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Carla Kratochvill

Pareja y Familia

El matrimonio extendido

Hace unos días celebrábamos el Día Internacional de las familias, y esta fecha me puso a reflexionar sobre varios aspectos de la vida familiar, pero básicamente de la vida en pareja.

Recordé con cierta gracia, que cuando uno empezaba a formalizar la relación con una pareja, salía la abuelita o la tía a decir “mira a la familia, no sólo al hombre (o a la mujer en el caso de mis primos), que cuando uno se compromete con alguien se casa con la familia también”.

Un día, alguien muy cercano a mí tuvo la osadía de responderle a la abuela “Eso no es así. Cuando yo me case, será para formar mi propia familia y esa gente (que no le gustaba para nada a ella) estará bien lejos de nosotros”.

¡Madre de Dios! ¿Por qué a uno le cuesta tanto escuchar a la gente con experiencia? (y quisiera introducir risas nerviosas aquí, pero yo me reiría para no llorar). Y bueno puede ser por aquello de que nadie aprende en zapato ajeno, o que el amor hace que se te queden dormidas las neuronas un rato, no lo sé; pero recuerdo que cuando yo escuché aquella reflexión me hizo mucho ruido.

Primero porque el argumento era razonable. Nos casamos para “formar NUESTRA PROPIA familia”, pero después de esto se acaba la cosa porque no puede ir uno por allí desapareciendo de la vida a los padres, a los hermanos, a los cariños de la pareja que estuvieron durante toda su vida. Digamos que los recién llegados somos nosotros pues, la pareja.

Y lamentablemente con los años he ido entendiendo por qué las abuelitas decían eso, y sí, mi abuela también me lo dijo a mí y yo tampoco la quise escuchar.

Les cuento todo esto, no para ventilar los trapos sucios familiares en público, sino para crear un poco de consciencia con respecto al tema. Semanas atrás una amiga de mis padres me decía, “Carla, ahora ya tú tienes un hogar, eres tú quien tiene que poner las condiciones, las reglas, los valores que reinan en ese hogar junto con tu esposo. No puede venir nadie a imponer ni a romper con ese esquema que ustedes dos han ido creando”.

Punto para ella. Y en ese aspecto mira que sí, que uno se casa para crear su propia familia. Pero, ¿Cómo la formas? Con los valores que has aprendido durante toda tu vida, con lo que viste en tu casa (te gustara o no, uno va aplicando lo que le gusta y descartando lo que no), con las emociones que experimentaste a lo largo de tu vida, con las experiencias que has tomado de otros que te parecen que pueden funcionar bien en ti, y por supuesto, creando vínculos familiares fuertes, primero entre tu nueva familia, pero continuando con la familia que los condujo hasta el presente.

Entonces sí, cuando te casas, te casas con la familia del otro. Lo que no quiere decir que tengas que aceptar imposiciones de la familia de base, y tampoco romper relaciones con ellos cual guerra sin sentido.

En este punto te preguntarás ¿cuál es el objeto de este post?. Creo que yo misma lo dudo, pero tal vez, como otras tantas veces, necesito drenar, y sé que seguramente habrá mamis que se sientan identificadas con estas situaciones.

Como yo no soy ni consejera familiar, ni de pareja, ni nada por el estilo sino una simple mortal que sólo habla de lo que experimenta y siente, concluiré diciéndoles lo que después de muchos golpes (en tono figurativo) he ido aprendiendo. Si les digo que no ha sido fácil para mí, me ha costado muchos dolores de cabeza, peleas, lágrimas e incluso idas al psicólogo, pero el último año he estado trabajando en lo que yo veo como una estructura. Y así se los planteo ahora.

  • ¿Para qué nos casamos? Para formar una familia PROPIA y hacernos compañía.
  • ¿Cómo es la familia que queremos formar? Respóndase usted misma cómo está diseñada, imagínela con integrantes, emociones, cosas materiales, todo lo que pueda agregar sentido a lo que buscas.
  • ¿Qué valores en común aplicaremos a nuestros hijos? ¿Qué tipo de crianza usaremos? ¿Qué límites pondremos?
  • ¿Quiénes pueden opinar sobre nuestra familia y ser tomados en cuenta? – Y en esto quiero ser bien clara, una cosa es quien opina y otra a quien escuchamos o consideramos para que nos oriente. Si usted viene de un hogar donde lo golpearon por todo y por nada, y no quiere aplicar el mismo método con sus hijos, pues no puedes sentarte a escuchar a quien te golpeó porque posiblemente terminarás copiando el patrón.
  • Cuando haya actividades familiares ¿Cómo manejaremos la interacción con las familias de base de cada uno de nosotros?

Puedes hacer una lista tan larga como quieras, la “estructura” depende de cada quien. Esto no es una cosa estricta sino una idea para ir generando orden en el caos que puede ser a veces convivir con las familias de nuestras parejas, pues lamentablemente no todas nos ganamos la lotería con las buenas suegras, pero sí a todas nos toca lidiar con ellas; e iré un poco más allá, ¿Cómo nosotras cómo madres esperamos que nuestros hijos tengan una relación cercana con nosotras, si no ven el ejemplo en su primera referencia, que somos nosotros los padres?

Y en resumidas cuentas, mientras éramos novios la familia de nuestras parejas realmente no eran nada nuestro, el vínculo era nulo. Digamos que luego al existir el compromiso, la vida en pareja, el matrimonio o llámelo como usted quiera, se pasa al siguiente nivel, si la relación es mala al menos diplomacia debería existir. Pero cuando llegan los hijos…cuando llegan los hijos la historia es otra, puede que no tengan nada que ver con uno, pero tendrán mucho que ver con los hijos de uno, que es lo más sagrado que uno tiene, y vivir en guerra no será bueno para ninguna de las partes.

Entonces sí, cuando te casas con alguien, también te casas con la familia.

¡Qué razón la de las abuelas!

Maternidad

Entre lo que quiero y lo que hago.

Me lo repito una y otra vez. Si yo sé lo que estoy haciendo, si yo estoy siguiendo mi instinto, mis ideas, ¿quiénes son los demás para cuestionarme?.

¿Acaso vale la pena detener mi forma de ver la vida porque los demás no me entienden?. Si me preguntan a mi yo creo que no.

Les cuento que durante mucho tiempo de mi vida me paralice porque otros a mi alrededor no entendían qué era lo que yo quería y cómo lo quería; para ellos siempre era descabellado, no le veían lo lógico o ponga usted la excusa que un tercero puede decir de los planes o ideas de los demás, a lo que yo quería hacer.

Lamentablemente sus «razonamientos» me paralizaban al punto de a veces dejarme sin aire, hasta que llegó un día en el que no pude más y empecé a liberar la carga. ¿Sentirme angustiada o frustrada porque otro no cree o entiende lo que yo quiero hacer con mi vida?. Eso no parece lógico ni justo.

No les niego que primero sentí miedo, pero la sensación de liberación fue tan alta y satisfactoria que luego no pude parar. Y al tiempo me convertí en mamá y la cosa cambió radicalmente para mejor.

Eso que llaman instinto puro y duro afloró en mí de una manera que me movió todas mis fibras y me hizo entender que para hacer sobrevivir al ser que en el momento de la gestación vivía dentro de mí, tenía yo que estar bien y feliz.

A esas alturas no había nada que hacer, yo decidí dejarme llevar por lo más primitivo de mí, mi instinto y eso me ha permitido vivir más ligera y mucho más feliz. Tampoco les mentiré diciendo que todos quienes estaban a mí alrededor para ese entonces se mantuvieron conmigo hasta este momento (y no sé si volverán la verdad, pero tampoco estoy segura de quererlos de nuevo cerca de mí).

Entonces entendí que si el resto no me entendía, no significaba siempre que estuviera haciendo algo mal. Y si se los pongo en un plato conciso, mi decisión de emigrar fue una de esas cosas que muchos en mi entorno cuestionaron, incluso algunos que ya habían dado el paso, pero según yo no tenía la madera para hacerlo o el reto no estaba a mi alcance tal cual me lo había planteado. -Que pues mira sí, que emigrar a Hungría, un país que era como la cueva de mi primer enemigo y que me podía llevar a la guerra, sin saber ni ñé del idioma y con una bebé sin contar con apoyo familiar, no era como muy lógico, pero créeme cuando te digo que no me arrepiento ni un solo día de mi vida del paso que di porque desde entonces he crecido en muchos aspectos de mi vida-.

Siempre les digo que mi objetivo en la vida desde que me convertí en mamá es ser feliz, no me importa tener grandes lujos, solo me importa vivir bien y en paz. Pero ese no es un camino fácil de transitar cuando nos paramos a escuchar todo lo que el mundo tiene que decir sobre nuestras formas y nuestros planes. Y tal vez la maternidad es una de esas cosas en la que más terceros buscan opinar, y en la que nosotras nos exigimos tanto que llegamos a sentirnos que no lo estamos haciendo bien.

Pues déjame decirte querida mamá que no siempre lo estás haciendo mal. La mayoría de las veces lo haces de una manera tan perfecta, que quien está pendiente de todos tus movimientos se acerca a criticar, porque fíjate parece que trabajas demasiado o que has amamantado a tu bebé durante mucho tiempo. Pero ¿eso es problema del tercero o es una decisión personal con la que tú te sientes a gusto?

A estas alturas del partido, solo puedo decirte yo desde mi corta experiencia, que la maternidad hizo que mi instinto aflorara en mí para luchar por mis sueños, esos mismos que no todos comparten ni entienden, pero que quienes te aman de verdad al final apoyarán. Y si me pongo más cruda, sólo tengo que decirte que no puede haber mejor forma de enseñar a otros que a través del ejemplo, ¿entonces cómo se supone que criarás niños felices si les das el ejemplo de un adulto frustrado o amargado?.

Sí querida mamá. Repítelo una y otra vez, que el resto del mundo no entienda tus formas no siempre quiere decir que lo estás haciendo mal. Revisa si tú te sientes bien, si tú estás conforme con los resultados, y si es así, lo que el mundo piense está demás. Lo más importante en tu propio mundo eres tú.

Migración

La desvirtualización de los abuelos.

Contra todo pronóstico médico y humano, llegaron los abuelos de visita y los deseos de mamá y bebé se convirtieron en realidad; los abuelos están jugando con Sára todos los días, por lo menos por una temporada.

Pero les confieso que el proceso no ha sido fácil, a pesar de que ella lo deseaba, los reconocía y los extrañaba, su cabecita no sabía bien cómo digerir el hecho de que sus amados abuelos estuvieran ahora tan cerca de ella después de tanto tiempo.

Que esto se diera además en plena etapa en la que su cerebro manda estímulos emocionales que ella apenas empieza a reconocer ha sido todo un tema. Entonces pasamos de la alegría absoluta a la sorpresa tan increíble, que produjo que incluso el sueño fuera motivo de disputa.

“Mami, pero y si cierro los ojos y no están más”, me dijo a los tres días del reencuentro ante los reiterados intentos de hacer siesta o dormir por las noches, y me dejó fría. -¿Cómo una niña de dos años y medio, puede entender que esto no es mentira si yo misma no me lo creo?- pensé.

“No hija tranquila, ellos estarán un tiempo más con nosotros. Todos necesitamos descansar para tener fuerzas y volver a jugar mañana”, le respondí sin titubear mientras la dormía en mi pecho. Ella me creyó, pero apenas abrió los ojos por la mañana gritó “¿Abuelo, Nana?”. Su sonrisa nos dijo todo cuando los escuchó responderle.

Pero ahora el proceso que envuelve a toda la familia pasa por esa etapa en la que definitivamente entendemos que estamos juntos por un tiempo de nuevo. Y si no es fácil para los adultos, imagínense para un niño que apenas empieza a vivir.

Pero aun así, es normal que muchas mamis me escriban preguntándome por qué la convivencia en el reencuentro suele convertirse en algo tan controversial. Intento explicárselos de la manera más simple; cuando emigramos salimos de casa siendo unas personas que ahora hemos dejado de ser. Y no quiero decir que nuestra esencia ha cambiado, pero sí las formas en la que ahora abordamos la vida y sus situaciones, e incluso cómo hacemos las cosas, mientras las rutinas de quienes se han quedado en el lugar de origen también han cambiado y pueden ahora resultar muy extrañas para nosotros. Pero de eso se trata la vida, de evolucionar.

En todo caso, este post es para comentarles cómo fue posible la desvirtualización de los abuelos. Esos que dejamos en Venezuela cuando Sára apenas tenía un año, y que desde entonces se acostumbró a ver solo por una pantalla.

Les confieso que por la condición de salud de mi mamá, en principio teníamos mucho miedo de decirle a Sára que vendrían y que luego pasara algo que les impidiera llegar. Así que manejamos con mucha mano izquierda el tema. “Hija, los abuelos están intentando venir a verte pero como hay muchos problemas y es largo el camino, puede que tarden un poco más de la cuenta”.

No sé si nos entendía, pero siempre salía con alguna respuesta que nosotros aceptábamos como que sí estaba entendiendo.

Después nos tocó involucrarla en todos los cambios que tuvimos que hacer en casa para recibirlos, entre ellos estuvo cambiar su cuna por una cama grande. Allí nos tocó venderle la idea que su cama grande era especial y mágica y por ende tendría que compartirla con su abuela.

Durante algunos días quiso dormir sola en su propio espacio, incluso se despidió de su cuna, e increíblemente el día que llegaron los abuelos a casa, una de las cosas que le dijo a su Nana fue que esa cama grande estaba para ellas dos aunque no acepta aun dormir con la abuela.

Dejarlos jugar incluso cuando se están rompiendo las rutinas a los que los tres estábamos acostumbrados en casa también ha sido importante. Eso les ha permitido afianzar más su conexión y a la niña sentir mucha más confianza con los abuelos para tal vez quedarse sola con ellos, mientras mamá y papá salen a pasear.

En este punto quiero hacer especial referencia, pues yo fui criada por mis abuelos maternos hasta los cuatro años de edad. Vivía con ellos en su casa, en otra ciudad donde mis padres me visitaban religiosamente los fines de semana. Evidentemente las condiciones de mis abuelos a nivel de salud eran óptimas, y eso nos permitía tener una vida como la de cualquier niño que crece sin limitaciones. Recuerdo mucho aquellos días, recuerdo también que algunas veces quería irme con mis padres a Caracas, pero amaba tanto estar al cuidado exclusivo de mis abuelos que la ciudad era una fiera que me apartaba de mi paz infantil.

Durante todo ese tiempo, mis abuelos se dedicaron a mi. En casa, mi abuela me enseñó a contar, los colores, las formas y las letras; mientras mi abuelo me enseñaba canciones, me leía historias y desataba mi imaginación con una cantidad de juegos que ponía a mi disposición. Con él aprendí a jugar dominó, memoria, armábamos las mejores ciudades de Lego (Y miren que en aquella época no existía el Lego Duplo), y dábamos largas caminatas por la tarde que culminaban en la orilla del malecón, cerca del Paseo de Macuto, viendo el atardecer.

Yo puedo decir que los mejores recuerdos de mi infancia los tengo con mis abuelos, y me hubiese encantado que mis hijos corrieran con la misma suerte. Pero la distancia hace de las suyas, así que ¿para qué enrollarme porque hoy no comió a la hora o se durmió una hora después?. Mi hija está construyendo sus propios recuerdos con sus abuelos y ese es un gran tesoro que le podemos regalar nosotros como padres.

Necesidades especiales

Nuestro caso ha sido particular en la desvirtualización de los abuelos, porque por la cámara sólo ves la cara de quién está del otro lado, y como muchos que me han leído antes ya saben, mi mamá tiene una condición de salud especial que la mantiene con movilidad bastante reducida.

Una cosa era explicarle a Sára que su abuela no se podía mover tanto como nos gustaría y otra era que era entendiera, pero nos atrevimos y mucho fue lo que hablamos con ella. Increíblemente Sára lo entendió y la ha aceptado con su condición sin titubear.

