conozco cosas nuevas, así voy creciendo y me voy inspirando.

-Se nos ha pasado el tiempo muy rápido pero me encantaría que dejes un consejo de vida para las madres en general, pero especialmente a las inmigrantes que como nosotras estamos en lugares donde no es común emigrar.

-Oye, yo tengo dos reglas en este tema. Primero es la regla de los tres días. Es decir, habrá días que te sientas mal y eso no está mal, hay que permitírselo, pero no puedes sentirte mal por más de tres días. Emigrar también implica un duelo y hay que vivirlo, es tonto no permitirse vivirlo, pero tampoco podemos caer en la continua tristeza.

Y lo que me ayuda con esta primera regla, es escribir por qué salí de mi país, cuál fue mi motivación y qué he logrado hasta ahora. Cuando me siento mal, cuando dudo si hice lo correcto o no, leo eso y no me doy más de tres días para volver a sentirme bien.

Esto también aplica a la maternidad, que de alguna manera te enseña también a ser inmigrante y a reinventarte una y otra vez.

Maternidad

El valor de lo que decimos

Hace unos días, leía un post que me hizo recordar una situación un poco graciosa. “Nadie puede ser madre y padre a la vez”. Pues bien, esto me hizo recordar que cuando era una niña, la madre de una de mis compañeras de colegio cuando venía el día del padre decía “yo soy mamá y papá, y nadie me ayuda con eso”, y yo, en mi mente de niña de 7 u 8 años, pensaba que aquel mujeron, cuando nosotros no podíamos verla, se convertía en un hombre que salía a trabajar o cosas así.

Era la mente de una niña que no entendía las palabras de un adulto que estaba desesperado. Pero cayendo en cuenta de esto, hace unos días me puse a reflexionar sobre las muchas cosas que pasan por nuestra mente cuando somos pequeños y no entendemos bien el mensaje de los adultos.

El valor de la palabra no es para todos el mismo, pero sin duda alguna la palabra tiene un peso en la vida de todos, que me hace pensar que como padres no podemos subestimarla».

De estas cosas puedo poner muchos ejemplos, pero me enfocaré en dos o tres que me han marcado hasta el día de hoy. Cuando yo tenía unos 5 o 6 años, en una de las principales autopistas de mi país, se daba un fenómeno llamado “la mancha negra”, aquello tenía que ver con el asfalto y los restos de gasolina en el suelo, pero lo cierto es que producía accidentes de tráfico y cobraba vidas. Por aquellos tiempos, había un programa de televisión muy famoso (no apto para niños) que dramatizaba diversas situaciones del país, y en él hicieron un capítulo sobre la famosa “Mancha Negra”.

Recuerdo que en el spot publicitario salía un hombre gritando en medio de la carretera “¿Por qué te has llevado a mi familia?”, y eso me causó un temor que no les puedo yo contar. En mi cerebro, y por más que mis padres intentaran explicarme que eso no era así, aquella mancha cobraba vida y se tragaba a la gente. No pueden ustedes imaginar el pánico que me daba transitar por aquella carretera, que además era una vía de uso habitual para mi familia, ya que para ir de nuestra casa a la casa de los abuelos, había que utilizar esa autopista.

Si veo para atrás, la imaginación de los niños no tiene límites. Me atrevería a decir que de hecho el límite es ese que le ponemos los adultos. No obstante, puede ser muy perturbador cuando no sabemos cómo manejar la situación. Creo que duré más de 5 años en superar aquel temor a las carreteras, prefería ir con los ojos cerrados para no ver el monstruo que había creado mi cerebro.

Después hubo otra situación. Un día, escuché a mi papá diciendo que las mujeres que fumaban eran mujeres de la mala vida, es decir, prostitutas.

Sé que mi papá dijo aquello, con la única intención de que cuando yo fuera adolescente no me diera por fumar, y no para crear algún tipo de racismo o discriminación. El tema está en que al tiempo yo caí en cuenta de que mi abuela (su propia mamá) y algunas de sus amigas, fumaban mientras jugaban bingo en la cocina de la casa, y aquello fue todo un revuelo en mi cabeza.

“¡Oh por Dios, mi abuela es una chica mala y mi papá no sabe!”.

¡Pobre hombre! ¿Qué se iba a imaginar que un día, haciendo referencia a aquel tema yo le diría, pero papi, mi abuela también fuma”?. Como diríamos en Venezuela, cayó como Condorito.

Hasta el Sol de hoy, mi papá esquiva mi pregunta y pues evidentemente al tiempo dejé de ver a mi abuela fumar, aunque tal vez eso se dio por otros motivos. Sin embargo, yo hoy en día estoy convencida de que mi alergia tan brutal al cigarrillo, tiene que ver mucho con aquel mensaje que se fue codificando en mi cabeza, pues evidentemente lejos estaba yo de querer ser una chica mala y perder el respeto de mi papá.

En todo caso, estas dos experiencias para mí forman un precedente como mamá, en cuanto a lo que tengo yo que decir delante de mi peque. Y es que esa cabecita está allí captando todo, analizando y dándole vida en su imaginación, pero además creando sus propios parámetros de vida.

Como adultos esperamos moldear a los niños, pero olvidamos moldear nuestras solicitudes. Vamos con una ligereza exigiéndoles o diciéndoles que se porten bien, que se comporten, que sean niños de bien; pero realmente sabemos nosotros mismos ¿qué es portarse bien?

Como todo en la vida, probablemente portare bien para mí, no signifique lo mismo que portarse bien para ti o para una mamá en la India o en Pakistán. Y lo mismo ocurre con frases como “ahora eres grande”. Pero mamá, papá, ¿qué es ser grande?.

Justo ahora que estamos en esa transición de bebé a niña, mi esposo me hizo caer en esa reflexión. Pues un día le dijimos a nuestra peque, “hija, es que ya tú eres grande” y ella nos miró con una cara de confusión, que su papá remató diciendo “¿qué es ser grande?”.

Desde ese momento, ambos padres decidimos hacer una especie de lista con esas cosas que ahora se supone que hacen menos bebé a nuestra hija, detallando qué es para nosotros ser grande y portarse bien, y luego de verlo allí escrito, entonces buscamos la mejor forma de explicárselo, de ponerlo en palabras aptas para su edad y motivas esos comportamientos que poco a poco irán moldeando su personalidad.

¿Qué hemos ido poniendo en esa lista? Cosas como ser grande es vestirse sin llorar porque no te gusta la ropa, sino pedir con palabras lo que quieres usar; en días de semana cepillarse los dientes al menos dos veces al día; sentarse a comer en la mesa; avisar cuando tenga ganas de ir al baño aún si tiene pañal; etc.

El valor de la palabra no es para todos el mismo, pero sin duda alguna la palabra tiene un peso en la vida de todos, que me hace pensar que como padres no podemos subestimarla. De cómo les expliquemos a ellos lo que esperamos de ellos, de cual sea el ejemplo de vida que les demos y como los motivemos o le cortemos las alas, estoy segura que depende su futuro.

Migración

La migración me hizo más creyente, no más religiosa

En mi cuenta de Instragram siempre escribo sobre la importancia de inculcar la fe como un valor para nuestros peques, y me atrevo ahora a contarles por qué.

Si yo hago una revisión profunda de mí ser, la verdad es que nunca he sido una persona a la que le guste ir mucho a la Iglesia, pero lo que sí he tenido es una gran conexión con esa energía universal que yo llamo Dios y la Virgen, en distintas etapas de mi vida.

Emigrar hizo que me diera cuenta de ello, y además de eso me hizo una mujer mucho más creyente desde el punto de vista de fe, no de religiosidad.

Pero, ¿Con qué se come eso? Pues bien, les cuento que cuando llegamos a Hungría, hubo muchos días en los que me sentía perdida por distintas situaciones que ocurrieron a la vez del proceso migratorio e hicieron todo un poco más difícil, y el lugar en el que estábamos no me daba ni un poquito de paz, así que para mí se convirtió en algo vital y necesario, encontrar un lugar en el que pudiera conectar con esa energía que necesitaba para lograr mi centro.

Así fue que empecé a caminar por mi ciudad hasta que un día llegué a una Iglesia. No puedo decirles lo majestuoso del altar, pero eso no era lo que me maravillaba, era la paz que yo podía obtener en aquel lugar, en pleno centro de la ciudad, pero donde todo quedaba en silencio y quedaba solo yo meditando y alcanzando mi centro.

Después tuve unos días mucho más difíciles, y alguien apareció como caído del cielo y me habló de las misas en español que se daban cada domingo, en un pequeño espacio de una especie de hostal católico en mi ciudad, así que fuimos a ver y no puedo contarles en palabras cuánto lloré aquel día. Entré con una carga muy pesada y salí viendo como la vida me sonreía.

No sólo por la energía que pude conectar en aquel humilde lugar, sino por la forma en la que pude ver con fe que lograríamos todo lo que nos propondríamos.

No les mentiré, pero se volvió un ritual ir cada domingo a ese espacio que para mí era un escape, pero llegó un momento en el que no fue ya más cómodo, y ante ese incomodidad empecé a alejarme de la iglesia otra vez.

Resulta, que encontré otro lugar, en plena calle donde podía conectarme con mis creencias. Una Virgencita floreada a las afueras de una iglesia por la que pasamos casi todos los días. Allí no sólo conecto yo, sino que he hablado con Sára sobre creer en una energía superior.

Hace algunas semanas, un amigo no creyente me cuestionó sobre esto. “Tú estás imponiéndole a tu hija ser católica”, me dijo. Y mira que la verdad me sentí un poco incomoda con esto, porque no, yo no estoy imponiéndole una religión, estoy hablándole de lo que yo creo y cómo me conecto con ello.

Inculcar la fe no se trata de imponer una religión, se trata de hacernos más humanos y de enseñarle a nuestros hijos que creyendo se logran muchas cosas».

De mi propia inspiración

Es decir, yo soy católica, pero no me gusta el Papa o la forma de muchos sacerdotes. Sin embargo, tengo un gran amigo sacerdote que no sólo confirmó a mi esposo, nos casó, bautizó a nuestra hija, sino que también nos ha enseñado mucho de la Biblia a través de la vida misma en los momentos más difíciles de nuestra vida, y que nos ha conectado con la fe desde otra perspectiva.

Y me iré a un punto de vista más radical; siendo católica yo no creo en un Dios castigador de barba, sino en una energía creadora que puede ser tan intangible como el aire que respiramos.

¿A dónde voy con todo esto?  Simple, inculcar la fe no se trata de imponer una religión, se trata de hacernos más humanos y de enseñarle a nuestros hijos que creyendo se logran muchas cosas.

¿Creyendo en qué? En lo que ellos deseen creer, siempre y cuando no le hagan daño a nadie. Así que si el día de mañana, Sára que hoy pasa por la Virgencita y le muestra lo que lleva en la mano, o le cuenta cualquier cosa que para ella es importante, me dice que quiere ser budista o judía, o lo que a ella se le ocurra, pues mira, bien; creo que lo habré hecho bien, porque si algo nos ha dado la vida es el libre albedrío.

Recuerdo que durante un tiempo de mi vida fui muy creyente o esclava de aquellas cosas que me generaban temor, como el mal de ojo u otros males, pero cruzar el charco (como quien dice) me hizo cambiar mucho de opinión. Y aunque sí estoy segura que de que vuelan, vuelan, porque todos somos energía, también he entendido a través de la migración, que sólo sucede o atraemos eso en lo que creemos, lo que confiamos y lo que tenemos fe. Como dicen por ahí, a fin de cuentas al inocente Dios lo protege.

Puede que este post hoy no tenga mucho sentido para ti si no has emigrado, pero hay cosas que a veces simplemente me provoca escribir y de alguna manera estoy segura que alguna mamá en otro rincón del mundo, conecta con ello. El punto es que de alguna manera, siento que conectando con mi fe, encuentro mi paz y eso me permite ser siempre una mejor mamá, y por ende un mejor ser humano.

Y tú, ¿Cómo llevas tu fe?

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Maria Parra: “El destete necesita que estemos presentes”

Durante nuestro tercer encuentro de “Especialista y Mamá”, contamos con la participación divina de María Parra, ultra conocida en las redes sociales como @mamáversatil y especialista en Lactancia Materna, quien nos contó su experiencia personal con el destete y nos habló a profundidad sobre los mitos más conocidos del destete.

Cuando contacté a María para realizar esta entrevista, las dos estábamos claras que había que hablar de lactancia materna, pero ninguna quería hablar de lo mismo de siempre, así que allí nació la idea de tocar eso de lo que nadie habla, los mitos del destete. Y es que sí, todas las mamás que hemos dado lactancia materna a libre demanda, después de habernos adaptado a muchos cambios, nos toca dar un paso que muchas veces nos da miedo o nos hace sentir malas madres.

Aquí un poco de la entrevista realizada a nuestra mamá especialista, a través de InstaLive el jueves 30 de mayo por @sinmanualdeestilo.

-María, ¡Qué honor compartir contigo estos 30 minutos! Queremos hablar de los mitos del destete, que hay muchos y cada uno más loco que el otro, pero quiero empezar por el principio y eso es preguntándote ¿qué es el destete respetuoso?

-Bueno, el destete respetuoso no es más que un proceso. Tenemos que reconocer que la lactancia en sí, ya es una situación de conexión madre bebé, y quitar la tética no siempre es fácil. Evidentemente, las mamás a veces podemos estar muy cansadas y eso nos desespera y queremos las cosas para ayer, pero eso puede causar heridas emocionales en el niño, por eso siempre recomiendo que a la hora de destetar se aplique el destete respetuoso.

¿Qué es? Bueno simple, respetar el proceso de separación o despedida del niño con su tetica, que para ellos representa mucho más que alimento.

-¿Cuándo podemos hacer el destete respetuoso?

­-Yo soy un poco radical en esto, y para mí, ningún tipo de destete se debe dar antes del año. Eso para mí, no es posible. Hay muchos mitos con respecto a que si la leche después del año no les hace nada, que si es pura agua, y no, son muchos los beneficios, después del año, la leche materna tiene una cantidad de grasas que benefician al sistema inmunológico y por eso una de las primeras cosas que como mamás empoderadas debemos hacer es dejar de relacionar la leche con la edad.

-¿Por qué destetar entonces?

-Bueno la experiencia me dice que la mayoría de las veces el destete se da por el cansancio de la madre y las presiones del entorno. No es fácil, pero a veces nos toca canalizar el cansancio de otra forma. Tampoco estoy diciendo que demos teta toda la vida, yo misma desteté a mi hijo antes de los dos años, pero usando el destete respetuoso que fue un camino largo.

-¿Qué aconsejas entonces a las mamis que, como yo, estamos en período de destete?

-Lo primero que hay que hacer es reconocer las necesidades del niño y las nuestras propias como mamás. Si el niño está acostumbrado a dormir con su tetica, entonces nos toca enseñarles a no asociar el sueño con el pecho.

La otra cosa es que cuando hemos amamantado durante algún tiempo “largo”, nos acostumbramos a usar la teta para todo, para el calor, para el cansancio, para calmar el llanto, para sustituir comidas, entonces en esos casos, el mayor reto es sustituir la teta o el pecho y hacer lo que conocemos como destete dirigido.