Cuando van a jugar le indica donde se tiene que sentar y antes de salir al colegio le dice “no inventes abuela, yo vengo pronto”. Integrarla a ella en ese proceso, la ha convertido incluso en una cuidadora de su abuelita porque entiende que si la abuela necesita ayuda, enseguida ella tiene que ir por alguno de nosotros.

En este punto también entendimos que a los niños hay que hacerlos sensibles con las personas con discapacidad. No es incómodo solo para el acompañante, sino incluso para el afectado que la gente los vea con sorpresa o descontento.

En nuestro caso particular, Sára ha corrido con la suerte de compartir con niños y personas especiales que hicieron que también ver a su abuela en una silla de ruedas (así no la vio ella nunca en Venezuela) no fuera algo extraordinario o extraño para ella, sino que por el contrario la respeta mucho más y trata de mantenerse atenta a los requerimientos que su abuela pueda tener.

En todo caso, el mejor consejo que como madre puedo dar en el proceso de desvirtualización de la familia es, sin duda, que nos dejemos llevar por el amor, por el cariño real que nos conecta y sobre todo por el respeto de los espacios y los procesos. Al final de los días, siempre la sangre llama y el amor prevalece.

Maternidad

Ellos tienen que…ir a su ritmo

Es que ella ya debería hablar.

Él debería estar en una guardería para que no sea malcriado.

Esos niños deberían estar caminando y no cargados.

Sára debería ya decir palabras en ambos idiomas… mil veces y una más, esos son los comentarios que escuchamos las mamás a diario.

Y ojo, esto sólo no nos está pasando a las que decidimos quedarnos en casa criando a nuestros hijos -que además somos vistas como una especie de bicho raro-, también les pasa a quienes pasan 6, 8 o 12 horas en sus trabajos.

Siempre, siempre, pero siempre la gente, el externo, el que no está viviendo tu vida, tendrá algo que decir sobre las formas en la que tú o los demás hacen las cosas. Tristemente a nosotras las madres eso nos hace ruido en determinado momento, y si le prestamos mucha atención nos puede generar angustia.

Les cuento mi caso particular. Cuando vivíamos en Venezuela Sára decía algunas palabras con claridad, tal vez unas diez o quince, pero las decía; y a la semana de haber llegado a Hungría, Sára dejó de hablar y todas sus palabras se convirtieron en “eeeeehhh” y “aaaaaahhhhh”. No pasó mucho tiempo para que empezaran los comentarios de la familia que nos acogía, cosa con la que tanto su papá como yo no estábamos nada cómodos.

Comentarios como que si la niña debía ir a la guardería, que algo malo le pasaba porque había dejado de hablar, que si esto y aquello, y aunque yo no entendía claramente lo que decían, sabía que estaban presionando al papá de Sára por algo que en realidad no era un problema de nadie sino nuestro.

Un día la frustración de él pudo más que su capacidad de silencio y me contó todo lo que decían sus tíos sobre nuestra forma de crianza, y evidentemente mi primera reacción fue decirle “no le pares, ellos no saben cómo estamos criando nosotros a nuestra hija y no se tienen que meter”, pero los comentarios continuaron, y repito que aunque yo no entendía, ya el ambiente empezaba a hacerse pesado.

Un día muy triste, y desesperada de verdad, le dije a mi mamá que yo creía que le habíamos hecho algo malo a Sára, porque ella lloraba cuando los veía por Skype y no hablaba ni una de las cosas que decía estando en Caracas. Yo admito que como mamá dije “Sára ya debería estar hablando, ella tiene que hablar”. Y como diríamos nosotros, me cayó la locha. Mi mamá me dijo cosas que fueron bálsamo para mi alma, y que evidentemente calmaron mi angustia, empezando por ese famoso dicho de “hija, hagan lo que hagan siempre los van a criticar, así que no le paren”.

Después de entenderlo, de procesarlo y de ponernos de verdad el famoso traje de pingüinos para que todo nos resbalara, empezamos a aplicarlo. Sí señor, Sára no va al baño sola, ni avisa cuando va a hacer número 2 porque resulta que tiene 15 meses. No señora, Sára no va a la guardería porque sus papás decidieron que mamá la criaría y le daría pecho hasta los 2 años. No abuela, Sára no tiene por qué abrazarte ni besarte si no quiere.

Evidentemente las caras de shock no han sido normales, pero nuestra tranquilidad, eso sí que es normal, no tiene precio y mucho menos la tranquilidad de nuestra hija, porque como padres hemos decidido darle sus tiempos y espacios.

Querida mamá, tus hijos no tienen que hacer esto o aquello como lo hizo otro; tu hijo es un ser humano maravilloso y único como ningún otro, así que tendrá sus tiempos y estilos para hacer.

Querida mamá, no te hablo desde el “yo creo que”, sino desde lo que he aplicado –que ha sido lo correcto para nuestra familia-, un proceso que incluso me ha ayudado a conocerme mucho mejor a mí misma, a no ser tan dura juzgándome por mis actos, porque viendo a mi hija crecer entiendo que ella es un ser humano como cualquier otro, y que eso quiere decir que es diferente a los demás, y que por ende tiene que vivir sus procesos a su tiempo y a su manera.

Sí, a su tiempo y a su manera.

Ya no habla como antes

Bueno, resulta que Sára está empezando ahora a hablar nuevamente con 18 meses, y ahora ya no me preguntan si corre o camina, sino qué dice. Pues dice sus cosas, habla una especie de papiamento entre español, inglés y húngaro, que no entendemos sino ciertas cositas.

Pero, qué más le podemos pedir a una personita a quien le cambiamos todo su mundo de un día para otro cuando decidimos emigrar. Mi hija pasó de tener su casa entera para vivir en un cuarto de 6 metros cuadrados durante tres largos meses, dejó de tocar a sus amados abuelos y pasó solo a verlos por una pantalla, el idioma que escuchaba todos los días ahora solo lo escuchaba de mamá, que ahora también habla en otro idioma. Evidentemente sacamos cuentas, consultamos a los especialistas, y es verdad, ella no tiene ningún retraso en el habla, solo está poniendo en orden su cerebro.

Pero allí está la respuesta, los opinólogos (como los llamamos aquí por cariño) invierten mucho tiempo de sus vidas pensando por qué nuestros hijos no hacen lo mismo que otros niños, y al final terminan sembrando esa semillita en nuestros corazones que, a veces, termina llevándonos al camino de la frustración.

Ahora bien, lo realmente importante para nosotros como adultos en todo caso, sería entender que son niños, no robots y que debemos aprender a respetar los tiempos de sus procesos, ya que ellos no tienen la misma capacidad de adaptación que nosotros.

Evidentemente como padres también tenemos que aprender a leer todos los elementos de la ecuación, y si por ejemplo uno de nuestros hijos tiene tres años y no habla para nada, tal vez si deberíamos ir a un especialista para saber que está pasando.

Querida mamá, la próxima vez que te digas “mi hijo tiene que…” estudia bien todas las aristas que conlleva esa afirmación antes de sentirte frustrada, y de hacerles sentir frustrados a ellos. Recuerda que es una vida en formación, un cuerpo que se está educando para llegar a hacer algo similar o mejor de lo que somos nosotros ahora mismo; por eso mi invitación siempre será a no forzar, sino a ayudar a nuestros hijos a ser lo que ellos quieran ser.

Ellos tienen que ser lo que quieran ser. A nosotros simplemente nos toca darles herramientas y dejarlos ser.

Pareja y Familia

Cuando criar es no hacer nada

El papel de las mujeres que decidimos quedarnos en casa se ha subestimado cada vez más con el paso del tiempo. Tal vez se deba a las generaciones anteriores que fueron educadas para que las mujeres tuvieran un espacio solo en el hogar, y a medida que fuimos ganando terreno fuera de la familia no le quedó más a la sociedad que intentar imponernos una etiqueta que hoy es usada como un estigma.

Estar en casa no significa que no estemos haciendo nada, así como trabajar fuera de casa no implica necesariamente estar haciendo algo productivo, porque como todo en la vida, esto también es relativo.

A diario comparto con mujeres increíbles que se sienten culpables de quedarse en casa al cuidado de los hijos durante la primera infancia; confieso que yo misma me he sentido así en ocasiones, pero luego recuerdo la falta que me hizo mi mamá muchas veces mientras estaba en el trabajo, y entonces comprendo que no trabajar de manera formal en este momento no es un retroceso para mí.

Les contaré una historia muy personal. Yo nunca tuve en mi cabeza esa idea loca de formar familia, para mí eso era una utopía que fue agarrando forma conforme fueron pasando los años y fui afianzando mi matrimonio. Por otro lado, yo me veía como la mujer trabajadora, independiente, de las mil cosas que hacer y producir y los mil un logros que recoger, y que si llegaban los hijos pues habría suficiente dinero para llamar a la mejor niñera del mundo, pero quedarme en casa no era una opción. Luego tuve a Sára por primera vez en mis brazos y la historia es totalmente diferente.

Recuerdo que ella tenía unas pocas semanas de nacida cuando le dije a su papá que yo quería, y me parecía necesario, dedicarme por un tiempo indefinido a la crianza de nuestra hija y los que estuvieran por venir. No estaba dispuesta a perderme sus primeras palabras, y tampoco quería soltarla al mundo antes de tiempo. “Yo quiero dedicarme a criar a nuestros hijos”, fueron mis palabras exactas.

Él estuvo de acuerdo porque siempre ha soñado con una familia grande, aunque cada día que pasa me convenzo más de que él nunca creyó que yo me atrevería.

Han pasado más de dos años desde aquel momento y yo no he podido volver al mercado laboral formal. Y hace pocos días me di cuenta que no había vuelto, simplemente porque no he querido y no he puesto mis energías en ello.

Que he hecho muchas cosas, sí; pero ninguna de ellas me ha impedido estar cerquita de mi hija en su día a día.

Estar en casa con los hijos va más allá de estar en casa. Se trata de encargarse de la limpieza de la casa y de las cosas, de tener al día la cocina, el mercado e incluso solucionar las diligencias de la vida diaria como el pago de los servicios y otras cosas.

Quedarse en casa significa a su vez cumplir con unas estrictas rutinas que nos permitan crear horarios y hábitos en nuestros hijos no escolarizados, y eso nos hace ser también más organizadas y planificadas. Y si hablamos de planificación, estar en casa representa administrar el tiempo de tal manera que, para cuando papá esté libre del trabajo, el tiempo de familia sea realmente de calidad.

Sí, muchas veces los hombres no entenderán eso y pensarán que ellos saliendo de casa a trabajar, y nosotras acostándonos a dormir. Ojalá y fuera así, pero dormir es la cosa más difícil del mundo cuando tienes niños pequeños.

Querida mamá, hoy quisiera hablarte a ti que tal vez te sientes menospreciada o una carga porque te ha tocado estar en casa. Te hablo desde mi experiencia, porque estando en casa no sólo me tocó aplicar todos mis conocimientos profesionales, sino aprender un montón de cosas nuevas como manualidades, idiomas, tecnología y un sinfín de dotes administrativos y gerenciales que vaya Dios a saber cuándo hubiese podido yo tener la oportunidad de aprender en algún cargo administrativo.

Estando en casa me he convertido en niñera, maestra, enfermera, señora de limpieza, lavandería exprés, administradora, contadora, abogado especialista en resolución de conflictos y promotora de los derechos humanos. Además tengo dotes de secretaria desde que emigré, pues me toca poner en contacto telefónico a mi hija con nuestra familia regada por el mundo, sin contar que la organización va más allá de la casa y se incluye una minuciosa agenda semanal a fin de que no queden por fuera actividades de recreación, estimulación, comunicación y relaciones públicas.

He aprendido también a gestionar el tiempo que queda para mí, para emprender mis proyectos y para dedicarle a mi pareja, ya que sin contar con una familia de apoyo detrás de nosotros, estar solos es prácticamente imposible.

Las finanzas son compartidas pero es sobre los hombros de la mujer donde recae la responsabilidad de que las cuentas cuadren. Y en ese sentido, de este lado siempre habrá también mucha presión o responsabilidad.

Querida mamá, no digas que no estás haciendo nada, estás criando un ser humano y esa es la responsabilidad más grande que nadie puede tener en la vida. Se trata de alguien que por sus acciones será amado y respetado en un futuro, u odiado y rechazado. No es cualquier cosa.

Y si trabajas mamá, también está bien. Créeme que tus hijos sabrán entenderlo en un futuro. En todo caso lo importante en esta historia es que tú entiendas que tu rol no es cualquier cosa, porque si eres capaz de entender e internalizar eso, entonces serás capaz de omitir todos los comentarios malsanos que los demás hagan de ti o tu situación.

Querida mamá amiga, la maternidad no es una ciencia pura, es simple experimentación humana apostando por el futuro mejor de los tuyos. Recuerda que al final todo pasa.

Maternidad

La ola de calor…y aquel sudor nada agradable

Llegamos a los ocho meses de gestación, y dentro de mí agradecía porque muchos de los síntomas del embarazo de los que otras mujeres se quejaban, no habían hecho presencia en mí humanidad. Sobre todo uno con el que nunca me había llevado bien… el calor.

Todo parecía muy perfecto para ser verdad, cuando el calor me venció. Fue llegar a la semana 33 y un día, y empezar a experimentar el calor en otro nivel que mis sentidos desconocía; uno que aún no me explico bien.

Más desesperante era, que por esos días había un pequeño frente frío que tenía a todos el mundo abrigado, mientras yo no dejaba de sudar cual comiquita japonesa (y me disculpan los amantes de este arte por llamarlo así).

Me apetecía dormir con el ventilador a toda mecha, desarropada y con la menor cantidad de ropa posible, mientras mi esposo inocente del infierno que mis glándulas sudoríparas causaban, no dejaba de arroparme y angustiarse porque en su cabeza solo había zancudos (mosquitos) volando a mí alrededor, y obviamente él sentía un frío que mi cuerpo desconocía por aquellos días.

No les miento cuando les digo que más de una vez mi almohada amaneció empapada como si hubieran abierto una manguera en ella. Pero no una manguera cualquiera, era una que además traía consigo un mal olor, eso que por allá llaman mal sudor. Era como si el sudor oliera a rancio y no pueden imaginar lo desagradable que era para mi tener que lidiar con aquello.

Pero sinceramente señoras, el calor, como todos los demás, pasa. No sé bien en cuánto tiempo, porque sinceramente todavía a las 36 semanas seguía lidiando con él, pero no en el mismo grado de intensidad que las semanas previas.

Es que incluso, ahora que lo recuerdo, incluso el día que fui a dar a luz, con mis 41 semanas y 3 días, tenía un calorón que me permitía estar medio desnuda sin problema alguno en la sala de preparación para el parto, que de cálida no tenía nada. Pero a fin de cuentas, de alguna manera aprendes a vivir con el calor.

Particularmente yo trataba de dejarme llevar por lo que mi instinto me indicaba, así como lo hice con casi todo lo que tenía que ver con el embarazo.

¿Qué hacía? Me lavaba la cara y la parte trasera del cuello tantas veces como podía.

En las noches más calurosas utilizaba las compresas de hielo en la nuca y en la parte baja de la espalda como un paliativo, aunque con esto debes tener cuidado si la temperatura del ambiente está muy frío porque al final puedes amanecer resfriada.

Uno de mis momentos favoritos por aquellos días era llegar a casa de la calle tan acalorada, que deshacerme de la ropa y lanzarme sobre la cama con el ventilador de frente, se convertía en un placer tan grande que solo lo puedo comparar con satisfacer un antojo, y la guinda de la torta era aprovechar el momento para dormir un rato mientras el bebé se movía como recordandome que estaba allí.

Por esos días también evitaba el uso de cremas en el cuerpo por la noche, eso me hacía sentir mucho peor y la verdad es que si te van a salir estrías saldrán con o sin crema. Que si es cierto que es muy importante cuidarse, pero más importante todavía es estar cómoda mientras gestas vida.

A modo de reflexión les dejo este comentario del post original, que escribí cuando tenía 36 semanas de gestación. «¿Vale la pena? Pues sí, ahora que estoy más cerca del momento de tener a mi bebé en los brazos, me parece que este y otros síntomas valen la pena». Y hoy, cuando mi bebé ya tiene 30 meses, les reitero que todo ha valido la pena sin temor a equivocarme.

Migración

La inaceptable xenofobia

Esta vez escribiré como ser humano más que como mamá, pero es que a veces da miedo ver a lo que nuestros hijos se enfrentan y por eso esta vez he decidido no callar.

“Nuestra verdadera nacionalidad es la humanidad”, dijo el prodigioso escritor británico Herbert George Wells, hace más de un siglo y hoy en día esto debería estar más que claro, pero no es así. Parece que la falta de valores en una minoría, porque sí estoy convencida de que es una minoría dañina, continúa dejando su huella por el mundo con sus actos xenofóbicos.

El día de ayer me tocó a mí y en una situación muy lamentable, pues dos miembros del staff de un centro de salud público, un servicio al que tengo derecho no sólo como ciudadana húngara sino como ciudadana del mundo en este país en el que resido, se negaron a fijarme una cita con un médico especialista, por ver que en mi identificación decía que había nacido en Venezuela.

De verdad en mi primera visita a este lugar yo quise dejar el beneficio de la duda, y con toda la paciencia del mundo fui a buscar los “requisitos” extras, que estas dos mujeres me solicitaban para asignarme una cita médica. Yo quería creer que mi oído húngaro se equivocaba, pero horas más tardes comprobé que no era así, y que sí, la xenofobia existe en todos lados.

Finalmente en la tarde me volvieron a vacilar, jugaron con mi tiempo, hicieron burlas sobre que era una ciudadana falsa por no haber nacido aquí, y se negaron por todos los medios a darme la cita. Todo esto ante la mirada atónita de otros pacientes que no hicieron nada, ante la indignación del resto del staff que tampoco hizo nada. “Mi jefa no quiere más venezolanos y que ´húngaros´ aquí por hoy y punto, no introduciré el número”, fue lo último que me dijo esta señora de Atención al paciente antes de que con toda esa rabia apretada en el estómago le dijera que Dios la bendiga y me fuera con mi hija por donde había entrado.

Inmediatamente mi indignado esposo llamó al lugar, la fulana jefa le trancó el teléfono asegurándole que mi situación no era su problema; y minutos más tarde recibió la llamada de una persona que había atendido por casualidad la llamada para transferírsela a la jefa. Esta mujer que no se identificó y que pidió disculpas por todo lo que había pasado en dos oportunidades conmigo en el hospital, sin chistar me asignó la cita, anotó todos los datos y se encargó de asegurarse que me atendiera un médico con perfecto manejo del inglés.

Yo no puedo describirles cuán triste me sentí ayer, porque sí es verdad, soy una ciudadana que nació fuera de estas fronteras y que a duras penas habla el idioma de este maravilloso país; pero más allá de eso soy un ser humano que respeta para ser respetada, y que además teniendo la oportunidad de escoger cualquier lugar del mundo, escogí este país, para vivir dignamente. Estando aquí he aprendido a amar cada uno de los detalles, de los defectos y las virtudes que tiene esta nación, pero nunca jamás seré tolerante con la xenofobia. Y puedo asegurar que me siento mucho más húngara que esas dos mujeres, y que amo más este lugar que muchos que han nacido y vivido aquí durante todas sus vidas.

Fui objeto de un acto xenofóbico, a lo mejor no tan relevante como otros, pero xenófobo al fin. Y por eso decidí entre tanta tristeza levantar mi voz, porque este no es el mundo que quiero para mi hija, ni mucho menos para mí.

“El racismo florece de la ignorancia”, dijo hace unos años el futbolista Mario Balotelli, y yo esta vez lo he confirmado y por eso he decidido escribir esto, en un halo de esperanza que tengo gracias a que estoy criando un humano. Y como sé que no soy la única, utilizo esta tribuna para hacer un llamado de atención.

Les enseñamos a nuestros hijos a dar lo mejor de sí, a buscar lo mejor para ellos, a ser una mejor versión de sí mismos cada día, y en esa continúa formación tenemos que poner toda la energía posible en eliminar estas barreras, pues al final de cuentas como dice la activista canadiense Margaret Atwood, “espero que las personas finalmente se den cuenta de que sólo hay una raza, la humana, y que todos somos miembros de ella”.

Es fundamental que enseñemos a nuestros hijos desde pequeños que las personas no son buenas o malas por el color de su piel o por la nacionalidad en su pasaporte, sino por la forma en la que se comportan y asumen las situaciones de la vida. Es primordial sembrar en sus corazones la semilla de la tolerancia, del respeto al otro, de la amistad, la solidaridad.

Es imperante levantar la voz ante estas injustas actuaciones de una minoría que no puede continuar sembrando odio por el mundo, más en un mundo tan globalizado como en el que vivimos hoy en día y en el que cada día más barreras son derrumbadas que muros construidos.

Es inaceptable y punto. No hay medias tintas en esto.

Pero ¿qué hacer ante una situación como esta?

Pues hay varias cosas que hacer además de educar a nuestros hijos, y tiene que ver un poco con reeducar a la misma sociedad. Querida mamá inmigrante, si te ves envuelta en una situación como esta, antes de perder la calma piensa que la ignorante no eres tú, que tus inteligencia emocional puede con más que esa situación incómoda, simplemente di cosas como “Gracias, que Dios te bendiga”, ofender al agresor es caer en su juego.

Insiste en defender tus derechos, de no ser posible por las vías regulares, acude a las autoridades encargadas de tomar cartas en el asunto.

Protégete ante la agresión física y responde sólo cuando el peligro sea inminente. Protege a tus hijos ante todo.

Habla con tus hijos sobre la existencia de este tipo de personas, a fin de evitar que se vean afectados psicológicamente por la actuación de estos individuos en su contra.

Finalmente, muestra tu mejor cara, sé siempre digna. La ignorancia es gratis y gracias a Dios tú no eres quien padece de ese mal, así que respira profundo y sigue luchando, que los buenos somos más.

Migración

10 cosas que aprendí al emigrar

Esta es una lista muy personal, y concisa, de las cosas considero he aprendido en este proceso migratorio. Hay que tener en cuenta que cada proceso es diferente, y por ende, lo que me ha servido a mí puede que no le sirva a otros, lo mismo pasa con los aprendizajes. En todo caso, espero que les sea de utilidad.

  1. Despréndete de tu vida anterior.

Llegar a un nuevo país sin conocidos o amigos puede hacer más difícil el proceso, y si bien tiende a fortalecer las relaciones a distancia con nuestros seres queridos, muchas veces nos atamos a la situación de la que buscábamos escapar o cambiar.

No significa que no tienes que comunicarte con tu familia o amigos de tu país de origen, ni que no debes saber más nada de lo que pasa en aquel lugar, simplemente se trata de conectarte con este nuevo espacio y buscar cosas que te hagan sentir identificado con el nuevo hogar, y sobre todo viviendo el aquí y el ahora.

  • Entiende que ir a un lugar de vacaciones nunca será lo mismo que emigrar.

Algunas personas escogen el lugar de destino por haber ido de vacaciones, recuerda que en la cotidianidad nada es como en el tiempo de descanso, las rutinas y los procesos son diferentes y al final del día, cada quien está resolviendo sus propios asuntos.

  • Perderse es muchas veces necesario para conocer.

A veces nos cuesta ubicarnos en la ciudad, un GPS o Google Maps siempre serán de ayuda. No obstante, es bueno de vez en cuando es bueno salir a caminar por las zonas aledañas a nuestros hogares o trabajo, meterse por esa calle por la que pasas pero no entras. Siempre y cuando no estés poniendo tu seguridad en riesgo, es bueno conocer caminos diferentes, nuevas opciones, estar con los locales y no solo en los lugares turísticos.

Conocer es indispensable, este es tu nuevo hogar.

  • El contacto humano es necesario.

El enemigo número uno en el proceso migratorio termina siendo la mente, es allí de donde sale el “no puedo”, “por qué lo hice”, “mejor me devuelvo”, “estoy solo y nunca podré hacer amigos”, y es allí donde radica la mayoría de las veces los procesos depresivos del inmigrante.

Mi sugerencia es buscar hacer amigos en la nueva ciudad, conéctate con otros miembros de la comunidad de dónde vienes, haz nuevos amigos, no pierdas la oportunidad de recibir un abrazo, de tener una buena conversación. Encerrarse en casa nunca será una opción. En Facebook, por ejemplo, puedes conseguir grupos de intercambios de idiomas, de tragos, o con intereses similares a los tuyos que funcionan en tu nueva ciudad.

  • Emigrar es una decisión de vida.

Cuando nos vamos escapando de una situación que nos agobia, solemos sentirnos en paz en nuestro destino, y allí empezamos a juzgar a los que se quedan, bien sea amigos o familiares y empezamos a hacer comentarios como “tienen que salir de allí”.

No, cada quien decide qué debe hacer con su vida, dónde y cómo quiere vivir, y estar fuera no debe hacernos juzgar a quien se ha quedado.

  • Ninguna experiencia es igual a otra.

Muchas veces escuche “me voy a Panamá porque a fulano le está yendo bien allá”, y en tres meses el viaje había terminado por falta de ahorros. Sin contar con el cuento de “Maria se fue a España con 300$ y en tres días ya tenía trabajo y ya tiene carro y casa”. Oye, que bien que le fue bien a María, pero no todos somos María, y no todo el mundo tiene la misma capacidad social, económica ni mucho menos de relacionarse que otros.

Siempre conoceremos casos muy exitosos y otros menos, pero importante es aceptar vivir nuestro propio proceso.

  • Conoce la situación política, social e histórica ayuda a conocer la realidad de tu nueva localidad.

Otra de las cosas que puede pasar es que llegamos a juzgar la sociedad que nos acoge sin conocer su cultura. Esto pasa sobre todo a quienes emigramos a Europa, y resulta que es muy importante conocer el contexto en el que se han desenvuelto las sociedades en las que nos vamos a introducir.

No te digo que te vuelvas un Phd en historia o economía del nuevo país, simplemente intenta conocer un poco mejor estos ámbitos, las fechas importantes, sus tradiciones, para no estar tan perdido a la hora de llegar.

  • Ve con la mente y el corazón abierto a todo lo nuevo.

No tengas miedo de probar cosas nuevas, siempre y cuando esto no vaya en contra de tus valores, siempre será una experiencia enriquecedora y que sumara cosas positivas a tu vida. Como bien dicen por ahí, nada se pierde aprendiendo.

Cerrarse a lo nuevo hace mucho más difícil la adaptación, así que no cierres los ojos sino abre tu mente, es importante sentirse en sintonía con tu nuevo hogar.

  • Si vives en un país con un idioma desconocido para ti, aprende al menos algunas palabras que te ayuden a desarrollar tus actividades básicas diarias.

En nuestro caso particular, vinimos a un país con unos de los idiomas más difíciles del mundo, y el cual yo no dominaba en lo absoluto. Créeme que sé lo frustrante que puede ser no entender nada de lo que te dicen, sin embargo, es bueno aprender algunas palabras o frases que suelen ser simpáticas para los nativos.

Gracias, hola, chao, por favor, buen día, no hablo su idioma, siempre te abrirán las puertas o sacarán una sonrisa en quien intente comunicarse contigo.

  1. Una sonrisa y ser educado puede abrirte muchas puertas.

Creo que esto no hay que explicarlo mucho, a quién no le gusta que le regalen una sonrisa?

Maternidad

¿Tenemos las mamás derecho a obstinarnos?

Desde hace unos días me pregunto si las mamás tenemos derecho a obstinarnos.

Sí, a pegar tres gritos y cerrar la puerta tan duro que hasta los vecinos se enteren de nuestro enojo.
Si, si, si. De simplemente decir «no, porque estoy molesta» o llorar porque sentimos que no damos para más. Obstinarnos de perder la paciencia y el objetivo por un momento en el que nuestro cerebro simplemente pide drenar todo esa energía que allí se acumula.
Yo no lo tenía muy claro hasta hace unas horas, y no lo tenía claro porque después de la explosión que la ira causa, uno siente una culpa tremenda. Y plas, la culpa te hace sentir la peor madre o esposa del mundo.

¡Wao! Me siento culpable por no saber manejar mis emociones ante los procesos que me toca enfrentar cada día, y que probablemente vengo arrastrando una carga con la que necesito ayuda, pero me cuesta mucho pedirla.

Es muy difícil, pero seamos sinceras con nosotras mismas; si vemos la maternidad como un proceso de autodescubrimiento ¿cómo es que pretendemos mantenernos serenas ante tantos cambios abruptos?

Es totalmente normal que reaccionemos de manera explosiva cuando no podemos entender lo que está pasando en nuestras relaciones familiares, y específicamente en nuestra relación con nosotras mismas.

Hace unos días una amiga, me decía que se sentía horrible porque le había dicho a su hija que se quería ir bien lejos después de una pataleta. ”Soy la peor persona del mundo, lo tengo todo y digo que no aguanto más”, repetía en medio de una crisis de llanto.
¡Hey, amiga! Claro que no, no por llegar a un punto límite eres mala persona, ni mucho menos mala madre. Pero es que es que todavía a nosotras nos cuesta entender que somos humanas y que por ende también sentimos y nos cansamos, nos molestamos, necesitamos tiempo para nosotras mismas y creo que a veces también necesitamos tiempo para esas explosiones, mientras no le causemos daño a nadie, y en esos nadie entran nuestros pequeños.
Escribo esto en este momento desde la calma y luego de una gran explosión. Les cuento que está mañana me molesté tanto, pero tanto que me tiré al piso y grite.

Sí, grite como grita un niño que está en medio de un berrinche, y además entendí por qué es tan importante contenerlos en ese momento.

Les confieso que mi rabia no me permitía llorar, pero estaba tan molesta que estaba mareada y yo sabía que tenía que drenar. Sára gritaba porque no quería ir al colegio, después porque si quería ir, que si quería un lado rosado después lo quería verde, que si no quiero ponerme zapatos y después quería ponerse dos… yo mientras tanto venía acumulando molestias desde hace días y aquella escena que era eterna y me volvía a hacer perder una cita importante, me colapsó. Así que me lancé al piso y grité.

Su cara fue un poema, se quedó paralizada pero me dijo “mamá no pasa nada. Yo estoy molesta”.

Mi reacción fue llamar al padre y hacer que interviniera en la situación y allí entendí varias cosas que ahora les resumo.

Mi cuerpo tiene meses diciéndome que necesito respirar de una manera diferente. Que necesito dormir, que necesito no tener tantas responsabilidades de otros y hacerme más responsable por mí misma, y sin querer algunas de mis frustraciones las percibió mi hija.

Ella tiene días diciéndome sin motivo aparente “mamá, aquí estoy”. Lo repite una y cien veces cuando mi cerebro está como apagado.

Esta mañana, antes de la tormenta, la primera cosa que escuché fue eso, “mamá, aquí estoy yo”. Y aún así no reaccioné, porque yo no quería estar en ese momento con nadie más que no fuera yo misma, pero para mí desgracia no quise pedir ayuda porque me sentí infinitamente culpable de querer tomar un respiro.

Me sentí completamente miserable de pedirle cosas al padre que simplemente él no quiere hacer, pero me sentí forzada a hacer cosas que yo no quiero hacer y colapsé, después de que mi hija, que solo quería decirme que estaba allí conmigo, llegó a su punto de estallido.

Pero a todas estas, después de una hora y media de lucha, y de haber llegado al colegio yo seguía molesta. Estaba incomoda y sé que ella también lo estaba al punto que ni siquiera quiso despedirse de mí. Así que decidí caminar mientras llamaba para excusarme con mi cita por el embarque que acababa de consumar.