Maria Parra, nos acompaña en la maternidad desde @mamaversatil

-En mi caso, y sé que es el caso de muchas mamás, mi hija no quiere otra leche, no le gusta o lo que sea, quiere la mía y llora como loca por su teti, ¿Cómo sustituimos el pecho entonces?

-No es fácil, tú lo sabes. Sin embargo, para sustituir el pecho podemos valernos de muchos otros recursos como los juegos, la comida, el apoyo del grupo familiar, etc.

Cuando los niños alcanzan los 2 años, empiezan a verse interesados por su entorno, entonces ese es el momento en el que nosotras tenemos que aprovechar e ir sustituyendo las tomas por esas cosas que a ellos les interesa o les da curiosidad.

-Hablamos del niño, evidentemente terminar su relación con el pecho implica su primera “pérdida” o separación, por así decirlo, pero no puedo dejar de preguntarte ¿qué pasa con la madre durante el destete?

-Es muy interesante que lo preguntes, porque el destete también es un proceso hormonal, como muchos de los otros procesos que tienen que ver con la maternidad. Es por eso también que siempre recomiendo el destete dirigido y respetuoso, porque no sólo es respetuoso con el niño sino también con la madre.

La lactancia son hormonas, entonces en el proceso de destete la madre también puede sentir nostalgia, tristeza, culpa, porque la lactancia produce oxitocina y al parar la lactancia pueden bajar un poco los niveles.

«La lactancia son hormonas, entonces en el proceso de destete la madre también puede sentir nostalgia, tristeza, culpa»

Maria Parra – Especialista en Lactancia Materna

Eso sí, estén claras mamitas que el destete de un día para otro es traumático para ambos, tanto física como emocionalmente, por eso nunca lo recomiendo.

-¿Qué recomendaciones básicas das a las mamás que se inician en el proceso de destete?

-Básicamente son cuatro cosas las que siempre recomiendo pero recordando siempre que cada dinámica madre hijo es diferente. La primera es tener mucha paciencia, no es fácil para ninguna de las dos partes y si perdemos la paciencia todo puede ir peor para ambos. En segundo lugar es muy importante hablar con nuestros hijos, explicarle al niño que es hora de dar el paso y explicar por qué sin ridiculizarlo, dejando claro que eso no implica que nos pierdan a nosotras; recordemos que para nuestros hijos también somos alimento.

La tercera recomendación es ir aplazando las tomas, y esto lo logramos distrayéndolos con algo más que llame su atención. Por ejemplo un juego, una bebida que le guste, una fruta que sea de su agrado, etc. Y por último, pero no menos importante, es vital apoyarnos en quien está en casa con nosotros, es decir, que si el padre está involucrado en la crianza, él también tiene que participar activamente en el proceso del destete.

-No puedo dejar de preguntarte uno de los mitos más famosos, ¿Si destetamos nuestros hijos comerán más comida?

-No, rotundamente no. Esto no es una regla, a veces nos cuesta ver que el tamaño del estómago de los niños no es igual que el nuestro, así que dejar el pecho no es nunca sinónimo de que comerá más.

-Otro mito es que si destetamos perdemos la conexión con nuestros hijos.

-Eso sería tan tonto como decir que las madres que ofrecen tetero a sus bebes desde que nacen no tienen la capacidad de crear una conexión fuerte con sus bebés. Esto es algo que va más allá de la alimentación.

-Me gustaría que desde tu punto de vista como especialista, pero también como mamá, nos dejes una reflexión final.

-El destete necesita que estemos presentes y comprometidos con el proceso. No es que como ahora desteto tengo menos tiempo para ofrecer para mi peque, al contrario, el bebé necesita darse cuenta que mamá sigue estando allí y con tanta o más fuerza que antes.

Por esto, también recomiendo no mezclar el destete con otros procesos que el niño asocie con pérdidas, como mudanzas, cambios de colegio, etc.

Por último, tenemos que ver el destete como una oportunidad de oro para experimentar otras conexiones con nuestros hijos, no verlo como perdida sino como la ganancia de otros espacios.

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Zulay Rivera: “La mejor forma de enseñarle a los hijos a cuidarse, es a través del ejemplo”

En nuestra segunda cita de “Especialista y mamá”, hemos contado con la experiencia invaluable de una de las mejores dermatólogos de Venezuela, y yo que la conozco en lo personal sé lo comprometida que ella puede ser como profesional, pero aún más como mamá de dos princesas.

Esta entrevista que jugó un poco entre lo informal y lo académico, no podía ser con otra persona que no fuera la reconocida dermatólogo y médico internista, Zulay Rivera, a quien invitamos a este espacio para que nos aconsejara sobre los cuidados básicos de la piel del bebé, algo que pasa un poco desapercibido cuando nos convertimos en mamás. Acá les compartimos la transcripción de un extracto de la amena conversación que sostuve con ella, el pasado jueves 23 de mayo, a través de mi cuenta de Instagram @sinmanualdeestilo.

-Zulay, que gusto verte desde tan lejos. Tenemos que empezar preguntándote algo que puede sonar un poco loco, pero ¿Tus hijas se enferman?

-(Risas) Claro que sí, dicen por ahí que casa de herrero cuchillo de palo, y yo lo certifico. Mis dos niñitas han sufrido de cuantas cosas de la piel puedes imaginarte, son niñas, es normal.

­-Hablando de cosas normales, y aunque ya yo sé la respuesta, ¿es normal bañar a los bebés todos los días?

-No, no es normal y tampoco es bueno. Los bebés, sobre todo los recién nacidos, tienen una piel muy delicada y si los bañamos mucho podemos causarle resequedad u otras afecciones de la piel. Además de que pueden desarrollar dermatitis y se ha comprobado que hay una relación directa entre la dermatitis en la infancia y las alergias (a nivel de nariz) en los adultos.

-¿Entonces qué es lo recomendable?

Lo recomendable es mantenerlos frescos, pero es ¿qué tan mal puede oler un bebé? En todo caso, a la hora de bañarlos, y esto aplica para todos, usar jabones especiales para pieles de bebé o jabones sin detergente, ya que este contenido que es justamente lo que hace la espuma, tiende a resecar la piel. Hay una falsa creencia a que si no te hace espuma cuando te bañas entonces el producto no es bueno o no te limpia bien, y eso no es así, por el contrario te limpia de una forma que te puede lastimar la piel.

-¿Es fácil encontrar jabones sin detergente?

-Hoy en día sí, ya muchos laboratorios comercializan este tipo de productos especiales para las pieles y son muchos los que podemos nombrar. Lo que si puedo recomendar es no confiarse siempre que diga que es para bebé por ejemplo, sino revisar las etiquetas donde aparecen los ingredientes para saber con qué estamos limpiando a nuestros hijos.

-Y si no los podemos bañar, entonces ¿cómo los limpiamos?

-La mejor opción siempre va a ser agua. Aunque usted no lo crea, el agua tal como la conocemos es lo mejor. Repito, ¿qué tan mal puede oler un niño recién nacido por ejemplo? ¿Qué tanto puede haber sudado que requiere un baño?. No digo que no hay casos especiales, pero evidentemente bañarlos todos los días o con mucha frecuencia cuando están pequeños, no es la mejor opción.

Después me van a hablar de las toallitas húmedas, y la verdad es que a esto yo le digo no muchas veces. Las toallas húmedas, incluso las que dice que son libres de alcohol o que son de agua, contienen químicos que pueden producir alergias o resequedad en la piel de los niños e incluso de los adultos, entonces yo siempre le recomiendo a mis pacientes, y lo aplico en casa, que las toallas húmedas son sólo para emergencias, pero si estamos en la calle y hay una opción para limpiar usando agua, prefiero lavarlas a usar las toallas húmedas.

-Ajá, ¿entonces los limpiamos y eso es todo?

-No, evidentemente la piel necesita más cuidados que sólo agua. Si me preguntan es primordial para mí limpiar e hidratar.

La doctora Zulay Rivera, continúa trabajando en Caracas, Venezuela.

-¿Cómo  y cuándo hidratamos?

-Bueno para hidratar hay muchísimos productos que podemos recomendar, solo que todos tenemos pieles diferentes y lo mismo ocurre con los niños. En todo caso, la mejor forma de mantener la piel hidratada es aplicando crema desde el nacimiento, no hay edad para usar cremas hidratantes.

El mejor momento de hacerlo es después del baño, porque además de ir creándoles el hábito, la piel está mejor preparada para absorber la crema. En casa la rutina es bañarnos y aplicarnos inmediatamente la crema hidratante.

-¿Pero no quedamos más pegajosos?

-Fíjate, tienes que ver el panorama completo. Las células de la piel son los ladrillos y la crema es el cemento, entonces después del baño los poros están más abiertos y la crema entra mucho mejor para hacer su función. Y por ejemplo, ahora que lo mencionas, hay niños que practican natación o que van mucho a la piscina, esos niños necesitan mucha más crema que el resto.

También hay niños que desde pequeñitos desarrollan manchas blancas y ellos también necesitan que esas zonas sean más hidratadas.

-Ya que cada piel es diferente, ¿cómo sería la crema hidratante perfecta para cada uno?

-Las mejores son las cremas sin olor, sin color y las que se sienten más densas, estas son las que tienen más capacidad de hidratar.

-Ahora que hablamos de piscina, empieza el verano. ¿Quiénes deben usar bloqueador solar?

-Toda la familia. El uso del bloqueador debe ser un ritual, también si no es verano, es un producto de uso diario porque el Sol siempre está allí haciendo de las suyas, incluso cuando no lo podemos ver. Seré muy clara en que todos, desde los seis meses de edad deberíamos utilizar protector solar y evitar exposiciones prolongadas al Sol durante las horas en las que incide más en la tierra.

El uso del bloqueador debe ser un ritual, también si no es verano, es un producto de uso diario porque el Sol siempre está allí haciendo de las suyas, incluso cuando no lo podemos ver.

-Nos preguntaba por el privado una mamá, ¿cómo hacer en invierno las tomas de Sol con su bebé, si no hay Sol?

-Claro que hay Sol, él siempre está allí. Y las tomas de Sol tal cual como lo harías en el trópico, evitando siempre las horas de mayor incidencia solar ya que los rayos penetran más en la tierra y pueden ser dañinos para la piel.

-¿Y qué hay del protector solar ideal?

-Bueno los estándares cambian un poco entre América y Europa, pero ninguno protege al 100%. Lo mejor es que contenga al menos protección 50, y en América conseguimos bloqueadores con la señal UVA que indican que cumplen con los estándares superiores, es decir que protegen un poco más.

-Ahora las mamás venezolanas que vivimos en Europa nos encontramos con plagas que desconocíamos, como las garrapatas y todo el mundo se vuelve loco con los repelentes. ¿Cómo escogerlo, cómo sabes que no le hará daño al niño?

-El caso de las garrapatas es bien particular, y quiero destacar algo, ningún niño menor de dos años debería usar repelentes no naturales. Muchos de los repelentes tienen un ingrediente llamado permetrina que no debe estar en contacto directo con la piel, así que un buen repelente no es el que contiene más permetrina sino uno que no contenga más de 30%. Y aun cuando se usen repelentes, hay que revisar a los niños. Las garrapatas se pueden esconder en lugares inexplicables, en la cabeza por ejemplo.

-Se nos acaba el tiempo y son muchas las cosas que quisiéramos hablar contigo, pero quisiera que le dejarás una reflexión a las mamis que nos acompañaron hoy.

-Yo también soy mamá, y para mí muchas veces tampoco es fácil lograr que mis hijas hagan lo que es necesario hacer por su bien. Son niñas, estamos juntas aprendiendo esto, pero sí me he dado cuenta, que la mejor forma de enseñarles a tus hijos a cuidarse, es a través del ejemplo.

Créanme que cuando les digo a las niñas que se coloquen crema o hagan determinada cosa y no me ven a mí hacerlo, ellas no lo hacen, por eso ahora la rutina es de las tres. Nos bañamos y enseguida a secarse y a colocarse su crema hidratante, y si por alguna razón a mí se me olvida, allí están ellas diciendo “mami, la crema”. Así que no queda más que hacer las cosas dando el ejemplo.

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Johannes Ruiz Pitre: “Amemos a nuestros hijos en presente”

Hace unas semanas atrás iniciamos una sesión en Instagram que me conecta aún más con lo que soy como mujer, porque me doy el lujo de entrevistar durante 30 minutos, a mujeres inspiradoras que más allá de una pantalla son profesionales y también mamás de carne y hueso, en un espacio que he bautizado como “Especialista y Mamá”.

En nuestra primera transmisión, tuve el honor de encontrarme con mi querida amiga y mentora Johannes Ruíz Pitre, CEO de @mimitosdemamá y @familias_positivas, que además de ser la madre de tres divinos mosqueteros, es Neuropedagoga especialista en inteligencia emocional y autora del libro “El amor no malcría”.

Fueron 30 minutos de aprendizaje y sobre todo de enriquecimiento, pero lamentablemente la tecnología me jugó mal y perdimos la entrevista tal como la habíamos grabado. Sin embargo, muchas mamás continúan escribiéndome para conocer qué dijo esa tarde nuestra querida Johannes, y por eso no puedo guardarme solo para mí los extractos más importantes de esta entrevista en la que hablamos de crianza positiva y de cómo las madres que creemos en la crianza con apego somos vistas muchas veces por la sociedad como bichos raros.

Aunque fueron muchos los aprendizajes, lo primero que se me hace importante acotar de lo que dijo Johannes como especialista, es que “en este camino de la crianza no hay trucos fáciles, los niños necesitan respeto, amor, límites y amabilidad, y también tenemos que entender que criar de esta manera implica claramente que los niños también tienen responsabilidades acordes a sus edades”.

“Es importantísimo entender que no existe la madre perfecta, esa es una ilusión que nos puede llevar a vivir frustradas porque también somos humanas»

Johannes Ruiz Pitre

“Es importantísimo entender que no existe la madre perfecta, esa es una ilusión que nos puede llevar a vivir frustradas porque también somos humanas, lo que sí existe y es importante tomar en cuenta es que la familia, sea como sea que está concebida, es un equipo y por ende en ese equipo todos los miembros deben poner su granito de arena”, aseguró la especialista quien confía en la cooperación como un elemento vital de la vida de familia y la crianza respetuosa.

-Johannes pero todo eso suena muy bien, incluso para mí que aplico estos principios de crianza positiva, a veces me cuesta entender sobre todo por los famosos terribles 2.

-Allí está el detalle. Creo que es necesario dejar de llamar a esta etapa los terribles y empezar a entender que son los maravillosos 2 años, ya que es la etapa en la que el niño empieza a despertar ante el mundo y no necesita mucho más que acompañamiento.

-¿Con qué se come eso entonces?

– Carla, muchas veces tu misma como adulto te sientes de una forma que no sabes expresar, nos pasa a todos; y ya siendo adultos sabemos cuáles son las emociones. Entonces ahora imagina a un niño que apenas empieza a vivir, sintiendo dentro él todo esto y no poder decirle a nadie “estoy triste, estoy molesto, estoy cansado”. Por eso tenemos que como adultos y padres responsables empezar a reconocer nuestras propias emociones, y a la vez reconocer y validar las emociones de nuestros niños. Hijo, ¿cómo te sientes? ¿Quieres que mamá te de un abrazo? ¿Me puedo sentar a tu lado mientras se te pasa el enojo?.

Los sentimiento, las emociones, sean positivas o negativas, hay que validarlas y cuando están aprendiendo a vivir y a reconocer hay que presentárselas.

-Entonces también existe esta tendencia a llamar los terribles dos por las pataletas, y todos queremos saber ¿cómo controlarlas?

-No hay trucos fáciles, no existen fórmulas mágicas, estamos tratando con seres humanos, con niños. En el caso de las pataletas, que se dan por muchos factores como frustración por no poder expresar sus deseos o sentimientos, cansancio, hambre, sueño, etc., tenemos que de alguna manera ser fuertes pero amorosos y aprender que la cooperación es clave y que los límites son necesarios para todos.

-¿Qué hacer entonces?

-Supongamos que tu hijo quiere que le compres algo y tú no puedes o no quieres hacerlo, no es quedarnos solo en el “no y punto”, sino llevarlo a un punto medio. Siempre digo que no se trata de ganarle al niño sino de ganarse al niño.

Entonces, manteniendo siempre la calma, en un tono de voz lo suficientemente bajo como para llamar su atención, explícale como si hablarás con alguien mayor que no se puede comprar y cuáles son las razones reales. Háblale sobre lo que ya le has comprado o lo que ya han hecho, y ve ganando su confianza. Contenlo.

-Hablas de ganarse al niño, y a mí eso me encanta, pero también me da miedo que venga un externo con malas intenciones a querer ganarse a mi niña.

-Miedo siempre habrá, creo que a todos los padres nos mandan una ración de miedos con los niños por no queremos que nunca les pase nada malo. Sin embargo, para esto que dices es vital que tengamos con ellos una relación de confianza única. Sí, tenemos que decirles a nuestros hijos que nosotros somos sus amigos más importantes, que no hay secretos con nosotros, que nadie puede decirles que no nos digan algo a nosotros (los padres) y que si no se sienten seguros o están incomodos nos los tienen que informar inmediatamente. Este es un tema muy extenso, pero se basa en construir confianza con nuestros peques.

-¿Y cómo los enseñamos a cooperar con nosotros?

-Esto es un poco más simple, porque se trata de incorporarlos en las rutinas dándoles un papel o rol de acuerdo a su edad. Por ejemplo, si estamos en casa y vamos a comer en familia, es bueno incluirlos a ellos en la elaboración de los platos o en la organización de la mesa. Por ejemplo, si tienes un niño de 3 años, pedirle que te ayude a colocar las servilletas o que lleve algo que no pese. Te puede ayudar a doblar la ropa, puedes decirle que sea tu asistente, cuando involucras el juego ellos se sienten mucho más motivados a colaborar.

-Sé que habrá muchas más cosas por decir, pero ¿hay algo que puedas recomendarles a los padres?

-El amor es un sentimiento sano, es valor, respeto, responsabilidad, bienestar, armonía, nada de estas cosas hace daño, por eso digo que el amor no malcría; tenemos que enseñarle a los niños que si el amor hace daño no es amor. Y también creo que es importante que como padres amemos a nuestros hijos en presente, tal cual son, sin compararlos con lo que tú imaginaste que serían, ellos son seres únicos, maravillosos e irrepetibles, y así como son, vale la pena amarlos hoy.

Extracto de la entrevista realizada a Johannes Ruiz Pitre, a través de los Live de Instagram de @sinmanualdeestilo el jueves 16 de mayo de 2019.

Maternidad

Del ejemplo al hecho

Una de las cosas que me dijeron de la maternidad mientras estaba en la dulce espera, que más he confirmado, y que me ha hecho revisar mis propios procesos, es que los niños son un reflejo de los padres.

¡Claro! Somos su ejemplo y la principal fuente de información que los más pequeños tienen, por ende no podemos esperar que actúen como otras personas si es con nosotros con quienes pasan la mayor cantidad de su tiempo.

Pero basándome en esta teoría de la vida misma, más de una vez en casa hemos tenido que decir “ya va, tomemos un minuto y volvamos a empezar”. A los adultos parece que se nos va olvidando con facilidad qué y cómo era ser niño, y sumergidos en esta adultez que una vez tanto deseamos y que ahora a veces nos puede agobiar, se nos olvida que tenemos a estas pequeñas esponjitas detrás de nosotros viendo atentamente cómo respondemos ante la vida para ellos copiar.

No les diré que no, a veces me preocupa que mi hija se parezca en mí en algunas cosas que me chocan de mi personalidad, pero hace unos días íbamos por la calle y mi conclusión de esa lenta caminata bajo el sol del verano fue “no lo debo estar haciendo tan mal”.

A los niños hay que escucharlos, y hay que escucharlos más cuando están aprendiendo a expresarse, porque descubrimos cosas maravillosas de ellos y encontramos más herramientas para conectar de forma más directa.

Total que íbamos las dos, rumbo a un nuevo parque que Sára no conocía, y nos metimos por una calle totalmente nueva para ambas. El Sol era inclemente, caminábamos, nos hidratábamos un poco y seguíamos, mientras ella se resistía a montarse en su coche. Me dijo “mami yo puedo caminar, yo quiero”, y ¿qué más podía hacer yo si no era dejarla hacerlo?.

Total que llegamos a un punto en el que la calle estaba inundada de un olor a flores frescas (sí, de esas que a mí me dan mucha alergia pero también mucha alegría), y Sára empezó a decir “¡mira qué lindo mami!”, “Esto me encanta mamá, son muchos colores”, “gracias mami, me gusta mucho ver esto”.

Mientras yo la escuchaba estaba totalmente derretida de amor, más allá de la escena había toda una historia creándose detrás de ella; mi hija, a quien trato de darle el mejor ejemplo posible, aprecia las cosas más pequeñas, esas que pueden pasar desapercibidas gracias a la rutina y eso para mí es un regalo invaluable.

Ahora el reto es mantener viva esa llama por las pequeñas cosas que hacen que la vida tenga más sentido, porque no vale la pena sumergirse solo en los problemas, y cuando vemos las cosas con positivismo todo va mejor. Así que ese medio día para mí fue como un oasis en medio del desierto, me coloqué a su altura y empezamos a ver las flores, vimos las mariposas revoloteando y le di las gracias de vuelta a ella por haberme regalado ese momento.

No puedo siquiera describir la sensación de alivio que tuve en ese momento cuando continuamos caminando, mi niña de dos años y un poco más de 7 meses, parece que nos ha visto a su papá y a mi detenernos de vez en cuando a apreciar lo que no todo el mundo sabe apreciar, y ella estaba tan feliz con eso, que no me queda duda ahora que ella ha visto en nuestro ojos la felicidad de esos pequeños momentos.

Con todo esto no trato de decirles que le enseñen a sus hijos a detenerse en cada detalle, pero sí los invito a revisarnos cada vez más para saber qué estamos haciendo con nuestras vidas y cómo eso influye o impacta en la vida de nuestros pequeños.

Les repito que lejos estoy yo de querer que ella o los hijos que tenga en el futuro sean como su papá o como yo, pero sí estoy encantada de saber que al menos en nuestras cosas buenas se han ido inspirando y encuentran un sentido de la vida que va más allá de lo obvio.

En conclusión, si soy el mejor ejemplo para mis hijos, solo quiero que ellos aprendan de mí valores que les permita ser cada vez más humanos y sobre todo, ser seres humanos felices.

Migración

Madre resiliente, inmigrante luchadora

Muchas veces he contado la gracia -y a veces también incomodidad- que me causaba que algunos amigos o conocidos, cuando se enteraban de que íbamos a emigrar, me dijeran que por lo menos yo no me iba sola y que estando con mi esposo todo sería más llevadero.

Casi dos años después de haber dado el paso, yo les cambiaría esa frase por algo como “al menos eres mamá y sabrás cómo llevar adelante el proceso”.

Y es que ahora que me pongo a pensar, algo vital para mí en este proceso ha sido la exacerbación de esa capacidad de resiliencia que brota de uno cuando se convierte en madre. Y sí, quienes me conocen y saben de mi historia de vida, siempre me definen como una persona resiliente, pero aunque es un término muy utilizado actualmente, muchos desconocen su significado, así que aprovecharé de contarles un poco sobre esto porque creo ciegamente en que todas las madres tenemos esta capacidad más desarrollada que el resto de la humanidad, y que en el caso de las madres migrantes es vital para sobrellevar el proceso migratorio.

El término resiliencia viene del latín “resilio” o “resalire” que significa volver atrás, resaltar, rebotar, volver a comenzar o recomenzar, y con el tiempo se ha ido modificando su significado original hasta ser tratada en estos tiempos desde la psicología positiva, en la que muchos especialistas se han enfocado en el término basándose en el uso de esta palabra en áreas como la física y la química, en las que la resiliencia se usa para describir la capacidad del acero de recuperar su forma original pese a las deformaciones que reciba por entes externos. Sobre toda esta parte teórica podrán encontrar miles de artículos y libros disponibles incluso en la red, pero quiero hacer especial énfasis en esta cualidad del ser humano que a veces pasa desapercibida entre las mamás.

Creo que las mamás somos resilientes por naturaleza, viéndolo incluso desde el punto más primitivo, que nuestros cuerpos se deforman con el embarazo y vuelven a su forma normal después del parto, e incluso nos sobreponemos al dolor y volvemos a nuestras rutinas físicas después de este momento, confiando en que nuestro cuerpo se sobrepondrá y nosotras seguiremos teniendo una vida normal.

¿Alguna vez has pensado en qué es lo que hace que una mamá no se desplome después de pasar días y noches sin dormir bien por atender a sus hijos? ¿O cómo es que es posible que una mujer tenga la capacidad de sacar sola adelante a sus hijos? ¿de trabajar de Sol a sombra y luego llegar a resolver mil cosas de todos en casa? ¿de bajar fiebres a media noche aunque su agotamiento le había hecho llorar escondida en el baño aquella noche? Pues por ahí hablarán de amor, pero yo estoy convencida que tiene mucho que ver con la resiliencia.

Porque sí, uno ama a sus hijos incondicionalmente, pero también es un ser humano como cualquier otro, pero capaz de poner esas necesidades de lado (así sea momentáneamente) para atender a los hijos cuando ellos nos necesitan, que es prácticamente todo el tiempo.

Creo que las mamás somos resilientes por naturaleza, viéndolo incluso desde el punto más primitivo, que nuestros cuerpos se deforman con el embarazo y vuelven a su forma normal después del parto, e incluso nos sobreponemos al dolor y volvemos a nuestras rutinas físicas después de este momento, confiando en que nuestro cuerpo se sobrepondrá y nosotras seguiremos teniendo una vida normal. Es decir, uno como mamá no va por la vida diciendo que no ejercicio más nunca porque se le podían salir los puntos de la cesárea que le hicieron hace cinco años. Por el contrario, a los pocos días nos sentíamos inútiles por no poder hacer con normalidad todas las actividades a las que estábamos acostumbradas.

Imagen cortesía de @patri_psicologa

La cosa con la migración viene porque el proceso no es fácil, y quien te diga que sí, te está mintiendo. No hablo de que nadie te obliga a hacerlo, ni que tienes que ver todo maravilloso en el nuevo lugar, sino que  adaptarse al nuevo espacio es necesario como en todos los aspectos de la vida, pero en la mayoría de los casos eso no pasa de la noche a la mañana, y cuando volver a casa no es una opción viable, entonces que te guste tu nuevo hogar entonces es casi impositivo y eso puede empeorar el proceso de adaptación.

Cuando eres mamá y emigras, ahí están los hijos y entonces no sólo ves por ti sino por ellos. Sí, que está el esposo (en algunos casos) pero en su cabeza están pasando mil cosas más que a veces no están pegadas tanto al proceso emocional, y entonces simplemente se tiene que adaptar para sacar económicamente a la familia. Pero la mujer no, uno se pregunta si es el lugar es para uno, pero también se preguntas si es el lugar para que ellos, los hijos, tengan una vida normal. Y cuando la respuesta es sí, entonces dejas de cuestionarte esas cosas que por alguna razón tanto te incomodan a ti y empiezas a ser resiliente, y soportas el clima extremo, la mala cara que en algún momento puede que te haga un vecino o un empleado de banco porque eres extranjero, empiezas a meterte en el papel de que ya eres más de aquí que de allá.

Con todo esto no quiero decir que ser mamá es un requisito para emigrar, o que esto asegurará el éxito del proceso migratorio, pero sí estoy convencida por experiencia propia que esa capacidad de resiliencia (que no es exclusivo de las mujeres) hace que el proceso sea más llevadero y exitoso. Que tirar la toalla no sea una opción, porque vemos la vida desde otro ángulo y eso si bien nos hace ser un poco más flexibles, también nos hace mucho más fuertes.

Emigrar es un choque así lo hayas planeado por años. Desprenderte de lo todo lo que conoces es como cuando niño toca despedirse de una mascota, pero es la resiliencia lo que te hace avanzar, aprender, adaptarse y ser mejor cada vez más. Por eso si me preguntas, cada día más me considero una madre resiliente, una inmigrante luchadora por alcanzar lo que quieres sin detenerse en las heridas que nos ha dejado el camino.

Pareja y Familia

El matrimonio extendido

Hace unos días celebrábamos el Día Internacional de las familias, y esta fecha me puso a reflexionar sobre varios aspectos de la vida familiar, pero básicamente de la vida en pareja.

Recordé con cierta gracia, que cuando uno empezaba a formalizar la relación con una pareja, salía la abuelita o la tía a decir “mira a la familia, no sólo al hombre (o a la mujer en el caso de mis primos), que cuando uno se compromete con alguien se casa con la familia también”.

Un día, alguien muy cercano a mí tuvo la osadía de responderle a la abuela “Eso no es así. Cuando yo me case, será para formar mi propia familia y esa gente (que no le gustaba para nada a ella) estará bien lejos de nosotros”.

¡Madre de Dios! ¿Por qué a uno le cuesta tanto escuchar a la gente con experiencia? (y quisiera introducir risas nerviosas aquí, pero yo me reiría para no llorar). Y bueno puede ser por aquello de que nadie aprende en zapato ajeno, o que el amor hace que se te queden dormidas las neuronas un rato, no lo sé; pero recuerdo que cuando yo escuché aquella reflexión me hizo mucho ruido.

Primero porque el argumento era razonable. Nos casamos para “formar NUESTRA PROPIA familia”, pero después de esto se acaba la cosa porque no puede ir uno por allí desapareciendo de la vida a los padres, a los hermanos, a los cariños de la pareja que estuvieron durante toda su vida. Digamos que los recién llegados somos nosotros pues, la pareja.

Y lamentablemente con los años he ido entendiendo por qué las abuelitas decían eso, y sí, mi abuela también me lo dijo a mí y yo tampoco la quise escuchar.

Les cuento todo esto, no para ventilar los trapos sucios familiares en público, sino para crear un poco de consciencia con respecto al tema. Semanas atrás una amiga de mis padres me decía, “Carla, ahora ya tú tienes un hogar, eres tú quien tiene que poner las condiciones, las reglas, los valores que reinan en ese hogar junto con tu esposo. No puede venir nadie a imponer ni a romper con ese esquema que ustedes dos han ido creando”.