Caminé y caminé hasta que el Sol me calentó tanto que me hizo entender que había hecho un berrince con 32 años. ¡Wao, hice un berrinche! Y ahora no me siento mal, me tocó dejar la culpa de lado, ser adulta y asumir que parte de ser humano también tiene que ver con entender que no todos los días son buenos.

Pero más allá de los días buenos o malos, las cargas que llevamos sólo deben ser aquellas que queremos. Ojo con esto, no estoy hablando de abandonar a los hijos ni nada por el estilo, sólo hablo de organización acorde a nuestras necesidades.

¿Cómo lo hago? Pues, antes de escribir esto me tracé un plan. Es decir, que si yo tengo que ir a clases a las 9 de la mañana y a mí me cuesta más que al padre tener lista a la niña a la hora para cumplir con mis obligaciones, entonces nos tocará organizarnos para que el padre sea quien asuma esa responsabilidad.

Que si todos los días soy yo quien hace los almuerzos, pero hay un día en el que yo llego más tarde a clases porque me toca dar clases de noche, pues tengo que delegar que por ese día o se come en la calle, o es otro el que cocina. Que si la ropa sucia está por toda la casa y a mí me molesta, o lo digo o empiezo a botar la ropa y se acabó.

Les confieso que esta pataleta de nosotras dos hoy me hizo descubrir muchas cosas, no sólo de mi hija sino incluso de mí y de la forma que he escogido para criar, y también la forma en la que llevó el hogar.

Las enumeraré para que sea más fácil de reconocer, pero creo que a lo largo del texto se los he ido diciendo, es válido que mamá se agote y se obstine. Lo que no es válido es que mamá sienta culpa por sentirse mal. ¿Qué aprendí hoy?

  • Los berrinches deben ser contenidos desde la paz.
  • Si algo me molesta de otra persona o de determinada situación, tengo que decirlo.
  • Acumular emociones afecta la salud y eso no es bueno para nadie.
  • Los hijos deben vernos como humanos en principio, para después entender que trabajamos con ellos movidos por el amor.
  • Drenar las emociones a través de cosas que me gustan, es una forma sana de mantener mi salud mental.
  • Comunicación es vital.
  • Nuestros hijos perciben nuestras emociones y al no saber identificarlas, se sienten frustrados.
  • Los hijos no tienen la culpa de nuestras frustraciones.
  • Nunca debemos sentirnos culpables por querer tener tiempo para nosotras mismas y nuestros proyectos.

Espero sea de ayuda para ustedes, y si algún día quieren drenar, por aquí las esperamos.

Maternidad

Estar presentes (de verdad)

Desde que soy mamá tiendo a escucharme un poco más. Sin embargo el ruido a veces me distrae y de alguna manera terminó entendiendo qué necesito estar en sintonía con lo que creo y sobre todo con los míos.
Para nadie es un secreto lo que hemos vivido los venezolanos (dentro y fuera del país) en las últimas semanas, y sin duda eso me ha llevado a desconectarme de quienes son mi prioridad para ocupar mi mente en situaciones que generan angustia en mi, y que por ende generan desestabilización en mi núcleo familiar.
Hace unos días caí en cuenta de que estaba con Sára sin estar, y ella estaba reclamandome eso de una forma que me incomoda mucho pero con todo su derecho, pues se sentía ignorada o desplazada de alguna manera.
Entonces empecé a poner verdadera atención a los detalles, y el celular más que un puente se convirtió en una grieta entre nosotras.
¿Qué tuve que hacer? Pues desconectarme un poco. Esa práctica de dar pecho, pintar o jugar con ella teniendo el celular en la mano no era más que una falta de respeto al tiempo que era exclusivo para ella o incluso para su papá. Así que me ha tocado ESTAR con ella no sólo de cuerpo presente sino también de mente.
¿Les ha pasado que llega un momento en el que simplemente no entienden por qué sus hijos tienen ciertas actitudes? Lo más increíble es que no vemos para adentro sino buscamos afuera el origen de estas situaciones.
Yo no entendía por qué mi hija sentía que era correcto llorar cuando quería pedir una cosa en vez de pedirlo. Tuve que preguntarle qué ocurría y me dijo «Fulanita llora para que le den lo que quiere». 
¿De dónde lo sacó? Me pregunté inmediatamente, y la respuesta fue clara; de la serie que yo según veía con ella, pero como mi mente no estaba allí no me permitió ver que allí había una actitud que podía copiar para mal.
Es todo un tema, porque soy la primera en supervisar lo que ella ve y juega, lo pruebo primero antes de permitirlo, pero sí, a veces no estar conectados nos crea estos vacíos que pueden ser muy dañinos.
«Mi mamá juega mucho con el celular y yo quiero», le dijo en una conversación imaginaria hace unos días a su abuelo mientras usaba un celular de juguete. Eso me hizo poner los pies en la tierra, pues mi hija está copiando lo que yo hago para llamar mi atención. Y créanme que algo que no quiero es que mi bebé se sienta desplazada de mi vida y menos por un aparato.
Qué sí, que entiendo que a veces este aparatico es la salvación para muchos pero definitivamente no me interesa si tengo que dejar de tener tiempo de calidad con mis afectos para irme a una vida virtual.
Entonces llega la hora de manejarlo y ¿cómo hacerlo? Poniendonos nosotros mismos limites que nos mantengan realmente conectados con quienes nos rodean, en especial si son nuestros hijos a quienes tenemos que dedicarle especial atención en sus años de formación.
En conclusión he venido tratando de dejar a un lado el teléfono para mantenerme concentrada en lo que me toca vivir ahora, pues entiendo que mi familia no necesita una mamá virtual sino una mamá presente, y sí yo espero lo mismo de ellos es lo mínimo que tengo que dar.
Evitar usar el teléfono cuando estamos jugando, evitar el uso de vídeos para distraerlos mientras nosotros nos ocupamos de manejar redes, tener horarios acordes con sus rutinas y sobre todo con el tiempo que pasamos con ellos, así como reencontrarnos siempre en la mesa, son algunas de las cosas que ponemos en práctica y que nos es tan funcionando para mantenernos de cuerpo y mente presente en la crianza de nuestra pequeña.
¿ustedes como lo llevan?

Migración

De cómo me enamoré de mi nuevo país

¿Por qué me gusta tanto vivir donde vivo ahora? No suelo hablar con tanta frecuencia de mi nuevo país por alguna razón que hasta yo misma desconozco; pero aunque ustedes no lo crean esta es una de las preguntas que más me hacen las mamás inmigrantes.

Y es que según ellas siempre digo sólo cosas buenas de este lugar que nos ha acogido y las pocas veces que ven fotos mías en esta ciudad se me ve enamorada. Pues esta semana me lo han vuelto a preguntar y ni sé por qué, pero me pareció bonito comentarles mis motivos.

Siempre les digo que emigrar está muy lejos de la zona de confort y de las cosas fáciles. Incluso para quienes somos mamás, es como una decisión casi bipolar. Es decir, en el caso de las madres venezolanas ni siquiera racionalizas lo que estás haciendo, sino que tomas la decisión por supervivencia y para adelante, pero cuando llegas al nuevo país y te ves sola, sin toda la caparazón familiar que tenías antes, entonces es como un balde de agua fría que te hace cuestionarte sobre si hiciste lo correcto o no.

La cosa fue que cuando decidimos venir yo quería estar fuera de nuestro país, pero estaba un poco resistente a que nuestro nuevo hogar fuera esta ciudad particularmente, que solo conocía como turista. Me aterraba pasar semanas sin ver el Sol, y como esa era la referencia que tenía de este lugar, me cuestionaba sobre nuestro tiempo de permanencia en este destino.

Ni hablar del idioma.

Sin embargo llegamos y todo fue diferente. Era plena entrada del otoño y el Sol brillaba con fuerza, y me permitió conocer una ciudad que en realidad no conocía. Sin ir más allá, les diré que aprendí a ver los detalles, esos pequeñitos que hacen tu vida mejor y que cuando vienes de una situación de guerra, ya conoces muy bien porque fueron los detalles los que te hicieron tener un respiro entre el desastre.

Lo que antes era un privilegio ahora era algo normal, pero como no lo tuve antes entonces ahora lo valoro mucho más que quienes entienden que esto es algo normal. No sé si me siguen, pero a las pocas semanas de haber llegado aquí y haber aprendido a ver esos pequeños detalles, recordé que durante mis años de trabajo con diásporas en Venezuela, siempre era evidente que su amor por nuestro país era mucho más fuerte que el de nosotros mismos.

Yo no estaba copiando actitudes, simplemente estaba entendiendo el porqué de lo que para mí antes era absurdo o ilógico.

Esos detalles me fueron cautivando y me fueron abriendo los ojos a un mundo que era totalmente nuevo para mí, o que al menos había estado dormido durante mucho tiempo. Porque cuando les digo que me cambió el paradigma hasta a nivel de pareja, no les miento.

Sí, sé que tengo el privilegio de vivir en una de las ciudades más hermosas del mundo, pero hay gente que llega acá y no se halla. Es normal, no a todos nos gusta lo mismo. Pero más allá de lo bella, me empecé a involucrar en sus rutinas, en sus movimientos, en su forma de vida y eso me llamó tanto que tres meses más tarde estaba perdidamente enamorada de Budapest.

Yo estoy clara que lo que estoy escribiendo puede no ser muy fácil de digerir, pero el amor en cualquiera de sus formas es muy difícil de explicar.

El tema es que aquí me siento con una libertad que nunca antes tuve, y aunque no les niego que extraño muchas cosas de Caracas, he conseguido otras tantas acá que me permitirían vivir mi vida sin mi ciudad natal.

“Tienes que amarlo, tienes que estar a gusto, tienes que sentir que vale la pena salir a la calle o conocer un museo o irte a un lugar donde te sientas bien en tu nueva ciudad. Si no hay conexión tienes que buscar mudarte inmediatamente, no hay nada que te ate a un lugar si no hay conexión con él”, recuerdo haberle dicho a una de mis amigas que se enfrentaba a la migración al mismo tiempo que nosotros y que lloraba todos los días por querer regresar a Venezuela. Cada vez que hablábamos, un día de por medio, me preguntaba “pero tú ¿cómo lo haces? ¿Cómo te sientes tan bien si no es tu país?”.

Pues bien, no era mi país hasta que lo escogí. Algo que siempre mi esposo decía era que definitivamente uno no es de donde dice el pasaporte sino de donde se siente bien, y eso es lo que nos define a los ciudadanos del mundo.

Ojo, eso no quiere decir que hablemos mal o despreciemos a nuestro lugar de origen, nada más lejos de la realidad, sino que simplemente hemos decidido abrir nuestro corazón a nuestro nuevo hogar y hemos encontrado una conexión particular que nos hace sentir en casa.

¿Cuáles son esos pequeños detalles que veo y me hacen sentir bien con este lugar?

Más allá de las calles y los monumentos, e incluso el alto contenido histórico de este país, está su gente. No les diré que todos son simpáticos o algo por el estilo, en su mayoría tienden a ser muy pesimistas, pero tienen una parte muy especial. Son románticos, creen en el amor y son muy inteligentes.

Dicen que los húngaros no son románticos, pero ¿cómo no son románticos si ves por la calle a parejas de más de 70 años caminando de la mano? Es fácil incluso encontrarse parejas adulto contemporáneas, digamos de entre 45 y 60 años en escenas románticas en una plaza o en un café. Van juntos al cine, al teatro o simplemente se dan una escapada a las aguas termales. Es como si el amor se encontrara en cada esquina, jóvenes, adultos y adultos mayores, ellos saben que tienen que amar.

Después están las artes, que viven libres en la cotidianidad y aquí nadie te mira raro si le dices que eres escritor o músico o pintor. Eso para mí ha sido como bálsamo en el alma, porque sí, evidentemente les gusta trabajar, pero aquí están muy claros que una calificación o un título universitario no define a una persona.

Me siento segura y me siento libre. Y esto ha sido una de las cosas más importantes que me ha gustado de este país y particularmente de esta ciudad, que aun estando en la zona más fea, puedes estar tranquilo con tu celular en la mano.

La educación ha sido otra de esas grandes vertientes que nos ha enamorado, porque el modelo educativo además de incluir a la familia, está adecuado para que el niño no se sienta frustrado o presionado por lograr objetivos que no le interesan, sino por alcanzar objetivos que le son atractivos, entonces cada uno va buscando y haciéndose su propio lugar en la sociedad.

En conclusión, no puedes vivir en un lugar del que no te sientes enamorada, es como casarte con alguien que no te importa. ¿Cómo puedes ser feliz así? ¡Es imposible!

Si ya emigraste y no logras conectar con tu nueva ciudad, date tiempo para reconocer esas cosas que son ventajas y que te pueden hacer sentir atraída por tu nuevo espacio, y si no las encuentras simplemente plantéate mudarte.

Si eres mamá, plantéalo bien. Estar en armonía con nosotros mismos (los adultos) nos permite tener relaciones más sanas con los niños, así que es mejor sentir este amor, esta seguridad, esta paz, que ir por la vida de malas pulgas por no atreverse a buscar algo más.

Me encantaría saber cómo se sienten esas mamis inmigrantes en sus nuevas ciudades.

Maternidad

Me llaman mala madre…¿con qué derecho?

Sí, yo también soy esa mala madre que de vez en cuando quisiera quedarse un rato más sola en la cama. Ni contarles de las veces que me he quedado con hambre por darle eso que tanto me gustaba o quería a mi hija, pero soy una mala madre por desear tener al menos un día a la semana una comida caliente en manos, sin los brincos inesperados de los peques.

Sí, a veces también soy esa mala esposa que no quiere sexo, sino solo un abrazo o un beso, que me recuerden lo bien que lo está haciendo. Otras tantas, soy la mala madre que quisiera tener unas horas a solas con su esposo, sin pensar en niños, sin hacer cosas de familia, solo de pareja.

Sí, yo también soy esa mala mujer que no tuvo tiempo para arreglarse todos los días, con tal de que a sus hijos no les faltara nada en el colegio y estuvieran de punta en blanco en todas sus citas.

Mala madre que luce cansada, desajustada, descuidada. Mala madre que para muchos no hace nada, solo cuida a unos niños, los mantiene vivos, les enseña cómo hacer las cosas, los educa, les muestra como ser independientes mientras dependen de ella para todo. Nada más los ayuda a vivir, pero no hace nada más.

Mala madre soy también porque ya no he podido volver a la oficina y no produzco suficiente dinero para llevar los gastos de la casa. Todo, gracias a haber decidido criar, gracias a haberme quedado con mis hijos en casa para que no fuera un desconocido el que los cuidara en sus primeros años de vida.

Sí amiga, yo también confieso ser de esas madres que somos denominadas malas madres por la sociedad, las mismas que salieron de la cama a preparar comidas a pesar de la fiebre y el malestar.

Mala mujer que ni ha podido siquiera terminar los proyectos que se había planteado en casa. ¿Qué hará, pasará sus días durmiendo?

Vi el otro día una de esas malas madres en el parque, que se retorcía del dolor de vientre y de cabeza en sus días, pero aun así intentaba sonreír y jugar con sus tres niños, todos menores de 5 años, en plena etapa eléctrica de la infancia. No sabía si abrazarla o quedarme con sus hijos para que ella tuviera al menos media hora de descanso, pero yo misma estaba siendo una mala madre en ese momento, olvidando todo lo que tenía pendiente en casa para enseñar a mi hija que ensuciarse a veces no es malo, que jugar descalzos en la arena no está mal.

Mala madre retumba en mi cabeza, mientras una sociedad injusta hace lo que mejor se les da, juzgar sin ponerse en los zapatos de otro. Realmente a estas alturas, me ha dado por no escuchar lo que dicen.

Otro día iré en el autobús y seguro mi bebé llorará por cualquier cosa, y seré la mala madre que no la calma con rapidez, que deja que la bebé llore y moleste a quienes me acompañan en el camino. Y por dentro no pensaré nada, seguiré simplemente haciéndome la loca, porque nadie tiene el poder de juzgarme más que Dios.