Punto para ella. Y en ese aspecto mira que sí, que uno se casa para crear su propia familia. Pero, ¿Cómo la formas? Con los valores que has aprendido durante toda tu vida, con lo que viste en tu casa (te gustara o no, uno va aplicando lo que le gusta y descartando lo que no), con las emociones que experimentaste a lo largo de tu vida, con las experiencias que has tomado de otros que te parecen que pueden funcionar bien en ti, y por supuesto, creando vínculos familiares fuertes, primero entre tu nueva familia, pero continuando con la familia que los condujo hasta el presente.

Entonces sí, cuando te casas, te casas con la familia del otro. Lo que no quiere decir que tengas que aceptar imposiciones de la familia de base, y tampoco romper relaciones con ellos cual guerra sin sentido.

En este punto te preguntarás ¿cuál es el objeto de este post?. Creo que yo misma lo dudo, pero tal vez, como otras tantas veces, necesito drenar, y sé que seguramente habrá mamis que se sientan identificadas con estas situaciones.

Como yo no soy ni consejera familiar, ni de pareja, ni nada por el estilo sino una simple mortal que sólo habla de lo que experimenta y siente, concluiré diciéndoles lo que después de muchos golpes (en tono figurativo) he ido aprendiendo. Si les digo que no ha sido fácil para mí, me ha costado muchos dolores de cabeza, peleas, lágrimas e incluso idas al psicólogo, pero el último año he estado trabajando en lo que yo veo como una estructura. Y así se los planteo ahora.

  • ¿Para qué nos casamos? Para formar una familia PROPIA y hacernos compañía.
  • ¿Cómo es la familia que queremos formar? Respóndase usted misma cómo está diseñada, imagínela con integrantes, emociones, cosas materiales, todo lo que pueda agregar sentido a lo que buscas.
  • ¿Qué valores en común aplicaremos a nuestros hijos? ¿Qué tipo de crianza usaremos? ¿Qué límites pondremos?
  • ¿Quiénes pueden opinar sobre nuestra familia y ser tomados en cuenta? – Y en esto quiero ser bien clara, una cosa es quien opina y otra a quien escuchamos o consideramos para que nos oriente. Si usted viene de un hogar donde lo golpearon por todo y por nada, y no quiere aplicar el mismo método con sus hijos, pues no puedes sentarte a escuchar a quien te golpeó porque posiblemente terminarás copiando el patrón.
  • Cuando haya actividades familiares ¿Cómo manejaremos la interacción con las familias de base de cada uno de nosotros?

Puedes hacer una lista tan larga como quieras, la “estructura” depende de cada quien. Esto no es una cosa estricta sino una idea para ir generando orden en el caos que puede ser a veces convivir con las familias de nuestras parejas, pues lamentablemente no todas nos ganamos la lotería con las buenas suegras, pero sí a todas nos toca lidiar con ellas; e iré un poco más allá, ¿Cómo nosotras cómo madres esperamos que nuestros hijos tengan una relación cercana con nosotras, si no ven el ejemplo en su primera referencia, que somos nosotros los padres?

Y en resumidas cuentas, mientras éramos novios la familia de nuestras parejas realmente no eran nada nuestro, el vínculo era nulo. Digamos que luego al existir el compromiso, la vida en pareja, el matrimonio o llámelo como usted quiera, se pasa al siguiente nivel, si la relación es mala al menos diplomacia debería existir. Pero cuando llegan los hijos…cuando llegan los hijos la historia es otra, puede que no tengan nada que ver con uno, pero tendrán mucho que ver con los hijos de uno, que es lo más sagrado que uno tiene, y vivir en guerra no será bueno para ninguna de las partes.

Entonces sí, cuando te casas con alguien, también te casas con la familia.

¡Qué razón la de las abuelas!

Maternidad

Entre lo que quiero y lo que hago.

Me lo repito una y otra vez. Si yo sé lo que estoy haciendo, si yo estoy siguiendo mi instinto, mis ideas, ¿quiénes son los demás para cuestionarme?.

¿Acaso vale la pena detener mi forma de ver la vida porque los demás no me entienden?. Si me preguntan a mi yo creo que no.

Les cuento que durante mucho tiempo de mi vida me paralice porque otros a mi alrededor no entendían qué era lo que yo quería y cómo lo quería; para ellos siempre era descabellado, no le veían lo lógico o ponga usted la excusa que un tercero puede decir de los planes o ideas de los demás, a lo que yo quería hacer.

Lamentablemente sus «razonamientos» me paralizaban al punto de a veces dejarme sin aire, hasta que llegó un día en el que no pude más y empecé a liberar la carga. ¿Sentirme angustiada o frustrada porque otro no cree o entiende lo que yo quiero hacer con mi vida?. Eso no parece lógico ni justo.

No les niego que primero sentí miedo, pero la sensación de liberación fue tan alta y satisfactoria que luego no pude parar. Y al tiempo me convertí en mamá y la cosa cambió radicalmente para mejor.

Eso que llaman instinto puro y duro afloró en mí de una manera que me movió todas mis fibras y me hizo entender que para hacer sobrevivir al ser que en el momento de la gestación vivía dentro de mí, tenía yo que estar bien y feliz.

A esas alturas no había nada que hacer, yo decidí dejarme llevar por lo más primitivo de mí, mi instinto y eso me ha permitido vivir más ligera y mucho más feliz. Tampoco les mentiré diciendo que todos quienes estaban a mí alrededor para ese entonces se mantuvieron conmigo hasta este momento (y no sé si volverán la verdad, pero tampoco estoy segura de quererlos de nuevo cerca de mí).

Entonces entendí que si el resto no me entendía, no significaba siempre que estuviera haciendo algo mal. Y si se los pongo en un plato conciso, mi decisión de emigrar fue una de esas cosas que muchos en mi entorno cuestionaron, incluso algunos que ya habían dado el paso, pero según yo no tenía la madera para hacerlo o el reto no estaba a mi alcance tal cual me lo había planteado. -Que pues mira sí, que emigrar a Hungría, un país que era como la cueva de mi primer enemigo y que me podía llevar a la guerra, sin saber ni ñé del idioma y con una bebé sin contar con apoyo familiar, no era como muy lógico, pero créeme cuando te digo que no me arrepiento ni un solo día de mi vida del paso que di porque desde entonces he crecido en muchos aspectos de mi vida-.

Siempre les digo que mi objetivo en la vida desde que me convertí en mamá es ser feliz, no me importa tener grandes lujos, solo me importa vivir bien y en paz. Pero ese no es un camino fácil de transitar cuando nos paramos a escuchar todo lo que el mundo tiene que decir sobre nuestras formas y nuestros planes. Y tal vez la maternidad es una de esas cosas en la que más terceros buscan opinar, y en la que nosotras nos exigimos tanto que llegamos a sentirnos que no lo estamos haciendo bien.

Pues déjame decirte querida mamá que no siempre lo estás haciendo mal. La mayoría de las veces lo haces de una manera tan perfecta, que quien está pendiente de todos tus movimientos se acerca a criticar, porque fíjate parece que trabajas demasiado o que has amamantado a tu bebé durante mucho tiempo. Pero ¿eso es problema del tercero o es una decisión personal con la que tú te sientes a gusto?

A estas alturas del partido, solo puedo decirte yo desde mi corta experiencia, que la maternidad hizo que mi instinto aflorara en mí para luchar por mis sueños, esos mismos que no todos comparten ni entienden, pero que quienes te aman de verdad al final apoyarán. Y si me pongo más cruda, sólo tengo que decirte que no puede haber mejor forma de enseñar a otros que a través del ejemplo, ¿entonces cómo se supone que criarás niños felices si les das el ejemplo de un adulto frustrado o amargado?.

Sí querida mamá. Repítelo una y otra vez, que el resto del mundo no entienda tus formas no siempre quiere decir que lo estás haciendo mal. Revisa si tú te sientes bien, si tú estás conforme con los resultados, y si es así, lo que el mundo piense está demás. Lo más importante en tu propio mundo eres tú.

Migración

La desvirtualización de los abuelos.

Contra todo pronóstico médico y humano, llegaron los abuelos de visita y los deseos de mamá y bebé se convirtieron en realidad; los abuelos están jugando con Sára todos los días, por lo menos por una temporada.

Pero les confieso que el proceso no ha sido fácil, a pesar de que ella lo deseaba, los reconocía y los extrañaba, su cabecita no sabía bien cómo digerir el hecho de que sus amados abuelos estuvieran ahora tan cerca de ella después de tanto tiempo.

Que esto se diera además en plena etapa en la que su cerebro manda estímulos emocionales que ella apenas empieza a reconocer ha sido todo un tema. Entonces pasamos de la alegría absoluta a la sorpresa tan increíble, que produjo que incluso el sueño fuera motivo de disputa.

“Mami, pero y si cierro los ojos y no están más”, me dijo a los tres días del reencuentro ante los reiterados intentos de hacer siesta o dormir por las noches, y me dejó fría. -¿Cómo una niña de dos años y medio, puede entender que esto no es mentira si yo misma no me lo creo?- pensé.

“No hija tranquila, ellos estarán un tiempo más con nosotros. Todos necesitamos descansar para tener fuerzas y volver a jugar mañana”, le respondí sin titubear mientras la dormía en mi pecho. Ella me creyó, pero apenas abrió los ojos por la mañana gritó “¿Abuelo, Nana?”. Su sonrisa nos dijo todo cuando los escuchó responderle.

Pero ahora el proceso que envuelve a toda la familia pasa por esa etapa en la que definitivamente entendemos que estamos juntos por un tiempo de nuevo. Y si no es fácil para los adultos, imagínense para un niño que apenas empieza a vivir.

Pero aun así, es normal que muchas mamis me escriban preguntándome por qué la convivencia en el reencuentro suele convertirse en algo tan controversial. Intento explicárselos de la manera más simple; cuando emigramos salimos de casa siendo unas personas que ahora hemos dejado de ser. Y no quiero decir que nuestra esencia ha cambiado, pero sí las formas en la que ahora abordamos la vida y sus situaciones, e incluso cómo hacemos las cosas, mientras las rutinas de quienes se han quedado en el lugar de origen también han cambiado y pueden ahora resultar muy extrañas para nosotros. Pero de eso se trata la vida, de evolucionar.

En todo caso, este post es para comentarles cómo fue posible la desvirtualización de los abuelos. Esos que dejamos en Venezuela cuando Sára apenas tenía un año, y que desde entonces se acostumbró a ver solo por una pantalla.

Les confieso que por la condición de salud de mi mamá, en principio teníamos mucho miedo de decirle a Sára que vendrían y que luego pasara algo que les impidiera llegar. Así que manejamos con mucha mano izquierda el tema. “Hija, los abuelos están intentando venir a verte pero como hay muchos problemas y es largo el camino, puede que tarden un poco más de la cuenta”.

No sé si nos entendía, pero siempre salía con alguna respuesta que nosotros aceptábamos como que sí estaba entendiendo.

Después nos tocó involucrarla en todos los cambios que tuvimos que hacer en casa para recibirlos, entre ellos estuvo cambiar su cuna por una cama grande. Allí nos tocó venderle la idea que su cama grande era especial y mágica y por ende tendría que compartirla con su abuela.

Durante algunos días quiso dormir sola en su propio espacio, incluso se despidió de su cuna, e increíblemente el día que llegaron los abuelos a casa, una de las cosas que le dijo a su Nana fue que esa cama grande estaba para ellas dos aunque no acepta aun dormir con la abuela.

Dejarlos jugar incluso cuando se están rompiendo las rutinas a los que los tres estábamos acostumbrados en casa también ha sido importante. Eso les ha permitido afianzar más su conexión y a la niña sentir mucha más confianza con los abuelos para tal vez quedarse sola con ellos, mientras mamá y papá salen a pasear.

En este punto quiero hacer especial referencia, pues yo fui criada por mis abuelos maternos hasta los cuatro años de edad. Vivía con ellos en su casa, en otra ciudad donde mis padres me visitaban religiosamente los fines de semana. Evidentemente las condiciones de mis abuelos a nivel de salud eran óptimas, y eso nos permitía tener una vida como la de cualquier niño que crece sin limitaciones. Recuerdo mucho aquellos días, recuerdo también que algunas veces quería irme con mis padres a Caracas, pero amaba tanto estar al cuidado exclusivo de mis abuelos que la ciudad era una fiera que me apartaba de mi paz infantil.

Durante todo ese tiempo, mis abuelos se dedicaron a mi. En casa, mi abuela me enseñó a contar, los colores, las formas y las letras; mientras mi abuelo me enseñaba canciones, me leía historias y desataba mi imaginación con una cantidad de juegos que ponía a mi disposición. Con él aprendí a jugar dominó, memoria, armábamos las mejores ciudades de Lego (Y miren que en aquella época no existía el Lego Duplo), y dábamos largas caminatas por la tarde que culminaban en la orilla del malecón, cerca del Paseo de Macuto, viendo el atardecer.

Yo puedo decir que los mejores recuerdos de mi infancia los tengo con mis abuelos, y me hubiese encantado que mis hijos corrieran con la misma suerte. Pero la distancia hace de las suyas, así que ¿para qué enrollarme porque hoy no comió a la hora o se durmió una hora después?. Mi hija está construyendo sus propios recuerdos con sus abuelos y ese es un gran tesoro que le podemos regalar nosotros como padres.

Necesidades especiales

Nuestro caso ha sido particular en la desvirtualización de los abuelos, porque por la cámara sólo ves la cara de quién está del otro lado, y como muchos que me han leído antes ya saben, mi mamá tiene una condición de salud especial que la mantiene con movilidad bastante reducida.

Una cosa era explicarle a Sára que su abuela no se podía mover tanto como nos gustaría y otra era que era entendiera, pero nos atrevimos y mucho fue lo que hablamos con ella. Increíblemente Sára lo entendió y la ha aceptado con su condición sin titubear.

Cuando van a jugar le indica donde se tiene que sentar y antes de salir al colegio le dice “no inventes abuela, yo vengo pronto”. Integrarla a ella en ese proceso, la ha convertido incluso en una cuidadora de su abuelita porque entiende que si la abuela necesita ayuda, enseguida ella tiene que ir por alguno de nosotros.

En este punto también entendimos que a los niños hay que hacerlos sensibles con las personas con discapacidad. No es incómodo solo para el acompañante, sino incluso para el afectado que la gente los vea con sorpresa o descontento.

En nuestro caso particular, Sára ha corrido con la suerte de compartir con niños y personas especiales que hicieron que también ver a su abuela en una silla de ruedas (así no la vio ella nunca en Venezuela) no fuera algo extraordinario o extraño para ella, sino que por el contrario la respeta mucho más y trata de mantenerse atenta a los requerimientos que su abuela pueda tener.

En todo caso, el mejor consejo que como madre puedo dar en el proceso de desvirtualización de la familia es, sin duda, que nos dejemos llevar por el amor, por el cariño real que nos conecta y sobre todo por el respeto de los espacios y los procesos. Al final de los días, siempre la sangre llama y el amor prevalece.

Maternidad

Ellos tienen que…ir a su ritmo

Es que ella ya debería hablar.

Él debería estar en una guardería para que no sea malcriado.

Esos niños deberían estar caminando y no cargados.

Sára debería ya decir palabras en ambos idiomas… mil veces y una más, esos son los comentarios que escuchamos las mamás a diario.

Y ojo, esto sólo no nos está pasando a las que decidimos quedarnos en casa criando a nuestros hijos -que además somos vistas como una especie de bicho raro-, también les pasa a quienes pasan 6, 8 o 12 horas en sus trabajos.

Siempre, siempre, pero siempre la gente, el externo, el que no está viviendo tu vida, tendrá algo que decir sobre las formas en la que tú o los demás hacen las cosas. Tristemente a nosotras las madres eso nos hace ruido en determinado momento, y si le prestamos mucha atención nos puede generar angustia.

Les cuento mi caso particular. Cuando vivíamos en Venezuela Sára decía algunas palabras con claridad, tal vez unas diez o quince, pero las decía; y a la semana de haber llegado a Hungría, Sára dejó de hablar y todas sus palabras se convirtieron en “eeeeehhh” y “aaaaaahhhhh”. No pasó mucho tiempo para que empezaran los comentarios de la familia que nos acogía, cosa con la que tanto su papá como yo no estábamos nada cómodos.

Comentarios como que si la niña debía ir a la guardería, que algo malo le pasaba porque había dejado de hablar, que si esto y aquello, y aunque yo no entendía claramente lo que decían, sabía que estaban presionando al papá de Sára por algo que en realidad no era un problema de nadie sino nuestro.

Un día la frustración de él pudo más que su capacidad de silencio y me contó todo lo que decían sus tíos sobre nuestra forma de crianza, y evidentemente mi primera reacción fue decirle “no le pares, ellos no saben cómo estamos criando nosotros a nuestra hija y no se tienen que meter”, pero los comentarios continuaron, y repito que aunque yo no entendía, ya el ambiente empezaba a hacerse pesado.

Un día muy triste, y desesperada de verdad, le dije a mi mamá que yo creía que le habíamos hecho algo malo a Sára, porque ella lloraba cuando los veía por Skype y no hablaba ni una de las cosas que decía estando en Caracas. Yo admito que como mamá dije “Sára ya debería estar hablando, ella tiene que hablar”. Y como diríamos nosotros, me cayó la locha. Mi mamá me dijo cosas que fueron bálsamo para mi alma, y que evidentemente calmaron mi angustia, empezando por ese famoso dicho de “hija, hagan lo que hagan siempre los van a criticar, así que no le paren”.

Después de entenderlo, de procesarlo y de ponernos de verdad el famoso traje de pingüinos para que todo nos resbalara, empezamos a aplicarlo. Sí señor, Sára no va al baño sola, ni avisa cuando va a hacer número 2 porque resulta que tiene 15 meses. No señora, Sára no va a la guardería porque sus papás decidieron que mamá la criaría y le daría pecho hasta los 2 años. No abuela, Sára no tiene por qué abrazarte ni besarte si no quiere.

Evidentemente las caras de shock no han sido normales, pero nuestra tranquilidad, eso sí que es normal, no tiene precio y mucho menos la tranquilidad de nuestra hija, porque como padres hemos decidido darle sus tiempos y espacios.

Querida mamá, tus hijos no tienen que hacer esto o aquello como lo hizo otro; tu hijo es un ser humano maravilloso y único como ningún otro, así que tendrá sus tiempos y estilos para hacer.

Querida mamá, no te hablo desde el “yo creo que”, sino desde lo que he aplicado –que ha sido lo correcto para nuestra familia-, un proceso que incluso me ha ayudado a conocerme mucho mejor a mí misma, a no ser tan dura juzgándome por mis actos, porque viendo a mi hija crecer entiendo que ella es un ser humano como cualquier otro, y que eso quiere decir que es diferente a los demás, y que por ende tiene que vivir sus procesos a su tiempo y a su manera.

Sí, a su tiempo y a su manera.

Ya no habla como antes

Bueno, resulta que Sára está empezando ahora a hablar nuevamente con 18 meses, y ahora ya no me preguntan si corre o camina, sino qué dice. Pues dice sus cosas, habla una especie de papiamento entre español, inglés y húngaro, que no entendemos sino ciertas cositas.

Pero, qué más le podemos pedir a una personita a quien le cambiamos todo su mundo de un día para otro cuando decidimos emigrar. Mi hija pasó de tener su casa entera para vivir en un cuarto de 6 metros cuadrados durante tres largos meses, dejó de tocar a sus amados abuelos y pasó solo a verlos por una pantalla, el idioma que escuchaba todos los días ahora solo lo escuchaba de mamá, que ahora también habla en otro idioma. Evidentemente sacamos cuentas, consultamos a los especialistas, y es verdad, ella no tiene ningún retraso en el habla, solo está poniendo en orden su cerebro.

Pero allí está la respuesta, los opinólogos (como los llamamos aquí por cariño) invierten mucho tiempo de sus vidas pensando por qué nuestros hijos no hacen lo mismo que otros niños, y al final terminan sembrando esa semillita en nuestros corazones que, a veces, termina llevándonos al camino de la frustración.

Ahora bien, lo realmente importante para nosotros como adultos en todo caso, sería entender que son niños, no robots y que debemos aprender a respetar los tiempos de sus procesos, ya que ellos no tienen la misma capacidad de adaptación que nosotros.

Evidentemente como padres también tenemos que aprender a leer todos los elementos de la ecuación, y si por ejemplo uno de nuestros hijos tiene tres años y no habla para nada, tal vez si deberíamos ir a un especialista para saber que está pasando.

Querida mamá, la próxima vez que te digas “mi hijo tiene que…” estudia bien todas las aristas que conlleva esa afirmación antes de sentirte frustrada, y de hacerles sentir frustrados a ellos. Recuerda que es una vida en formación, un cuerpo que se está educando para llegar a hacer algo similar o mejor de lo que somos nosotros ahora mismo; por eso mi invitación siempre será a no forzar, sino a ayudar a nuestros hijos a ser lo que ellos quieran ser.

Ellos tienen que ser lo que quieran ser. A nosotros simplemente nos toca darles herramientas y dejarlos ser.

Pareja y Familia

Cuando criar es no hacer nada

El papel de las mujeres que decidimos quedarnos en casa se ha subestimado cada vez más con el paso del tiempo. Tal vez se deba a las generaciones anteriores que fueron educadas para que las mujeres tuvieran un espacio solo en el hogar, y a medida que fuimos ganando terreno fuera de la familia no le quedó más a la sociedad que intentar imponernos una etiqueta que hoy es usada como un estigma.

Estar en casa no significa que no estemos haciendo nada, así como trabajar fuera de casa no implica necesariamente estar haciendo algo productivo, porque como todo en la vida, esto también es relativo.

A diario comparto con mujeres increíbles que se sienten culpables de quedarse en casa al cuidado de los hijos durante la primera infancia; confieso que yo misma me he sentido así en ocasiones, pero luego recuerdo la falta que me hizo mi mamá muchas veces mientras estaba en el trabajo, y entonces comprendo que no trabajar de manera formal en este momento no es un retroceso para mí.

Les contaré una historia muy personal. Yo nunca tuve en mi cabeza esa idea loca de formar familia, para mí eso era una utopía que fue agarrando forma conforme fueron pasando los años y fui afianzando mi matrimonio. Por otro lado, yo me veía como la mujer trabajadora, independiente, de las mil cosas que hacer y producir y los mil un logros que recoger, y que si llegaban los hijos pues habría suficiente dinero para llamar a la mejor niñera del mundo, pero quedarme en casa no era una opción. Luego tuve a Sára por primera vez en mis brazos y la historia es totalmente diferente.

Recuerdo que ella tenía unas pocas semanas de nacida cuando le dije a su papá que yo quería, y me parecía necesario, dedicarme por un tiempo indefinido a la crianza de nuestra hija y los que estuvieran por venir. No estaba dispuesta a perderme sus primeras palabras, y tampoco quería soltarla al mundo antes de tiempo. “Yo quiero dedicarme a criar a nuestros hijos”, fueron mis palabras exactas.

Él estuvo de acuerdo porque siempre ha soñado con una familia grande, aunque cada día que pasa me convenzo más de que él nunca creyó que yo me atrevería.

Han pasado más de dos años desde aquel momento y yo no he podido volver al mercado laboral formal. Y hace pocos días me di cuenta que no había vuelto, simplemente porque no he querido y no he puesto mis energías en ello.

Que he hecho muchas cosas, sí; pero ninguna de ellas me ha impedido estar cerquita de mi hija en su día a día.

Estar en casa con los hijos va más allá de estar en casa. Se trata de encargarse de la limpieza de la casa y de las cosas, de tener al día la cocina, el mercado e incluso solucionar las diligencias de la vida diaria como el pago de los servicios y otras cosas.

Quedarse en casa significa a su vez cumplir con unas estrictas rutinas que nos permitan crear horarios y hábitos en nuestros hijos no escolarizados, y eso nos hace ser también más organizadas y planificadas. Y si hablamos de planificación, estar en casa representa administrar el tiempo de tal manera que, para cuando papá esté libre del trabajo, el tiempo de familia sea realmente de calidad.

Sí, muchas veces los hombres no entenderán eso y pensarán que ellos saliendo de casa a trabajar, y nosotras acostándonos a dormir. Ojalá y fuera así, pero dormir es la cosa más difícil del mundo cuando tienes niños pequeños.

Querida mamá, hoy quisiera hablarte a ti que tal vez te sientes menospreciada o una carga porque te ha tocado estar en casa. Te hablo desde mi experiencia, porque estando en casa no sólo me tocó aplicar todos mis conocimientos profesionales, sino aprender un montón de cosas nuevas como manualidades, idiomas, tecnología y un sinfín de dotes administrativos y gerenciales que vaya Dios a saber cuándo hubiese podido yo tener la oportunidad de aprender en algún cargo administrativo.

Estando en casa me he convertido en niñera, maestra, enfermera, señora de limpieza, lavandería exprés, administradora, contadora, abogado especialista en resolución de conflictos y promotora de los derechos humanos. Además tengo dotes de secretaria desde que emigré, pues me toca poner en contacto telefónico a mi hija con nuestra familia regada por el mundo, sin contar que la organización va más allá de la casa y se incluye una minuciosa agenda semanal a fin de que no queden por fuera actividades de recreación, estimulación, comunicación y relaciones públicas.

He aprendido también a gestionar el tiempo que queda para mí, para emprender mis proyectos y para dedicarle a mi pareja, ya que sin contar con una familia de apoyo detrás de nosotros, estar solos es prácticamente imposible.

Las finanzas son compartidas pero es sobre los hombros de la mujer donde recae la responsabilidad de que las cuentas cuadren. Y en ese sentido, de este lado siempre habrá también mucha presión o responsabilidad.

Querida mamá, no digas que no estás haciendo nada, estás criando un ser humano y esa es la responsabilidad más grande que nadie puede tener en la vida. Se trata de alguien que por sus acciones será amado y respetado en un futuro, u odiado y rechazado. No es cualquier cosa.

Y si trabajas mamá, también está bien. Créeme que tus hijos sabrán entenderlo en un futuro. En todo caso lo importante en esta historia es que tú entiendas que tu rol no es cualquier cosa, porque si eres capaz de entender e internalizar eso, entonces serás capaz de omitir todos los comentarios malsanos que los demás hagan de ti o tu situación.

Querida mamá amiga, la maternidad no es una ciencia pura, es simple experimentación humana apostando por el futuro mejor de los tuyos. Recuerda que al final todo pasa.

Maternidad

La ola de calor…y aquel sudor nada agradable

Llegamos a los ocho meses de gestación, y dentro de mí agradecía porque muchos de los síntomas del embarazo de los que otras mujeres se quejaban, no habían hecho presencia en mí humanidad. Sobre todo uno con el que nunca me había llevado bien… el calor.

Todo parecía muy perfecto para ser verdad, cuando el calor me venció. Fue llegar a la semana 33 y un día, y empezar a experimentar el calor en otro nivel que mis sentidos desconocía; uno que aún no me explico bien.

Más desesperante era, que por esos días había un pequeño frente frío que tenía a todos el mundo abrigado, mientras yo no dejaba de sudar cual comiquita japonesa (y me disculpan los amantes de este arte por llamarlo así).

Me apetecía dormir con el ventilador a toda mecha, desarropada y con la menor cantidad de ropa posible, mientras mi esposo inocente del infierno que mis glándulas sudoríparas causaban, no dejaba de arroparme y angustiarse porque en su cabeza solo había zancudos (mosquitos) volando a mí alrededor, y obviamente él sentía un frío que mi cuerpo desconocía por aquellos días.

No les miento cuando les digo que más de una vez mi almohada amaneció empapada como si hubieran abierto una manguera en ella. Pero no una manguera cualquiera, era una que además traía consigo un mal olor, eso que por allá llaman mal sudor. Era como si el sudor oliera a rancio y no pueden imaginar lo desagradable que era para mi tener que lidiar con aquello.

Pero sinceramente señoras, el calor, como todos los demás, pasa. No sé bien en cuánto tiempo, porque sinceramente todavía a las 36 semanas seguía lidiando con él, pero no en el mismo grado de intensidad que las semanas previas.

Es que incluso, ahora que lo recuerdo, incluso el día que fui a dar a luz, con mis 41 semanas y 3 días, tenía un calorón que me permitía estar medio desnuda sin problema alguno en la sala de preparación para el parto, que de cálida no tenía nada. Pero a fin de cuentas, de alguna manera aprendes a vivir con el calor.

Particularmente yo trataba de dejarme llevar por lo que mi instinto me indicaba, así como lo hice con casi todo lo que tenía que ver con el embarazo.

¿Qué hacía? Me lavaba la cara y la parte trasera del cuello tantas veces como podía.

En las noches más calurosas utilizaba las compresas de hielo en la nuca y en la parte baja de la espalda como un paliativo, aunque con esto debes tener cuidado si la temperatura del ambiente está muy frío porque al final puedes amanecer resfriada.

Uno de mis momentos favoritos por aquellos días era llegar a casa de la calle tan acalorada, que deshacerme de la ropa y lanzarme sobre la cama con el ventilador de frente, se convertía en un placer tan grande que solo lo puedo comparar con satisfacer un antojo, y la guinda de la torta era aprovechar el momento para dormir un rato mientras el bebé se movía como recordandome que estaba allí.

Por esos días también evitaba el uso de cremas en el cuerpo por la noche, eso me hacía sentir mucho peor y la verdad es que si te van a salir estrías saldrán con o sin crema. Que si es cierto que es muy importante cuidarse, pero más importante todavía es estar cómoda mientras gestas vida.

A modo de reflexión les dejo este comentario del post original, que escribí cuando tenía 36 semanas de gestación. «¿Vale la pena? Pues sí, ahora que estoy más cerca del momento de tener a mi bebé en los brazos, me parece que este y otros síntomas valen la pena». Y hoy, cuando mi bebé ya tiene 30 meses, les reitero que todo ha valido la pena sin temor a equivocarme.

Migración

La inaceptable xenofobia

Esta vez escribiré como ser humano más que como mamá, pero es que a veces da miedo ver a lo que nuestros hijos se enfrentan y por eso esta vez he decidido no callar.