La verdad es que no, no soy una mala madre, y creo al menos que tampoco he sido en este tiempo de maternidad una mala esposa. De hecho, no creo que ninguna de nosotras seamos malas madres, por lo menos no por elección propia; ni las que nos quedamos en casa con los peques, ni las que tienen que salir a trabajar porque no hay otra opción.

Solo somos humanas, simples mortales que nos vemos sometidas a los juicios de terceros, que poco tienen que ver con nuestras vidas. E incluso, cuando el reclamo venga de casa, sería bueno respirar profundo y empezar a delegar, porque la presión –bien sea social o económica- muchas veces puede hacer de las suyas y llevarnos a decir cosas hirientes, muchas veces sin sentido.

¿Has pensado alguna vez en cómo serán las cosas en casa cuando te reincorpores al mercado laboral? ¿Está claro ese panorama para todos en el hogar? ¿Has planteado alguna vez la posibilidad de tener citas con tu pareja lejos de los niños? Ese tiempo necesario de cultivar el amor, la pareja e incluso el bienestar mental.

Te repetiré que no soy una mala madre, mi hija nunca será un estorbo para mí, y por el contrario en estos más de dos años de maternidad se ha convertido en mi amiga, mi compañera de aventuras ó como yo le digo “la asistente de mami”, pero sobre todo se ha convertido en una escuela de vida para mí, ya que a través de ella, de su crianza, me he podido reconectar con muchas cosas que estaban dormidas dentro de mí, y he empezado a darle importancia a lo que realmente es esencial para vivir.

No obstante, para que la familia esté bien, mamá tiene que estar bien en todos los sentidos, y es necesario siempre tener ese momento para uno, para conectarse con lo que uno desea e incluso para descansar, para meditar, para hablar con alguien de tú a tú.

Mamá, si me estás leyendo y te sientes identificada, déjame recordarte algo, ¡Lo estás haciendo bien! ¡Tú no eres una mala madre –yo tampoco lo soy-! Solo falta hacer algunos simples ajustes, pero todo esto también pasará y seguro lo extrañarás.

Migración

Lejos pero no ausentes

A los inmigrantes venezolanos se nos hace muy fácil utilizar la frase “lejos pero no ausentes” cuando nos tocan la tecla de Venezuela, y al final esto termina definiendo nuestra vida.

Estoy convencida que esto tiene mucho que ver con la forma en la que tuvimos que salir de nuestro país (la mayoría de nosotros salió huyendo), pero también en la forma en la que fuimos criados porque más allá de no ser un pueblo acostumbrado a emigrar sino a recibir, bien es cierto que nos involucramos muchísimo con nuestras familias, amigos y en general con los procesos en los que nos desarrollamos.

Sin embargo, hoy quiero hablar sobre algo que nos ha estado pasando los últimos días por no querer estar ausentes. Parece por el contrario que se nos dobló el chip y ahora estuvimos presentes físicamente en nuestras nuevas realidades pero totalmente abstraídos mentalmente.

Sí querida mamá, a mí también me pasó y me está pasando. Ya hoy tengo una semana sin escuchar la voz de mi mamá y hasta hace unas pocas horas fue que ellos tuvieron luz de nuevo, y definitivamente no he estado en mis cabales… por eso hoy quería escribir sobre esto, contarles que es algo normal que le puede pasar a cualquier ser humano cuando pasa por un mal momento familiar.

Hace un par de días salí por primera vez a la calle y veía a la gente normal, como si nada pasara y quería gritarles, decirles que había gente muriendo en mi país. Les confieso que las lágrimas salían solas, y tuve que sentarme a tomar aire porque no era posible.

Lo primero que hice fue poner en orden mis pensamientos y tratar de no caer en pánico. En realidad aquí no está pasando nada, así que me dije ¿cómo puede afectarle a estas personas a cientos de kilómetros de Venezuela que allá haya o no luz y todo lo demás que no hay? Ellos no son venezolanos, ni tienen sus familias allá, ¿Entonces por qué tendría yo que ponerme a gritar aquí?.

Cuando me calme seguí mi camino, iba a buscar a mi hija al colegio y evidentemente al llegar todo el mundo se percató que algo me pasaba. Iba roja de llorar y de alguna manera ya hay otros padres que han desarrollado cierta empatía conmigo. Ellos tenían idea de lo que pasaba, pero desde ese momento empezaron a investigar más sobre la situación.

Esta mañana cuando llegamos al colegio, algunos de ellos me esperaban para ofrecerme apoyo moral e incluso recursos para las familias más afectadas. Sí, afuera hay gente que quiere hacer algo por nuestra gente sin interés alguno. Y entonces fui allí que entendí que era normal sentirme así, porque si ellos que nada tenían que ver con nosotros se conmovieron con la situación, ¿qué puede quedar para uno que vivió allá y que aún tiene sus afectos allá?

¿Qué si está bien o está mal? No lo sé, sólo sé que nadie te puede juzgar por sentirte así, porque somos humanos y vivimos de las emociones, y más allá de controlarlas tenemos que aprender a vivir con ellas. No es fácil, créanme que lo sé.

En todo caso, y para no irme por las vertientes de este tema en el que no soy especialista sino ejemplo fiel de lo que ocurre, quería compartir ustedes lo que siento en este momento pero también lo que he aprendido en estos siete días de oscuridad que tiene Venezuela.

Primero que nada, siempre digo que emigrar significa o implica desprenderse, despegarse, pero sí, hay cosas de las que no puedes desentenderte. Tus padres siempre serán tus padres, tu país de origen siempre será tu país. Entonces llamemos las cosas como son, el lugar donde naciste siempre guardará un espacio especial en tu corazón y eso está muy bien, porque uno debe tener raíces que cuenten nuestra historia. El país de origen es parte de eso.

Mantener la calma pese a la incertidumbre es clave, porque esta última es una de las herramientas más utilizadas para dividir y traicionar. Mantener la calma nos permite dar pasos seguros, solucionar de manera consciente y no traicionar nuestros valores y creencias.

Llorar está permitido, sentirte agotado es normal. Los picos emocionales causan agotamiento al cuerpo, es un proceso químico que no podemos variar.

Siempre que puedas, explícales a tus hijos lo que está pasando. Los niños se dan cuenta de todo, ellos perciben nuestros cambios de humor y buscan de alguna manera estar más cerca de nosotros, pero si nosotros no estamos bien emocionalmente podemos afectarlos con nuestras respuestas o actitudes.

Por eso es importante, sin generarles angustia, explicarles lo que está pasando sin darles demasiado detalles, pero explicándoles bien que mamá y papá también tienen emociones que a veces no saben explicar o contener.

Si están en la edad adecuada para entender principio básicos de la vida, explícales también lo que es normal y lo que no es normal, aprovecha la oportunidad para dejar claro que nunca deben conformarse con las migajas, para forjar su carácter y su moral. Explícales lo que es una dictadura, hazles ver que con amor todo se puede lograr y que la gente que es buena de corazón, siempre triunfará al final (aunque cueste y no parezca).

Esto ya no tiene que ver con política, tiene que ver con humanidad…y sí, también con falta de humanidad, y esas son cosas que algunos niños pueden entender, discernir y digerir.

Si quienes están al otro lado tienen necesidades que nosotros podemos cubrir, no dudes ni un segundo en hacerlo de la mejor manera posible. Si necesitan informarse, por ejemplo, transmite información veraz y vital, cosas que no los desmotiven o generen desesperación. Si necesitan conseguir agua o alguna idea para rendir las velas, entonces busca en internet y transmíteles tus conocimientos.  Siempre actuando con paciencia, con certeza y transmitiendo tranquilidad.

Por último, y no menos importante, conectarse con algo que a uno le genere paz es vital para mantener la cordura. En mi caso fue orar y leer algunos de mis escritos sobre Caracas, eso me permitió hacer visualizaciones y sentirme cerca de mi familia.

Querida mamá, en este camino de ser madres inmigrantes hay muchas batallas que nos tocará luchar que todavía están por definirse, ¿y sabes qué? No tendremos respuesta para esas situaciones hasta que no lleguen a nosotras, así que no queda más que seguir, resistir y persistir.

¡Lo estás haciendo bien! Y créeme que no te estás volviendo loca, recuerda que esto también pasará.

Te abrazo.

Maternidad

El insomnio de mi embarazo

Cuando te embarazas literalmente la vida te cambia, y no me doy cuenta hasta hoy, que tengo 30 semanas recién cumplidas, que eso es así. Mi vida ya no es del todo mía, es de mi bebé y de los millones de ideas que recorren mi cabeza cada día como si de un río desbocado se tratara.

Pasan cosas como que te despiertas un domingo lluvioso y frío, a un cuarto para las siete de la mañana y prefieres sentarte a escribir en la sala, que continuar empiernada con tu esposo. Sí me lo hubiesen contado hace un año atrás o tres meses antes no habría creído ni una palabra.

Lo peor es que cuando le comentas a las personas cercanas de estos episodios, no paran de repetirte “tú no estás para preocuparte por nada”, como si esa fuera la oración de la mañana, y realmente ha ocurrido que no me despierto por estar preocupada, y mira que sí debería estar preocupada, porque en esa lluvia de ideas no todo lo que se le pasa a uno por la cabeza es bueno y maravilloso; yo particularmente tengo muchas preocupaciones encima, como las deudas pendientes, el hecho de que por primera vez en mi vida no estoy produciendo dinero, porque uno de los grandes cambios del embarazo fue tomar la decisión de dejar mi estresante trabajo como periodista de sucesos, vivir en un país como este donde el miedo es lo único que tenemos todos en común, entender todos los cambios que continuarán viniendo a mi vida con la llegada del bebé, porque de verdad, ya tu vida no será del todo tuya, y créeme que aunque habrá días que no dudo serán difíciles, lejos de lo que pensé desde pequeña, no cambiaría por nada del mundo la experiencia de ser mamá.

Pero bueno, volviendo al tema inicial, y lejos de todo lo que piensan quienes saben de mis repentinos desvelos, no estoy despierta por mis angustias sino por reflejo, porque cuando esto ocurre me despierto como si me hubiesen catapultado de la cama y me hubiesen dado un golpe de realidad. Y sé que en unas horas dormiré como si hubiese corrido el maratón de Nueva York dos veces seguidas, sin importarme en lo más mínimo lo que suceda a mí alrededor, en la casa pueden estar tumbando las paredes y puedes apostar que me importará poco eso antes que dormir profundamente. Pero ahora, en este momento, sólo me interesa estar despierta, y me interesa de una manera que nunca antes había experimentado. Te cuento por qué.

Si esto te está pasando a ti, no sientas que te estas volviendo loca, siéntete viva. Resulta que desde que sufro de estos episodios repentinos, desde hace unas dos semanas, que me pueden dar además a las 3 de la mañana o incluso a la una -porque cierto es que rara vez pasa tan cerca del amanecer-, más que ponerme a pensar en todas esas cosas que me generan angustia, me ha dado por sentarme frente a la ventana a disfrutar de lo que no tenía tiempo para ver antes.

Hoy por lo menos decidí sentarme a escribir, que es mi gran pasión, pero mientras lo hago disfruto de ver cómo las gotas de lluvia caen sobre los árboles de la montaña que rodea mi edificio, hoy siento más profundo el sonido de una quebrada que pasa cerca de la casa, y aunque realmente creo que debe ser agua sucia, para mí, en mi mente, hoy esa es agua clara y limpia, sólo lo estoy disfrutando.

Tal vez es tan intenso lo que estoy viviendo, que hasta fantasioso parece, si hasta Miguelito, el pajarito que vive con nosotros en casa desde hace más de doce años, ahora recibe más visitas de otras aves que nunca antes, y si les digo que increíblemente algunos de ellos llegan con sus crías y no tienen miedo de acercase a mí mientras yo me encuentre inmóvil, no les miento.

Me atrevería a decir que nunca mis ojos habían detallado tanto los colores y los contrastes a mí alrededor, a pesar del día gris.

Verdaderamente pasan cosas maravillosas que pueden parecer tonterías, pero que en realidad son los pequeños detalles de la vida que hacen que todo merezca la pena. Así me siento yo hoy, y todo ha sido tan especial, que como pocas veces en la vida de un periodista, no me debato con una página en blanco, simplemente me dedico a llenarla fluidamente de una historia que es tan real como la de cualquier mujer embarazada.

Si me pongo a pensarlo, nunca había estado tan viva como lo he estado en los últimos siete meses de mi vida, no sólo por el hecho de que dentro de mí se está generando una vida nueva, sino porque enterarme de ese nuevo ser me hizo caer en cuenta de que la vida misma es más que un trabajo y un sueldo, más que una salida o la nueva colección de ropa de tu tienda favorita, que es más que muchas cosas a las que nos acostumbramos, me hizo entender que la vida está hecha de detalles simples, que son los que realmente te hacen feliz y mejoran tu existencia.

Obviamente no soy especialista en embarazos, ni mucho menos en vida, pero lo que sí te puedo decir, siendo una futura mamá tan real como tú, es que si estás pasando por esto, simplemente vívelo y agradécelo.

No pierdas tiempo, porque todo pasa mucho más rápido, y nada nunca vuelve a ser como antes. ¡Sé feliz!

Tomate ese cafecito que tanto te provoca, siéntate en el sofá que tenías tanto tiempo que no disfrutabas, pon la música que tanto te gusta o simplemente escucha el sonido de la lluvia al caer; háblale a tu bebé, disfruta sus movimientos y ríete con ellos, no te preocupes tanto por la cama que no has tendido o por lo que no has podido limpiar, simplemente ve a tu alrededor y decide qué es lo verdaderamente importante en tú vida en este momento. Esa es una de las pocas cosas en las que tu vida te sigue perteneciendo, y créeme cuando te digo que vale la pena.

Ya vendrán otras experiencias.

A los 13 días del mes de marzo de 2019, más de dos años después de haber escrito esto, lo comparto con ustedes desde un amor muy grande. Leerlo me ha devuelto a aquel sofá verde perico que decora la sala de mis padres, he escuchado de nuevo la lluvia y he visto a lo lejos como El Ávila se abre paso entre las nubes blancas que decoraban aquella mañana el cielo.
Querida futura mamá, te hablo desde el futuro y te digo que todo lo que dice aquí es verdad, no cambiaría por nada la experiencia de ser mamá y todo lo que me ha traído a la vida entender que estoy más viva que nunca. Te abrazo.

Pareja y Familia

Tiempo de adultos, tiempo vital

Cuando nos convertimos en madres todo cambia tanto y tan rápido, que muchas veces no nos damos cuenta de todas las cosas que hemos ido dejando de lado. Una de esas es el tiempo de pareja y el tiempo de adultos.

Pero, ¿Sabes qué es el tiempo de adultos?

Si te lo explico sin muchos adornos, es ese tiempo que tenemos que tener, sin excusa alguna, con otros adultos sin que los niños sean el centro de atención. Y antes de que te alarmes, no se trata de egoísmo, sino de pensar en ti misma e incluso en tu pareja.

El tiempo de adultos es un tiempo dedicado a hacer cosas para nosotros y por nosotros, y en el que debemos dejar el remordimiento de lado, pues es un tiempo dedicado a distraernos y cultivarnos en las cosas que nos motivan y nos hacen sentir bien con nosotras mismas.

Por eso es importante entender que no se trata solo de tiempo personal y de pareja, sino de tiempo para las amigas, para la familia extendida, para hacer un curso o asistir a una exposición, etc., sin los niños.

¿Por qué es necesario?

Simple, y no lo digo solo yo, pero un día me di cuenta que cuando salía con alguna amiga sólo hablaba sobre mi hija, qué hacía y que no, cómo había crecido y los planes que tendríamos con ella. Y me empezó a hacer ruido la voz de una de mis tías diciéndome «cuándo nazca la bebé la gente te anulará a ti. Ya nadie más te preguntará cómo estás tú o cómo te sientes, sino todo será sobre el bebé».