“Nuestra verdadera nacionalidad es la humanidad”, dijo el prodigioso escritor británico Herbert George Wells, hace más de un siglo y hoy en día esto debería estar más que claro, pero no es así. Parece que la falta de valores en una minoría, porque sí estoy convencida de que es una minoría dañina, continúa dejando su huella por el mundo con sus actos xenofóbicos.

El día de ayer me tocó a mí y en una situación muy lamentable, pues dos miembros del staff de un centro de salud público, un servicio al que tengo derecho no sólo como ciudadana húngara sino como ciudadana del mundo en este país en el que resido, se negaron a fijarme una cita con un médico especialista, por ver que en mi identificación decía que había nacido en Venezuela.

De verdad en mi primera visita a este lugar yo quise dejar el beneficio de la duda, y con toda la paciencia del mundo fui a buscar los “requisitos” extras, que estas dos mujeres me solicitaban para asignarme una cita médica. Yo quería creer que mi oído húngaro se equivocaba, pero horas más tardes comprobé que no era así, y que sí, la xenofobia existe en todos lados.

Finalmente en la tarde me volvieron a vacilar, jugaron con mi tiempo, hicieron burlas sobre que era una ciudadana falsa por no haber nacido aquí, y se negaron por todos los medios a darme la cita. Todo esto ante la mirada atónita de otros pacientes que no hicieron nada, ante la indignación del resto del staff que tampoco hizo nada. “Mi jefa no quiere más venezolanos y que ´húngaros´ aquí por hoy y punto, no introduciré el número”, fue lo último que me dijo esta señora de Atención al paciente antes de que con toda esa rabia apretada en el estómago le dijera que Dios la bendiga y me fuera con mi hija por donde había entrado.

Inmediatamente mi indignado esposo llamó al lugar, la fulana jefa le trancó el teléfono asegurándole que mi situación no era su problema; y minutos más tarde recibió la llamada de una persona que había atendido por casualidad la llamada para transferírsela a la jefa. Esta mujer que no se identificó y que pidió disculpas por todo lo que había pasado en dos oportunidades conmigo en el hospital, sin chistar me asignó la cita, anotó todos los datos y se encargó de asegurarse que me atendiera un médico con perfecto manejo del inglés.

Yo no puedo describirles cuán triste me sentí ayer, porque sí es verdad, soy una ciudadana que nació fuera de estas fronteras y que a duras penas habla el idioma de este maravilloso país; pero más allá de eso soy un ser humano que respeta para ser respetada, y que además teniendo la oportunidad de escoger cualquier lugar del mundo, escogí este país, para vivir dignamente. Estando aquí he aprendido a amar cada uno de los detalles, de los defectos y las virtudes que tiene esta nación, pero nunca jamás seré tolerante con la xenofobia. Y puedo asegurar que me siento mucho más húngara que esas dos mujeres, y que amo más este lugar que muchos que han nacido y vivido aquí durante todas sus vidas.

Fui objeto de un acto xenofóbico, a lo mejor no tan relevante como otros, pero xenófobo al fin. Y por eso decidí entre tanta tristeza levantar mi voz, porque este no es el mundo que quiero para mi hija, ni mucho menos para mí.

“El racismo florece de la ignorancia”, dijo hace unos años el futbolista Mario Balotelli, y yo esta vez lo he confirmado y por eso he decidido escribir esto, en un halo de esperanza que tengo gracias a que estoy criando un humano. Y como sé que no soy la única, utilizo esta tribuna para hacer un llamado de atención.

Les enseñamos a nuestros hijos a dar lo mejor de sí, a buscar lo mejor para ellos, a ser una mejor versión de sí mismos cada día, y en esa continúa formación tenemos que poner toda la energía posible en eliminar estas barreras, pues al final de cuentas como dice la activista canadiense Margaret Atwood, “espero que las personas finalmente se den cuenta de que sólo hay una raza, la humana, y que todos somos miembros de ella”.

Es fundamental que enseñemos a nuestros hijos desde pequeños que las personas no son buenas o malas por el color de su piel o por la nacionalidad en su pasaporte, sino por la forma en la que se comportan y asumen las situaciones de la vida. Es primordial sembrar en sus corazones la semilla de la tolerancia, del respeto al otro, de la amistad, la solidaridad.

Es imperante levantar la voz ante estas injustas actuaciones de una minoría que no puede continuar sembrando odio por el mundo, más en un mundo tan globalizado como en el que vivimos hoy en día y en el que cada día más barreras son derrumbadas que muros construidos.

Es inaceptable y punto. No hay medias tintas en esto.

Pero ¿qué hacer ante una situación como esta?

Pues hay varias cosas que hacer además de educar a nuestros hijos, y tiene que ver un poco con reeducar a la misma sociedad. Querida mamá inmigrante, si te ves envuelta en una situación como esta, antes de perder la calma piensa que la ignorante no eres tú, que tus inteligencia emocional puede con más que esa situación incómoda, simplemente di cosas como “Gracias, que Dios te bendiga”, ofender al agresor es caer en su juego.

Insiste en defender tus derechos, de no ser posible por las vías regulares, acude a las autoridades encargadas de tomar cartas en el asunto.

Protégete ante la agresión física y responde sólo cuando el peligro sea inminente. Protege a tus hijos ante todo.

Habla con tus hijos sobre la existencia de este tipo de personas, a fin de evitar que se vean afectados psicológicamente por la actuación de estos individuos en su contra.

Finalmente, muestra tu mejor cara, sé siempre digna. La ignorancia es gratis y gracias a Dios tú no eres quien padece de ese mal, así que respira profundo y sigue luchando, que los buenos somos más.

Migración

10 cosas que aprendí al emigrar

Esta es una lista muy personal, y concisa, de las cosas considero he aprendido en este proceso migratorio. Hay que tener en cuenta que cada proceso es diferente, y por ende, lo que me ha servido a mí puede que no le sirva a otros, lo mismo pasa con los aprendizajes. En todo caso, espero que les sea de utilidad.

  1. Despréndete de tu vida anterior.

Llegar a un nuevo país sin conocidos o amigos puede hacer más difícil el proceso, y si bien tiende a fortalecer las relaciones a distancia con nuestros seres queridos, muchas veces nos atamos a la situación de la que buscábamos escapar o cambiar.

No significa que no tienes que comunicarte con tu familia o amigos de tu país de origen, ni que no debes saber más nada de lo que pasa en aquel lugar, simplemente se trata de conectarte con este nuevo espacio y buscar cosas que te hagan sentir identificado con el nuevo hogar, y sobre todo viviendo el aquí y el ahora.

  • Entiende que ir a un lugar de vacaciones nunca será lo mismo que emigrar.

Algunas personas escogen el lugar de destino por haber ido de vacaciones, recuerda que en la cotidianidad nada es como en el tiempo de descanso, las rutinas y los procesos son diferentes y al final del día, cada quien está resolviendo sus propios asuntos.

  • Perderse es muchas veces necesario para conocer.

A veces nos cuesta ubicarnos en la ciudad, un GPS o Google Maps siempre serán de ayuda. No obstante, es bueno de vez en cuando es bueno salir a caminar por las zonas aledañas a nuestros hogares o trabajo, meterse por esa calle por la que pasas pero no entras. Siempre y cuando no estés poniendo tu seguridad en riesgo, es bueno conocer caminos diferentes, nuevas opciones, estar con los locales y no solo en los lugares turísticos.

Conocer es indispensable, este es tu nuevo hogar.

  • El contacto humano es necesario.

El enemigo número uno en el proceso migratorio termina siendo la mente, es allí de donde sale el “no puedo”, “por qué lo hice”, “mejor me devuelvo”, “estoy solo y nunca podré hacer amigos”, y es allí donde radica la mayoría de las veces los procesos depresivos del inmigrante.

Mi sugerencia es buscar hacer amigos en la nueva ciudad, conéctate con otros miembros de la comunidad de dónde vienes, haz nuevos amigos, no pierdas la oportunidad de recibir un abrazo, de tener una buena conversación. Encerrarse en casa nunca será una opción. En Facebook, por ejemplo, puedes conseguir grupos de intercambios de idiomas, de tragos, o con intereses similares a los tuyos que funcionan en tu nueva ciudad.

  • Emigrar es una decisión de vida.

Cuando nos vamos escapando de una situación que nos agobia, solemos sentirnos en paz en nuestro destino, y allí empezamos a juzgar a los que se quedan, bien sea amigos o familiares y empezamos a hacer comentarios como “tienen que salir de allí”.

No, cada quien decide qué debe hacer con su vida, dónde y cómo quiere vivir, y estar fuera no debe hacernos juzgar a quien se ha quedado.

  • Ninguna experiencia es igual a otra.

Muchas veces escuche “me voy a Panamá porque a fulano le está yendo bien allá”, y en tres meses el viaje había terminado por falta de ahorros. Sin contar con el cuento de “Maria se fue a España con 300$ y en tres días ya tenía trabajo y ya tiene carro y casa”. Oye, que bien que le fue bien a María, pero no todos somos María, y no todo el mundo tiene la misma capacidad social, económica ni mucho menos de relacionarse que otros.

Siempre conoceremos casos muy exitosos y otros menos, pero importante es aceptar vivir nuestro propio proceso.

  • Conoce la situación política, social e histórica ayuda a conocer la realidad de tu nueva localidad.

Otra de las cosas que puede pasar es que llegamos a juzgar la sociedad que nos acoge sin conocer su cultura. Esto pasa sobre todo a quienes emigramos a Europa, y resulta que es muy importante conocer el contexto en el que se han desenvuelto las sociedades en las que nos vamos a introducir.

No te digo que te vuelvas un Phd en historia o economía del nuevo país, simplemente intenta conocer un poco mejor estos ámbitos, las fechas importantes, sus tradiciones, para no estar tan perdido a la hora de llegar.

  • Ve con la mente y el corazón abierto a todo lo nuevo.

No tengas miedo de probar cosas nuevas, siempre y cuando esto no vaya en contra de tus valores, siempre será una experiencia enriquecedora y que sumara cosas positivas a tu vida. Como bien dicen por ahí, nada se pierde aprendiendo.

Cerrarse a lo nuevo hace mucho más difícil la adaptación, así que no cierres los ojos sino abre tu mente, es importante sentirse en sintonía con tu nuevo hogar.

  • Si vives en un país con un idioma desconocido para ti, aprende al menos algunas palabras que te ayuden a desarrollar tus actividades básicas diarias.

En nuestro caso particular, vinimos a un país con unos de los idiomas más difíciles del mundo, y el cual yo no dominaba en lo absoluto. Créeme que sé lo frustrante que puede ser no entender nada de lo que te dicen, sin embargo, es bueno aprender algunas palabras o frases que suelen ser simpáticas para los nativos.

Gracias, hola, chao, por favor, buen día, no hablo su idioma, siempre te abrirán las puertas o sacarán una sonrisa en quien intente comunicarse contigo.

  1. Una sonrisa y ser educado puede abrirte muchas puertas.

Creo que esto no hay que explicarlo mucho, a quién no le gusta que le regalen una sonrisa?

Maternidad

¿Tenemos las mamás derecho a obstinarnos?

Desde hace unos días me pregunto si las mamás tenemos derecho a obstinarnos.

Sí, a pegar tres gritos y cerrar la puerta tan duro que hasta los vecinos se enteren de nuestro enojo.
Si, si, si. De simplemente decir «no, porque estoy molesta» o llorar porque sentimos que no damos para más. Obstinarnos de perder la paciencia y el objetivo por un momento en el que nuestro cerebro simplemente pide drenar todo esa energía que allí se acumula.
Yo no lo tenía muy claro hasta hace unas horas, y no lo tenía claro porque después de la explosión que la ira causa, uno siente una culpa tremenda. Y plas, la culpa te hace sentir la peor madre o esposa del mundo.

¡Wao! Me siento culpable por no saber manejar mis emociones ante los procesos que me toca enfrentar cada día, y que probablemente vengo arrastrando una carga con la que necesito ayuda, pero me cuesta mucho pedirla.

Es muy difícil, pero seamos sinceras con nosotras mismas; si vemos la maternidad como un proceso de autodescubrimiento ¿cómo es que pretendemos mantenernos serenas ante tantos cambios abruptos?

Es totalmente normal que reaccionemos de manera explosiva cuando no podemos entender lo que está pasando en nuestras relaciones familiares, y específicamente en nuestra relación con nosotras mismas.

Hace unos días una amiga, me decía que se sentía horrible porque le había dicho a su hija que se quería ir bien lejos después de una pataleta. ”Soy la peor persona del mundo, lo tengo todo y digo que no aguanto más”, repetía en medio de una crisis de llanto.
¡Hey, amiga! Claro que no, no por llegar a un punto límite eres mala persona, ni mucho menos mala madre. Pero es que es que todavía a nosotras nos cuesta entender que somos humanas y que por ende también sentimos y nos cansamos, nos molestamos, necesitamos tiempo para nosotras mismas y creo que a veces también necesitamos tiempo para esas explosiones, mientras no le causemos daño a nadie, y en esos nadie entran nuestros pequeños.
Escribo esto en este momento desde la calma y luego de una gran explosión. Les cuento que está mañana me molesté tanto, pero tanto que me tiré al piso y grite.

Sí, grite como grita un niño que está en medio de un berrinche, y además entendí por qué es tan importante contenerlos en ese momento.

Les confieso que mi rabia no me permitía llorar, pero estaba tan molesta que estaba mareada y yo sabía que tenía que drenar. Sára gritaba porque no quería ir al colegio, después porque si quería ir, que si quería un lado rosado después lo quería verde, que si no quiero ponerme zapatos y después quería ponerse dos… yo mientras tanto venía acumulando molestias desde hace días y aquella escena que era eterna y me volvía a hacer perder una cita importante, me colapsó. Así que me lancé al piso y grité.

Su cara fue un poema, se quedó paralizada pero me dijo “mamá no pasa nada. Yo estoy molesta”.

Mi reacción fue llamar al padre y hacer que interviniera en la situación y allí entendí varias cosas que ahora les resumo.

Mi cuerpo tiene meses diciéndome que necesito respirar de una manera diferente. Que necesito dormir, que necesito no tener tantas responsabilidades de otros y hacerme más responsable por mí misma, y sin querer algunas de mis frustraciones las percibió mi hija.

Ella tiene días diciéndome sin motivo aparente “mamá, aquí estoy”. Lo repite una y cien veces cuando mi cerebro está como apagado.

Esta mañana, antes de la tormenta, la primera cosa que escuché fue eso, “mamá, aquí estoy yo”. Y aún así no reaccioné, porque yo no quería estar en ese momento con nadie más que no fuera yo misma, pero para mí desgracia no quise pedir ayuda porque me sentí infinitamente culpable de querer tomar un respiro.

Me sentí completamente miserable de pedirle cosas al padre que simplemente él no quiere hacer, pero me sentí forzada a hacer cosas que yo no quiero hacer y colapsé, después de que mi hija, que solo quería decirme que estaba allí conmigo, llegó a su punto de estallido.

Pero a todas estas, después de una hora y media de lucha, y de haber llegado al colegio yo seguía molesta. Estaba incomoda y sé que ella también lo estaba al punto que ni siquiera quiso despedirse de mí. Así que decidí caminar mientras llamaba para excusarme con mi cita por el embarque que acababa de consumar.