¡No, me niego! Eso no puede ser, porque yo también cuento.

Y no sólo que yo cuento e importo, sino que tengo que estar bien yo para enseñarle con el ejemplo a mis hijos que ellos son más importantes en sus propias vidas que nadie.

Y sí, el bebé es importante, pero yo también soy importante. Yo soy lo más importante de mi vida, porque para darle lo mejor de mí a ellos, tengo que cultivarme y cuidarme yo antes.

Pero, si además somos de los que queremos criar desde el respeto y el ejemplo, ¿cómo es que le voy a enseñar a mis hijos que tienen su propio lugar y espacio en el mundo, si ellos me anulan en mi propio mundo?

Difícil, ¿no? Pero hay que hacer un esfuerzo para entender esto y que por más que los amemos, ellos no son nuestros, son prestados y tienen vidas propias que cultivar.

Así que el tiempo de adultos durante la maternidad y el tiempo de crianza, es necesario y vital.

 Es necesario para drenar, para crecer, para enriquecerse y sobre todo para oxigenar.

¿Qué se hace en el tiempo de adultos?

Pues se hace lo que a uno le gusta hacer que no implica hablar o pensar en cosas de los niños o la familia o la casa, e incluso el trabajo. Es decir que, durante este tiempo tu sólo tendrás que ocuparte de ti misma.

Es verdad que cuando eres emigrante estos tiempos son más reducidos por no contar con el apoyo familiar para que se hagan cargo de los niños por unas horas, pero en nuestro caso nos hemos reinventado el tiempo, e inventamos planes cortos durante las horas de colegio y visitamos lugares que nos gustan pero donde no podemos de ninguna manera ir con niños.

También hemos probado ver películas de gente grande (a mi esposo le encantan las películas de acción donde hay balaceras y esas cosas que una niña no debe ver), y también hemos aprovechado para descubrir baños termales en nuestra ciudad (en estos lugares no se permite la entrada de menores de 14 años por los minerales que contiene el agua).

Pero además del tiempo de adultos en pareja, hemos buscado tener nuestro tiempo de adultos por separado, y en mi caso son momentos que aprovecho para salir a fotografiar la ciudad o tomarme un café sentada en algún lugar bonito que me inspire a escribir, mientras que mi esposo prefiere usar su tiempo en actividades deportivas que no puede desarrollar durante la semana.

No les niego, a veces también simplemente me acuesto a dormir por dos horas seguidas y eso es muy revitalizante, pero a fin de cuentas, este tiempo es importante para que nosotras nos sintamos bien con lo que hacemos y tenemos.

¿Y tú tienes tiempo de adultos? ¿Qué haces?

Maternidad

Heroína sin capa

Esa mujer que va ahí en el Metro con sus 4 hijos a cuestas, todos menores de 6 años, es una súper estrella; pero ella no lo sabe.

Mientras todas las miradas se fijan en ella, miradas despiadadas y juzgadoras de una situación que no les corresponde, ella sólo se concentra serena en mantener a tres de sus retoños sentados cómodamente en el asiento del tren.

El cuarto de los niños, apenas de meses, lo lleva a cuestas.

Yo dentro de mi pienso que debe tener ojos hasta en la espalda, es una Rock Star y no lo sabe. ¿Cómo no se da cuenta?

Esta peinada, no de salón pero está arreglada; se nota que ha puesto al menos un poco de atención en ella. Para mí eso es bastante porque a veces yo con una no puedo siquiera recordar si me he cepillado los dientes. -¿Qué dices Carla?- Sí que me ha pasado.
Esa mujer a simple vista es una Diosa y no lo sabe.

Y no lo sabe porque afuera hay una sociedad que la juzga, que emite comentarios sobre sus decisiones sin pensar en sus sentimientos, que prefiere llamarla loca o cómoda antes de preguntar cómo se siente ella.

Yo desde mi esquina no creo que la sociedad vaya a cambiar su percepción de la mujer, y mucho menos de la mujer que decide ser madre. Pero estoy convencida que si desde el amor les explicamos a los hijos nuestro rol, las cosas para las futuras generaciones cambiarán.

«Mundo de hombres» dicen algunos, pero no podemos seguir justificándolo y nosotras mismas sentirnos inferiores por lo que hemos escogido hacer. Y me incluyo, porque es verdad, yo también me he sentido mal cuando alguien me pregunta por qué no he vuelto a una oficina después de tener a mi hija.

La cosa es que nadie recuerda que antes de ella yo era de la que no distinguía entre miércoles o domingos, que viajaba ligera por el país acompañando a diplomáticos de otros países, haciendo relaciones públicas y mandando noticias. Mi trabajo no tenía horarios, a veces entraba a las 10 y eran las 3 de la mañana y yo seguía en la oficina. ¿Cuántas veces no salí de noche y deje la cena familiar en la mesa para ir a cubrir una pauta?

Deje ese vacío muchas veces en mi familia, en mi pareja, en mis propios padres que se quedaron esperándome en alguna sala de conciertos a la que nunca llegué pese a tener un compromiso con ellos.

Ellos nunca me juzgaron, pero sé que me extrañaron y se dieron cuenta de que seguía el ejemplo que me habían dado, estaba trabajando en lo que me gustaba sin limitaciones de espacio o tiempo, y la familia no era lo primero, sino el trabajo.

Pero cuando llegó Sára a nuestras vidas, para mí todo cambió. Yo no quería que mi hija fuera nunca la niña que se quedaba sola en el salón porque su mamá no había llegado a tiempo a buscarla, no quería que fuera la muchachita que dijera su primera palabra lejos de mi vista, ni perderme muchos de sus avances y desarrollos porque yo tenía que cumplir con un trabajo.

La maternidad, en mi caso, reformuló mis metas y sueños y me hizo conectarme mucho más con lo que yo de verdad quería de la vida… pero nadie me lo ha preguntado, y los pocos que se han atrevido no se han quedado satisfechos con mi respuesta. Seguro a esa mamá del Metro tampoco la han considerado un poco, pero es bastante que ella misma se considera y lo digo por su apariencia.

Quisiera haber sido valiente y preguntarle su nombre, preguntarle si necesitaba ayuda con los niños para subir las escaleras, pero es que ella estaba tan cómoda en su papel que atreverme a aquello podría haber sido incómodo para ella.

Pero la verdad es que quería acercarme y decirle ¡Te felicito!. Porque aquellos niños, que son el futuro de este mundo, lejos de lo que muchos pueden pensar, se mantuvieron a tono y educados en todo momento. Uno le preguntaba “¿Mamá cómo se llama la estación dónde vamos?” y ella respondía y les hacía otra pregunta, a la que respondía con picardía alguno de los otros niños. Entre ellos tenían una conversación amena, fraternal.

Viendo aquella escena de la que pude ser testigo por escasos 7 minutos, volví a entender que el mundo no es de una persona, menos de un género, el mundo es de todos, y ella estaba preparando a sus hijos para ese mundo de todos.

¡Gracias heroína por regalarme una visión tan amplia de la vida, en tan escaso tiempo!

Migración

La pareja después de la migración

Así como después del parto la pareja muta, la migración también nos afecta directamente. Y no es para menos, somos humanos y en este proceso nuestras rutinas y costumbres se ven completamente alteradas y entramos a un período de adaptación, que para cada ser humano es totalmente diferente.

Recuerdo que antes de emigrar mis amigos que estaban fuera me decían “por lo menos ustedes se van juntos, tú no te imaginas lo que es estar sólo fuera”. Y yo pensaba dentro de mi ¿Y si no funcionamos nosotros?

Recuerdo perfecto un día que una de mis amigas se iba sola a vivir a otro país y me dijo, “ten calma Carla, a ustedes les irá buenísimo porque van en familia, en cambio yo sí me las veré grises al estar sola”.

Les confieso que en ese momento no me pude contener y se lo dije. No tenemos la seguridad de nada, porque como todas las decisiones importantes de la vida, emigrar también es un acto de fe. Fe en que te irá bien y que podrás superar todas las pruebas con éxito. Pero emigrar solo o acompañado no te da más o menos seguridad o probabilidad de éxito.

En efecto, en nuestro caso la migración trajo soluciones a muchas cosas que nosotros deseábamos cambiar en nuestras vidas, pero también nos trajo nuevos problemas que posiblemente nosotros no habíamos visto en el panorama.

Y no les mentiré, nos tocó la puerta de la relación de pareja. Y nos ha tocado ir aprendiendo en el camino a solucionar todas las diferencias que ahora sentimos pesan más.

Es obvio, ahora estamos lejos de todos nuestros afectos. No contamos con ese apoyo físico de amigos y familiares a los que estábamos acostumbrados, y eso te mueve el piso.

La verdad es que desde donde yo lo veo, nadie está preparado para emigrar, ni sólo ni en pareja o familia, así como tampoco estamos preparados para enfrentarnos a la maternidad. Entonces no queda más que lanzarnos al ruedo y aprender a vivir con esta nueva situación de vida.

¿Y les digo algo? Es una experiencia realmente enriquecedora.

Porque así como con los hijos toca decidir echarle pichón, con la pareja también. O puede que no, puede también que llegue el momento que decidan no continuar. Es válido, y no pasa nada, nadie tiene que juzgarte por ello.

¿Qué nos ha funcionado a nosotros? Me lo preguntan casi a diario, y siempre digo que no somos el mejor ejemplo porque teniendo personalidades tan diferentes, es verdad que la migración nos alejó mucho de nuestra concepción de matrimonio pero trabajamos mucho para reencontrarnos.

Nos hemos abierto mucho y hemos estado aprendiendo a tejer una relación mucho más sólida en la que somos esposos, pero también amigos. Si no tenemos a nadie más cerca, y no es tan fácil hacer amigos, pues nosotros tenemos que ser nuestros propios amigos.

Como dice la canción, amigos y amantes, padres y hermanos.

Uno de los grandes aprendizajes ha sido entender que el matrimonio es un templo que se construye todos los días, y del que también necesitamos de vez en cuando un descanso. Pero ojo con esto, esto no se trata de ser infieles ni nada por el estilo, sino simplemente de encontrar espacios para estar juntos como pareja y como familia, pero también tener espacios para estar solos con nosotros mismos, y fuera del horario de trabajo.

Además de esto ahora funcionamos mejor como un equipo y nos apoyamos mutuamente en los retos profesionales y personales que se nos presentan.

Propiciar momentos de pareja sin los hijos alrededor ha sido la parte más ruda por no tener familia de soporte cerca, pero nos la hemos ingeniado y hemos hecho planes de adultos mientras la niña asiste al colegio. Evidentemente esto es algo que no podemos hacer todos los días, pero cada vez que se presenta la oportunidad nos damos un gusto de adultos.

En esta tarea también tuvimos que volver a conocernos. Querida amiga, créeme que si tú piensas que eres la misma que salió de tu país, no has aprendido nada.

Emigrar es adaptarse y evolucionar también. Así que como pareja nos tocó volver a conocernos y reconocernos. Y es en este proceso que algunas parejas deciden no continuar, y por eso digo que nadie te puede juzgar por tomar una decisión como esa, pues el matrimonio también es respeto además de amor.

También nos ha servido mucho conectarnos con familias afines a nosotros, nuestros valores e intereses. Estas familias no necesariamente son inmigrantes, pueden ser locales, y es una relación súper nutritiva porque aprendemos cosas de ellos y evidentemente no nos sentimos tan solos.

Hablar, hablar y hablamos mucho. En este último punto todavía trabajamos incansablemente porque a veces se nos olvida como remar en equipo, y no les diré que es fácil emigrar en pareja, pero si hay amor y respeto, todo debería salir bien pese a las tormentas.

Esta es parte de mi historia, pero sé que no soy la única que ha emigrado en pareja, así que me gustaría saber si quienes me leen tienen alguna historia que compartir sobre este tema.

Maternidad

El plan de parto: del dicho al hecho.

Cuando supe que estaba embarazada, ni siquiera sabía que quería un hijo. 24 horas más tarde estaba convencida de que era una de las cosas que más había deseado durante mucho tiempo, pero así como estaba convencida, también tenía un montón de preguntas en mi cabeza sobre todo lo que me venía por delante.

Viviendo en una sociedad como la latina, donde hay muchos opinólogos y pocas referencias cercanas de apoyo, mi cabeza era una total confusión. Recuerdo que a los pocos días de saber que venía mi bebé en camino me regalé un libro que deseaba leer desde hace mucho, “De pura madre” de Ana María Simon, y fue allí que por primera vez leí la palabra mágica “plan de parto”.

Del libro les puedo comentar luego porque de verdad para mí fue como un mantra en el embarazo, y mi forma de entender que todo lo que estaba sintiendo, de dejarme llevar por mis instintos, era totalmente normal.

¿Pero qué era ese plan de parto del que se hablaba? ¿Cómo funcionaba? ¿En mi país realmente se aplicaba?

Así fue como me puse a averiguar, y encontré que el plan de parto se utiliza en muchos países y que es una especie de documento en el que la mujer refleja sus preferencias, necesidades, deseos y expectativas sobre el proceso del parto. En pocas palabras, es decirle a tu médico –y también a tu familia- cómo quieres parir, cuándo, dónde, quiénes estarán allí y bajo qué condiciones.

Con cuatro meses de gestación empecé a maquinar todo según lo que mi corazón me dictaba. En la siguiente cita con mi doctora, a penas entré a la consulta le pregunté si podíamos hacer un plan de parto personalizado, y mi querida doctora (que terminó convirtiéndose en un pilar de ese plan) quedó encantada de que le hubiese preguntado y la hubiese incluido en mi planificación.

Entre los cuatro y los siete meses nos fuimos planteando todo el panorama, escribiendo ideas y también de alguna manera experimentando cómo nos sentiríamos cómodos papá y yo.

Y en el mes siete llevamos una lista con nuestros requerimientos, y junto a nuestra doctora discutimos uno por uno los puntos que habíamos escrito juntos (aunque yo lo había escrito sola practicamente).

Evidentemente todo no era posible de hacer, porque por lo menos yo pretendía parir en una habitación sola con mi esposo, la doctora y una doula y el centro de salud que habíamos escogido para el gran día no lo permitía; pero tampoco podíamos arriesgarnos a hacerlo en el lugar donde esto si hubiese sido posible, y aunque primero me costó mucho asimilarlo, esta fue la mejor manera de estar preparados psicológicamente para la llegada de nuestra pequeña.

Podría enumerar las cosas que solicité además de eso, siendo la primera respetar siempre que la bebé decidiera cuando nacer. No quería pautar una cirugía ni un parto inducido, estaba negada a esa posibilidad y en esa situación llegamos hasta el último día posible, hasta que ya era un riesgo para nosotras dos seguir esperando.

Además de esto, no quería bajo ninguna circunstancia tener una cesárea. No obstante, llegado el día y por una situación que no vale la pena describir, yo misma pedí a gritos que me hicieran la cesárea lo más pronto posible. Recuerdo haberle pedido disculpas a mi esposo por cambiar de opinión, y que mi Doula llamó a nuestra obstetra para decirle “Carla está pidiendo una cesárea”, y la doctora no lo creía posible. Incluso esto hizo que ella abandonara su consulta y bajara inmediatamente a la sala de partos a hablar conmigo.

Por otro lado, mi esposo y yo estuvimos siempre de acuerdo en que queríamos un parto respetado con apego temprano. Esto quería decir que una vez se cumplieran los procedimientos de rutina la bebé fuera inmediatamente pegada a mi pecho, y para eso contamos con el increíble apoyo de la doula, que apenas recibió autorización médica me entregó a mi bebé.

Otro de mis requerimientos fue estar solos mi esposo y yo hasta que la bebé llegara al mundo, y que en ese primer día de vida solo nos acompañaran nuestros padres y hermanos.

Viniendo de una familia tan grande, me era inimaginable tener que compartir las primeras horas de vida de mi hija con medio centenar de personas. Y sé que esto fue muy mal visto por algunos familiares, pero la intimidad que tuvimos ese día en aquella habitación no la cambiaría por nada. Me sentí completamente conectada con mis padres y con mi hija a la vez, estar de esa forma en una paz inexplicable fue clave en mi recuperación.

Nuestro plan de parto también incluía música y una luz tenue, y a pesar de contar con esto, terminamos no haciéndolo porque al final muchos de nuestros planes cambiaron aquel día por la forma en la que yo me sentía más cómoda.

También quería que mi esposo estuviera en cada segundo a mi lado y por protocolos médicos hubo algunos momentos en los que él no pudo estar presente. Sin embargo, nunca estuve sola, contar con una doula que había sido parte del equipo médico de la clínica escogida, fue un gran plus.

Mi hija nació en la fecha tope para venir a este mundo. Inicié un parto inducido y aunque había dilatado bien, en medio del camino ella decidió devolverse. Hoy nosotros lo vemos como que ella decidió nacer por cesárea para no lastimar tanto a mamá, y aquella noche descubrimos lo comprometida que estaba nuestra doctora con nosotros, cuando fue a revisarme después de la cirugía y se sentó como una mamá a explicarme que no era yo menos mamá por no haber podido parir.

Les hablo del plan de parto porque es sumamente importante entender que la llegada del bebé a este mundo no es algo casual, sino causal. Y es necesario para los nuevos padres, y también para los médicos, entender qué esperamos de ese día donde una bomba atómica de emociones explota gracias a las hormonas.

Querida futura mamá, yo de todo corazón te invito a escribir todo lo que tú esperas del día de tu parto. Bien sea que tengas claro que buscas una cesárea o un parto natural, si quieres apego temprano o si prefieren que le den un biberón al bebé, si quieres que te visiten o prefieres estar sola…todo lo que tú imaginas, escríbelo, incluso tus miedos sobre ese momento. Visualizar ayuda mucho a prepararse para todo lo que ocurre en un día tan acontecido como es la llegada de tu bebé.

Pareja y Familia

El matrimonio vacío

Érase una vez una pareja que vivía feliz… o al menos eso parecía.

Lo tenían todo; una casa, un trabajo estable, unos hijos sanos e inteligentes, y hasta el perro que es como la guinda de la torta en la foto familiar.

Ante los ojos del mundo nada faltaba y cualquier queja que tuviera la mujer de su hogar, era totalmente refutable porque aquel hombre era el prototipo perfecto para quienes veían desde afuera la situación.

Lo que pocos sabían, era lo que realmente pasaba dentro de casa; donde a duras penas marido y mujer hablaban de algún tema relevante. Las ocupaciones diarias y los hijos era lo único que aquellos dos seres, que alguna vez compartieron tanto amor y alegrías, ahora tenían en común.

“Pero si estamos bien, no nos falta nada. No puedes ser inconforme y mal agradecida”, se repetía aquella mujer en su cabeza todos los días del mundo, ante la respuesta incomprendida de las pocas personas a las que les expresaba su verdadero sentir.

Todos los días se preguntaba ella, si de verdad el resto de su vida tendría que ser así… sin emoción en la pareja, sin verse a los ojos, sin agarrarse de la mano, sin un cariño que no estuviera relacionado con el sexo, que ahora era sólo eso, sexo. Una necesidad fisiológica más que cubrir, sin conexión, sin amor, casi que por respuesta automática al momento e incluso a veces el cupón que evitaría las peleas de la noche.

Seguramente en su cabeza él también lo pensaba pero estaba demasiado ocupado trabajando, y para cuando llegaba el momento de poder ver las cosas en paz, ya era hora de dormir para continuar con la rutina.

¡Uff! La rutina, esa miserable traicionera come sueños, que al final termina convirtiéndose en el atajo de muchos para conseguir “estabilidad”, para quedarse en esa zona de confort que te atrapa para no tener lo que mereces sino aceptar solo lo que tienes.

“¿Pero realmente esto es lo que quiero para mí? ¿Este es el ejemplo de vida que le quiero dar a mis hijos? El del conformismo que alguna vez para mí representó mediocridad. Irse de la vida sin haber hecho lo que realmente quería porque sólo había que llenar un montón de requerimientos sociales”, se repetía ella todos los días mientras lloraba en silencio en el baño.

Todos los días era lo mismo. Ella se despertaba antes que él, preparaba el desayuno que poco a poco se fue volviendo mediocre; se vestía, tomaba un café mientras él finalmente se bañaba. Ella preparaba a los niños, las loncheras y salía a llevar a los pequeños al colegio. Mientras el marido solo se preparaba para irse a trabajar y no volver hasta la noche. Ocho horas más de estar separados físicamente, pero realmente eso no pesaba tanto como la separación emocional que ambos estaban viviendo.

En sus días más libres ella volvía a casa para cocinar, limpiar, hacer las compras y resolver uno que otro asunto, que al final terminaba siendo el asunto de alguien más de la casa. Buscaba a los niños, los entretenía hasta que el papá llegaba a casa y la saludaba -con suerte- con un beso frío, casi que sin interés.

Mientras los niños tumbaban la casa, él hombre sólo se dedicaba a ver el celular o la televisión, pero incluso algunos días se arriesgaba a buscar conversación contando cosas de trabajo, que a ella al final no le interesaban.

Ella se sentía un mueble más, incluso cuando él se acercaba con un fallido intento de amor para usar su cupón favorito. Él no veía en su mujer los ojos vacíos, su dolor desesperado ante la frustración que ella sentía.

Y ella lo sentía por los dos. Ella bien sabía que él tampoco era feliz.

Este es un relato real, uno escogido aleatoriamente de todas las historias que escucho cada día de mujeres reales que han visto cómo se desmoronan sus relaciones tras la llegada de los hijos.

¿Pero realmente este deterioro es culpa de los hijos?

Desde mi punto de vista, y desde mi experiencia propia, no.

Si buscamos culpables esos seremos nosotros mismos, los padres, que de alguna manera no hemos sabido manejar la presión de la situación y preferimos escondernos en el trabajo, en las excusas e incluso en las creencias con las que hemos crecido, o más fácil echarle la culpa al otro de lo que en realidad es un asunto de dos.

Pero esto no se trata de culpas sino de encontrar soluciones reales y factibles para ambas partes, porque como bien dicen por ahí, mientras mejores esposos o amigos seamos, mejores padres seremos.

Un matrimonio feliz no es necesariamente el que duerme a modo cucharita todas las noches, o en el que la mujer recibe más flores al año que cualquiera de sus amigas. Un matrimonio feliz es donde hay atención de parte y parte, donde uno se preocupa por el otro, donde son amigos y amantes que constantemente se están enamorando y atrayendo el uno al otro.

Un matrimonio feliz es aquel donde ambos muestran real preocupación por los asuntos y planes de la pareja, y además se apoyan, donde se trabaja en equipo por las metas en conjunto pero también por la cotidianidad, donde la plata no se convierte en sinónimo de manipulación, donde el perdón tiene cabida cuando se comenten errores, y donde la cama es un lugar de encuentro incluso para los sueños, no sólo para dormir.

El matrimonio es respeto y amor, es verdad, pero también es complicidad, amistad, apoyo, tolerancia, familia, compromiso, armonía, relevo, ternura y muchas otras cosas más que conviven con dos personalidades diferentes.

Y en este punto quisiera ser clara, no como especialista en nada sino como ser humano, el motivo  de un matrimonio nunca deben ser sólo los hijos, porque los hijos son, de alguna manera, la consecuencia del matrimonio, y al final ellos crecerán y nosotros nos quedaremos solos con nuestras parejas.

Pero si pones a otros como motivo de tu matrimonio (hijos, padres, sociedad, etc.), puedes estar viviendo en un matrimonio vacío, donde sólo importan las fotos familiares que mostraremos en algún momento a un tercero, que al final no será más o menos feliz por nosotros porque a cada quien le toca vivir su propia vida.

El matrimonio vacío es aquel donde se perdió el respeto, donde se desconectó el corazón y donde el amor escasea. El matrimonio vacío lamentablemente hoy es muy común, y es ese donde algunos prefieren permanecer por conformidad, por costumbre, pero nunca por amor propio ni mucho menos por amor al otro, y al final esto termina siendo una carga muy pesada para llevar.

Si tú eres una de esas mujeres que está viviendo en un matrimonio vacío, te recomiendo con el corazón en la mano buscar ayuda, bien sea para salvar tu matrimonio o para partir al rumbo donde te sientas feliz y en paz, porque nadie querida amiga, NADIE merece vivir sumido en la tristeza.

Pero si no eres tú, sino que es una de tus amigas que se encuentra en esta situación, no le des la espalda, no la juzgues, ni te involucres, sólo escúchala, no la abandones como el resto de su entorno.

Maternidad

Mis ojeras y yo

Esas ojeras que hoy ves en mi son parte de las marcas que me ha traído la maternidad. ¿Y sabes qué? No me pesan. Tal vez para ti, que ves todo de afuera sea sinónimo de una lucha sin sentido, pero para mí, que soy la madre, tiene un valor inigualable.

Esas ojeras que hoy te causan risa, esta vez no son producto de una fiesta veinteañera, ni de un trasnocho por estudios, son el resultado del trabajo más lindo que me ha tocado desempeñar.

Esas ojeras que hoy me acompañan no se irán esta vez con el café de la mañana, y probablemente no tenga muchas ganas de usar maquillaje, pero ¿Para qué ocultar mi belleza natural si a mí no me molesta?

Mis ojeras, las nuevas manchas que tengo en mi piel, la cicatriz de mi cesárea, no son nada en comparación al amor que me recorre el cuerpo desde que el motivo de todos estos “males” llegó a mi vida.

¿Te había dicho que soy mamá?

Pues sí, soy mamá entregada y libre. Soy mamá que ama sin medida y que no ve nada de malo en entregar tanto amor como pueda a sus hijos. Soy la mamá de un ser humano que está creciendo desde el amor, el respeto y los valores, y me siento orgullosa de ello.

“You are kind, you are smart, you are beautiful”, es mi mantra para mi hija todos las mañana antes de entregarla en el colegio. ¿Cómo podría yo enseñarle a ella que lo que importa es lo de adentro, si no se lo demuestro?

Querida amiga que también eres mamá y me dices “tienes una cara de destruida amiga”. No seas cínica, guárdate el comentario y dame ese abrazo que tanto necesito. Recuérdame todas las cosas que en algún momento hice y que pronto volveré a hacer, porque este tiempo de criar pasará rápido. Recuerda que cuando fuiste tú, quien estuvo en el lugar que ocupo hoy yo, jamás de mí salió una palabra que te desmoralizara.

Querido esposo, no me anules, ámame aún más con mis ojeras, con mi cabello desaliñado y soso, que es la marca del amor que les pongo a nuestros hijos y la foto que guardaras en tu corazón cuando me vuelvas a ver como la reina que soy. Este tiempo de agotamiento también pasará, así que cuídame ese amor que nos juramos para disfrutarlo también cuando los niños se vayan.

Mamá que me lee, no sientas pena porque hoy no estás arreglada, porque usas los mismos jeans desde hace una semana o porque has repetido la franela que llevabas ayer. Si no te gustan tus ojeras, maquíllalas pero no te sientas menos por ellas.

Que si tienes tres días en la casa en pijama. Lávate la cara y ponte una ropa con la que te sientas a gusto, vístete para ti, no para los demás.

¿Que tus amigas te critican porque ya no vas a la peluquería? Entonces ellas son quienes deben revisarse, porque tu belleza interior sobrepasa la exterior. Eres mamá, estás criando, estas formando el futuro del mundo, y esa es la labor más difícil que cualquiera puede enfrentar.

Lo más increíble de todo es que esto también pasará, y es por eso que es tan importante que tú seas la primera en no anularte de la historia.

Que sí, que tus hijos te necesitan, pero también te necesitan coherente con lo que quieres enseñarles y es por eso que es importante que así como tienes tiempo para todo, tengas tiempo para ti. 10 minutos, una hora, un día, en que te cultives, te revises, te desconectes, descanses y recargues todo lo que tienes para dar.

Querida mamá, esto también pasará y como todo en la vida, será muy rápido. Puede que ahora que pasas horas en el sofá dando pecho a ese pequeño ser que creaste, veas todo oscuro y eterno, pero no es más que tu mente haciéndote una mala jugada, porque todo se acaba en un abrir y cerrar de ojos.

Te hablo de esto porque yo también he estado ahí, y hoy cuando me vi al espejo vi una cara cansada, me eché agua fría y lo primero que salió a flote fueron mis ojeras, de esas que tenía meses sin ver. Pero no me quise maquillar, ¿para qué si no me gusta y esta soy yo tal cual soy?

Salí a la calle y la primera persona que me vio me regaló una sonrisa. Sé que le sonrío a mis ojeras más que a mí, y sé también que por su mente habrá pasado el “pobre mujer”, y por eso decidí dedicarte estas palabras.

No es pobre la mujer que cría y entrega en su medida correcta el amor a sus hijos, es pobre aquel que juzga sin pensar en el daño que causa al otro.

No decaigas mamá, ama mucho que el tiempo es corto.

Pareja y Familia

Nunca es el momento perfecto

Nunca es el momento, nunca las condiciones están dadas, y seguramente cuando todo este “perfecto”, las cosas no saldrán como tú quieres.

Mi esposo y yo habíamos decidido emigrar, y hasta pasaje en mano teníamos para ir a probar suerte en unas entrevistas laborales, cuando yo empecé a sentirme mal.

Mi mamá me preguntaba por qué estaba tan cansada todo el tiempo, de la nada se me aceleraba el corazón, todo el tiempo estaba caliente al punto que mi esposo creía que me la pasaba con fiebre, tenía dolor en el cuerpo y todo pasó justo cuando reventó la mayor contingencia por el Zika en todo el continente.

-“¿Embarazada? No vale, yo lo que tengo es Zika”, me repetí por tres días hasta que tuve que ir a hacerme un examen de sangre para ir al médico.

En ese momento y por la contingencia sanitaria, era obligatorio que las mujeres en edad fértil que se practicaran la hematología para saber si tenían Zika o Dengue, se practicaran una prueba de embarazo. Evidentemente no pude negarme y yo en mi mente ni idea tenía que el resultado sería totalmente al esperado.

¿Qué si sospechaba que estaba embarazada? Para nada, eso para mí ya era tema del pasado. No sólo no estábamos buscando bebé, sino que ya había llegado a creer que eso no era para mí, y que bueno si mi esposo ya estaba medio reacio al tema, ¿para qué íbamos a intentarlo?

El gen de la paternidad estaba apagado en ese momento en nosotros. O por lo menos eso creíamos.

Yo confieso que había dejado de desear un hijo porque pensaba que no tenía la capacidad de amar a nadie de la forma en la que las madres aman. Y bueno, si ya tenía un año sin cuidarme, descubriendo lo feliz que era sin anticonceptivos y no había pasado nada, ¿qué podía haber cambiado mi realidad?

Recuerdo que en aquellos días le comentaba a mi entrenador de TRX que no entendía por qué esa definición muscular de los primeros meses de entrenamiento había desaparecido, que no entendía cómo era que salía tan agotada de las clases, y que además no bajaba de peso como había venido pasando.

Los resultados tardaron unas 24 horas por algún motivo, porque yo no tenía fuerzas ni para manejar aquella tarde, y fue mi esposo quien recibió la noticia, aunque él ni por enterado se dio. No sé si fue porque aún estaba dormido cuando fue por los exámenes, o porque en su cabeza no registró que el día anterior me habían hecho una prueba de embarazo anexo al perfil 20 original que el médico había solicitado.

Él sólo leyó que el examen decía “positivo en sangre” y me llamó para decirme que creía que tenía que ir inmediatamente al médico porque le parecía que había salido positiva la prueba.