Caminé y caminé hasta que el Sol me calentó tanto que me hizo entender que había hecho un berrince con 32 años. ¡Wao, hice un berrinche! Y ahora no me siento mal, me tocó dejar la culpa de lado, ser adulta y asumir que parte de ser humano también tiene que ver con entender que no todos los días son buenos.

Pero más allá de los días buenos o malos, las cargas que llevamos sólo deben ser aquellas que queremos. Ojo con esto, no estoy hablando de abandonar a los hijos ni nada por el estilo, sólo hablo de organización acorde a nuestras necesidades.

¿Cómo lo hago? Pues, antes de escribir esto me tracé un plan. Es decir, que si yo tengo que ir a clases a las 9 de la mañana y a mí me cuesta más que al padre tener lista a la niña a la hora para cumplir con mis obligaciones, entonces nos tocará organizarnos para que el padre sea quien asuma esa responsabilidad.

Que si todos los días soy yo quien hace los almuerzos, pero hay un día en el que yo llego más tarde a clases porque me toca dar clases de noche, pues tengo que delegar que por ese día o se come en la calle, o es otro el que cocina. Que si la ropa sucia está por toda la casa y a mí me molesta, o lo digo o empiezo a botar la ropa y se acabó.

Les confieso que esta pataleta de nosotras dos hoy me hizo descubrir muchas cosas, no sólo de mi hija sino incluso de mí y de la forma que he escogido para criar, y también la forma en la que llevó el hogar.

Las enumeraré para que sea más fácil de reconocer, pero creo que a lo largo del texto se los he ido diciendo, es válido que mamá se agote y se obstine. Lo que no es válido es que mamá sienta culpa por sentirse mal. ¿Qué aprendí hoy?

  • Los berrinches deben ser contenidos desde la paz.
  • Si algo me molesta de otra persona o de determinada situación, tengo que decirlo.
  • Acumular emociones afecta la salud y eso no es bueno para nadie.
  • Los hijos deben vernos como humanos en principio, para después entender que trabajamos con ellos movidos por el amor.
  • Drenar las emociones a través de cosas que me gustan, es una forma sana de mantener mi salud mental.
  • Comunicación es vital.
  • Nuestros hijos perciben nuestras emociones y al no saber identificarlas, se sienten frustrados.
  • Los hijos no tienen la culpa de nuestras frustraciones.
  • Nunca debemos sentirnos culpables por querer tener tiempo para nosotras mismas y nuestros proyectos.

Espero sea de ayuda para ustedes, y si algún día quieren drenar, por aquí las esperamos.

Maternidad

Estar presentes (de verdad)

Desde que soy mamá tiendo a escucharme un poco más. Sin embargo el ruido a veces me distrae y de alguna manera terminó entendiendo qué necesito estar en sintonía con lo que creo y sobre todo con los míos.
Para nadie es un secreto lo que hemos vivido los venezolanos (dentro y fuera del país) en las últimas semanas, y sin duda eso me ha llevado a desconectarme de quienes son mi prioridad para ocupar mi mente en situaciones que generan angustia en mi, y que por ende generan desestabilización en mi núcleo familiar.
Hace unos días caí en cuenta de que estaba con Sára sin estar, y ella estaba reclamandome eso de una forma que me incomoda mucho pero con todo su derecho, pues se sentía ignorada o desplazada de alguna manera.
Entonces empecé a poner verdadera atención a los detalles, y el celular más que un puente se convirtió en una grieta entre nosotras.
¿Qué tuve que hacer? Pues desconectarme un poco. Esa práctica de dar pecho, pintar o jugar con ella teniendo el celular en la mano no era más que una falta de respeto al tiempo que era exclusivo para ella o incluso para su papá. Así que me ha tocado ESTAR con ella no sólo de cuerpo presente sino también de mente.
¿Les ha pasado que llega un momento en el que simplemente no entienden por qué sus hijos tienen ciertas actitudes? Lo más increíble es que no vemos para adentro sino buscamos afuera el origen de estas situaciones.
Yo no entendía por qué mi hija sentía que era correcto llorar cuando quería pedir una cosa en vez de pedirlo. Tuve que preguntarle qué ocurría y me dijo «Fulanita llora para que le den lo que quiere». 
¿De dónde lo sacó? Me pregunté inmediatamente, y la respuesta fue clara; de la serie que yo según veía con ella, pero como mi mente no estaba allí no me permitió ver que allí había una actitud que podía copiar para mal.
Es todo un tema, porque soy la primera en supervisar lo que ella ve y juega, lo pruebo primero antes de permitirlo, pero sí, a veces no estar conectados nos crea estos vacíos que pueden ser muy dañinos.
«Mi mamá juega mucho con el celular y yo quiero», le dijo en una conversación imaginaria hace unos días a su abuelo mientras usaba un celular de juguete. Eso me hizo poner los pies en la tierra, pues mi hija está copiando lo que yo hago para llamar mi atención. Y créanme que algo que no quiero es que mi bebé se sienta desplazada de mi vida y menos por un aparato.
Qué sí, que entiendo que a veces este aparatico es la salvación para muchos pero definitivamente no me interesa si tengo que dejar de tener tiempo de calidad con mis afectos para irme a una vida virtual.
Entonces llega la hora de manejarlo y ¿cómo hacerlo? Poniendonos nosotros mismos limites que nos mantengan realmente conectados con quienes nos rodean, en especial si son nuestros hijos a quienes tenemos que dedicarle especial atención en sus años de formación.
En conclusión he venido tratando de dejar a un lado el teléfono para mantenerme concentrada en lo que me toca vivir ahora, pues entiendo que mi familia no necesita una mamá virtual sino una mamá presente, y sí yo espero lo mismo de ellos es lo mínimo que tengo que dar.
Evitar usar el teléfono cuando estamos jugando, evitar el uso de vídeos para distraerlos mientras nosotros nos ocupamos de manejar redes, tener horarios acordes con sus rutinas y sobre todo con el tiempo que pasamos con ellos, así como reencontrarnos siempre en la mesa, son algunas de las cosas que ponemos en práctica y que nos es tan funcionando para mantenernos de cuerpo y mente presente en la crianza de nuestra pequeña.
¿ustedes como lo llevan?

Migración

De cómo me enamoré de mi nuevo país

¿Por qué me gusta tanto vivir donde vivo ahora? No suelo hablar con tanta frecuencia de mi nuevo país por alguna razón que hasta yo misma desconozco; pero aunque ustedes no lo crean esta es una de las preguntas que más me hacen las mamás inmigrantes.

Y es que según ellas siempre digo sólo cosas buenas de este lugar que nos ha acogido y las pocas veces que ven fotos mías en esta ciudad se me ve enamorada. Pues esta semana me lo han vuelto a preguntar y ni sé por qué, pero me pareció bonito comentarles mis motivos.

Siempre les digo que emigrar está muy lejos de la zona de confort y de las cosas fáciles. Incluso para quienes somos mamás, es como una decisión casi bipolar. Es decir, en el caso de las madres venezolanas ni siquiera racionalizas lo que estás haciendo, sino que tomas la decisión por supervivencia y para adelante, pero cuando llegas al nuevo país y te ves sola, sin toda la caparazón familiar que tenías antes, entonces es como un balde de agua fría que te hace cuestionarte sobre si hiciste lo correcto o no.

La cosa fue que cuando decidimos venir yo quería estar fuera de nuestro país, pero estaba un poco resistente a que nuestro nuevo hogar fuera esta ciudad particularmente, que solo conocía como turista. Me aterraba pasar semanas sin ver el Sol, y como esa era la referencia que tenía de este lugar, me cuestionaba sobre nuestro tiempo de permanencia en este destino.

Ni hablar del idioma.

Sin embargo llegamos y todo fue diferente. Era plena entrada del otoño y el Sol brillaba con fuerza, y me permitió conocer una ciudad que en realidad no conocía. Sin ir más allá, les diré que aprendí a ver los detalles, esos pequeñitos que hacen tu vida mejor y que cuando vienes de una situación de guerra, ya conoces muy bien porque fueron los detalles los que te hicieron tener un respiro entre el desastre.

Lo que antes era un privilegio ahora era algo normal, pero como no lo tuve antes entonces ahora lo valoro mucho más que quienes entienden que esto es algo normal. No sé si me siguen, pero a las pocas semanas de haber llegado aquí y haber aprendido a ver esos pequeños detalles, recordé que durante mis años de trabajo con diásporas en Venezuela, siempre era evidente que su amor por nuestro país era mucho más fuerte que el de nosotros mismos.

Yo no estaba copiando actitudes, simplemente estaba entendiendo el porqué de lo que para mí antes era absurdo o ilógico.

Esos detalles me fueron cautivando y me fueron abriendo los ojos a un mundo que era totalmente nuevo para mí, o que al menos había estado dormido durante mucho tiempo. Porque cuando les digo que me cambió el paradigma hasta a nivel de pareja, no les miento.

Sí, sé que tengo el privilegio de vivir en una de las ciudades más hermosas del mundo, pero hay gente que llega acá y no se halla. Es normal, no a todos nos gusta lo mismo. Pero más allá de lo bella, me empecé a involucrar en sus rutinas, en sus movimientos, en su forma de vida y eso me llamó tanto que tres meses más tarde estaba perdidamente enamorada de Budapest.

Yo estoy clara que lo que estoy escribiendo puede no ser muy fácil de digerir, pero el amor en cualquiera de sus formas es muy difícil de explicar.

El tema es que aquí me siento con una libertad que nunca antes tuve, y aunque no les niego que extraño muchas cosas de Caracas, he conseguido otras tantas acá que me permitirían vivir mi vida sin mi ciudad natal.

“Tienes que amarlo, tienes que estar a gusto, tienes que sentir que vale la pena salir a la calle o conocer un museo o irte a un lugar donde te sientas bien en tu nueva ciudad. Si no hay conexión tienes que buscar mudarte inmediatamente, no hay nada que te ate a un lugar si no hay conexión con él”, recuerdo haberle dicho a una de mis amigas que se enfrentaba a la migración al mismo tiempo que nosotros y que lloraba todos los días por querer regresar a Venezuela. Cada vez que hablábamos, un día de por medio, me preguntaba “pero tú ¿cómo lo haces? ¿Cómo te sientes tan bien si no es tu país?”.

Pues bien, no era mi país hasta que lo escogí. Algo que siempre mi esposo decía era que definitivamente uno no es de donde dice el pasaporte sino de donde se siente bien, y eso es lo que nos define a los ciudadanos del mundo.

Ojo, eso no quiere decir que hablemos mal o despreciemos a nuestro lugar de origen, nada más lejos de la realidad, sino que simplemente hemos decidido abrir nuestro corazón a nuestro nuevo hogar y hemos encontrado una conexión particular que nos hace sentir en casa.

¿Cuáles son esos pequeños detalles que veo y me hacen sentir bien con este lugar?

Más allá de las calles y los monumentos, e incluso el alto contenido histórico de este país, está su gente. No les diré que todos son simpáticos o algo por el estilo, en su mayoría tienden a ser muy pesimistas, pero tienen una parte muy especial. Son románticos, creen en el amor y son muy inteligentes.

Dicen que los húngaros no son románticos, pero ¿cómo no son románticos si ves por la calle a parejas de más de 70 años caminando de la mano? Es fácil incluso encontrarse parejas adulto contemporáneas, digamos de entre 45 y 60 años en escenas románticas en una plaza o en un café. Van juntos al cine, al teatro o simplemente se dan una escapada a las aguas termales. Es como si el amor se encontrara en cada esquina, jóvenes, adultos y adultos mayores, ellos saben que tienen que amar.

Después están las artes, que viven libres en la cotidianidad y aquí nadie te mira raro si le dices que eres escritor o músico o pintor. Eso para mí ha sido como bálsamo en el alma, porque sí, evidentemente les gusta trabajar, pero aquí están muy claros que una calificación o un título universitario no define a una persona.

Me siento segura y me siento libre. Y esto ha sido una de las cosas más importantes que me ha gustado de este país y particularmente de esta ciudad, que aun estando en la zona más fea, puedes estar tranquilo con tu celular en la mano.

La educación ha sido otra de esas grandes vertientes que nos ha enamorado, porque el modelo educativo además de incluir a la familia, está adecuado para que el niño no se sienta frustrado o presionado por lograr objetivos que no le interesan, sino por alcanzar objetivos que le son atractivos, entonces cada uno va buscando y haciéndose su propio lugar en la sociedad.

En conclusión, no puedes vivir en un lugar del que no te sientes enamorada, es como casarte con alguien que no te importa. ¿Cómo puedes ser feliz así? ¡Es imposible!

Si ya emigraste y no logras conectar con tu nueva ciudad, date tiempo para reconocer esas cosas que son ventajas y que te pueden hacer sentir atraída por tu nuevo espacio, y si no las encuentras simplemente plantéate mudarte.

Si eres mamá, plantéalo bien. Estar en armonía con nosotros mismos (los adultos) nos permite tener relaciones más sanas con los niños, así que es mejor sentir este amor, esta seguridad, esta paz, que ir por la vida de malas pulgas por no atreverse a buscar algo más.

Me encantaría saber cómo se sienten esas mamis inmigrantes en sus nuevas ciudades.

Maternidad

Me llaman mala madre…¿con qué derecho?

Sí, yo también soy esa mala madre que de vez en cuando quisiera quedarse un rato más sola en la cama. Ni contarles de las veces que me he quedado con hambre por darle eso que tanto me gustaba o quería a mi hija, pero soy una mala madre por desear tener al menos un día a la semana una comida caliente en manos, sin los brincos inesperados de los peques.

Sí, a veces también soy esa mala esposa que no quiere sexo, sino solo un abrazo o un beso, que me recuerden lo bien que lo está haciendo. Otras tantas, soy la mala madre que quisiera tener unas horas a solas con su esposo, sin pensar en niños, sin hacer cosas de familia, solo de pareja.

Sí, yo también soy esa mala mujer que no tuvo tiempo para arreglarse todos los días, con tal de que a sus hijos no les faltara nada en el colegio y estuvieran de punta en blanco en todas sus citas.

Mala madre que luce cansada, desajustada, descuidada. Mala madre que para muchos no hace nada, solo cuida a unos niños, los mantiene vivos, les enseña cómo hacer las cosas, los educa, les muestra como ser independientes mientras dependen de ella para todo. Nada más los ayuda a vivir, pero no hace nada más.

Mala madre soy también porque ya no he podido volver a la oficina y no produzco suficiente dinero para llevar los gastos de la casa. Todo, gracias a haber decidido criar, gracias a haberme quedado con mis hijos en casa para que no fuera un desconocido el que los cuidara en sus primeros años de vida.

Sí amiga, yo también confieso ser de esas madres que somos denominadas malas madres por la sociedad, las mismas que salieron de la cama a preparar comidas a pesar de la fiebre y el malestar.

Mala mujer que ni ha podido siquiera terminar los proyectos que se había planteado en casa. ¿Qué hará, pasará sus días durmiendo?