Cuando llegué a donde estaba él, esperando para ser atendido por el médico para un chequeo pre-operatorio, leí detenidamente los resultados, hasta percatarme que en efecto al final decía “HCG: Positivo en sangre”. Mi ojos no podían creer lo que estaba viendo, ¿Cómo era posible que eso me estuviera pasando en ese momento?, ¿Cómo yo tan ordenada en la vida con todos mis planes había quedado embarazada en medio de la crisis social, económica y humanitaria más grande que había vivido Venezuela?

Cortesía de Mamá Ilustrada

Obvio que sabía cómo me había embarazado, y en ese momento creo que hasta se me cruzó el día que hicimos a nuestro bebé, pero el asombro me superaba y fue una mezcla total de emociones.

Empecé a reírme y a llorar, y la cara de él era de total confusión. Realmente él no tenía idea que ahí en ese sobre también había una prueba de embarazo. Como una loca dejé a mi esposo ahí en la sala de espera y corrí al laboratorio a reclamar que esa prueba había salido mal, que tenían que repetírmela, mientras una docena de personas me veía con cara de asombro mientras la bioanalista me explicaba que sí, que estaba embarazada, que no tenía que ir a ningún internista sino al ginecólogo.

¡Estaba totalmente en shock! Allí sí lloré y no dejaba de repetir que eso no podía ser, que nosotros nos íbamos y cómo iba a hacer ahora con un bebé, ¿qué le iba a decir a mi esposo? –Que además debía estar bien confundido en la otra sala de espera por mi reacción–.

Me calmaron, la gente me felicitaba y yo empecé casi que inmediatamente a hablarle a mi bebé, a decirle lo mucho que lo iba a amar y que haríamos hasta lo imposible para hacerlo infinitamente feliz y un ser humano de bien.

Lo cierto es que me debatía entre sí alegrarme o no hasta no confirmar que todo estaba bien. Mi esposo, el que no quería tener niños todavía, no podía estar más feliz en la vida.

Con la buena fortuna que conseguimos inmediatamente una cita de emergencia con mi ginecólogo, y en esas tres largas horas de espera por mi cabeza pasaron una infinidad de miedos y preguntas, porque definitivamente no estábamos preparados ni social ni psicológicamente para ser padres. A eso se sumaba que mientras esperábamos, la gente en la sala no dejaba de hablar de lo “mala cabeza que eran esas mujeres que se estaban embarazando en plena crisis del Zika”.

Finalmente esa mañana conocimos a nuestro pequeño milagro, después de un largo interrogatorio de la doctora a quien tenía más de un años sin ver, me hicieron mi primer eco, y ahí estaba latiendo, diciéndonos de alguna manera que había vida. Ahora mis lágrimas eran de emoción, los dos llorábamos de emoción, teníamos unas seis semanas de gestación, y privada en llanto le dije a la doctora que no podía estar más feliz, acababa de ver la manifestación de Dios más grande en mi vida, una nueva vida se estaba formando en mi vientre, y aunque no lo conocía, lo amé desde el primer momento. Ese puntico, con apariencia redondeada pero con fuerte latido, era la figura más hermosa que había visto en mi vida.

Los detalles de ese día no vale la pena ni comentarlos, pero mi milagro debía permanecer en secreto unas cuatro o seis semanas más por recomendación médica, y a partir de ese momento mi vida cambio. Cambió para mejor.

Muy poca gente se enteró por aquellos días, y hubo uno que otro imprudente que sin saber nos dijo que quienes se atrevían a tener bebés en esta situación eran unos locos, sin imaginarse que nosotros éramos parte de ese grupo de locos, que aunque no lo estábamos buscando en ese momento, pues Dios decidió darnos ese regalo, y realmente no me importaban los pañales, ni si no había fórmulas, sabía que de alguna manera tendría las herramientas para conseguir todo lo que necesitaba para mi hijo.

En ese momento, en el que vi ese corazón latiendo en esa pantalla, no había nada más en el mundo que me importara más que ese retoño de amor, no había situación que me afectara más que la llegada de mi bebé, y no es que andaba todo el día como drogada o algo por el estilo, pero entendí que muchas veces nos detenemos por lo superficial de la vida, y dejamos pasar lo que realmente hace que la vida sea importante.

Es increíble que de una cosa tan chiquitica hayamos salido cada uno de nosotros, tan increíble que no caes en cuenta hasta que eres tú quien engendra esa cosa tan chiquitica que vendrá a este mundo para cambiar vidas, y lo cierto es que nunca será el momento perfecto para el Universo, pero será el momento perfecto para ti, y eso solo lo sabe Dios y tu cuerpo.

Todas las cosas que pensaste que podías pasar con un embarazo no son más que expectativas, ideas o ilusiones, no es hasta el momento en que lo vives que te das cuenta de lo grandioso que puede ser tu cuerpo, y de lo inmensamente preparada que estás para ser mamá.

Días antes de saber que estaba embarazada, una noche desvelada pensaba que Dios sabía por qué hacía las cosas, lo mejor para nosotros era irnos y echar raíces en otro lugar antes de tener un bebé en la Venezuela que me tenía con el corazón destrozado, antes de saber que estaba embarazada, pensaba que no tenía la capacidad de amar tanto a alguien como para desvelarme o entregarme totalmente a él.

Así que no te angusties amiga, el momento en el que tu bebé llegue será el momento perfecto. Solo te invito a vivir la experiencia desde el amor y el respeto, que lo material de alguna manera siempre llega.

Maternidad

Infancia feliz, adulto saludable

Si desde el principio lo viéramos tan clarito la historia sería otra. Si desde el principio entendiéramos que todo lo que pasa en la infancia define la salud mental del futuro adulto, estoy muy segura de que todos tomaríamos la crianza como un asunto vital.

Si a veces nos pusiéramos en los zapatos del niño que llama la atención, que se pone inquieto y que según los adultos “saca de sus casillas a cualquiera”, veríamos que muchas veces sus comportamientos dependen de nuestra actitud, de nuestros sentimientos e incluso de nuestro inconsciente, porque inconscientemente los bloqueamos, los ponemos a un ladito y de alguna manera les decimos que no son tan importantes como en realidad lo son.

Imagen cortesía de @psicologia21

¿Cuántas veces escuchamos a otros padres -y a nosotros mismos- decir «es que no sé por qué ese niño es así?.

Y entonces el que esta viendo por un huequito ríe con picardía, porque lo que el padre no ve, es que el niño, que es una esponja, está copiando sus actitudes, sus palabras, está tomando nota para el futuro.

La verdad cada día me sorprende más escuchar a algunas personas decir que ellos recibieron bastantes golpes de sus padres y que por eso no están rotos o deprimidos, mientras el resto del universo se da cuenta de que esas personas tienen deficiencias emocionales graves.

“Es que me pegaban porque me burlaba de mi amigo”, “me pegaban porque no ordenaba las cosas», “me pegaban porque no prestaba atención”, y resulta que los golpes no hicieron nada porque de adultos son burlones, son desordenados o despistados, y peor aún van por la vida buscando la aprobación absoluta de sus padres en todo, y esos padres son personas completamente lejanas a estos seres.

Y con esto no quiero decir que el padre de hace 20 o 30 años atrás fue malo por golpear, estoy segura que muchos de ellos lo hicieron porque fue lo que aprendieron, porque no hubo una luz en su camino que les hiciera ver que con los golpes solo infundían miedo y recalcaban sentimientos de inferioridad en los niños.
-Carla, ¡es que tú eres muy liberal con Sára!
-¡NO!.
Y siempre será mi respuesta, porque aunque no me importa mucho lo que los demás crean sobre la crianza de Sára, les explico que eso no es así porque mi hija tiene límites claros, tenemos determinados puntos que no negociamos y aún así la amamos sin límites. Aunque crean que no tenemos límites en otras cosas como rutina y disciplina, en nuestro tipo de crianza sí existen los límites, pero también existe el respeto y la negociación.
Creánme que es muy delicado tocar este tema, porque estoy segura que cada uno de nosotros está haciendo lo mejor que puede desde su corazón para lograr que sus hijos sean adultos de bien y sobre todo felices.

Yo solo les puedo decir cómo madre y cómo hija que estoy agradecida por haber sido cuidada desde el amor y no desde las amenazas, y sí, miren que tuve limitaciones, siempre lo digo y sin pena, la primera vez que dormí fuera de mi casa fue a los 19 años, y en casa de una amiga previa conversación de nuestras madres, por ejemplo. Pero fueron esos límites los que me permitieron a su vez cononcer la vida desde el respeto, y todas las libertades que mis padres me dieron, al incluirme en las decisiones de familia y en dejarme escoger siempre a mí lo que yo quería o no hacer, me hizo apreciar la libertad.

Mi esposo, vino de una crianza totalmente diferente, y hoy es una de esas personas que se niega a golpear, a castigar y que cree que la palabra, el diálogo, la atención y el tiempo de calidad en familia, es más eficiente que un golpe.

En casa siempre hablamos de criar con valores, con amor, con respeto, porque no basta con desear un mundo mejor para nuestros hijos, si no los preparamos a ellos para ser mejores adultos capaces de merecerse y vivir ese mundo.
Nosotros estamos #CriandoHumanos y en eso se empieza en el corazón de un niño, allí es donde debemos sembrar la esencia del adulto del futuro.

Entonces ¿Para qué dañarlo con golpes que los conviertan en esclavos del silencio? 

Migración

Criar lejos de la familia…

Criar lejos de la familia es uno de los retos más grandes que impone la migración y la crianza a su vez.
No es secreto para nadie que los venezolanos no estábamos acostumbrados a emigrar, y que nuestras familias son nuestro apoyo directo, como es natural en todas las culturas, pero eso ha incidido mucho en la forma en la que muchas mamis ven el proceso migratorio.

Verse lejos del hogar original, con los hijos y sin el apoyo de los abuelos, trae una mezcla de emociones que en ocasiones puede ser hasta peligrosa. Y es por eso que decidí escribir sobre este tema, en el que no soy experta sino que lo estoy viviendo al igual que muchas de ustedes.

Ya tenemos más de un año de haber salido de Venezuela y lanzarnos esta aventura que, en nuestro caso y fortuna, ha sido maravilloso porque ha traído mucho crecimiento a nivel personal, pero no les niego que tener lejos a los abuelos, a los tíos y a los padrinos que siempre quieren estar presentes ha sido fuerte y doloroso. Peor es el panorama cuando imagino que verlos a todos en un mismo lugar es practicamente imposible por vivir todos en distintos países ahora, pero por eso prefiero no pensar en eso, y así voy escogiendo mis batallas emocionales.

La familia es ese apoyo moral y físico, y es por eso que no siempre se comparte con ellos apellidos, y algunos amigos son más cercanos que otros miembros de la familia consanguínea.

En nuestro caso hemos tenido la fortuna de hacer mucho más fuertes los lazos con los abuelos maternos por ejemplo, que a pesar de la distancia siempre están presentes con atenciones y detalles digitales, y que se las ingenian para dejar su marca en todos los eventos importantes de la vida de nuestra pequeña.
Pero también hemos ido formando nuestra propia tribu en este país que nos ha recibido; y aunque no hemos hecho demasiados amigos, la verdad es que los pocos que consideramos amigos se han vuelto familia, y no en vano Sára tiene cerca del Danubio dos hermosas abuelas que juegan con ella y la adoran como si fuera su nieta.
Nosotros, los padres, también hemos conseguido en estas señoras amigas esos brazos en los que podemos refugiarnos para palear la distancia física que tenemos con nuestros padres. Y no les niego, la confianza es vital en esta relación, porque es en estas personas en quienes confiamos con los ojos cerrado, incluso para tomar decisiones.

Los primos ahora no son solo esos niños de la familia, sino también los hijos de los amigos cercanos que vamos haciendo, que nos van acompañando a nosotros y a nuestros peques en el camino de crecer. Con ellos tratamos de compartir cosas que van más allá de citas de juego, colegio o cumpleaños, y buscamos actividades afines que nos ayuden a afianzar la relación.

Mamis emigrantes, sé que no es fácil, habrá días que querrás llorar porque extrañas que tu papá te acompañe a un sitio o que tu mamá te diga algo sobre determinado asunto con los hijos. No les mentiré con decirles qué hay días en los que el teléfono no basta, necesitas el abrazo, el regaño y hasta que te cuiden al muchacho 30 minutos, pero créanme que no será imposible y al final siempre valdrá la pena por ver a nuestros hijos crecer felices.

Vivimos en un país donde la estructura familiar es muy fuerte y respetada, y donde incluso existen leyes donde los abuelos pueden obtener licencias de trabajo para cuidar de sus nietos; y a nosotros nos ha pegado mucho cada vez que en el colegio nos preguntan por qué los abuelos no están involucrados directamente en la crianza, o si nos invitan a actividades donde los abuelos son los protagonistas.
Los inmigrantes no tenemos esa carta bajo la manga y nos toca guapear, hacer de tripas corazón y hacer alianzas con la tecnología para que los niños sientan menos la distancia de los seres queridos.

Criar amerita entrega, amor, respeto y mucha paciencia. Hacerlo solos implica tener el triple de fuerza en cada uno de estos recursos, pero a través del amor es posible, y es posible porque emigrar, así como la misma maternidad, nos permite reconectarnos con nuestros valores y creencias.

Las abrazo.

Migración

Querida mamá (migrante)

Esta carta la escribí hace unas semanas atrás en mi cuenta de Instagram para darle ánimos a todas esas mamás migrantes como yo, durante la época navideña. La migración por muy VIP que sea, suele ser un camino lleno de muchas emociones encontradas, y es por eso que la tribu, o ese grupo de apoyo con el nombre que quieras ponerle, es TAN importante en el proceso migratorio. Aquí se las dejo y espero que les sea de utilidad, porque a fin de cuentas no sólo en Navidad los inmigrantes tenemos las emociones a flor de piel.

Querida mamá (migrante): Hoy en mi celebración de navidad he decidido escribirte está carta desde mi espacio de paz. Lo hago porque siento la necesidad de hacerte saber que no eres la única que en días como hoy se siente en dos aguas, y me gustaría recordarte que es «normal». Es normal que hoy entre la alegría de tus hijos, con lo mucho o poco que hayan recibido, quieras llorar y reír a la vez.
En este camino que nos ha tocado, llorar está permitido y drenar tus sentimientos será siempre un deber. 
Hoy como tu me siento plena por ver la sonrisa se mi hija, y melancólica porque sus tíos y abuelos deben verla por una pantalla. 
Hoy mientras recordaba las navidades de mi infancia tuve que correr al baño a llorar; yo tuve a mis abuelos y Sára se queda esperando porque ellos salgan del teléfono y vengan a jugar con ella.
Cuando me vi con los ojos y el rostro rojo en el espejo me acordé de ti, y pensé que estaba bien llorar. Llorar por lo que dejamos atrás, por lo que no salió tan bien como esperabamos y por eso que pasará que todavía nos da un poquito de miedo. 
Lo que NO está permitido es quedarse en el dolor.

Hoy hice mi resumen de vida y agradecí todas las bendiciones que he tenido. Aunque pasé el día en pijama jugando en casa con Sára, viví un día más y ya eso es gran ganancia (¿cuántas personas no pudieron despertar más está mañana?).
Teníamos algo que aprender, y a veces el cambio duele, pero no nos quedemos en el dolor, avancemos porque razones de sobra tenemos.


Querida mamá, está bien llorar de vez en cuando, sólo te invito a que -cuando te calmes, cuando botes todo eso que tienes por dentro- con el corazón en la mano y como dice el querido Maickel Melamed, «agradezcas por todo, revises todo lo que ha pasado y celebres todo».
No hay triunfo pequeño, no hay enseñanza pequeña, en la vida no se pierde, o ganas o aprendes.

Yo hoy agradezco la oportunidad de brindarle a mi hija un futuro mejor, de brindarme a mi misma nuevas oportunidades para crecer y evolucionar. Veo hacia atrás y agradezco todo lo que deje pero también lo que vendrá, y celebró la vida, que ya es un gran triunfo. 
Celebró, agradezco y sonrío.
TODO ESTARÁ BIEN.