Vi el otro día una de esas malas madres en el parque, que se retorcía del dolor de vientre y de cabeza en sus días, pero aun así intentaba sonreír y jugar con sus tres niños, todos menores de 5 años, en plena etapa eléctrica de la infancia. No sabía si abrazarla o quedarme con sus hijos para que ella tuviera al menos media hora de descanso, pero yo misma estaba siendo una mala madre en ese momento, olvidando todo lo que tenía pendiente en casa para enseñar a mi hija que ensuciarse a veces no es malo, que jugar descalzos en la arena no está mal.

Mala madre retumba en mi cabeza, mientras una sociedad injusta hace lo que mejor se les da, juzgar sin ponerse en los zapatos de otro. Realmente a estas alturas, me ha dado por no escuchar lo que dicen.

Otro día iré en el autobús y seguro mi bebé llorará por cualquier cosa, y seré la mala madre que no la calma con rapidez, que deja que la bebé llore y moleste a quienes me acompañan en el camino. Y por dentro no pensaré nada, seguiré simplemente haciéndome la loca, porque nadie tiene el poder de juzgarme más que Dios.

La verdad es que no, no soy una mala madre, y creo al menos que tampoco he sido en este tiempo de maternidad una mala esposa. De hecho, no creo que ninguna de nosotras seamos malas madres, por lo menos no por elección propia; ni las que nos quedamos en casa con los peques, ni las que tienen que salir a trabajar porque no hay otra opción.

Solo somos humanas, simples mortales que nos vemos sometidas a los juicios de terceros, que poco tienen que ver con nuestras vidas. E incluso, cuando el reclamo venga de casa, sería bueno respirar profundo y empezar a delegar, porque la presión –bien sea social o económica- muchas veces puede hacer de las suyas y llevarnos a decir cosas hirientes, muchas veces sin sentido.

¿Has pensado alguna vez en cómo serán las cosas en casa cuando te reincorpores al mercado laboral? ¿Está claro ese panorama para todos en el hogar? ¿Has planteado alguna vez la posibilidad de tener citas con tu pareja lejos de los niños? Ese tiempo necesario de cultivar el amor, la pareja e incluso el bienestar mental.

Te repetiré que no soy una mala madre, mi hija nunca será un estorbo para mí, y por el contrario en estos más de dos años de maternidad se ha convertido en mi amiga, mi compañera de aventuras ó como yo le digo “la asistente de mami”, pero sobre todo se ha convertido en una escuela de vida para mí, ya que a través de ella, de su crianza, me he podido reconectar con muchas cosas que estaban dormidas dentro de mí, y he empezado a darle importancia a lo que realmente es esencial para vivir.

No obstante, para que la familia esté bien, mamá tiene que estar bien en todos los sentidos, y es necesario siempre tener ese momento para uno, para conectarse con lo que uno desea e incluso para descansar, para meditar, para hablar con alguien de tú a tú.

Mamá, si me estás leyendo y te sientes identificada, déjame recordarte algo, ¡Lo estás haciendo bien! ¡Tú no eres una mala madre –yo tampoco lo soy-! Solo falta hacer algunos simples ajustes, pero todo esto también pasará y seguro lo extrañarás.

Migración

Lejos pero no ausentes

A los inmigrantes venezolanos se nos hace muy fácil utilizar la frase “lejos pero no ausentes” cuando nos tocan la tecla de Venezuela, y al final esto termina definiendo nuestra vida.

Estoy convencida que esto tiene mucho que ver con la forma en la que tuvimos que salir de nuestro país (la mayoría de nosotros salió huyendo), pero también en la forma en la que fuimos criados porque más allá de no ser un pueblo acostumbrado a emigrar sino a recibir, bien es cierto que nos involucramos muchísimo con nuestras familias, amigos y en general con los procesos en los que nos desarrollamos.

Sin embargo, hoy quiero hablar sobre algo que nos ha estado pasando los últimos días por no querer estar ausentes. Parece por el contrario que se nos dobló el chip y ahora estuvimos presentes físicamente en nuestras nuevas realidades pero totalmente abstraídos mentalmente.

Sí querida mamá, a mí también me pasó y me está pasando. Ya hoy tengo una semana sin escuchar la voz de mi mamá y hasta hace unas pocas horas fue que ellos tuvieron luz de nuevo, y definitivamente no he estado en mis cabales… por eso hoy quería escribir sobre esto, contarles que es algo normal que le puede pasar a cualquier ser humano cuando pasa por un mal momento familiar.

Hace un par de días salí por primera vez a la calle y veía a la gente normal, como si nada pasara y quería gritarles, decirles que había gente muriendo en mi país. Les confieso que las lágrimas salían solas, y tuve que sentarme a tomar aire porque no era posible.

Lo primero que hice fue poner en orden mis pensamientos y tratar de no caer en pánico. En realidad aquí no está pasando nada, así que me dije ¿cómo puede afectarle a estas personas a cientos de kilómetros de Venezuela que allá haya o no luz y todo lo demás que no hay? Ellos no son venezolanos, ni tienen sus familias allá, ¿Entonces por qué tendría yo que ponerme a gritar aquí?.

Cuando me calme seguí mi camino, iba a buscar a mi hija al colegio y evidentemente al llegar todo el mundo se percató que algo me pasaba. Iba roja de llorar y de alguna manera ya hay otros padres que han desarrollado cierta empatía conmigo. Ellos tenían idea de lo que pasaba, pero desde ese momento empezaron a investigar más sobre la situación.

Esta mañana cuando llegamos al colegio, algunos de ellos me esperaban para ofrecerme apoyo moral e incluso recursos para las familias más afectadas. Sí, afuera hay gente que quiere hacer algo por nuestra gente sin interés alguno. Y entonces fui allí que entendí que era normal sentirme así, porque si ellos que nada tenían que ver con nosotros se conmovieron con la situación, ¿qué puede quedar para uno que vivió allá y que aún tiene sus afectos allá?

¿Qué si está bien o está mal? No lo sé, sólo sé que nadie te puede juzgar por sentirte así, porque somos humanos y vivimos de las emociones, y más allá de controlarlas tenemos que aprender a vivir con ellas. No es fácil, créanme que lo sé.

En todo caso, y para no irme por las vertientes de este tema en el que no soy especialista sino ejemplo fiel de lo que ocurre, quería compartir ustedes lo que siento en este momento pero también lo que he aprendido en estos siete días de oscuridad que tiene Venezuela.

Primero que nada, siempre digo que emigrar significa o implica desprenderse, despegarse, pero sí, hay cosas de las que no puedes desentenderte. Tus padres siempre serán tus padres, tu país de origen siempre será tu país. Entonces llamemos las cosas como son, el lugar donde naciste siempre guardará un espacio especial en tu corazón y eso está muy bien, porque uno debe tener raíces que cuenten nuestra historia. El país de origen es parte de eso.

Mantener la calma pese a la incertidumbre es clave, porque esta última es una de las herramientas más utilizadas para dividir y traicionar. Mantener la calma nos permite dar pasos seguros, solucionar de manera consciente y no traicionar nuestros valores y creencias.

Llorar está permitido, sentirte agotado es normal. Los picos emocionales causan agotamiento al cuerpo, es un proceso químico que no podemos variar.

Siempre que puedas, explícales a tus hijos lo que está pasando. Los niños se dan cuenta de todo, ellos perciben nuestros cambios de humor y buscan de alguna manera estar más cerca de nosotros, pero si nosotros no estamos bien emocionalmente podemos afectarlos con nuestras respuestas o actitudes.

Por eso es importante, sin generarles angustia, explicarles lo que está pasando sin darles demasiado detalles, pero explicándoles bien que mamá y papá también tienen emociones que a veces no saben explicar o contener.

Si están en la edad adecuada para entender principio básicos de la vida, explícales también lo que es normal y lo que no es normal, aprovecha la oportunidad para dejar claro que nunca deben conformarse con las migajas, para forjar su carácter y su moral. Explícales lo que es una dictadura, hazles ver que con amor todo se puede lograr y que la gente que es buena de corazón, siempre triunfará al final (aunque cueste y no parezca).

Esto ya no tiene que ver con política, tiene que ver con humanidad…y sí, también con falta de humanidad, y esas son cosas que algunos niños pueden entender, discernir y digerir.

Si quienes están al otro lado tienen necesidades que nosotros podemos cubrir, no dudes ni un segundo en hacerlo de la mejor manera posible. Si necesitan informarse, por ejemplo, transmite información veraz y vital, cosas que no los desmotiven o generen desesperación. Si necesitan conseguir agua o alguna idea para rendir las velas, entonces busca en internet y transmíteles tus conocimientos.  Siempre actuando con paciencia, con certeza y transmitiendo tranquilidad.

Por último, y no menos importante, conectarse con algo que a uno le genere paz es vital para mantener la cordura. En mi caso fue orar y leer algunos de mis escritos sobre Caracas, eso me permitió hacer visualizaciones y sentirme cerca de mi familia.

Querida mamá, en este camino de ser madres inmigrantes hay muchas batallas que nos tocará luchar que todavía están por definirse, ¿y sabes qué? No tendremos respuesta para esas situaciones hasta que no lleguen a nosotras, así que no queda más que seguir, resistir y persistir.

¡Lo estás haciendo bien! Y créeme que no te estás volviendo loca, recuerda que esto también pasará.

Te abrazo.

Maternidad

El insomnio de mi embarazo

Cuando te embarazas literalmente la vida te cambia, y no me doy cuenta hasta hoy, que tengo 30 semanas recién cumplidas, que eso es así. Mi vida ya no es del todo mía, es de mi bebé y de los millones de ideas que recorren mi cabeza cada día como si de un río desbocado se tratara.

Pasan cosas como que te despiertas un domingo lluvioso y frío, a un cuarto para las siete de la mañana y prefieres sentarte a escribir en la sala, que continuar empiernada con tu esposo. Sí me lo hubiesen contado hace un año atrás o tres meses antes no habría creído ni una palabra.

Lo peor es que cuando le comentas a las personas cercanas de estos episodios, no paran de repetirte “tú no estás para preocuparte por nada”, como si esa fuera la oración de la mañana, y realmente ha ocurrido que no me despierto por estar preocupada, y mira que sí debería estar preocupada, porque en esa lluvia de ideas no todo lo que se le pasa a uno por la cabeza es bueno y maravilloso; yo particularmente tengo muchas preocupaciones encima, como las deudas pendientes, el hecho de que por primera vez en mi vida no estoy produciendo dinero, porque uno de los grandes cambios del embarazo fue tomar la decisión de dejar mi estresante trabajo como periodista de sucesos, vivir en un país como este donde el miedo es lo único que tenemos todos en común, entender todos los cambios que continuarán viniendo a mi vida con la llegada del bebé, porque de verdad, ya tu vida no será del todo tuya, y créeme que aunque habrá días que no dudo serán difíciles, lejos de lo que pensé desde pequeña, no cambiaría por nada del mundo la experiencia de ser mamá.

Pero bueno, volviendo al tema inicial, y lejos de todo lo que piensan quienes saben de mis repentinos desvelos, no estoy despierta por mis angustias sino por reflejo, porque cuando esto ocurre me despierto como si me hubiesen catapultado de la cama y me hubiesen dado un golpe de realidad. Y sé que en unas horas dormiré como si hubiese corrido el maratón de Nueva York dos veces seguidas, sin importarme en lo más mínimo lo que suceda a mí alrededor, en la casa pueden estar tumbando las paredes y puedes apostar que me importará poco eso antes que dormir profundamente. Pero ahora, en este momento, sólo me interesa estar despierta, y me interesa de una manera que nunca antes había experimentado. Te cuento por qué.

Si esto te está pasando a ti, no sientas que te estas volviendo loca, siéntete viva. Resulta que desde que sufro de estos episodios repentinos, desde hace unas dos semanas, que me pueden dar además a las 3 de la mañana o incluso a la una -porque cierto es que rara vez pasa tan cerca del amanecer-, más que ponerme a pensar en todas esas cosas que me generan angustia, me ha dado por sentarme frente a la ventana a disfrutar de lo que no tenía tiempo para ver antes.

Hoy por lo menos decidí sentarme a escribir, que es mi gran pasión, pero mientras lo hago disfruto de ver cómo las gotas de lluvia caen sobre los árboles de la montaña que rodea mi edificio, hoy siento más profundo el sonido de una quebrada que pasa cerca de la casa, y aunque realmente creo que debe ser agua sucia, para mí, en mi mente, hoy esa es agua clara y limpia, sólo lo estoy disfrutando.

Tal vez es tan intenso lo que estoy viviendo, que hasta fantasioso parece, si hasta Miguelito, el pajarito que vive con nosotros en casa desde hace más de doce años, ahora recibe más visitas de otras aves que nunca antes, y si les digo que increíblemente algunos de ellos llegan con sus crías y no tienen miedo de acercase a mí mientras yo me encuentre inmóvil, no les miento.

Me atrevería a decir que nunca mis ojos habían detallado tanto los colores y los contrastes a mí alrededor, a pesar del día gris.

Verdaderamente pasan cosas maravillosas que pueden parecer tonterías, pero que en realidad son los pequeños detalles de la vida que hacen que todo merezca la pena. Así me siento yo hoy, y todo ha sido tan especial, que como pocas veces en la vida de un periodista, no me debato con una página en blanco, simplemente me dedico a llenarla fluidamente de una historia que es tan real como la de cualquier mujer embarazada.

Si me pongo a pensarlo, nunca había estado tan viva como lo he estado en los últimos siete meses de mi vida, no sólo por el hecho de que dentro de mí se está generando una vida nueva, sino porque enterarme de ese nuevo ser me hizo caer en cuenta de que la vida misma es más que un trabajo y un sueldo, más que una salida o la nueva colección de ropa de tu tienda favorita, que es más que muchas cosas a las que nos acostumbramos, me hizo entender que la vida está hecha de detalles simples, que son los que realmente te hacen feliz y mejoran tu existencia.

Obviamente no soy especialista en embarazos, ni mucho menos en vida, pero lo que sí te puedo decir, siendo una futura mamá tan real como tú, es que si estás pasando por esto, simplemente vívelo y agradécelo.

No pierdas tiempo, porque todo pasa mucho más rápido, y nada nunca vuelve a ser como antes. ¡Sé feliz!

Tomate ese cafecito que tanto te provoca, siéntate en el sofá que tenías tanto tiempo que no disfrutabas, pon la música que tanto te gusta o simplemente escucha el sonido de la lluvia al caer; háblale a tu bebé, disfruta sus movimientos y ríete con ellos, no te preocupes tanto por la cama que no has tendido o por lo que no has podido limpiar, simplemente ve a tu alrededor y decide qué es lo verdaderamente importante en tú vida en este momento. Esa es una de las pocas cosas en las que tu vida te sigue perteneciendo, y créeme cuando te digo que vale la pena.

Ya vendrán otras experiencias.

A los 13 días del mes de marzo de 2019, más de dos años después de haber escrito esto, lo comparto con ustedes desde un amor muy grande. Leerlo me ha devuelto a aquel sofá verde perico que decora la sala de mis padres, he escuchado de nuevo la lluvia y he visto a lo lejos como El Ávila se abre paso entre las nubes blancas que decoraban aquella mañana el cielo.
Querida futura mamá, te hablo desde el futuro y te digo que todo lo que dice aquí es verdad, no cambiaría por nada la experiencia de ser mamá y todo lo que me ha traído a la vida entender que estoy más viva que nunca. Te abrazo.